viernes, marzo 28, 2014

UNA CIERTA OSCURIDAD EMOCIONAL - Entrevista con MIRAFLORES (parte I de IV)


 (foto: Adrián Molinos)

Los sevillanos MIRAFLORES son una banda de las que no abundan, ni aquí ni en ninguna parte: turbulentos, expresionistas y oscuros, al tiempo circulares y concisos, su primer disco, que se publicará pronto, es un purasangre de Rock&Roll malsano e incendiado en el que arden los fantasmas del pantano 'aussie' (Scientists, Beasts of Bourbon, etc...), la amenazante sombra de Nick Cave o la lobotomizante lucidez de The Fall. Y sin embargo, personalidad propia les sobra. Emilio Rodríguez Cascajosa, frontman del bicho, nos lo cuenta en una larga entrevista que KAPUT les irá concediendo en cómodos fascículos coleccionables. //LUIS BOULLOSA



KAPUT- Me gustaría que me narrases tu proceso de introducción en la música, desde el primer recuerdo que tengas asociado a esta, de la infancia (background familiar, etc…), pasando por los descubrimientos de primera juventud, las revelaciones, y hasta el momento en el que llegaste a las referencias que a día de hoy puedes considerar básicas y sobre todo a las que te permitieron crear música como la que haces ahora.

EMILIO R.- La música popular siempre ha estado presente en mi vida, desde muy temprana edad. El culpable fue mi padre. Recuerdo haber crecido con singles de Bowie, Lou Reed, The Animals, Leonard Cohen o los Stones pululando por casa. Todos esos discos los guardo a buen recaudo. Me encargué de robárselos en una fea maniobra de traición familiar. Suelo hacerme el loco cuando me pregunta si tengo tal o cual disco de The Band, los Kinks o la Plastic Ono Band porque no los encuentra. Aunque él sabe perfectamente que soy yo quien los esconde y en el fondo le gusta que sea así. Dos melómanos enfrentados por un pulso generacional.

El primer vinilo que me compré fue 'The Works' de Queen. Tuve mi momento mainstream durante la pre adolescencia. Entonces lo flipaba con Pet Shop Boys, A-Ha, Spandau Ballet, Sigue Sigue Sputnik o la E.L.O. Pese a la influencia parental, por aquella época iba destinado a acabar devorando todos los hits de la MTV y 40 Principales. Todo cambió cuando me topé con el binomio The Cure-Depeche Mode. Esas dos bandas poseían el brillo de la radio fórmula pero de un modo bastante más personal. Eran perfectas para que una esponja picada por el acné como yo empezara a identificarse con una determinada estética adolescente. Corrían tiempos en los que los nuevos románticos y los siniestros de boutique se reunían cada sábado en un pequeño club de la sevillana Calle Betis para exhibir modelito y bailar al ritmo de New Order. Pelos cardados, rimmel y ropa teñida mil veces con unos polvitos que vendían en la droguería de al lado de casa. Recuerdo perfectamente aquel olor a tinte barato que quedaba impreso en las camisas. Y el tufo a laca Nelly. Entonces descubrí cosas como Wolfgang Press, Bauhaus (una banda que adoro y que tuvo en mí una influencia musical y estética que perdura actualmente), Christian Death, Death in June, The Cult, Sisters of Mercy o Alien Sex Fiend. Nunca fui muy fan de Joy Division, aunque reconozco su impronta y mucha gente encuentre guiños a los de Manchester en Miraflores. La banda que me llevó a optar por un sonido mucho más ruidoso fue The Jesus & Mary Chain. El primer CD que me compré: 'Psychocandy'. Con ellos volví a rescatar los discos de la Velvet y Beach Boys de mi padre y me sumergí en el rock y el pop en toda su extensión.

