viernes, octubre 12, 2012

MANIERISMOS (II) - Entre tus brazos de hierba


Hay algo bueno en la mitología del rock: no hay que derribarla, se cae sola. Al primer puñetazo, al primer leve toque, incluso, tu mano atraviesa el papel pintado del decorado; cartón piedra en el mejor de los casos. Otra cosa es lo que uno tarde en actuar de acuerdo con esa realidad. A veces es una vida completa. A mí en particular lo que hay detrás ha terminado por resultarme lo más interesante. La tramoya y el laberinto de camerinos y almacenes vale más que esa pobre obra en la que monos pintarrajeados de fulanas jugaban a fingirse machos cabríos y mecánicos en paro amagaban para la platea muecas de James Dean. Vale más el páramo, las traseras, el callejón, aunque sea porque descubrir la verdad tiene algo de gozosamente profano cuando la mentira lo es, aparentemente, todo. Vale más el descampado bajo el gris mortecino y ciudadano, donde las mujeres escasean y cruzan aprisa contra el fondo gris de tormenta y a los hombres les pesa la vida, como es inevitable. Vale más el cuarto de paredes rasas donde gastas la vida escribiendo y las tascas, toda la llanura desolada donde la amistad pervive por necesidad, porque si no existiera todo flotaría en un aire sin gravedad y se disgregaría para siempre. El verdadero Rock&Roll es una cara B de un disco del montón, con su par de temas aceptables y una tonelada de tiempo vacío que se emplea en esperar; un lapso a veces exasperante de excesos alcohólicos y momentos de iluminación pagados por diez veces lo que valen. Y sin embargo es mejor que los cortinajes y el papel dorado y toda la puta representación que, en torno a tí, sigue en marcha mientras tú estás ya en otro sitio. O quizá sea sólo mi tardía manía por la verdad, otra forma cualquiera de joderse la vida a la que somos propensos pocos y ni siquiera por gusto.

Teorizo: conocemos las mentiras esenciales casi desde niños, pero persistimos en no verlas, porque así la vida es más fácil. Pecado de cobardía, primera y necesaria piedra del orden social. A la larga, ayudamos a transmitir esas mentiras, con miedo de que esas criaturas a las que nos ha dado por poner en el mundo se dañen al contacto con lo cierto. Colaboracionistas.

Sabemos, por ejemplo –algunos- que no nos satisfará el matrimonio ni la doméstica parsimonia de la vida civil, pero nos es más fácil afrontar cuatro o cinco décadas de aburrimiento que llevarle la contraria a esa mujer que un día nos hizo caso y que soporta sin pestañear los defectos por los cuales fuimos escarnecidos en la infancia.

Tampoco queremos, por ejemplo –algunos- tener hijos, pero se nos da miedo levantar la voz. Todo nuestro intestino, convertido en el cuerpo mismo, recela de la aventura y la rebelión y nos empuja a esa calma espermática, plana y sin sabor.

Jamás nos tragamos el mito de “nacidos para correr” ni ninguno de los otros, pero lo utilizamos mientras nos quedaban bien el tupé y las botas, y ahora, panza en ristre, seguimos usándolo para los chascarrillos de bar, como pálido icono de un tiempo pasado de divertida y permitida inmadurez. Y sostenemos, razonables, modestamente orgullosos, la teoría de nuestros abuelos, en la que nos educaron, tras un breve lapso de disidencia nuestros padres: Hay un tiempo para todo.

La no observancia de ese tiempo será castigada de manera tan sutil como eficaz. Y el castigo es probablemente esta progresiva falta de interés de los otros, esta propia y creciente soledad, esta ausencia de interlocutor, esta sospecha lenta pero segura de una locura parcial; el ostracismo, en fin, en medio de ciudades atestadas.

Me preguntan en una entrevista que qué es lo mejor y lo peor de estar en una banda de Rock, y esto es lo mejor y lo peor: que el mito no existe y que el librepensamiento lleva, en primera instancia, al menos, a una bendita y maldita, paradógica soledad de dos cabezas.

¿Cómo actuar en consecuencia, sin embargo? ¿Cómo recorrer ese subsuelo en lugar de tratar de recomponer el estúpido decorado que, nos habían dicho, era la vida?

He pensado largamente, pero sólo se me ha ocurrido apagar la televisión. Quizá sea útil. Si es arte no está en televisión, exceptuando la dinamita ya mojada por el paso de demasiadas décadas de fallo educativo. Después no estaría mal quemar todos mis discos de Bruce Springsteen. Quizá dejar de comprar periódicos, excepto como ejercicio de sarcasmo provincial. Pero no serían más que principios tímidos, tan obtusos como la trampa misma que se trata de evitar.

¿Sirve de algo hacer música (o, para el caso, escribir, pintar, pensar, gritar)?

 Sirve, supongo, para atarnos a una realidad personal cuyos límites cada día se desdibujan más al contacto con los zombis. Para saber que estamos y que somos, y, aproximativamente, dónde estamos y qué somos.

¿Nos volveremos locos, papá?

Probablemente sí, hijo mío. De puro cuerdos, estamos condenados.

¿Y cómo mantendremos la alegría? Regreso. Retorno. Hemos demolido el cartón y hemos conservado sólo la piedra, la trastienda, lo que pisamos cada día, la gloriosa falta de luz y de dinero, las escasas conversaciones sagaces e iluminadoras, la simple naturalidad de los hombres que hacen música, la literatura libre raramente escuchada, las cosas hechas por la necesidad misma de ser, sin más.

Regreso. Lo sabíamos todo cuando empezamos a caminar. Los últimos veinte años han sido sólo quitar capas de mierda y óxido para poder tocar de nuevo esas certezas.

Y me gustaría, me gustaría tanto ser más valiente –pienso- para decir no a las pequeñas imposiciones, que son las más jodidas. A ti que más te da. Pero qué te cuesta, hombre. La ensangrentada llanura rasa de cafés fríos, bodas y bautizos.

¿Y cómo mantendremos la alegría, después de haber contestado a ciertas cosas?

No lo sé.

Escribí un poema mediocre hace tiempo que siempre me hizo gracia. Decía así (me cito de memoria):
 

Las mujeres preguntan a su ginecólogo: “¿Tragar semen engorda?"

Y los hombres pagan sus buenas monedas por las

futuras tumbas de cemento.

Pero yo me como los chuletones a pares

y estoy reconciliado con la tierra:

Acógeme, como una madre,

entre tus brazos de hierba.

 
Me gustaría poder decirlo en alto ahora, con la misma convicción que cuando lo escribí, esa que acaso nunca tuve. //LUIS BOULLOSA
 
 

6 comentarios:

Perkele Maljanne dijo...

Estás que lo tiras.
Un Neoesplendor entre la yerba ?

Cowboy Iscariot dijo...

jajajajjaja... relámpagos tardíos y mucho aburrimiento campestre... Suomi Finland Perkele!

Sonia Barba dijo...

Te quiero en mi Prostíbulo

Cowboy Iscariot dijo...

Jajajajjajaja... Generalmente recibo en casa...

Sonia Barba dijo...

Pues vas a tener que mover el culo por que Madame Taxi no acepta un no por respuesta, ni del mismísimo Cowboy Iscariot.

Cowboy iscariot dijo...

Cuéntame entonces las condiciones de tan perverso lugar...