sábado, julio 21, 2012
viernes, julio 20, 2012
ACLARACIONES (y otras perversiones)
Me he encontrado en mi blog (este blog) con un comentario de Carlos Zanón, escritor y periodista musical referente a mi artículo “Que se mueran los Bee Gees”. El caso es que el comentario ha desaparecido y como es posible que en mi actual estado de resaca el culpable haya sido yo, sin darme cuenta, pido disculpas de antemano. Nunca borro ningún comentario si no es por accidente, y menos los que tienen sentido, y este lo tenía. Contesto, en todo caso:
-Lo de la “magnanimidad” era pura ironía, como se comprenderá… Creo que la ironía es importante para sobrevivir.
-Considero al señor Zanón -como por otro lado digo en mi artículo- un profesional solvente y con un estilo por encima de la media.
-Estoy de acuerdo con él en que cada uno escribe sobre lo que le parece y no dudo que él crea en lo que dice (no tengo razón alguna para hacerlo).
-Ser crítico de cualquier cosa implica equivocarse a menudo. La exageración es un error en el que yo incurro con frecuencia. Soportar la contracrítica es ley de vida.
-Los Bee Gees me siguen pareciendo una castaña nefasta.
-Mantengo mi opinión sobre la crítica rock en general, que era de lo que iba el asunto.
Aquí paz y después gloria.//LUIS BOULLOSA
miércoles, julio 18, 2012
lunes, julio 02, 2012
ROYAL HEADACHE
Royal Headache - Never Again from Tracy Vanessa on Vimeo.
Alguien que traiga a ESTOS TIPOS por aquí...EL CORAZÓN LLENO DE NAPALM – SÍMBOLOS DE SÍMBOLOS (I)
Decía Borges en alguna página de “Nuevas inquisiciones” y
hablando de Nathaniel Hawthorne que hay escritores que escriben a partir de
imágenes. Un engorro, sin duda, haber nacido así para las letras –quien lo
probó, lo sabe-, pero quizá no tanto si lo tuyo es escribir canciones, un
terreno menos extenso y más fértil para quienes no parten de un argumento sino
que lo buscan; para quienes no dicen “contaré esta historia” sino que intuyen
que detrás de lo que VEN hay una historia y hacen, pues, que su trabajo sea no
el contarla, sino el encontrarla. O el contar el proceso de búsqueda. La música
es más abierta a ese nivel.
Escuchaba el otro día a una banda que tocaba con nosotros hacer
una versión de “Nuevo Harlem” (“En el Nuevo Harlem/en nuestro Bangladesh/en el
Nuevo Harlem bajo/el otro andén”), un tema de los Lagartija Nick, aquella banda
tan prometedora en su momento y, al menos para mí, tan decepcionante a medida
que evolucionó, y pensaba: “Basta con una buena imagen, una solamente, para que
una canción funcione”. Obviemos, claro, que en este caso la imagen es prestada,
en cierto modo, enunciada previamente bajo otra forma por el más arriesgado y discutible
de los Lorcas, ese que arrancaba “El Rey de Harlem” diciendo “Con una cuchara/arrancaba
los ojos a los cocodrilos/y golpeaba el trasero de los monos” (que delicado y
que cursi ese “trasero”, y que demoledor arranque, sin embargo).
Una imagen: “Pretty Woman” es la mujer hermosa que baja por
la calle –y casi puede reducirse a ese simiesco aullido de aprobación masculina
que entona pacatamente Orbison con inimitable gorgorito-; “Smoke on the Water” es
un edificio ardiendo sobre un lago, con la capacidad que esto tenga –parece que
mucha- para hacer bailar los cajones de nuestro inconsciente colectivo. “Sittin’
on The Edge of the Bed Crying” de los Drones es… bueno, es lo que su mismo título
dice como lo son, supongo (cito las primeras que se me ocurren) “Ocean Shore”
de los Celibate Rifles”, "Bikini Girls with Machine Guns” o “Naked Girl Falling
Down the Stairs”” de los Cramps (que bien se les daban a estos la cosa, por
cierto). O el puto “Search And Destroy”: soy joven y estoy loco, voy por las
calles como un chulesco animal (enjaulado) en busca de mi dosis (I’m a street walking
cheetah with a heart full of napalm”).
