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jueves, abril 02, 2015

MICHAEL GIRA/ANGELS OF LIGHT - DISOLVIÉNDOSE EN LA LUZ



(Artículo publicado originalmente en el primer número del magazine on-line Rock I+D. Autor - LUIS BOULLOSA)



Perfect Sound Forever, febrero de 2006. 

Entrevistador : ¿Considerarías en algún momento volver a reunir a los Swans? 

Michael Gira : Tajantemente, no. Está muerto y acabado. Tengo cosas más interesantes que hacer. 

Perfect Sound Forever, octubre de 2007. 

Entrevistador: ¿Ves tu nuevo disco con Angels of Light, “We are Him”, como una vuelta al sonido que tenías con Swans en la época de “Love of Life”? Hay paralelos razonables… 

Michael Gira: ¡Oh, Dios, no! Ni siquiera puedo recordar aquellos días. He trabajado realmente duro para olvidarlo todo sobre Swans. No tengo nada que ver con ello. Maté a aquel inútil trozo de mierda de ser humano hace mucho tiempo. Los discos aún existen, supongo, pero son artefactos, restos, como antiestéticos tumores que fueron extirpados quirúrgicamente de mi cuerpo, dejados al sol para que se marchitasen y secasen y después dispersados por el viento. De algún modo, Angels of Light son una labor religiosa: estoy haciendo penitencia por todos mis años de vanidad y pecado. 


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Swans, la banda nacida en 1982 y finiquitada originalmente en 1997, y a la que Michael Gira convirtió en una de las leyendas subterráneas más herméticas de la historia del pop, se reformaron en 2010. Actualmente van por el tercer disco de estudio desde la reunión, encabezan festivales ‘indies’, son la comidilla mañanera de todo enterado que se precie y llevan casi un lustro sosteniendo el ‘hype’ de retorno más marciano de la historia. El hombre que era demasiado extremo para el ‘mainstream’ en los ochenta, que dirigía con tóxica mano de hierro la que los críticos denominaron -en un tópico que aún le persigue- “la banda más violenta del mundo”, es ahora una figura pública en el pico de su éxito. Sin embargo, hace cinco años (durante todo el lapso 1997-2010, en realidad) era todavía un santón tan venerado en la intimidad como opaco para el gran público, encerrado en su cueva, dirigiendo en solitario su propio sello, Young God Records, apoyando desde allí a artistas que acababan teniendo mucho más éxito que él mismo (Devendra Banhart, Akron/Family) y pariendo discos bajo el alias Angels of Light (también a su nombre o como Body Lovers/Body Haters) que la crítica alababa tanto como el público general ignoraba.

La reunión fue, de algún modo, una suerte para los que seguimos a Swans a través del tiempo pero nunca pudimos verlos en su época heroica. Una suerte también para quienes no los conociesen y quieran ir más allá de la coartada cultural de temporada. Serán pocos, pero valdrá la pena aunque sea por el puñado de almas convertidas y jodidas para siempre. En directo, hoy, los Swans de Gira son en cierto modo una banda “nueva”, una amalgama blindada de veteranos al servicio de la mente central, que funciona como una apisonadora y mezcla, con sabiduría de perro viejo e inusual ímpetu (y volumen), lo que la banda postulaba en los ochenta (ese ‘core’ eremítico y ralentizado obsesionado temáticamente con el sexo, el dinero y otras relaciones de poder) y en los noventa (lo mismo pero con Jarboe en el barco, una formulación más flotante y una creciente ansiedad de búsqueda espiritual) para conseguir una alzada galáctica, una combustión existencialista que, literalmente, tira de espaldas.

Son una banda atípica, además, porque pertenecen a esa división extraña en la que todos los miembros del grupo tocan mucho, mucho más que el que dirige, pero jamás serían lo que son sin él. Esa es una de las gracias terribles de Michael gira, un chamán/director de orquesta al que le cuesta poner tres acordes seguidos en una acústica, pero que es capaz de explicar a un complejo conjunto de musicazos hacia dónde ir exactamente -cuándo y cómo, no porqué- para construir espirales de ruido a mayor gloria de una angustia metafísica, la suya, que inevitablemente acaba siendo también de quien lo escucha. Es él el epicentro del que emana y sobre el que confluye la música, en una especie de sístole/diástole a menudo extenuante. El resultado es una experiencia catártica por la que yo pasé en 2011 y de la que salí purificado como de un baño en agua helada, y que tiene una de sus claves en el volumen y otra en la repetición.

Pero eso no es todo. Si eso fuera todo, habría mil bandas iguales. Lo misterioso, lo único, reside en algún interior de la figura misma de Gira, ese hombre que es capaz de plantarse en medio del escenario, mirar al techo y exigirle a Dios a grito pelado que baje reencarnado otra vez, si tiene huevos, si existe: “Jesus… ¡Come down!... ¡Jesus Christ… Come down NOW!”.

Está grabado AQUÍ. Pueden verlo.

Me decía Gira, cuando lo entrevisté, que la música era su práctica espiritual, y me lo creo. En persona, en la moderna cafetería acristalada de la casa da música de Oporto, me pareció un tipo amabilísimo, con unos ojos de azul translúcido acaso amenazantes si el entorno hubiese sido otro, inquietantes en todo caso. Pero no parecía, desde luego, infeliz. Al torturetti oficial de un par de generaciones quizá la práctica espiritual le haya funcionado, barriendo el turbulento pasado, dejándole con la paz interior suficiente para dedicarse a hacer caja y música grandiosa. Lo dudamos, la verdad, pero todo es posible.


Ángeles de luz 

En todo caso, para ser sincero -que es lo inusual y de lo que se trata aquí-, a mí los tres últimos discos de los Swans no me dicen nada. Correctos, monumentales, fríos, autorreferenciales, son sin duda magnos ejercicios de estilo(s), pero creo que su principal valor de fondo es el de ser la excusa para un directo donde los demonios viejos y nuevos coagulan en demoledoras, asfixiantes nebulosas de sonido; excusas, sí, para ese ejercicio de desafío, exorcismo y catarsis personal realizado en público; y, de paso, para una venganza comercial que se sirve algo fría ya, aunque siempre sabrosa, ahora que el amigo ha cumplido los sesenta.

Uno se encuentra con el misterio mismo del poder transportador de Gira fácilmente, sin embargo, si retrocede unos años y se encara con sus discos “en solitario” como Angels of Light, y en concreto con mis favoritos, la trilogía “Everything is Good Here/Please Come Home” (2003), “We are Him” (2005) y “The Angels of Light Sing Other People” (2007). Cierto es que tiene acompañantes en ese viaje, y que esos acompañantes ayudan a vestir austeramente, con elegancia y perspicacia sus desérticas salmodias, pero no es menos cierto que el ejercicio se acerca al desnudo todo lo que puede en más de una ocasión, y que, tocadas con una acústica, a pelo y con la no excesiva maña que Michael se da con el instrumento, sus canciones funcionan igual a la perfección, como escalofriantes preguntas sobre la identidad, la condición humana, la capacidad de cambio y el vacío vital. Son, los tres, discos vaga aunque brillantemente cubiertos; obscenidades filosóficas o herejías laicas tapadas apenas con la tela translúcida o una purpurina que se pega al músculo seco. Sexo y muerte, Dios y Nada, apenas velados por los necesarios coros y trasfondos que permiten que la píldora pase garganta abajo con menos daño.

La primera vez que vi a Gira lo vi así, solo: un hombre contra una sala de conciertos belga apenas medio llena. En aquella época no le di demasiada importancia, sobre todo porque el telonero fue un Devendra Banhart en absoluto estado de gracia que, a punto de sacar su primer disco, barrió cualquier posibilidad de lucimiento posterior en uno de los mejores conciertos que he presenciado jamás. Virtudes de la persistencia, que las hay: hoy aquel Banhart imperial que me fascinó durante al menos tres LPs ha decaído hasta convertir en una caricatura su poder sanador original, tornado en una especie de leproso ‘hype’ vagabundo e infumable que trisca sobre las burbujas de la moda cantando inanes odas a la felicidad. Mientras, Gira sigue su camino, impasible, hablando del alma humana en su núcleo más oscuro y más cierto.



Drake, Dylan y otros pintores 

Parece que fue Nick Drake, y no deja de ser hasta cierto punto irónico, el que permitió que el viejo ogro de la polución noise viera la luz de las canciones desnudas. “No lo conocía hasta que me lo descubrió Jarboe en los ochenta”, comenta Gira sobre Drake en una curiosa selección de sus discos favoritos, publicada por The Quietus, en la que incluye mucho funk. “Me voló por los aires. Lo escuché constantemente, durante un largo tiempo. Para bien o para mal, sería el escucharlo y el revisitar al primer Dylan lo que me convencería de que era el momento de intentar escribir canciones nuevas con una guitarra acústica”.

El omnipresente Dylan (al que años después visitaría en una aceptable versión de “I pity the poor inmigrant”) sería, pues, el otro culpable. “Blood on the Tracks es un álbum al que vuelvo cada cinco años, y lo escucho obsesivamente”, reconoce en el mismo artículo. “Ha sido importante para mí a través de mi vida. No puedo pontificar sobre su valor cultural, pero para mí tuvo mucha resonancia en situaciones personales en las que me he encontrado. Recuerdo escucharlo en un momento en el que me dio por deambular, conduciendo mi furgoneta a través de América, durmiendo en parques públicos –a mediados y finales de los noventa-. Me había escapado de donde estaba y estuve varios meses yo solo, cocinando en mi hornillo de propano por las noches, bebiéndome un ‘six-pack’, yéndome a la cama y conduciendo de nuevo por la mañana. Recuerdo estar atravesando Montana bajo una lluvia torrencial, escuchando ese álbum y llorando, sollozando. Fue uno de esos momentos en que un disco simplemente parece unirse exactamente con las circunstancias de tu vida. ¿Te da esperanza? No lo sé, pero es un disco hermoso. Es tan extremo y tan franco que supongo que sí, de ese modo te da esperanza”.