Entonces no existían tantas etiquetas como hoy. Podías hacerte con discos de The Long Riders, Guadalcanal Diary, Sonic Youth o Einstürzende Neubauten de una tacada y todo resultaba coherente. No se manejaban términos como 'indie' o 'alternativo'. La música estaba ahí, sin más, y era tu voluntad exploratoria la única que podía acercarte o alejarte de determinados artistas. Cuando me topé con The Birthday Party todo cambió. Aquella agresividad me cautivó. Ese sentimiento lo he experimentado pocas veces. Quizás se ha repetido con gente como Jesus Lizard, Foetus o Swans, pero nunca ha sido igual de intenso. Reconozco que hay un nihilista con cierta inclinación autodestructiva en mi interior. Un rasgo de personalidad que durante la adolescencia te ayuda a sentirte ridículamente diferente del resto, a crear hermandad con los colegas y a ver el mundo como una mierda, pero de una forma ingenua, inmadura, casi teatral. Un inadaptado de postín. Esta característica puede quedarse ahí, en una mera postura; o derivar en una personalidad problemática. Con los años he cultivado una cierta oscuridad emocional. Mi amigo Juamba, de Lobison (una banda sevillana que recomiendo), solía decirme: "tío, si lees a Celine, Ellroy y Faulkner o te empapas de películas de Bergman, Jodorowsky o Kenneth Anger, ¿cómo no vas a acabar siendo un amargado?". Por suerte, los compromisos de la adultez te ayudan a nivelar esa carga de neutrotransmisores atrofiados y te empujan a disfrutar de determinada contracultura sin tener que replicar personalmente esquemas trasnochados como los del paria o el 'looser' cultureta.

Por otro lado, el hecho de vivir un suceso determinante te ayuda a ventilarte de un plumazo cualquier paja mental, invitándote a poner los pies en la tierra, a tener un trabajo remunerado, hijos y a entregarte a la tranquilidad. Si tuviera que citar un nombre clave en mi background musical diría que es Nick Cave. Su música me ha acompañado durante los últimos 25 años. Estuvo ahí en la época siniestra; en la garajera, compartiendo espacio con The Sonics, Electric Prunes, The Fuzztones o The Cramps; con el punk; durante los años en los que me tiraba la electrónica o lo industrial o en la época pre-grunge. Recuerdo perfectamente aquel momento en el que Seattle era el punto caliente. La manera en la que vibrabas descubriendo a bandas como The Fluid, Mudhoney, TAD, Dwarves o Screaming Trees. Luego llegó el grunge como etiqueta, el boom de Nirvana y todo se desvirtuó con la entrada de Internet.

Llevo trabajando muchos años en comunicación, sobre todo en entornos web. No soy un talibán anti tecnológico, pero creo que la saturación informativa y la inmediatez del 2.0. han acabado lapidando el romanticismo, algo que a los cuarenta se vive con cierta nostalgia. Reconozco que no es nada inteligente esta postura. Básicamente porque hoy es mucho más fácil rastrear lo que se cuece a través de las redes sociales. Hay de todo y para todos. Aunque echo de menos descubrir a The Stooges gracias a una camiseta que gastaba Dogo durante un bolo con los Mercenarios en vez de hacerlo por un logaritmo informático que te arroja resultados afines tras una escucha en Spotify. El Big Data es más sexy hoy día que las caderas de Posion Ivy. Pero volviendo a Nick Cave, solo Captain Beefheart y Scott Walker han llegado a marcarme tanto. Aunque actualmente valoro mucho más las carreras de Van Vliet y Engel que la del australiano.

Cuando hablo de música nacional suelo ser bastante descreído. Es curioso, porque actualmente hay más nivel que hace veinte años, pero me cuesta encontrar emoción más allá de clásicos como Burning, Enemigos o Gabinete Caligari; o tótems personales como Mar otra vez, Cancer Moon, Macromassa, Los Bichos o Amor Sucio. Reconozco que ese malditismo y negación del progreso a veces me impide ver el bosque más allá de los árboles. Por supuesto que hay bandas increíbles en este país. Ginferno están muy bien. Cualquier proyecto en el que esté implicado Javier Colis siempre es bien recibido. Lüger, en su efectismo, tienen un buen nivel. En el sur hay un puñado de grupos que sin buscar trascender más allá de los cánones que marca el rock más sucio, merecen la pena destacar. Así a bote pronto, pienso en Tupelo Bound, Guadalupe Plata, Pelo Mono, Hairy Nipples, The Howlers y Little Cobras. Tentudía juegan muy bien con la música instrumental. También están Orthodox, Malheur, Fiera (Pony Bravo jugando a ser unos Einstürzende Neubauten de corralón sevillano), Pylar y Blooming Latigo. Y en Tom Cary, que andan un poco de bajón, pero son capaces de verse las caras en directo acompañando al mismo Damo Suzuki.