Por supuesto, no todas las canciones –ni siquiera una mayoría, supongo- son así, aunque abunden en la música popular. Hay temas que, de hecho, acumulan imágenes hasta la extenuación en lugar de sintetizarlo todo en una (pienso en “Lily, Rosemary and the Jacks of Hearts” y muchas otras de Dylan), o canciones narrativas de largo recorrido que son casi novelas (“Tangled Up in Blue”, por no salirnos de la tradición juidaica). Pero incluso en las que son parte de una construcción narrativa compleja, sucede a menudo que la imagen manda, simplifica, sintetiza y comunica de una manera difícilmente asequible para el razonamiento argumentado (al cabo, tenemos poco tiempo, queremos hacerlo rápido, es Rock&Roll, divina o maldita urgencia). Pienso, por ejemplo, en “Magic & Loss”, quizá mi disco favorito de madurez de Lou Reed, esa terrible crónica de la enfermedad y la muerte. Ahí está “Goodby Mass”, que es una imagen o puede ser reducida a ella: el hombre sentado en el funeral de su amigo, tratando de contener el dolor o preguntándose como lidiar con la ausencia de éste (“Sitting on a hard chair/trying to sit straight”). Y ahí está “Sword of Damocles”, que no necesita más explicación. Y ahí está “Magician” que es un hombre clamando a un ente superior en el que no cree porque no quiere morir. A despecho de que las canciones posean después una narrativa propia y extendida, en algunos casos sencillamente heladora, podría intentar reducirse un disco paradójicamente -o no- tan “literario” a un número de viñetas igual al de canciones. Y quizá eso sean las canciones de las que hablo: viñetas dibujadas por gentes con instintiva capacidad para el símbolo profundo, voluntad para observar la vida y un talento para el latrocinio y la apropiación que es necesario, casi siempre, en un creador. Al fin y al cabo, como me dijo un amigo “temas de verdad sólo hay cuatro o cinco”, y como añade el citado Borges en otro lugar del mismo libro, acaso las metáforas válidas sean sólo unas pocas y por eso se repiten siempre.
El problema viene, como indicaba al principio- cuando no se
sabe qué es lo que representa o significa el símbolo –la visión que uno ha
tenido-, si es que significa algo en
realidad. Ahí, de nuevo, el pop es más sencillo (y es que, no nos liemos, hacer
una buena canción es más fácil que hacer un buen cuento, y hacer un buen cuento
más fácil que hacer una mala novela): creo firmemente que hay un número importante
de grandes canciones cuyo significado sus creadores ignoran. Sin embargo, y ahí
está una de las claves, no ignoran que ese significado existe y que es poderoso, y por eso las
canciones son, pese a todo, grandes. Por eso funcionan.
La búsqueda y el enunciado en crudo comunican, hace vibrar
algo dentro, y el público del Rock, condescendiente, poco crítico, inteligente,
quizá, en esa reducción absoluta a la primigenia emoción, no va a pedir cuentas
ni explicación. Con un libro tendrías, en lugar de trescientos tipos coreando
puño en alto algo que no comprenden, pero al menos sienten, a un editor discutiéndote
algo que comprende menos aún y tratando de decirte sibilinamente qué es lo que
en realidad querías TÚ contar (es decir, tratando de convertirse en autor
encubierto en nombre de las supuestas “normas” de la narrativa). ¿Existen las
normas de la narrativa? Existen, quizá, pero son demasiadas y por eso se le
suele llamar “estilo personal”. Lo que sí existen son normas temporales y
generacionales sobre como debe ser la narrativa “cool”; normas que suelen
simplonas y, a medio plazo, inútiles.
A veces -y eso distingue a la música como lenguaje aparte, aliado, pero no necesariamente, con la palabra- las imágenes esenciales están contenidas por el sonido mismo. Pienso en la canción de los Rifles que he citado antes, “Ocean Shore”. Si no tuviera letra (una letra que no recuerdo) seguiría diciendo lo mismo, y si ni siquiera tuviésemos la guía del título daría igual. Es la música de un hombre en la orilla, frente al sol y al agua, muy anteriores a él y mucho más grandes que él. Sólo dudo si los demás lo perciben como un atardecer (así me sucede a mí) o no. En el lado no tan bueno del asunto, de esa capacidad viene el a menudo inevitable talante icónico del pop, su irritante facilidad para encarnarse en símbolo simplón (y por tanto vendible). O quizá es que nuestra mente tiende a sintetizar, para bien nuestro y comprensión del vulgo, sabiendo –ella antes que nosotros- que hay quien come bocadillos de chorizo y de queso cada día pero nunca llega a pensar que ambos elementos se puedan combinar (siento la imagen chusca, pero es que conozco un caso).
Y también hay creadores peculiares, como nuestro querido
Michael Gira, capaces de hacer temas que son en sí mismos una imagen única de
contemplación, pese a que para levantarla use varias (“Kosinsky”). Sobre eso y
sobre todos los errores que contiene este texto redactado a vuelapluma,
hablaremos mañana. Conteste quien le plazca, por el momento, con su opinión
personal.
Fdo.-LUIS BOULLOSAmiércoles, junio 27, 2012
ROYAL TRUX - "Singles, Live, Unreleased"
Paso gran parte de la mañana escuchando mi disco
favorito de los Royal Trux, ese imprescindible doble de singles y rarezas que
cubre la etapa 88-94 y define a la perfección lo que la desastrada parejita Hagerty/Herrema
planteaba y se encargó luego de concretar con mayor o menor fortuna en varios
discos, algunos de ellos brillantes. Y quizá el mayor acierto de esta recopilación
es precisamente que en ella no encontramos esa reducción, esa síntesis, que
amputó de los trabajos “oficiales” (sobre todo a partir de "Cats And Dogs") la parte más experimental y volada, los
desarrollos de free jazz de f(r)actura prescolar pero gloriosa expresividad, el
ruidismo reiterativo, cabezón y porquesí, el ansia inacabada, los lapsos de
lucidez envueltos en parodia ruidista más sureña que neoyorquina, la gloriosa
bronca y la falta de cortapisas, en fin, que les llevaba a arremeter como si
nada contra Milton Nascimento (“Faca Amolada”) y salir asombrosamente indemnes
de la osadía merced a una clase innata que es, probablemente, lo único que no
se les puede discutir.