La imagen del ogro desconsolado en plena separación (suponemos), recorriendo América contra los elementos, escuchando “Idiot Wind”, es icónica de puro común, y podría aludir a cualquier hombre. Curiosamente, esa es una característica crucial de Gira: puede abrirse de par en par (en entrevistas o en canciones) y no por ello deja de ser misterioso. Quizá, como decía C.S. Lewis en “The abolition of man”, “Un mundo completamente transparente es un mundo invisible. Ver a través de todas las cosas es lo mismo que no ver”. En esto, en todo caso, sí se parece a Dylan. También en una crítica a América no exenta de un aprecio de fondo inevitable. “Me encantan muchas cosas de América”, ha dicho, “especialmente la gente. Desprecio a la actual élite de poder, y especialmente a la cancerosa cultura de los medios corporativos que alimenta a esa élite, pero pese a ello, bajo el radar, hay un montón de cosas buenas”.

En cuanto a las conexiones puramente musicales con Zimmerman o Drake, hay que buscarlas en la intención y en la literatura. El sentimiento de tragedia interna casi a flor de piel existe en los tres. El estilo pictórico en la escritura es también común al Gira de los Angels of Light y al Dylan de “Blood on the Tracks”, aunque sus técnicas y escuelas difieran y sus resultados sean inevitablemente diversos. Gira es más Francis Bacon. Dylan es… bueno, esa es otra historia.


En la encrucijada 

En el fondo, cuando Gira abandona a los Swans y camina en solitario, se encuentra ante una dicotomía clásica, en un cruce de caminos por el que casi todos los músicos que han experimentado con el sonido puro, en bruto, han pasado una o más veces en su vida. Es el drástico momento en el que se decide entre el sonido como motivo emocional principal (en Swans, sí, el medio es el mensaje) y la narración de historias, lo que los pedantes llaman “songwriting”. “Las canciones de Angels of Light están más basadas en la narración”, ha reconocido Gira, “y no creo que siempre funcionen cuando usas grandes trozos de sonido, largas panorámicas de música. En Swans, las letras tienen que ser más abiertas a la interpretación, para no estorbar a la música. En cuanto se convierte en primera persona, creo que la música suena más pequeña”.

Quizá gran parte del éxito artístico de Angels of Light sea precisamente que cuando decide dedicarse a la orfebrería de canciones más “pequeñas”, gira lleva consigo ya todo lo aprendido mientras esculpía cataratas de ruido lento. Cuando alguien entrenado en el exceso sónico se integra en una entidad en la cual manda la canción, sus “poderes” heredados, por decirlo así, pueden contribuir a que esa canción mute hacia formas nuevas quizá más efectivas y más extremas. Un ejemplo clásico sería John Cale, que siendo un músico de formación clásica, abrazó la experimentación radical con Lamonte Young antes de ponerse al servicio de piezas más standard en la Velvet, ayudando así a que las letras perturbadoras de Lou Reed tuviesen un amparo que, sin dejar de resonar en modo pop, fuese al tiempo completamente nuevo. Así, La Velvet Underground se convirtió en un ente transgresor en dos niveles (lírico y sónico), y al tiempo clásico por cuanto su fórmula subyacente de ataba al rock&roll y al pop. Era una receta casi imbatible. Las comparaciones son odiosas, pero lo cierto es que algo de esa magia se respira en los mejores discos de Angels of Light, en los que Gira, que no es un instrumentista demasiado cualificado ni posee una voz brillante (lo suyo es un recitado opaco, aunque de doliente profundidad, que siempre usa más o menos los mismos motivos melódicos), consigue sin embargo tocar la fibra. Aporta la circularidad, incluso en temas de corto minutaje. Aporta el aliento moderno y profético a un tiempo, con unas letras súbitamente expandidas y francamente brillantes en ocasiones. Aporta el nihilismo ocasional, la carcajada negra e irresoluble del existencialismo beckettiano. Aporta el halo de amenaza y de desesperación frígida que nunca dejó de acompañarle desde los sótanos de Nueva York. Inyecta, en definitiva, toneladas de angustia en un formato habitual (la canción semiacústica de tres o cuatro minutos) hasta conseguir una gama de grises perfecta. Una gama de grises sobre la que se define la silueta de un ente translúcido en letargo. Una amenaza.

Decía Julian Cope que hay canciones para dormir y canciones para despertar. Las de Gira son, quizá, canciones para intentar despertar de una pesadilla, erigidas en ese momento de interludio y duermevela en el que no sabemos si lo que vivimos es sueño o realidad.

Aunque este artículo es una reivindicación de los tres discos de Angels of Light que considero esenciales, quizá no debiera extenderme en exceso al respecto, para dejar que quien quiera los escuche y compruebe si coincide o no conmigo. Es un trabajo a veces arduo el de perforar su cáscara, pero entregan lo que prometen. En todo caso, hagamos un vuelo breve y rasante sobre ellos.



Vuelve a casa, todo va bien 

En “Everything is good/Please come home”(supongo que el título es un sarcasmo) están ya bien dibujadas, aunque no del todo desarrolladas, las obsesiones sobre las que orbitan los tres trabajos. Desde “Palisades”, que abre el disco, se percibe una preocupación por la dificultad para sentir y por la disolución de la personalidad (“¿Sientes algo? ¿Dónde está la niña que una vez vivió en ti?”), así como por el asesinato del hombre que uno fue y el nacimiento del hombre nuevo, aún en embrión, que balbucea ese “It’s not me, It’s not me” (“no soy yo, no soy yo”) de la percusiva y adherente “All souls’ rising”. También la vena profético-política está apuntada en la gloriosa “Nations”, una canción que merece un artículo en sí misma, y que predice las enormes “Destroyer” y “Michael’s White Hands”. Es, “Nations”, la primera de una serie de radiografías del tumor social/espiritual de nuestra época en las que Gira se muestra especialmente belicoso y capaz de recrear nuestros monstruos interiores y exteriores con aterrador detalle y violenta poética.

Ya valdría el disco la pena, y mucho, sólo por las citadas, o por la suspendida belleza de “Kosinsky” -delicada flor a punto de morir, momento detenido y casi translúcido-, o por el siniestro cuento de disolución de “The family God”, o por el velvetiano tono de pasacalles de•”Sunset Park”, donde la frase “she’ll bring one” (“ella traerá uno”) suena siniestramente como “shivering son” (“hijo que tiembla”). Tanto las letras como el trabajo instrumental son sobresalientes en su aparente contención, que hace levitar el conjunto en varios tonos de blanco. Pero no está de más intentar ver el conjunto, ya que en mi opinión el disco es ya un intento de trabajo conceptual, igual que lo serán los dos siguientes, aunque todavía no del todo cohesionado. Y en ese conjunto, pese a esa levitación de la que hablamos, hay apenas espacio para respirar. Ese entorno casi Californiano de siniestra belleza lumínica, que a mí siempre me ha recordado a la película “Chinatown”, está anegado de un tenue olor dulzón a carne que empieza a pudrirse. Las campanitas y el evanescente mantra que lo baña todo con su gracia no ocultan el hedor, sólo lo contrastan.

El resultado global parece un ajuste de cuentas cruel y al tiempo asombrado en el que se dan las claves de todo el trabajo posterior. A saber: la interrogación permanente sobre la identidad, el nacimiento de una espiritualidad aún no definida de la que Dios está ausente, lo profético/político y el enramado a veces inextricable de las relaciones personales, con todo lo que siempre implican de pérdida, presente o futura. Ah, y hay muchos personajes y más acción de la que parece, aunque en un modo pausadamente retrospectivo. Si Dylan en “Blood on the Tracks” consigue ese efecto de que mil cosas pasando y mil personajes actuando reverberen concentrados como la misma historia de uno, Michael Gira consigue, en una primera escucha más o menos superficial, un efecto de “paseo” a través de una serie unificada de viñetas claustrofóbicas. En una segunda indagación, uno comienza a sospechar que por las ventanas entreabiertas de esos espacios que dejan ver palmeras raquíticas, una autopista, quizá el mar, se va a otra parte. Pero, ¿a dónde?

En una entrevista posterior a ese momento, le preguntan a Gira si cree en la reencarnación. Su sarcástica respuesta es: “No. Ni siquiera estoy seguro de estar vivo ahora”. Esa sensación fantasmal, casi transparente, también está aquí.


Otras voces, los mismos ámbitos 

Para entrar en el disco prodigioso que es el siguiente trabajo de Gira, “The Angels of Light Sing Other People”, tengamos primero en cuenta que el autor afirma, probablemente con absoluta seriedad, que hay “otra persona” que se apodera de él en ocasiones y habla usándole como canal. Lo ha contado a menudo e incluso ha escrito una esclarecedora y terrible canción al respecto, “Joseph song” (en “We are Him”). Yo recogí uno de esos testimonios en el capítulo que le dediqué en mi libro “El puño y la letra” (66RPM, 2013): “A veces, de pronto, hay algo se abre en la parte trasera de tu mente… algo que no sabrías definir. Es lo que siempre estoy esperando, pero sólo sucede en ocasiones. (…) Yo le llamo a este individuo Joseph. Se sienta en mis hombros y mete sus manos dentro de mi cabeza. Es como un… hermano demónico”.

Al menos dos de las piezas centrales de este nuevo disco, “Destroyer” y “Michael’s white hands”, parecen ejecutadas de ese modo. Ambas son canciones crueles, alucinatorias y oníricas, pero también políticas y precisas. En el caso de la segunda, él mismo se ha explayado al respecto diciendo lo siguiente: “En ‘Michael’s white hands’, Joseph entró en mi mente mientras estaba viendo un especial de televisión escabroso y humillante (para todos los implicados) que examinaba la extraña y maravillosa vida dysneyana de cierto Dios de los medios, cuyo rostro andrógino y carente de raza, aunado con sus sobrenaturales pasos de baile y su voz felina, lo habían colocado en la conciencia de millones de personas de todo el mundo… En el mismo periodo, el espectáculo de la cara de Saddam Hussein estaba también flotando amenazante en nuestras pantallas de televisión como si fuera la gigantesca cabeza del Mago de Oz (iluminada desde atrás), amenazando al mundo con una segura y deliciosa aniquilación, o eso asumíamos, ya que eso se nos había contado. Saturaría nuestras resplandecientes ciudades con gas cáustico y químicos —¡podíamos sentirlo royendo el interior de nuestros pulmones mientras observábamos!— así que de manera natural, estas dos imágenes —la de la ninfa decolorada y chillona y la del terrible otro, el ogro— se mezclaron en mi mente en una sola, una amenaza fresca y aún más seductora, un nuevo mesías, hiperreal y luminiscente; una gárgola digitalizada, televisada, cargada de sexualidad y voraz que corría a la velocidad de la luz a través de redes de cables e irradiaba hacia nosotros desde el cielo, inundando nuestras salas de estar con su resplandor hermosamente pernicioso. Mi mejor amigo, que siempre me ronda, la hizo eclosionar, y yo escribí una oración para aquella deidad mutante”.