He currado como promotor y programador ocasional. Desde esa posición a veces puedes llegar a aventurar qué puede funcionar y qué no cuando organizas un concierto. Es una ecuación con mucha probabilidad de error, pero existen ciertos márgenes de confianza, sobre todo si conoces bien la zona en la que te mueves y el público objetivo. Y pese a eso, no he tardado en hostiarme a la hora de montar un bolo de La débil o Los cuantos en vez de programar a Christina Rosenvinge o Joe Crepúsculo. Hay un cierto orgullo absurdo en el hecho de apostar por lo que te gusta, por lo que tienes programado en tu ADN cultural, aunque pierdas pasta por el camino. Obviamente, tras varios descalabros seguidos, acabas abandonando ese brillo, la frescura, sobre todo si te mueves en una ciudad que rara vez se sale del A-B-C del pop-rock de coartada indie. Por eso, cuando te hostias, llegas a sentirte estúpido. Y seguidamente, cuando vuelves a recaer pese a la asunción de tus errores, es cuando cruzas el umbral del absurdo, ese al que solemos denominar pasión para evitar aparecer como un inútil incapaz de generar una relación positiva entre el esfuerzo y la recompensa. Porque, no lo neguemos, a todos nos gusta tener pasta y vivir bien.

Ahora mismo me siento ridículo hablando de todo esto en una entrevista. Este exhibicionismo que he recibido tantas veces cuando he entrevistado a otras bandas se me antoja extraño. Y sin embargo, aquí me tienes, dándole al pico sin ninguna reserva. En el fondo nos gusta aquello que criticamos. Está en la naturaleza del ser humano: el hacerse visible ante el grupo, aunque solo sea por un momento fugaz. Yo y mi libro. Yo y mi disco. Yo y mis cojones.




KAPUT- De acuerdo con lo anterior ¿Va la importancia de esas influencias más allá de lo simplemente musical? ¿Ha influido en tu vida, en tu postura filosófica ante la existencia, en la manera en la que te comportas y has afrontado las cosas? ¿Es lo que suena en Miraflores un reflejo amplio del hombre que eres o sólo la vía de escape de una parte residual de ese hombre?

E.R.- Lo que diferencia a una banda sincera de una pantomima son las influencias extra musicales y la forma en la que se interioriza esto como una actitud vital. El otro día lo hablaba con mi novia. No me entra en la cabeza que alguien llegue a decirme que es fan de Maga y de Rowland S. Howard al mismo tiempo. Puede que negarme a tragarme este bollo suponga ser demasiado prejuicioso, pero lo veo así. Detrás de la gente hay una historia personal, una inclinación ante la vida, y hay cosas que no encajan. Las dos opciones musicales que he comentado son válidas individualmente, pero el enfoque musical y vital dista tanto que la diferencia de estilos va más allá de lo meramente compositivo. Suelen tacharme de rockero y es un absurdo. Me encanta el pop; me gustan desde los Beatles a The Go-Betweens, pasando por Blondie, Rain Parade o Close Lobsters. Por eso, entiendo perfectamente que alguien pueda disfrutar de Miles Davis, The Smiths y Neurosis al mismo tiempo. Pero encuentro que hay una cierta coherencia en determinados presupuestos musicales que solo se sostienen observando el background de quienes lo sustentan.

