domingo, marzo 10, 2013

ARS LONGA (Y TAL)


Decía Vargas Llosa, creo, una de esas obviedades que es necesario tener en cuenta, sin embargo: que un libro nunca se termina, sólo se abandona. Bueno, yo he abandonado uno hoy. Lo he dejado en el riachuelo para que flote hasta mi editor y sea después publicado. En realidad lo que he abandonado hoy es una corrección que podría haber seguido hasta el infinito y algo más allá. Ahora prefiero no volver a ver lo que he escrito hasta que esté publicado y no pueda ya hacer nada al respecto, más que arrepentirme o mirarlo con esa sonrisa escéptica que uno se pasa la vida preparando. Volver sobre él con algo de frialdad haría, probablemente, que intentase arreglarlo, y, como decía el otro “no hay que intentar arreglar algo que no está estropeado”. Que uno no escriba todo lo bien que desearía, que uno no sea todo lo brillante que él mismo esperaba, que a uno sus trabajos le parezcan sistemáticamente débiles e incompletos según un estándar inventado de excelencia, no quiere decir, al final, que haya nada estropeado, que haya nada que reparar. Cuesta llegar a esa conclusión, al “lo hice lo mejor que pude, lo mejor que mi cerebro, mi salud y mi voluntad me permitieron, así que ahí lo tenéis”. Pero se llega.
Ha sido ese libro, entre otras cosas, el que me ha impedido pasarme por aquí con la frecuencia de otras épocas. Intentaremos retomar la actividad, ahora, porque, si bien en parte apacigua, de un libro ajusticiado también vuelve uno con preguntas nuevas y neuras renovadas.
Pasa otra cosa también. Le preguntaba yo a un amigo hace tiempo (o él a mí): “¿Qué hace un músico underground cuando finalmente se desprende de sus bandas fallidas, harto de una profesión (de fé) que no le ha traído más que sinsabores, excesos y falta de dinero?”. Y me respondía él (o era yo), leyéndome la mente: “Montar una banda nueva”. Por esa misma mecánica que combina masoquismo y adicción, lo primero que piensa un escritor después del parto es en cuál será el tema de su próximo libro. Un escritor no es una madre. El cuerpo que ha expulsado no está vivo para él: sólo lo está para los demás. No se lo puede pasear en un carrito, ni hacerle cucamonas, ni educarlo, ni verlo crecer. Como mucho, se puede presumir de él por ahí, pero sería bastante forzado. Habrá que presentarlo en sociedad, eso sí, soltar palabras, sostener acaso alguna teoría epatante (para tres) que el texto ampare y tomarse unos whiskies. Es decir, nada que no hiciésemos antes sin excusa.
No quiere decir eso que uno no esté orgulloso. Uno está orgulloso, pero sospecho que está más orgulloso de haber llegado al final con vida que del Golem mismo. Más orgulloso de haber sido capaz de hacer el viaje que del diario de ese viaje que al cabo es el libro. ¿Y la ciudad a la que se ha llegado? ¿Es una ciudad distinta? ¿Nos hemos transformado en el trayecto? Un poco, quizá. No deshecho del todo esa postura. Sin embargo, creo que si nos ha transformado en alguna manera positiva, quizá sea más por el lastre que nos ha permitido arrojar por la borda que por el material nutritivo que ha añadido al equipaje. Cosas mías. Hay quien considera el progreso por acumulación y quien lo entiende como despojamiento.
Decía Vargas Llosa otra cosa, también. Que la mayoría de los novelistas no hablan en sus novelas del tema que tratan, sino “en torno” a ese tema. Esa idea, menos obvia que la primera, esa concepción de la obsesión delimitada en molde hueco, me parece enormemente llamativa, pero de eso hablaremos otro día. Al fin y al cabo, lo mío no es una novela, sino un simple libro sobre la música y el arte de otros.
En todo caso, hecho está, mis queridos, fugaces, pocos lectores. Cuando esté en la calle os hablaré de él de manera concreta, no antes.
Goodnight and Joy be with you all!

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Mucha mierda, aún cuándo no la necesites.

Ronnie Farras dijo...

Colonel Brandt: What will we do when we have lost the war?
Captain Kiesel: Prepare for the next one.

Raoul Hausmann dijo...

La posesión os poseerá