Además de estos momentos de gracia ‘delegada’, por decirlo así, “Sing Other People” es una progresión de gigante con respecto a “Everything…”: el sonido muta completamente, las baterías y percusiones han desaparecido casi por completo y los miembros de Akron/Fámily entran en la ecuación como pequeños geniecillos caseros que lo mismo salen por la vía folk que se enroscan en un preciosismo de voces superpuestas reminiscente de los Beach Boys, concediendo al álbum un sonido personalísimo, alienadamente americano y perfectamente unificado pese a la diversidad, que lo convierte en una joya sonora per se. La sensación de mantra disminuye bastante, aunque la circularidad sigue ahí, y en algunos momentos, contados, Gira casi se arranca a cantar, olvidando por un instante su polvoriento recitado. Olvidando por un instante quién es.

El álbum entero está dedicado a Siobhan Duffy, icono punk casi desconocido, mujer de Gira durante un largo trecho, con la que al parecer ha tenido dos hijos y con la que vivía entonces en las Catskill (montañas del sureste del estado de Nueva York). “Este álbum es para Siobhan”, se pude leer en las notas interiores. “Fue escrito como tributo a amigos, héroes y otras entidades varias fuera de mi control”; y, en efecto, hay al menos cuatro canciones dedicadas a personas existentes: “Lena’s song”, para una mujer que en un pasado remoto, cuando era un adolescente que vagaba por oriente próximo, le salvó la vida; “My friend Thor”, probablemente sobre Thor Harris, actual multi-instrumentista de Swans, “Simon is stronger tan us”, sobre un amigo pintor y donde también habla de Francis Bacon, y “Jackie’s spine”, sobre una pareja de amigos y sus liberales costumbres sexuales. En todos los casos, son canciones de reconocimiento y gratitud que se oponen al tono de recriminación que flotaba en el anterior disco; canciones en las que se resalta la valentía, el compromiso y, en general, las formas de voluntad que permiten a la bondad y a la creatividad fluir.

Ese mismo reconocimiento, sin embargo, se vuelve más turbio y complejo en temas como el escalofriante “The kid is already breaking”, que queda abierto a la interpretación: su abigarrada imaginería podría hablar, es una hipótesis, de la vida paralela de un Jesús posmoderno que jamás hubiese empezado su vida pública; aquel Cristo niño que podía matar a otros infantes y resucitarlos de un puntapié al grito de “levántate, perro”. Sin embargo, de igual modo se pude entender como una petición de perdón al hijo que se trae al mundo. No sé si por aquel entonces Gira ya había sido padre. Si no lo había sido, era una buena anticipación de un posible sentido de culpa, un poco en la línea cioranista de la procreación vista como pecado.

Y por último tenemos la onda ambiguamente espiritual, donde brillan “On the mountain”, mezcla de elegía y canción de retorno o reencarnación ” (“si un hombre puede no morir jamás, que seas tú”), “To live trough someone”, cuyo título ya resulta explicativo, o “My sister said”, donde resurge poderosamente la necesidad de matar al hombre viejo para volver a ser, en un progreso personal que Gira no parece ver como una superposición de capas, sino como una trabajosa pero sumaria ejecución de los “yoes” anteriores y un renacimiento completo. Son estas últimas canciones de ascensión y descenso, y canciones de necesidad.

El resultado final es extremadamente coherente y ambicioso. En cierto modo, se trata de una especie de réplica a escala mayor del anterior trabajo, en el que la banda fluyese sin trabajo, virando según la canción pida hacia uno u otro palo, y Gira hablase en el vacío espacio de una catedral en lugar del cerrado ambiente de un cuartucho. Es, sin duda alguna, un soberbio disco de madurez de un hombre que sigue cuestionándolo todo, empezando por sí mismo.


Preguntándole al hueco 

Del tercer disco de la trilogía hablé de manera algo más extensa que de los otros en el libro que escribí en 2013 y que ya cité antes. Era un libro sobre la interrelación entre literatura y rock&roll que en el fondo planteaba, aunque no lo dijese con esas palabras, que ese rock&roll y derivados no dejaban de ser literatura en sí mismos, una parte, una rama, del frondoso árbol de la literatura. Quizá en ese libro este disco, “We are Him” debiera haber ocupado más espacio por varias razones: visitado de nuevo hoy, mientras cierro este artículo, se me antoja la sublimación de los dos anteriores intentos y una obra absolutamente capital, equivalente en “pop” -si se quiere ver así, si esto se puede llamar “pop”- a las obras de Beckett, de Ionesco o del Cioran que afirmaba que “somos todos ex creyentes, mentalidades religiosas sin religión”; una mayúscula interrogación en el vacío que el ser humano –Joseph o quien sea- hace, radicalmente solo, sin saber siquiera quién o qué es a ciencia cierta, a una divinidad que no existe.

Es un disco cadencioso que necesita, que pide a gritos -como todos los de Angels of Light, pero más si cabe- que quien lo escuche lo haga con todos los sentidos, deglutiendo, dejándose envolver, leyendo una y otra vez, hasta que la pregunta misma penetre la sangre y coincida con la propia o difiera de ella. No es, desde luego, un ejercicio de simple escucha placentera; no es, en absoluto, música de fondo o para tomar por partes. Yo mismo le he hecho poca justicia, probablemente, en este aspecto. Es un disco que requiere lo que los grandes libros requieren; espacio y tiempo, y un extra de voluntad para superar a nuestra propia época, esa que nos dice que un minuto es demasiado, que hay que mirar a otro lado, que alguien está llamando y es imprescindible que le hagamos caso YA. Es un disco que requiere reconciliarse con una época que ya pasó, en cierto modo, pero que no ha pasado, porque la angustia del hombre no decrece ni se inmuta ante la tecnología. Eso es así.

“Después de grabarlo”, ha comentado Gira, “descubrí en muchas de las canciones el deseo de los narradores de disolverse o de desaparecer dentro de algo más grande que ellos mismos. Supongo que eso es mi lado espiritual, casi religioso, poniéndose en primer plano, lo que está unido a algunos de los aspectos ‘grandes’ de la misma música: simplemente caer dentro de algo más grande. No soy una persona religiosa en ningún sentido real, pero como cualquier otro, quiero experimentar el éxtasis: algo mucho más grande que uno mismo. (…) Últimamente he estado pensando que es una buena idea simplemente abandonar, dejarse ir, desaparecer, no tener una identidad”.

Su visión de la raíz de sus canciones, si bien distinta de la que yo percibo, es, como siempre, ácidamente gráfica, con un punto grotesco que difícilmente se trasluce en los temas mismos. Del que da título al álbum dice, en una de las entrevistas de las que hablamos en el arranque: “Escribí la canción sobre algo como los mítines de Nuremberg, sólo que no con Hitler en el estrado, sino, en su lugar, quizá, un payado desnudo, viejo y gordo, cubierto de chocolate y de moscas, gesticulando como loco, con espuma rosa saliéndole de las orejas. El público estaba compuesto por gente de todas las edades, todas con un fervor loco, desnudas excepto por los pañales cagados que llevaban, que buscaban en sus sacos de mierda y se embadurnaban la cara y el cuerpo con el contenido los unos a los otros, pataleando en un berrinche comunal, remedando simiescamente las palabras y gestos de su líder. Están cantando ‘Somos él’”.

Tiene otras explicaciones sobre los demás temas que, juntas, darían para un originalísimo volumen de viñetas sobre el infierno. Recordado esto, recordado que el artista y el que lo escucha también pueden diferir sobre la obra, y que para eso, quizá, está la obra, me pongo el disco una última vez antes de cerrar este artículo que ya se ha hecho demasiado largo hasta para mí. Es arduo, como por contraste a la supuesta “ligereza” instrumental del anterior, y aunque cuente con los mismos músicos. Es un disco sobre la posesión y la creación. Es un disco sobre asesinarse y renacer. Es un ritual inventado, casi místico. Es un disco sobre los hombres que viven en nosotros y aquellos en los que nosotros vivimos. Es un disco sobre la disolución, pero también sobre la creación del mundo, y contiene en su rocosa alzada doce canciones difíciles y asombrosas y una de esas estrofas que lo dicen todo sobre la angustia de quien no cree en nada ni sabe nada, porque nada se puede creer ni saber: finalmente, ajustadas las cuentas en “Everything…” y dadas las gracias en “Sing other People”, “We are Him” arroja una heladora interrogación a quien no está:


Si permanezco en esta roca 

en el borde del mar 

y si levanto estas manos 

¿Respirarás dentro de mí? 

¿Hablarás con mi lengua? 

¿Cantarás a través de nosotros? 

¿Mezclaran tus manos el mar? 

¿Soñarás que respiramos?




En la orilla 

Y, de vuelta del viaje, ¿qué esperar de Michael Gira, ahora, ahora que esa etapa confesional y concreta parece algo lejos, ahora que son otra vez los muros de sonido, la ola de ruido purificador? Lo ignoro, pero el tipo lleva años sin dar un paso en falso y parece que los tiempos de oscuridad y ‘do it yourself porque nadie lo va a hacer por ti’ le han dejado las cosas claras en el aspecto técnico, como refleja en una entrevista de hace unos años: “Trabajo extremadamente duro en lo que hago, con un riesgo personal y financiero considerable que implica el hacer esa música, y lo mismo sucede con casi todo el mundo que conozco que haya tomado la desastrosa decisión de desarrollar una carrera musical, así que merecemos ser pagados por nuestros esfuerzos. No esperarías que un libro de un autor que admiras fuese gratis, tampoco esperarías que el electricista viniese a tu case y arreglase todas las conexiones gratis. ¿Por qué íbamos a ser distintos? Este es nuestro trabajo, y lo hacemos para vivir, y si te gusta el resultado final, cómpralo, niño mimado”.