Por ejemplo, resulta ilustrativo analizar cómo vas atando cabos a medida que progresas como oyente. Cuando descubrí a The Birthday Party pensé que aquello era la hostia, algo tan personal que no cabían influencias externas. Luego, lees una entrevista a Robert Foster en la que narra cómo Nick Cave aparcó su obsesión hacia Captain Beefheart tras descubrir a Leonard Cohen y te dices: ¡coño, si antes de Cave estaba la Magic Band y no me había percatado! Y paralelamente descubres cómo Beasts of Bourbon también mamaron de Don Van Vliet. Entonces piensas: Captain Beefheart es la clave. Más tarde te topas con Howlin Wolf y descubres que nada se da por azar. Y seguidamente estableces una conexión directa con Tom Waits. Vas aprendiendo mientras desmontas mitos, es inevitable. El tópico del “mata a tu padre” freudiano que, paradójicamente, tanta mitología generó con la figura de Jim Morrison. Como cuando piensas que The Scientists eran súper originales y luego te cruzas con Suicide; o como cuando te quedas prendado con Spacemen 3 tras relacionarlos con The Stooges y seguidamente te das cuenta de que Julian Cope ya removía los cimientos de la psicodelia de un modo similar. Pero es que luego te cruzas con Hawkwind y todo se va al carajo. Me encanta esta dinámica de conexiones, es la única que respeto. Quizás por eso abomino de las modas. Te hablo de lugares comunes, una abstracción basada en la experiencia pero de un modo casi jungiano; una vibración significativa que de algún modo es compartida por gente diferente, alejada incluso en el tiempo y el espacio. Tío, es como un ADN emocional que nos acerca o nos aleja de los demás. Un sustrato común basado en sentimientos y símbolos, como un inconsciente colectivo.

Esto de lo que te hablo es precisamente lo que persiguen las nuevas herramientas de motores de búsqueda en Internet. Están tratando de clasificar por referencias comunes los gustos de la gente, pero de una manera matemática, sin tener en cuenta la idiosincrasia de cada uno. Ahí está el fallo, pienso. Porque existen márgenes de error que son difíciles de controlar. Por ejemplo, a mí me encantan las producciones de Beyoncé, y tengo discos de Destiny´s Child. Nunca aseguraría que estas propuestas musicales han resultado definitivas en mi vida, porque mi sensibilidad anda más cerca de bandas como P.I.L. o Pere Ubu, por dar dos ejemplos diferentes pero coherentes; pero puedo disfrutar de un tema como ‘Crazy in Love’ y hasta imaginar cómo se las gastaría Jon Spencer a la hora de hacer una versión de ese hit de masas. Aunque nunca aseguraría que Beyoncé, Macy Gray o Madonna (a quien también he seguido de cerca) están en el mismo nivel emocional que Patti Smith, Diamanda Galas, Kate Bush o Thalia Zedek. Todo esto de lo que te hablo siempre está sustentado por una sensibilidad, una tendencia vital. Confío más en el fan de Redd Kross que me asegura que Swans son un coñazo que en el nuevo hipster enamorado de Skrillex que te dice que 'The Seer' es su disco favorito del año pero que no soporta escuchar ‘Filth’. Puede que sea un prejuicio por mi parte, o un atisbo de arrogania, pero no me trago la boutade sin una base integrada y regurgitada.

Vale que soy un reaccionario, pero hago mis esfuerzos en escuchar detenidamente todo lo que llega a mis manos, al margen de estilos o sensibilidad. Se crece a hostias, metiendo la pata y acertando, lo demás es cuento chino. No me gusta sensibilidad post 12M que justifica el crecimiento interior con una apertura de sensibilidad a lo Mamas & The Papas. Como cristiano no practicante, a veces me domina el miedo y la culpa. Obviamente, esto me acerca a determinadas manifestaciones culturales que van más allá de lo musical y que también se relacionan con el arte, el cine o la literatura. Fui un lector empedernido en la facultad. Me licencié en psicología clínica y por aquel entonces devoraba libros de todo tipo en un afán por completar mi formación. Libros técnicos, ensayos, novelas, biografías, rara vez poesía. Luego me dediqué a estudiar criminología y me obsesioné con material de índole más escabrosa. Manuales sobre criminalística, derecho, medicina legal y política criminal. Pese a ser de letras, no me costó saltar de la filosofía a la ciencia. En cuanto comencé a trabajar como periodista en el ámbito cultural abandoné drásticamente ese hábito. Paradójico, pero cierto. Desgraciadamente hoy leo poco. La falta de tiempo y la inmediatez del día a día me hacen recodar los años en los que disfrutaba con los libros. Sí, suena a que trato de crear una imagen intelectualizada de mí mismo, pero yo era así en aquella época y hoy me mantengo en una ignorancia literaria brutal. No leo ni el periódico. Yo, mi, me, conmigo.