Una actitud de seriedad y control que afecta a lo artístico igualmente, ya que, al final, ese tema que fue “el” tema no ha desaparecido de su espectro. Los maníacos, como la energía, no se destruyen, se transforman: “desde un punto de vista artístico, es muy importante para mí que un álbum sea escuchado en su integridad, con todas sus yuxtaposiciones y su contraste intacto. (…) Va sobre el control, al final, es un acto de control, o de voluntad. Es decir: ‘Esto es lo que pienso, como veo las cosas, estas son mis ideas y sentimientos’, y no ‘aquí hay un montón de nociones vagas, ahora es tu turno’….”.

Sea como sea, hay que reconocer que Gira es por derecho, a los sesenta años, uno de esos iconos –no hay tantos- que se han ganado la fama y el respeto a pulso. Uno de esos hombres reales, acuñados a fuego, casi inmolados en la causa; símbolos de una época, muertos y renacidos a otra época nueva. Si mañana la gente vuelve a ignorarlo, uno seguirá escuchándole. Las razones son las anteriormente expuestas. Las posteriores, a buen seguro, serán igual de ciertas.

Hay unas palabras de Kim Fowley sobre GG. Allin que siempre me han gustado y que lucen en la contraportada del mítico “Brutality and Bloodshed for All”, junto a la foto del cadáver de Allin y su féretro repleto de porros, pastillas y botellas de Jack Daniels:

GG Allin es un héroe. Un mártir eléctrico en un mundo que ha enloquecido. 

GG Allin hizo las preguntas correctas. A veces, dio las respuestas correctas. 

GG Allin será recordado. Dentro de cien años, será un Billy el Niño, un Capitán Blood, un Jesse James de un reino animal nuclear que se estrangula en su propia promesa. 

GG Allin es "el último de los salvajes”. Un Americano que se desvanece y que luchó solo en la frontera del cambio. 

Como Amy Fisher, como Charles Manson, como el ‘hombre pájaro’ de Alcatraz, GG Allin se forjó en la oscuridad. Pero vio la luz. 


Cambien GG Allin por Michael Gira. Hoy esas palabras –aunque toscas e imprecisas- me parecen perfectamente adecuadas para él.



viernes, enero 09, 2015

MICHAEL GIRA/ANGELS OF LIGHT (en ROCK I+D)



Buena noticia para cualquier amante del rock es la aparición de ROCK I+D, una nueva revista on-line que trata de abordar el género y sus satélites con profundidad y de manera original, para variar. En el primer número, que pueden ver AQUÍ, se incluye un artículo largo de nuestro colaborador Luis Boullosa sobre Michael Gira y sus Angels of Light. Incluimos el arranque para que abran boca. El resto en la citada publicación.


DISOLVIÉNDOSE A LA LUZ DE LAS CANCIONES DESNUDAS


Entrevistador : ¿Considerarías en algún momento volver a reunir a los Swans?

Michael Gira : Tajantemente, no. Está muerto y acabado. Tengo cosas más interesantes que hacer.


Entrevistador: ¿Ves tu nuevo disco con Angels of Light, “We are Him”, como una vuelta al sonido que tenías con Swans en la época de “Love of Life”? Hay paralelos razonables…

Michael Gira: ¡Oh, Dios, no! Ni siquiera puedo recordar aquellos días. He trabajado realmente duro para olvidarlo todo sobre Swans. No tengo nada que ver con ello. Maté a aquel inútil trozo de mierda de ser humano hace mucho tiempo. Los discos aún existen, supongo, pero son artefactos, restos, como antiestéticos tumores que fueron extirpados quirúrgicamente de mi cuerpo, dejados al sol para que se marchitasen y secasen y después dispersados por el viento. De algún modo, Angels of Light son una labor religiosa: estoy haciendo penitencia por todos mis años de vanidad y pecado.



Swans, la banda nacida en 1982 y finiquitada originalmente en 1997, y a la que Michael Gira convirtió en una de las leyendas subterráneas más herméticas de la historia del pop, se reformaron en 2010. Actualmente van por el tercer disco de estudio desde la reunión, encabezan festivales ‘indies’, son la comidilla mañanera de todo enterado que se precie y llevan casi un lustro sosteniendo el ‘hype’ de retorno más marciano de la historia. El hombre que era demasiado extremo para el ‘mainstream’ en los ochenta, que dirigía con tóxica mano de hierro la que los críticos denominaron -en un tópico que aún le persigue- “la banda más violenta del mundo”, es ahora una figura pública en el pico de su éxito. Sin embargo, hace cinco años (durante todo el lapso 1997-2010, en realidad) era todavía un santón tan venerado en la intimidad como opaco para el gran público, encerrado en su cueva, dirigiendo en solitario su propio sello, Young God Records, apoyando desde allí a artistas que acababan teniendo mucho más éxito que él mismo (Devendra Banhart, Akron/Family) y pariendo discos bajo el alias Angels of Light (también a su nombre o como Body Lovers/Body Haters) que la crítica alababa tanto como el público general ignoraba. La reunión fue, de algún modo, una suerte para los que seguimos a Swans a través del tiempo pero nunca pudimos verlos en su época heroica. Una suerte también para quienes no los conociesen y quieran ir más allá de la coartada cultural de temporada. Serán pocos, pero valdrá la pena aunque sea por el puñado de almas convertidas y jodidas para siempre.

En directo, hoy, los Swans de Gira son en cierto modo una banda “nueva”, una amalgama blindada de veteranos al servicio de la mente central, que funciona como una apisonadora y mezcla, con sabiduría de perro viejo e inusual ímpetu (y volumen), lo que la banda postulaba en los ochenta (ese ‘core’ eremítico y ralentizado obsesionado temáticamente con el sexo, el dinero y otras relaciones de poder) y en los noventa (lo mismo pero con Jarboe en el barco, una formulación más flotante y una creciente ansiedad de búsqueda espiritual) para conseguir una alzada galáctica, una combustión existencialista que, literalmente, tira de espaldas. Son una banda atípica, además, porque pertenecen a esa división extraña en la que todos los miembros del grupo tocan mucho, mucho más que el que dirige, pero jamás serían lo que son sin él. Esa es una de las gracias terribles de Michael gira, un chamán/director de orquesta al que le cuesta poner tres acordes seguidos en una acústica, pero que es capaz de explicar a un complejo conjunto de musicazos hacia dónde ir exactamente -cuándo y cómo, no porqué- para construir espirales de ruido a mayor gloria de una angustia metafísica, la suya, que inevitablemente acaba siendo también de quien lo escucha. Es él el epicentro del que emana y sobre el que confluye la música, en una especie de sístole/diástole a menudo extenuante. El resultado es una experiencia catártica por la que yo pasé en 2011 y de la que salí purificado como de un baño en agua helada, y que tiene una de sus claves en el volumen y otra en la repetición.

Pero eso no es todo. Si eso fuera todo, habría mil bandas iguales. Lo misterioso, lo único, reside en algún interior de la figura misma de Gira, ese hombre que es capaz de plantarse en medio del escenario, mirar al techo y exigirle a Dios a grito pelado que baje reencarnado otra vez, si tiene huevos, si existe: “Jesus… ¡Come down!... ¡Jesus Christ… Come down NOW!”.

Está grabado. PUEDEN VERLO.

Me decía Gira, cuando lo entrevisté, que la música era su práctica espiritual, y me lo creo. En persona, en la moderna cafetería acristalada de la casa da música de Oporto, me pareció un tipo amabilísimo, con unos ojos de azul translúcido acaso amenazantes si el entorno hubiese sido otro, inquietantes en todo caso. Pero no parecía, desde luego, infeliz. Al torturetti oficial de un par de generaciones quizá la práctica espiritual le haya funcionado, barriendo el turbulento pasado, dejándole con la paz interior suficiente para dedicarse a hacer caja y música grandiosa. Lo dudamos, la verdad, pero todo es posible.




ÁNGELES AUTOLUMINISCENTES

En todo caso, para ser sincero -que es lo inusual y de lo que se trata aquí-, a mí los tres últimos discos de los Swans no me dicen nada. Correctos, monumentales, fríos, autorreferenciales, son sin duda magnos ejercicios de estilo(s), pero creo que su principal valor de fondo es el de ser la excusa para un directo donde los demonios viejos y nuevos coagulan en demoledoras, asfixiantes nebulosas de sonido; excusas, sí, para ese ejercicio de desafío, exorcismo y catarsis personal realizado en público; y, de paso, para una venganza comercial que se sirve algo fría ya, aunque siempre sabrosa, ahora que el amigo ha cumplido los sesenta.

Uno se encuentra con el misterio mismo del poder transportador de Gira fácilmente, sin embargo, si retrocede unos años y se encara con sus discos “en solitario” como Angels of Light, y en concreto con mis favoritos, la trilogía “Everything is Good Here/Please Come Home” (2003), “We are Him” (2005) y “The Angels of Light Sing Other People” (2007). Cierto es que tiene acompañantes en ese viaje, y que esos acompañantes ayudan a vestir austeramente, con elegancia y perspicacia sus desérticas salmodias, pero no es menos cierto que el ejercicio se acerca al desnudo todo lo que puede en más de una ocasión, y que, tocadas con una acústica, a pelo y con la no excesiva maña que Michael se da con el instrumento, sus canciones funcionan igual a la perfección, como escalofriantes preguntas sobre la identidad, la condición humana, la capacidad de cambio y el vacío vital. Son, los tres, discos vaga aunque brillantemente cubiertos; obscenidades filosóficas o herejías laicas tapadas apenas con la tela translúcida o una purpurina que se pega al músculo seco. Sexo y muerte, Dios y Nada, apenas velados por los necesarios coros y trasfondos que permiten que la píldora pase garganta abajo con menos daño.

La primera vez que vi a Gira lo vi así, solo: un hombre contra una sala de conciertos belga apenas medio llena. En aquella época no le di demasiada importancia, sobre todo porque el telonero fue un Devendra Banhart en absoluto estado de gracia que, a punto de sacar su primer disco, barrió cualquier posibilidad de lucimiento posterior en uno de los mejores conciertos que he presenciado jamás. Virtudes de la persistencia, que las hay: hoy aquel Banhart imperial que me fascinó durante al menos tres LPs ha decaído hasta convertir en una caricatura su poder sanador original, tornado en una especie de leproso ‘hype’ vagabundo e infumable que trisca sobre las burbujas de la moda cantando inanes odas a la felicidad. Mientras, Gira sigue su camino, impasible, hablando del alma humana en su núcleo más oscuro y más cierto. (...)

domingo, agosto 03, 2014

Slowcore de antes de las subvenciones (una entrevista con TENTUDÍA)


Tocados por la gélida gracia que hace dos décadas hizo rodar aquello que se llamó Slowcore, polucionados por gran parte de lo que ha sucedido desde entonces en el rock introspectivo de vanguardia, Tentudía son otro ejemplo de que Sevilla es hoy uno de los centros imprescindibles de la música española viva, esa que nunca ponen en los asquerosos bares de tu pueblo, ni en la radiofórmula históricamente comatosa, ni en el prostíbulo televisivo, ni en los ascensores que te llevan al curro de mierda que tienes; esa que hay que reivindicar, desenterrar y festejar. SU DISCO sale en Knockturne Records -sello esencial desde ya, todo pura crema- y, casi completamente instrumental, apreciarlo en su totalidad requiere tiempo, escuchas y la voluntad de paladear una artesanía ya poco habitual. Si se hace así, es un manjar. Pablo Vinuesa (guitarra), nos cuenta la movida.


1-Una de las características más llamativas de muchos grupos nuevos es que teniendo muchas influencias no parecen un plagio de nada. En vuestro caso, yo detecto bastante slowcore (Codeine, etc), bastante de Mogway y quizá algo de stoner y de metal moderno, oscuro, polucionando un poco el ambiente, pero no sonáis a calco, hay personalidad. ¿Qué es lo que define a la banda y la hace interesante por encima de esas referencias, lo que la hace única, original y válida?

Ante todo, muchas gracias por tus halagos. Por mi parte, hay una influencia clarísima y reconocida del slowcore; no voy a negar que escuchar el “Spiderland” de Slint me cambió un poco la vida en general y, más concretamente, mi manera de tocar la guitarra. Tanto ellos como Codeine, Rodan y derivados (June of ’44, Rachel’s, Retsin etc.) son parte de mi ADN musical, por no hablar de las escenas de Washington DC y Chicago, con grupos como Fugazi, Girls Against Boys, Unsane, Jawbox, Shellac y Big Black, Smart Went Craze etc., o la primera hornada inglesa del post-rock, es decir, Bark Psychosis, Disco Inferno, Moonshake y demás. Mogwai me gustaron muchísimo cuando salieron, cómo no, pero para cuando escuché el “Young Team” ya estaba yo haciendo en El Puerto de Santa María cosas parecidas (dentro de nuestras posibilidades, obviamente) con el grupo D4insight, aunque virado todo un poco hacia el free jazz atmosférico, una onda parecida a los primeros Do Make Say Think, para que nos entendamos. 

Lo mismo que te cuento sobre Mogwai se podría decir de Godspeed You! Black Emperor, por ejemplo. Puede parecer un poco pretencioso por mi parte, pero a estos grupos los citaría más como unos compañeros de viaje a los que adoro que como una influencia directa. El slowcore primigenio sí lo fue, como bien supones, igual que las formas tan personales de tocar de guitarristas como Mark Kozelek de Red House Painters, Alan Sparhawk de Low o el maestro Neil Young, por ejemplo, santos de mi devoción cada uno para su momento concreto. Por otra parte, lo de Mogwai es muy comprensible visto desde fuera, a todos nos gustan y además el uso de los teclados puede acercarnos un poco más a su sonido, pero esto es como lo de Earth, que sólo le flipan verdaderamente a uno del grupo, pero que todos reconocemos abiertamente como un grupo con un sonido muy parecido al nuestro. Vaya, dicho en claro, que aunque no sean una influencia directa nos halaga muchísimo la comparación. ¡Cómo no! 

Creo que Low, Neurosis y Swans, por añadir tres nombres más, sí serían otras influencias admitidas por todos. Yo creo que lo que nos hace originales es que en nuestra música volcamos todos nuestros gustos, que son dispares al tratarse de cuatro personas de orígenes y manías distintos, y además con un rango de edad que oscila entre los veintipocos y los treintaymuchos. Tenemos a un miembro muy muy jevi, por ejemplo; yo lo soy sólo a medias, más tirando al hardcore de los 90, aunque luego me ponga desde flamenco a electrónica, pasando por el hip-hop (curiosamente lo que más escucho). Vamos, que somos cada uno de su padre y de su madre. Eso, y que desde el principio no hemos pensado JAMÁS en lo que le pueda gustar al público, sino en lo que nos apetecía hacer, por mucho que lo viésemos como algo claramente anticomercial, creo que es lo que le puede otorgar cierta personalidad a TENTUDÍA. De todas formas, y aunque esto suene a lugar común, la última palabra la tiene el oyente.

2-El tono del disco parece eludir las dinámicas fáciles, es decir, no hay grandes estallidos o subidas y bajadas epatantes. Más bien, parece exigir una escucha atenta, o varias. ¿Es intencionado? ¿Apuntáis a un tipo de receptor, de oyente, que se tome su tiempo?

Sí, totalmente consciente. Sabíamos desde el principio que si íbamos a usar cambios de intensidad, calma y distorsión, al menos teníamos que intentar ser originales al respecto, por eso ha habido un estudio muy concienzudo de ir desplazando en tiempos estas explosiones y hacerlas más huidizas. Recuerdo momentos en el local de “en la primera parte hacemos 4 tiempos, luego 3, ahora 2 y por último 6”, por joder y por despistar. Algo que luego, por cierto, nos hace disfrutar menos en directo algunos de los temas, porque para nosotros mismos requieren bastante esfuerzo mental. Al margen de esto, nuestra apuesta fue clara desde el principio poniendo un tema de más de diez minutos como apertura del disco: si te parece un coñazo no sigas escuchando, porque no te va a gustar. O eres paciente, o puerta. Que te den por culo, básicamente… ¡Ponte a los Gemeliers!

3-¿Creéis que alguien que no esté familiarizado con los referentes y postulados que manejáis puede entrar fácilmente en vuestra música? Dicho más sencillo: ¿es música para todos los públicos?

Pues la verdad es que nos ha sorprendido que parece que nuestro disco le ha gustado a mucha gente, y además a gente con gustos muy diversos, porque sinceramente esperábamos que la peña pasara de nosotros y nos catalogara como un auténtico coñazo. No les hubiéramos culpado, la verdad. Pero, por ejemplo, en nuestra segunda intervención en el festival Monkey Week, el año pasado, como finalistas del Concurso de Pop-Rock del Desencaja, había varios niños chicos bailando al pie del escenario, un hecho que nos gustó mucho, por supuesto, pero que nos dejó perplejos. 

En principio pensábamos que nuestra música iba a tener un público objetivo muy muy reducido, el que conociera al dedillo todas estas oscuras referencias, e imaginábamos que la propuesta probablemente le parecería demasiado jevi a los modernos, demasiado moderna a los jevis y demasiado mal tocada a esa virtuosa generación de hardcoretas post-Toundra... Dentro de nuestro límites obvios parece que no, que está gustando un poco más de lo esperado.

4-¿Qué podemos esperar de Tendudía en directo? ¿Hay variación con respecto al disco? ¿Improvisáis?

En directo podéis esperar mucho #DOLOR, desde luego… No hay mucha improvisación porque los temas están bastante cuadrados en cuanto a partes, cambios de ritmo, etc, pero dependiendo del tiempo que nos permitan para el set sí que tenemos varias, digamos, “opciones” de repertorio, orden y duración de cada tema. Lo que sí cambia radicalmente es que, excepto en la presentación que hicimos del disco en Sevilla, en la Sala Hollander, Marco Serrato (Orthodox, Jacob, Hidden Forces Trio, etc.) y Xavier Castroviejo (Blooming Látigo) no nos acompañan, y somos Pedro y yo quienes nos encargamos de las voces y el griterío. 

Cuando nos lo permiten y nos cuadra todo, también, en vez del cuarteto básico nos presentamos en formato extendido, lo que llamamos de coña “TENTUDÍA+2”, con dos bajos y dos baterías, acompañados por José Luis de la Vega y Joaquín Andrés Corrales, que también colaboraron en la grabación. En realidad, cada concierto es un poco diferente, ahora que lo pienso. Esa tensión de “¿y hoy qué vamos a hacer?” también nos mola…

5-Sevilla es una ciudad con ciertas costumbres, rituales y tradiciones muy marcadas. Algunas bandas como Orthodox, tomaron parte de todo ello, aunque fuera para subvertirlo. Vosotros, en cambio, parecéis muy alejados. ¿Influye en vuestra música el medioambiente en el que vivís,
la ciudad, las costumbres, el “tono”, digamos, del entorno?

Bueno, todos somos muy andaluces en el sentido más tópico de la expresión, queriendo decir con esto que nos gusta más salir a tomar cervecitas y tapas que a un tonto un lápiz, pero por lo demás, la verdad es que no nos sentimos mucho como parte de “algo sevillano”. Alberto y yo, además, somos un poco mixto-lobo, medio de Cádiz y medio de Sevilla, como la autopista. En Sevilla lo que prima es el rollo más clasicón, y eso nos aburre soberanamente. No tenemos nada que ver, a nivel de –ejem- escena con lo que llamamos medio de coña el “rock alamedero”, aunque nos puedan gustar algunos grupos y por supuesto tener muchos amigos que tocan en ellos (perdón, amigos, os queremos pese a todo). Sí que tenemos una buena alianza con grupos como Orthodox, Blooming Látigo, PYLAR, Malheur, Miraflores, Santacruz o Sweethearts from America, algunos de ellos porque también editan con Knockturne Records, pero todos y por encima de cualquiera otra circunstancia porque son amigos y porque los admiramos como artistas. Sobre todo por intentar hacer cosas distintas en una ciudad que, para algunas cuestiones, resulta cansinamente inmovilista. 

En mi caso particular, musicalmente tengo mucho más que ver, en cuanto a gustos, con un slowcoreta de Louisville o con un rapero de Queens que con un patillero rumboso de mi ciudad, por mucho que mi madre me cantara de pequeño Lole y Manuel para dormirme. Aunque, si te fijas con atención, quizás puedas descubrir algún deje semanasantero en nuestros temas, jejeje… Debe de ser nuestra herencia Macarena.