Lo que puedes apreciar en Miraflores es la mezcla de varias personalidades contrapuestas que coinciden en un mismo afán por expresarse. La base del grupo está en las guitarras de Javi Neria y en mi manera de cantar y escenificar. Pero también hay un poso importante que proviene del resto de componentes; de la batería de Jaime, del bajo de Selu y de los sintes de Ernesto. Curiosamente, con el que más coincido a nivel subcultural es con Ernesto, porque es un freak pero con inclinación intelectual. Puedo hablar con él de The Residents, Xenakis o Stockhausen y nos entendemos pese a la distancia que imprime la diferencia de edad. Pero paradójicamente, es con el que más me cuesta comunicame de forma efectiva. Aunque hay algo que nos conecta. De ahí que llevemos tiempo pensando en un proyecto que no sé si saldrá adelante: The Fracking Men, un rollo dark ambient que le vendí como "la banda sonora de un desierto con una cable de alta tansión crujiendo en intervalos de 30 segundos". Con Javi la conexión generacional es directa. Si le cito un riff a lo Bored! sabe de lo que le estoy hablando y él me responde con una melodía inspirada en Screaming Jay Hawkins.

Los títulos de las canciones y la temática que se desprende de las mismas se relacionan con mi bagaje cultural. No es casualidad que trate temas como la locura, la muerte, el dolor, los conflictos familiares y el miedo a la inmensidad del cosmos y del mar. Son temas que provienen de cosas que he leído, visto o experimentado. Por ejemplo, desde que descubrí a Lovecraft siento un tremendo respeto por el espacio exterior y por las profundidades del océano. Me resultan temas muy visuales, incluso metafísicos, pero tan cercanos y reales en el fondo como el acojone que te produce recibir una carta de Hacienda. Curiosamente, luego descubro que un compositor como Gareth Liddiard (The Drones) habla en sus letras de disentería, tiburones y lugares perdidos. No es casual que me llegue la música de ese tío, incluso antes de haberme parado a investigar sus letras. Hay algo innato y primitivo en determinadas cosas que te tocan por el simple hecho de haber adquirido unas experiencias que coinciden con las de otra gente. Son arquetipos que se mantienen en el tiempo. Me gustaban The Drones antes de entrevistarlos, de pararme en los temas que tratan sus canciones o de descubrir que su líder luce un tatuaje con el símbolo de los Neubauten en el antebrazo, el mismo tatuaje que lleva nuestro técnico de sonido, Marcos Muniz, con quien inexplicablemente creé un vínculo personal desde el primer día que me comuniqué con él por Facebook. Descubrir que Marcos es fan de 16 Horsepower, Cronenberg, Burrouhgs o los cómics de Bernie Wrightson reforzó la idea de que tu background puede ser compartido con otros y que de algún modo pueden establecerse sensibilidades similares que van más allá de la personalidad. La cabra tira al monte, dicen. Y yo soy muy capricornio.

Comentas si el grupo puede considerarse una vía de escape. Decididamente, sí. Volví a Sevilla tras una temporada en Madrid y lo que necesitaba era gritar hasta la extenuación. No soy músico y no me considero un profesional, por lo que el resultado ha sido más bien fruto de una necesidad expresiva que al final ha tomado forma en una maniobra creativa gracias al trabajo conjunto de cinco tíos tan distintos como parecidos en el fondo. Puede que yo personifique los cojones de Miraflores. Pero un cuerpo está formado por muchas partes y todas son esenciales para no acabar resultando un tullido. Hace falta un par de brazos, una cabeza, unas piernas y hasta ese lunar en el cuello tan sexi que parece que no aporta nada pero que lo dice todo. Un buen amigo me dijo hace poco que la banda le suena como un puzzle. Creo que puede haber algo de verdad ahí. Porque, aunque solo Javi y yo tengamos claro el camino partiendo de las referencias que hemos mamado durante la adolescencia, la mezcla de cinco personalidades arroja un resultado donde caben más matices que si se tratara de una formación donde nosotros dos tuviésemos el control absoluto. Que aquí coincida gente con gustos tan dispares como Blue Cheer, Nancy Sinatra, Sebadoh, Aphex Twin y Bark Psychosis no hace sino enriquecerlo todo. Por suerte, las guitarras y la voz marcan una senda concreta basada en una suerte de rock oscuro y minimalista que ayuda a que hasta los temas más pop suenen siempre malrolleros. La manera en la que luego el público decodifica tus influencias es fruto de la experiencia de cada uno. Me han dicho que sonamos a Sonic Youth, a Wall of Voodoo, Loop, Clinic o a hasta a Spacemen 3. No sabría responder a eso, porque igual yo estoy pensando en los Cows, Barkmarket y Royal Trux y a mis compañeros les llega eso como si fuese The Kills, Therapy? o Primal Scream. Lo que está claro es que al final todo suma.