6-¿Cuáles son vuestras intenciones como grupo? ¿Queréis vivir de ello, es sólo un pasatiempo o estáis en la gama de grises que hay entre ambos puntos? En este último caso, explicadme en qué punto exacto.

Vivir de TENTUDÍA es imposible. Para empezar, porque no nos interesa. Yo concretamente soy ya un señor con una edad y un trabajo y una pareja estables, y la idea de vivir on the road hace ya década y pico que dejó de parecerme mínimamente interesante. La mugre es interesante en los cuentos de Bukowski, pero en la realidad menos... Además, acabo de volverme a vivir a El Puerto de Santa María, donde crecí. Alberto también tiene su vida hecha, curra en Madrid y sus horarios son bastante leoninos. Pedro y Paula, que son los que siguen en Sevilla full time, intentan desesperadamente vencer al mercado laboral nacional, que tiene un especial interés en hundir a nuestros jóvenes, tan sobradamente preparados… Así que sería bastante complicado intentar hacer de esto una profesión, porque ya quedar para ensayar resulta a veces una odisea. Y en el caso remoto de que nos lo planteáramos, para un grupo de nuestras características creo que resultaría bastante complejo, por no decir titánico. 

A pesar de que creemos estar teniendo bastante más éxito del que esperábamos inicialmente y algunos conciertos se han saldado con entradas muy aceptables (para lo que somos, quiero decir), luego la realidad es aplastante: hicimos una mini gira junto a Buena Esperanza, grupo con buena promoción, que nace de otros ya conocidos, con primeros puestos en las listas de lo mejor del año de la prensa especializada etc., y vinieron a vernos 16 personas a Mairena del Aljarafe y CERO a Cádiz. Con CERO me refiero a CERO: el técnico de sonido, dos camareras, el DJ de la sala y el portero. Y dos de nuestras parejas. NADIE vino pagando. Aun así, como somos buenos profesionales, dimos ambos bolos con gusto, pero vaya, te hace replantearte ciertas cosas, si es que por casualidad te has creído algo, ¿no? Puedes llegar a pensar que has alcanzado cierto estatus por haber salido en Ruta66 o Mondosonoro, pero no, haciendo nuestra música hay que seguir siendo realista en todo momento para luego no llevarte muchas decepciones.


7-La escena subterránea sevillana parece estar en un momento de gracia con sellos como Knockturne o Alone, y bandas como vosotros, Hidden Forces, Blooming Látigo, Miraflores o Pylar. ¿Por qué sucede? Supongo que las cosas no surgen de la nada y que tenía que haber un sustrato vivo para poder haber llegado a esto.

Es algo de lo que hemos hablado mucho entre los colegas, desde luego que sí, porque la escena más underground de Sevilla está que arde, y eso es algo fantástico. No tenemos muy claro el porqué, pero sí es curioso ver cómo la mayoría de los músicos en esos grupos somos gente ya, ejem, mayor, tirando a los 40 tacos, que de pronto está viviendo como una segunda juventud… Yo creo que la mala leche que nos está provocando la situación actual ha sido uno de los claros revulsivos, pero esta es una opinión muy personal y quizás sesgada, y luego cuando digo que igual si no me pongo a pegar guitarrazos empiezo a quemar cosas o a matar gente, llegan mis compis de grupo y me riñen, por proto-terrorista… Así que me moderaré. Pero creo que hay una mala baba general, cocida a fuego lento durante muchos años, y que un poco por combustión espontánea y colectiva está llegando a la superficie. Sea por lo que sea,  en ese aspecto concreto (en otros NO) Sevilla ahora mismo mola que te cagas. Y ya era hora, coño, que al fin y al cabo estamos hablando de una ciudad de un millón de habitantes con una historia de rock de vanguardia muy importante.

8-¿Os consideráis un grupo de rock, o hay otra definición para lo vuestro?

Sí, por supuesto. Aunque podamos hablar de términos como slowcore, stoner, post-rock y demás etiquetas que nos encantan a los críticos (yo lo he sido durante más de 15 años, aunque ya no ejerza demasiado porque se me acabó el amor), por actitud y por sonido somos un grupo de rock. Casi instrumental y raro, por supuesto, pero rock al fin y al cabo. Nos hemos auto-etiquetado como post-jevi por el chiste, básicamente, igual que hice con D4insight en el 98 con aquello del freecore… Ganas de guasa, básicamente, por responder de nuevo a los tópicos que vierten sobre nuestra tierra. Con lo de rock nos vale.

9-¿Creéis que la música independiente actual –la de verdad me refiero- es todavía un canalizador de ideas que pueden cambiar la sociedad? Si es que sí, ¿Cómo? Si es que no, ¿por qué?

Uhm… No lo tengo muy claro. De hecho, aunque pueda compartir el grueso ideológico de propuestas como, por ponerte un ejemplo, la de Fundación Robo, me da un poco de miedo que mi música termine siendo un panfleto. Además, creo que el interés máximo de un músico debe de ser el hacer buena música, punto. Si luego además dices cosas interesantes, mejor que mejor, pero eso de enarbolar banderitas con BSO de fondo no me interesa. The Clash y Fugazi, por decir los dos primeros que se me vienen a la mente, eran muy interesantes a nivel de mensaje, pero por encima de todo era unos grupos cojonudos. Igual que el flamenco de antes de las subvenciones, por hablar de algo muy de aquí. Pero vincularlo todo al mensaje creo que es un error, porque entre otras cosas va a convertir tu música en algo demasiado del momento, caduco en un par de años. 

Dicho esto, creo que TENTUDÍA es un grupo político en el sentido de que hemos sido, por nuestra parte y junto a Knockturne, totalmente D.I.Y., y también porque nuestra música sirve como elemento de canalización de rabia, en primer lugar para nosotros y en segundo plano para el oyente, pero para esto no creo que haga falta que digamos que votes a tal partido o que hay que acabar con “la casta”. Es más, creo que estas cosas se sobreentienden para un oyente culto (en todos los aspectos). Además, si ni yo mismo tengo una opinión sólida para según qué temas al margen de mis ansias por la destrucción, ¿cómo voy a atreverme a darle lecciones a nadie? Me parecería pretencioso, poco humilde y, en general, estúpido.

Creo que no te he respondido demasiado a tu pregunta, pero bueno... A nivel estrictamente de negocio, la verdad es que me parece mucho más interesante ver cómo los chavales del hip-hop y el R&B norteamericanos han agarrado a la industria por los cojones, triunfando en las redes sociales con sus mixtapes gratuitas, ganándose una legión de fans irredentos, y teniendo luego a los sellos a sus pies como corderitos, como es el caso de colectivos como OFGKTA, Black Hippy o el sello TDE, y artistas como Drake, The Weeknd o A$AP Rocky. Creo que en ese aspecto nos llevan bastante ventaja a los roqueros a la hora de autogestionarse.

10-Aunque no totalmente, en gran parte sois instrumentales. ¿Por qué?

Porque no nos sale ser de otra manera. Así de claro. Y mira que nos gustaría, pero no lo tenemos dentro… Nos ha ayudado mucho tener que adaptar las colaboraciones de Marco y Xavi a nuestro set, y puedo decir que yo ahora me siento cómodo en directo cantando y gritando, pero no es algo natural para mí. Pedro sí que berreaba ya con sus Monkeypriest, pero en TENTUDÍA no le pica la voz tampoco de una manera epidérmica. Eso sí, tras ver cómo han cambiado los temas las colaboraciones en el disco, y lo a gusto que nos sentimos ya nosotros adaptándolas en directo, tenemos como asignatura pendiente asociar las voces al proyecto de manera interna. Eso sí, sin obsesiones y, como se suele decir, como un instrumento más. Si hay, perfecto. Si no, también, porque creemos que la música se sustenta sola sin problemas.

11-Hay dos formas recurrentes de describir la música instrumental: una de ellas es aplicarle el calificativo “paisajístico”, la otra hablar de “soundtrack”, de “banda sonora de una película imaginaria”. ¿Os sentiríais cómodos si un crítico se acercase a lo que hacéis desde esos enfoques? ¿Tienen sentido?

Nos sentiríamos comodísimos con la idea si la reseña de ese crítico hace que un director famoso nos contrate y nos haga millonarios, jejeje. A mí particularmente no me molestan ninguno de los dos términos. A pesar de que creemos que el disco tiene una especie de desarrollo o intra-historia que va ligando las canciones desde el principio hasta el final a modo de guión, para entendernos, no hacemos expresamente música para películas imaginarias porque la música nos sale por propulsión, de manera espontánea y sin imágenes, pero… ¿Creemos que quedaría bien como banda sonora? Sí, eso está claro.

12-¿Cómo os metisteis en el mundo de la música? ¿Cuáles son vuestros primeros recuerdos al respecto y qué ha cambiado desde entonces?

Yo empecé a tocar la guitarra como a los 14 o 15 años, allá por el 92 aproximadamente, y he tenido muchos grupos, de Tan Low a D4insight pasando brevísimamente por Úrsula y Sr. Chinarro (en el nunca bien ponderado “La primera ópera envasada al vacío”, donde se nos acusó injustamente de oscurecer el mundo Luque, jejeje), y colaborado con mil otros más, creando colectivos, etc. Llevo escribiendo sobre música desde finales de los 90, en revistas como aB, Go Mag, Ciclo, Era, FREEk! Magazine o CLONE y puntualmente también, en su día, en Mondosonoro y Ruta66. Me metí en la música por pura pasión, por necesidad de mamoneo, y luego se ha terminado convirtiendo en algo parecido a una profesión. Hice promoción para Green Ufos, he sido tour manager y he trabajado y trabajo para una interminable sucesión de festivales, desde el FIB hasta el Tanned Tin en su época cántabra, hasta llegar a los más actuales, como Territorios Sevilla, Electrochock (US) o la Bienal de Flamenco.

En cuanto a los demás, Alberto estudió piano y todavía tiene pesadillas recurrentes con los exámenes finales, aunque este es su primer grupo de rock oficial. Pedro es un tercio de Knockturne Records y lleva ya mucho tiempo tocando con otras bandas, como Monkeypriest. Además, organiza conciertos de manera local, el tío chalao, que hay que tener valor.... Y Paula también ha tocado con otras bandas, como Holland.


13-¿De qué vivís? ¿Os aporta la música un ingreso extra u os cuesta dinero?

Hemos sido capaces de autogestionarnos y grabar el disco y hacer camisetas y demás sin que nos cueste el dinero, equilibrando con los pocos bolos en los que sí nos han pagado un mínimo de caché, pero claro, sin contar con todo el equipo que trae cada uno ya puesto de casa, que al final es una pasta, aunque no sea inversión directa de la banda. Digamos que hemos conseguido no arruinarnos demasiado a la hora de invertir en los objetos físicos de la banda, pero lo del ingreso extra es como un mirlo blanco para un grupo como nosotros, que además trabaja a espaldas de la SGAE, pone su CD de 50 minutazos al ridículo precio de 5€ y no intenta moverse demasiado por los ambientes donde se cuece la pasta. Como se suele decir por aquí, “semo pobre pero honrao”.

14-La producción de vuestro disco es extremadamente limpia, lo cual no es muy habitual. ¿Estáis contentos con el resultado final del trabajo? ¿Cómo lo grabásteis? (Veo que fue en La Mina, que parece ser una opción recurrente en esa generación de bandas de la que hemos hablado).

Muy contentos con el trabajo de Raúl, un tipo estupendo que te aconseja sólo cuando se lo pides, y en esos casos siempre suele tener razón… Además, La Mina es un lugar tan freak como cómodo y encantador, que además nos queda cerca de casa. Lo de la limpieza del sonido era una apuesta nuestras desde el principio: creemos que las cosas tienen que sonar nítidas a pesar de que usemos mucha distorsión de manera puntual, y de hecho hay muuuchas bandas que se “esconden” tras los efectos. Eso es trampa, una manifiesta cobardía. 

Yo por ejemplo uso un delay, un Little Big Muff y un afinador, punto. Ni reverb. Nosotros nos exponemos muchísimo; en la mayoría de las partes de nuestras canciones tocamos muy lentos y en limpio, por lo cual cada cagada es pública y notoria, no hay manera de tamizarla. Y esa tensión de tenerlo que hacer bien por narices creo que se transmite al público, y que es positiva para los temas. Raúl consiguió que sonáramos exactamente a lo que sonamos, y para haber grabado el disco en directo, en una sola jornada y casi todo en primeras tomas, no puede sonar mejor, la verdad. El segundo día de estudio vinieron los colaboradores y el resto del tiempo fue mezcla, que tuvo un tostaíto analógico final por aquello del feeling. Para nosotros era importante que todo fuese natural y directo. Quizás para el futuro nos planteemos otra manera de trabajar, pero para esta primera vez queríamos que así fuese. No olvidemos también que, si no tienes dinero y un gran sello que suelte los euros, es complicado trabajar en plan Scott Walker.

15-El disco tiene ya un año. ¿Cómo habéis evolucionado desde entonces?

A ojos de un extraño, casi nada. Internamente, mucho. De hecho estamos en lo que se podría definir como un periodo de reflexión forzado, porque a base de dar conciertos te das cuenta de que hay temas que funcionan mejor y otros que no tanto, y que además esto no responde necesariamente a lo que nosotros podríamos haber pensado inicialmente. Curiosamente creemos que funcionan mejor los temas más sencillos y primitivos, lo cual da un poco de rabia pero también tiene su lógica. Adaptar las voces ha sido quizás el mayor reto, y lo que más puede marcarnos en el futuro. Ya veremos, nos tomamos las cosas con calma, también porque por disparidad geográfica y laboral nos vemos forzados a ir bastante lento.

16- Me parece que hay un uso bastante original y efectivo de los teclados en temas como “LAX”, lejos del sonido que suele tener ese instrumento habitualmente…

El uso del sonido de piano que le da Alberto en temas tan brutos como “LAX” o “Arrache-coeur” es quizás lo que más nos distingue de otros grupos, al igual que las capas de sintes ruidosos en otras como “Herbie”. Se nota que, aunque sus gustos sean comunes, su aprendizaje del instrumento es clásico, y ese choque con la facción más hardcoreta/jevi del grupo le da mucha vida a las canciones.

17- ¿Cómo es vuestro proceso de composición y ensayo?

Hay algunos temas que se han cocido a base de improvisar un riff en el local e ir desarrollándolos a base de ensayos, pero lo más normal es que yo llegue con una línea de guitarra o Alberto con una de piano y a partir de ahí empecemos a crear el armazón. La verdad es que al final, curiosamente, no solemos cambiar mucho de la estructura original que llega en primera instancia al local, pero la transición de esa idea de un minutito hasta los diez, por ejemplo, sí que nos lleva mucho tiempo. Digamos que la parte que más tiempo consume es la de escribir el guión, la intensidad y los cambios a cada tema.


18-¿Podríais definir cuál es el mensaje de la banda o al menos su intención, lo que se trata de comunicar?

El #DOLOR, está claro, jajaja… Ahora en serio, nuestro mensaje se podría definir en destruir cosas y encontrar luego la belleza que queda en los escombros. Exorcizamos nuestros demonios delante del público por pura necesidad, y esperamos que esto les sirva también a ellos para convertirlos en sus propias historias.

19-Vuestra música es lenta pero no siempre repetitiva o circular (como parece ser lo más habitual últimamente), intuyo ciertos desarrollos que van evolucionando de manera discursiva. ¿Qué parte de todo eso es consciente e intencionada? ¿Creéis que los desarrollos lentos pueden
ayudar a un cierto desarrollo personal introspectivo o “espiritual” del oyente?

Totalmente: los drones son para nosotros el pan nuestro de cada día. Cuando toco la guitarra en mi casa, solo, tiendo a buscar esos arpegios que hacen que me quede “colgado” durante minutos y minutos. Incluso con una guitarra española con cuerdas de nylon, a veces me quedo amamonao escuchando las ondas de sonido que salen de la caja... Mi novia me mira con caras raras, te puedes imaginar. 

Eso sí, no lo veo como una búsqueda espiritual, de una manera explícita, porque soy bastante racional para muchas cosas, pero ciertamente activar las ondas alpha del cerebro es una de nuestras intenciones más básicas. ¡A la felicidad por la lentitud! Y aunque pueda sonar un poco raro para una banda con nuestro sonido, puede que nuestro gusto por la electrónica también influya, en el sentido de que pensamos las partes de las canciones y los instrumentos como loops que se van poniendo y quitando.

20- Bandas de Sevilla de las últimas décadas que os parezcan importantes. Desde los sesenta hasta aquí.

Sin orden ni concierto y saltando de un estilo a otro: Lole y Manuel, Alameda, Smash, Triana, Sr. Chinarro, Hippaly, SFDK, Toteking, Niño de Elche (por adopción), Pony Bravo (por poner Sevilla en el mapa del indie, te guste más o te guste menos), I Am Dive (por sacar uno de los discos cortavenas más bonitos de los últimos años), Orthodox (obvio) o Blooming Látigo (la gran banda-casi-desconocida de la ciudad). Pero hay muchas más que merecen ser escuchadas, como Malheur, Miraflores, Holland, Monkeypriest, José Cicuta, Marina Gallardo, Blacanova, Tannhäuser, Santacruz, Blusa… Y me dejo muchas, seguro, ya me arrepentiré cuando me peguen collejas.

21-¿Cómo veis el actual momento musical en España comparado con la década inmediatamente anterior?

Interesante. Complicado porque cada vez queda menos “industria”, pero a la vez mejor, porque esta industria merecía la pena capital. Si te las sabes arreglar por ti mismo, vivimos un momento magnífico, y la proliferación de grupos en todas partes, de Galicia a Cádiz pasando por Madrid, lo hace evidente. También hace que sea más complicado destacar, pero bueno, es lo que hay. Es todo un poco caótico, pero yo lo disfruto bastante, y de hecho me parece mejor caldo de cultivo que lo que viví en décadas anteriores.

22-¿Qué hay después de la muerte?

Darle de comer a los gusanitos y que ellos, al hacerlo, escuchen en sus diminutos cerebros el “Children of the Sun” de Dead Can Dance, cantado por Brendan Perry, que viene muy a colación de estos temas aunque alguien me acuse de #treehugger. Ah, y Camarón, claro, que está allí esperándonos a todos poniéndose púo mientras.

23- Y cualquier cosa que queráis añadir…

[Pero con voz de abuela]: “Chiquillo, ¿y esto cuándo sale?”. No, ahora en serio, no estaría de más recordar que el CD de TENTUDÍA cuesta la absurda cantidad de 5€ envío incluido, bajo la oferta veraniega actual de Knockturne Records. Con un portadón cortesía de El Señor Gómez & la Señorita Swallow y conteniendo casi 50 minutos de post-jevi abrasivo suena un poco a coña, ¿no? Y encima, si te compras todo el pack de lanzamientos del sello, siete ni más ni menos, te sale a 30€ la jugada. Una broma. 

Esto me ha quedado un poco tendero, lo sé, pero no está mal recordar a aquellos que se parten el pecho por el rocanrrol en las redes sociales que de vez en cuando, sólo de vez en cuando, mola comprar un disco a los grupos, sobre todo en casos como el nuestro en el que no editamos con una major, no trabajamos con distribuidoras ni tiendas y además actuamos bajo Creative Commons y nos parece fantástico que la gente se lo baje y comparta, si le place. He dicho.


viernes, diciembre 07, 2012

SWANS - La práctica espiritual más violenta del mundo

Un texto sobre los SWANS que Luis Boullosa publica hoy en El Confidencial y en el que ha conseguido no citar ni una vez a la adorable Jarboe (en la imagen, a la izda.)...