(...)


domingo, marzo 23, 2014

THE MEN - "Tomorrow's Hits" (Sacred Bones, 2014)

Ejercito ayer una de esas artes casi olvidadas: bajar a la tienda de discos de confianza, olisquear por aquí y por allá, intercambiar opiniones con el simpático individuo que pasa el día tras el mostrador regalando caramelos, obligarle a que me ponga esto y aquello y finalmente - un poco por instinto, un poco por recomendación- llevarme a casa un artefacto cuadrado que vale 20 pavos y tiene el difícil encargo de hacerme sentir algo. Esta vez acierto de lleno, porque resulta que el quinto largo de The Men, a los que no conocía de nada, es un discazo de Rock&Roll puro y contenido, de esos que no necesita aditivos ni fuegos artificiales para penetrar; de esos que hay que poner otra vez en cuanto termina. Y luego otra más. Un artefacto, en fin, acertado en longitud, sólo aparentemente modesto, pleno de emoción y estilo y derivativo a la manera del milenio: es evidente que los colegas han escuchado música a toneladas pero la fagocitan en una especie de sabroso puré eléctrico que impide que se les acuse de plagio, exhibiendo orgullosos, una personalidad al tiempo nueva y añeja.

Añeja porque en su riego sanguíneo hay de todo, de la Creedence (ya en la progresión de acordes y el subterráneo ‘feeling’ de la inicial “Dark Waltz”) al calambre neoyorquino televisivo; de Neil Young (“Sleepless”) y Big Star a The Saints (“Another Night” podría haber estado en el glorioso y oculto “A little madness to be free”). Nueva, sin embargo, porque lo dan todo picadito, virado, mascado, pintado y reformado, listo para entrar a vivir como si la casa estuviese recién construida, con ese refrescante, vivificante pulso de quienes entienden de que va el Rock&Roll más allá de la engorrosa etiqueta y el claustro generacional. Añejo, sí, porque ya estamos en 2014 y ellos me recuerdan también a todas esas bandas abundantes a finales de los ochenta que hicieron de la torpeza del aprendizaje que va del punk al rock una virtud capital (pienso en los Replacements, pero hay decenas). Pero nuevo, porque apenas un año atrás esta banda se dedicaba a una cosa radicalmente distinta, mucho más ruidista y este “Tomorrow’s Hits” es un inesperado, prístino, energético manual de cómo entrar por la puerta principal al clasicismo rock sin dejar de sonar nerviosamente vivo. Porque sí. Porque queremos y podemos.

Inútil destacar temas concretos porque todos vuelan a media altura con polícroma seguridad, subiendo progresivamente el nivel del disco, como una ola que alcanzase su elegante paroxismo en “Different Days” -donde se acercan mucho a los excelentes Milk Music- y en el nervioso ataque punteado de picudos saxos y chulería dylanesca de “Pearly Gates”, y rompiese, remansándose casi al final, en la brisa mañanera de “Settle Me Down”.

Nada aparentemente nuevo, me dirán. Yo alego que un buen disco de Rock&Roll es siempre nuevo aunque para serlo debe tener –como este- esa capacidad de transportarlo a uno a sitios distintos de este apartamento, esta cocina, esta ciudad. No sé aún a que lugares me llevará cuando suene de noche, pero para el primer viaje del día, aún con el café en la mano y el estupor cayéndole a uno por la comisura de los labios, va de puta madre, querido lector, caso de que sea usted uno de esos entes dignos de lástima obligados a levantarse a hora tan inhóspita. // L. SCRATCH PERRA




martes, marzo 18, 2014

EL METAL ES PARA SIEMPRE (dicen por ahí)


Sucinto artículo de nuestra mascota existencialista, Luis Boullosa, para eldiario.es sobre la permanencia del "Metal" en sus distintas variantes. Posibles causas. Razone su respuesta. Encontrable AQUÍ.

lunes, marzo 03, 2014

TODAY IS THE DAY – “Pain is a warning” (2011)



Estrategia del viejo rey, aún vigoroso, pero ya nublado por el tiempo mismo: auséntate de la masacre, bebe hidromiel en tu trono vacío, sal a cazar animales por las tardes; no tienen que ser grandes, unas perdices y una liebre incauta valdrán de sobra para la cena. Cuida a tus perros, son como tú. Admira el fuego. Satisfaz tus instintos sin dudar que eso no es, a la postre, ningún tipo de satisfacción, sólo anestesia.