Cuando vi a Michael Gira en directo por primera vez, en Bruselas, a principios de siglo, quedé más impresionado por su telonero que por él. El duendecillo ácido Devendra Banhart era, al cabo, una presencia asombrosa y fresca entonces, luz nueva girando sobre sí misma como un torbellino. Gira era, en cambio –pensaba uno- tan sólo un viejo brujo más: Imponía respeto, sin duda, y era notable su capacidad para hipnotizar con la monocorde grisedumbre de sus temas y un dominio apenas aproximativo de su instrumento (una guitarra acústica), pero probablemente todo lo que me quedó de él tras esa noche que pasé fascinado por la exhibición de su pupilo fue una sensación extraña de amenaza y el estúpido orgullo de poder decir “Yo he visto al tipo que creó a los Swans, la banda más violenta de la historia”. Sí, ese era el tópico, para quienes no habíamos llegado a conocerlos en vida. Y sí, aquel era el hombre que había tallado en ruido puro obras maestras del sótano y la cloaca existencial en forma de LPs, como “Filth” (podredumbre) o “Cop” (‘madero’) y restallantes declaraciones de filo metafísico como “The Great Anihilator” (el gran aniquilador). El ogro cruel y ambiguo que se había definido en brutalidades como “Rapìng a slave” (violar a un esclavo):

¿Por qué estar avergonzado del odio?
No hay nada malo en arder
Trabajo duro por cada cosa que poseo
Todo lo que poseo me asfixia mientras duermo


O en “Money is flesh” (El dinero es carne), en plena obsesión por las dinámicas del poder, la obediencia y el control:

El dinero es carne en tu mano
El dinero es carne en tu mano
Cuando pagas eres un sirviente.
Te lo mereces
Te lo mereces
Es fácil sacar dinero de tu carne
La carne es fácil de conseguir cuando trabajas por dinero


En todo caso, pensaba yo en Bruselas, en 2003, Gira había ardido. Su pasado era convulso, oscuro y fulgurante, pero su presente parecía tan sólo el de una respetable leyenda underground. Una más.


Justicia poética

Casi una década después de aquello he de reconocer mis variados errores: los discos actuales del (ya no) tan joven Banhart han dejado de importarme por completo (aunque sigo atesorando sus primeras maravillas) y, mientras tanto, Gira (59 años, aparenta diez menos, los pactos, ya se sabe) ha vuelto a reagrupar a esos Swans a los que se cansó de negar porque, ha declarado, “deseaba tener de nuevo la experiencia de las cascadas irresistibles de sonido que te destruye el cuerpo”. Y, no sólo eso: parece haber logrado convertirlos en lo que nunca fueron: el llameante hype de la temporada independiente. Absurdo y genial. Tiene sentido porque lo merecen su leyenda sus conciertos y su reciente y brutal disco “The Seer”, y porque funciona como extraña, dilatada revancha para toda una generación de habitantes de las sombras. La rata de biblioteca underground -ese animal más común de lo que parece- puede hoy explayarse, decir, “oh, yeah”, repachingarse en su sofá, ponerse un whisky y brindar, apoyado en su colección de discos de noise neoyorquino por ese momento de justicia poética extrema que está a punto de suceder en su ciudad: crítica y público a los pies del demonio de dos caras, garitos llenos a merced del inclemente martillear de una banda perfecta en su exceso, genuflexos ante una ola de sonido sobre la que el brujo oscuro riza el rizo, dispuesto a poner la guinda final en forma de bonita carcajada en la cara de la nada.

O al menos eso es lo que intentan los Swans, encaramados sobre unas ‘tendencias’ “independientes” que –imprevisibles ellas- llevan unos años decantándose por la música densa, la psicodelia circular de raíz kraut y otras cosas raras que deberían venir con diccionario. Bandas, todas ellas (en España podríamos citar, sin rompernos mucho la cabeza, a los excelentes Lüger) que se apuntalan siempre en directos sólidos y epatantes. Y epatantes, cierto, eran los cisnes cuando los vi en vivo en Oporto hace dos años, recién reunificados y presentando su irregular “My Father Will Guide Me Up A Rope In the Sky”. “Sólo puede hacer usted fotos en la primera canción”, me dijo una azafata del exquisita Casa de la Música de la ciudad portuguesa, “pero no se preocupe: dura 17 minutos”. Y así fue. Excesivo e impresionante. Un compendio muy bien graduado –y ejecutado con pericia de perros viejos- de lo aprendido en el camino: de sus épocas asesinas, sus momentos de contemplación y su inherente circularidad. Quedaba, sin embargo, ese resto inconcreto, esa impresión de que el éxtasis no siempre se conseguía del todo. De que todo el mundo tiraba hacia él con demasiada intención: Gira, atípico, iletrado director de orquesta, espástico pelele de sí mismo, parecía rozar todo el rato un trance colectivo que se quedó en los labios, como un recuerdo del que se duda.

Una amiga los vio hace tres semanas en Glasgow, y parece ser que dos años de rodaje les han permitido viajar de lo sólido a lo transportador. Y no es la primera persona que me lo jura: “No sabría decirte qué canciones tocaron antes o después, yo sólo cerré los ojos y viajé. Fue intenso. La gente que estuvo, decía que era el concierto con el sonido más alto en el que había estado, y yo me tuve que ir de la primera fila porque pensaba que me iban a estallar los oídos… guitarrazos, intensidad, trance… Hay parones, luego guitarrazo que te destroza el oído, luego melodía, silencio, destrucción de sonido… Duró una hora y media más o menos, pero yo perdí la noción del tiempo. No sé cuántas canciones tocaron porque se enlazaban unas con otras, era un viaje Un conocido que trabaja en conciertos le dijo que después de ése ninguno le iba a parecer bueno. La sensación fue alucinante. A mí me colocó, literalmente, durante unos días y cuando salí de la sala, todavía retumbaba…”


Etapa Oscura, Ángeles de Luz

En esta irónica instantánea, impensable hace cinco años, en la que los Swans avanzan triunfales hacia su ciudad de usted, poca gente parece recordar el trabajo desarrollado por Gira en los anteriores tres lustros de semi-oscuridad. Labor notabilísima al mando de Young God Records, descubriendo y fogueando a algunos talentos mayores (el citado Banhart, el grupo Akron/Family, a los que usó como banda), protegiendo a algún veterano (Lisa Germano) y proponiendo siempre alternativas curiosas (Wooden Wand, Mi And Lau). En lo artístico, fue entonces cuando Gira se convirtió en un verdadero contador de historias en el sentido clásico del término. Ya no un mero invocador de fuerzas internas o demonios comunes, un onomatopéyico orfebre, un titán del ruido: No. Un narrador de verdad, un artesano de malsanos retablos que recuerdan, sí, a los de su admirado Jeronimous Bosch, y de helados esperpentos que le acercan a su no menos admirado Francis Bacon. Pictórico él, su ambigüedad y su esencial violencia están más presentes que nunca, pero, paradojas de la vida, suenan aquí acrisoladas: una cristalina y unificadora gracia atraviesa a los ángeles de la luz haciéndolos un todo. Y si bien es cierto que las canciones de Gira son siempre una o dos, permutadas con distintos nombre y significados, esa gracia basta para sanarlas.

Fue antes del citado concierto de Oporto cuando pude conversar con el hombre que da miedo. Gente educada, demasiado quizá, dotado para una simpatía gélida que guía con unos ojos de azul cristal que no ríen nunca, aunque él suelte una carcajada. Daba algo de miedo, sí, pero estuvo bien. No ha matado a nadie, que yo sepa.

“Lo primero es sentarte ahí, tú solo”, me decía hablando del proceso de escritura de las canciones”, e ir poniendo las palabras una detrás de otra, pero a veces, de pronto, hay algo se abre en la parte trasera de tu mente… algo que no sabrías definir. Es lo que siempre estoy esperando, pero sólo sucede en ocasiones. En el escenario, con la música, establecemos una situación que potencialmente tiene un final muy abierto, y la idea es la de perder tu cuerpo y perder tu mente en el sonido y que en un momento el sonido posea por la fuerza, tome el control y nos conduzca, más que al revés…”.

Luego me habló de Joseph, que es quien toma el mando cuando el trance creativo se produce: “La parte trasera de mi cabeza se abre y… es como un vómito…Yo le llamo a este individuo Joseph. Se sienta en mis hombros y mete sus manos dentro de mi cabeza. Es como un… hermano demónico”. Así lo explica, también, en “Joseph Song”, integrada en el soberbio “We Are Him”, quizá el punto culminante, incluso en lo iconográfico, de su cancionero angélico:

El escribe esas palabras sobre tu piel
Tú apartas la cara de él
Siempre hay cosas que no se pueden decir
Pero Joseph tiene la llave que las abre.


Él deja esas canciones en tu lengua
pero es hora de pagar por lo que has hecho
tus dispersos agujeros en deudas pendientes
todas catalogadas
en la cabeza de Joseph.


Tu hermano está borracho aquí, a tu lado
esperando tu aliento de vida
pero ¿cómo puedes cantar aquello que sabes falso?
Nunca borrarás la boca de Joseph de tu cara

Un primer arañazo se interna en este polvoriento escenario de madera
Una historia de nuestros mejores años desperdiciados
No hay donde escapar de la verdad de Joseph
Sus manos están en torno a tu cuello, pero te alimentan
¡Así el río ate una soga a tus pies
Y se lleve tu cuerpo y tu mente a alta mar!
Y entonces, agradece al cielo con sus colores, desde abajo, bajo
el fango universal donde Joseph crece.


No es despreciable esa idea del fango universal para saber qué es lo que intentan los Swans. Un retorno al magma, una comunión que implique de verdad, lo físico. Quizá por eso el volumen excesivo, cruel. Quizá por eso el mantra pseudo religioso.

“Mi música es mi práctica espiritual”, ha dicho Gira. “Y creo que es lo mismo que meditar… cuando va bien eres capaz de llegar a un estado en el que puedes expresarte y simultáneamente perderte dentro de otra cosa distinta, y ambos os disolvéis dentro de algo que está al tiempo dentro y fuera de ti. Eso es lo que intentan las religiones, y lo que la gente quiere, por eso quieren religión”. Interesante, viniendo de alguien a quien uno imagina perfectamente atravesando la vida al son de aquella inolvidable apertura de Miller en trópico de Capricornio: “Tenía tan poca necesidad de Dios como él de mí, y con frecuencia me decía que, si Dios existiera, iría a su encuentro tranquilamente y le escupiría en la cara”.

En todo caso, no se lo pierdan. Swans tocan hoy en Madrid en El Matadero (¿dónde sino? y mañana el nueve de diciembre en el Teatro Central de Sevilla. Quizá el año que viene toque adorar a Antony And The Johnsons, o algo peor.

Y si prefieren empezar por el principio, con los LPs, recuerden esto: los discos de 45 revoluciones de Black Flag pueden ser escuchados a 33 y funcionan. A los Swans les pasa al revés, sus discos de 33 se pueden poner a 45 sin que la cosa se desmande. Durante un tiempo, yo lo hice de ese modo.

Luego decidí que ya estaba preparado, ralenticé el giro y me zambullí.