Noisecore, le llaman algunos a esa especie de auto-terapia de choque que Steve Austin lleva haciendo con Today is the Day desde hace algo más de dos décadas. Un intento inútil como otros tantos de acotar y clasificar a una de las bandas más personales y libres de la música extrema de todos los tiempos. Lo suyo era en inicio una especie de hardcore mutante, histérico y oscuro que se fue metalizando después, y enrareciéndose más y más hasta dar a luz a dos cumbres no superadas del cuelgue y la introversión: el masacrante, hipertécnico, originalísimo “In the eyes of god” (que contiene, quizá, el título más perturbador que recuerdo: “The russian child porn ballet” y donde Bran dailor daba un clinic de batería esquizoide y jazzy aún no superado) y el multiforme, experimental, aberrantemente psicodélico “Sadness Will Prevail”, que los que fueron capaces de tragarse completo (me incluyo) siguen considerando a menudo su obra maestra. Su camino posterior ha sido brillante y coherente, aunque menor por comparación, y ha desembocado en este “Pain is a Warning”, un disco menos metálico, más punk, más hardcore, más Rock&Roll, incluso, si se quiere, siempre que se entienda el Rock&Roll como una idea de bronca, confrontación y desafío, más que como una fórmula de sonido.

Nadie lo recordará, probablemente, como uno de sus picos de lucidez, y harán mal, porque, además de enormemente disfrutable –llevo dos días con él a todo trapo en la soledad de mi escritura, y es casi curativo- es un perfecto ejemplo de cómo administrar las fuerzas creativas cuando uno se empieza a retirar de esa zona de luz que reclaman para sí aquellos que creen que tienen algo absolutamente nuevo que formular. Un disco en segunda línea. Un disco de marine con muchas cicatrices que aún es capaz de disfrutar de una buena noche de combate: apariencia común, pegada demoledora, núcleo oscuro, formulación sintética. No hay artificios; sí, en cambio, paladeables variaciones sobre el propio canon compositivo, desde la rockera y adictiva “Pain is a Warning” que titula hasta ese “Remember..” que puede recordar lejanamente a unos Cave In menos pretenciosos, pasando por “The devil’s Blood”, un pelotazo de hardcore reforzado que funciona a modo de educado cartel de advertencia: cuidado con el mastodonte, sigue por aquí.

Mención aparte para la ajustadísima producción de Kurt Ballou, que consigue lo más difícil: ser cojonuda sin hacerse notar. Todo un ejercicio de claridad y sobre todo de profundidad que dota al conjunto de una naturalidad poco frecuente en estos ‘géneros’.

Es, quizá, en definitiva, su disco “para todos los públicos”, si eso no sonase a sarcasmo. Lo es por su punkarra concisión, por el aliento confesional de un Austin que nunca dejará de estar obsesionado con los turbios mecanismos del control emocional y con las preguntas sin respuesta, pero que ejecuta momentáneos giros hacia la tierra madre en los que se vuelve por momentos más “social” en las letras (Samurai) o más despojadamente íntimo, si ello es posible (This is You, casi una balada). Todo un ejercicio de síntesis, de modestia y de autocontrol viniendo de alguien cuyo exceso lo convirtió alguna vez en el equivalente ‘core’ a Calígula. O quizá es que uno se ha encallecido también y ya ve estas barrabasadas como quien disfruta de un buen bolo de pub rock. Quién sabe.

Estrategia del perro viejo: retírate a tus cuarteles, haz tus zarpazos menos pretenciosos y más concisos, deja que inventen otros, tú simplemente mata y devora: para eso fuiste hecho y el resto es vanidad.//LUIS BOULLOSA