Me pasa con los Trux algo mundano y perdonable, pero
que un crítico debe evitar: Me captura su imagen, el vaho de su desgana de
yonquis espabilados, la belleza misma de su estampa, con esa impagable Herrema
a la que hace años envié un telegrama nocturno del que no me arrepiento. Me
entrego maniatado a su trampa –tan vieja, tan natural a veces- porque me cautiva
una imagen que en otros discuto y que, al cabo, nunca debiera ser más importante
que la música. Pero así somos, mitómanos todos. Basta con buscar el mito o
infra-mito que aluda a nuestras propias debilidades y carencias. Es humano,
además, e incluso necesario para sobrevivir, sentirse transportado por lo
estético y dejarse llevar, de vez en cuando, olvidando el castrante rigor;
sobre todo cuando, como es el caso, el sonido no hace sino reafirmar tan
oxidada pose, al tiempo evanescente y carnal. Sobre todo cuando -me digo- tras
el viaje opiáceo al olvido, regresamos a la casa vacía bañados en ruido,
renovados y conscientes de que, aún sin toda la pirotecnia, la cosa funcionaría
igual.
No es un disco fácil, pese a todo. Ni siquiera en
este lejano 2012 en el que todos los post ruidos han sido incluidos ya en la
psique colectiva del maníaco musical y la rata de biblioteca indie. Viéndolo en
perspectiva, quitándole la citada cáscara, si se quiere, este “Singles, Live, Unreleased”
le pasa por la banda a la mayor parte de los experimentalistas de raíz rock que
se nos vendieron en los 90, incluyendo cualquier disco de Sonic Youth que me
queráis traer de regalo. Va siendo hora de hacer esa criba, en la distancia. Va
siendo hora de reconocer que a aquella generación, sector enterados, le tocó
(nos tocó, como siempre, supongo) comulgar con unas cuantas ruedas de molino
que no eran gran cosa (Pavement, Sebadoh, los diversos iconos vendibles previa
rebaja del ruido esencial) y que no dimos la importancia que sí tenían a otros
cuantos bichos muy pero que muy serios. Se me ocurren los infecciosos y
quirúrgicos Jesus Lizard (y toda la detonante cuadrilla de AmRep). Se me ocurren,
por viajar al otro lado del espectro, los modestos Walkabouts. O bandas como Earth
o melvins (tardíamente convertidos en unos dioses que tampoco son, por pura
perseverancia). O los iniciales Seaweed, olvidados. O incluso los Screaming Trees
de la primera época, que en su cierto preciosismo sixties no parecían cuadrar
con la desastrada y austera nihilista de Nirvana y su inmediata corte de
clones. Claro que ya sabemos a donde nos llevaron esos clones. Ahora le hablas
a alguien del asunto y encuentras más cristic victims que verdaderos amantes de
la música o la actitud. Más Alice in Chains y “que bueno está Eddie Vedder” que
alimento real. Más “Kurt vive” que interés por la vida misma. Más centro
comercial que bosque, mucho más.
Da igual. Eso también es parte de la historia y como
tal debe ser tratado, pero -milagros de la tecnología, aunque sea ya vieja- uno
aún puede coger esos discos que pasó por alto en la vorágine de los tiempos de
juventud y concederles su espacio HOY. Para esa justicia retrospectiva (y para
pocas cosas más) sirve una colección de discos. Para esas sorpresas y el placer
que experimento AHORA, no entonces, volviendo a cascarme de corrido los 32
temas de este artefacto dañino, roto, diríase que erróneo casi a propósito;
dejándome llevar por el intoxicado, intoxicante vaivén de barrabasadas como “Shockwave
Rider” o “Law Man” (Jefferson Airplane), por el funkoide retraso mental
de “Womban”, el laid back junkie style pegajosamente stoniano de “Mercury” o el
flotante riff/drone de “Red Tiger”. Eso sólo en el primer cd.
“Somos la mayor
banda de Boogie del mundo, decía Hagerty”, y a su manera espacial y posmoderna,
tenía razón. Ese alegato gritón, desbocado, tendente al desfase de guitarras
metadónicas tenía los pies en una tradición en la que probablemente tenían
tanto peso, o más, los Skynnird, JJ Cale o los ZZ Top –convenientemente reducidos a pulpa
inyectable- que la Gauche Divine de Nueva York, siempre en busca de sus quince
minutos de shock radiable. Y los Stones, claro. Eran capaces, además, de aunar el espasmo eléctrico
ciego (“Baghdad Buzz”) con la pasividad contemplativa (esa especie de versión
yoncarra de Tom Waits que levantan en “Cut You loose”) y de mutar el rock de
desguace que abanderarían los sobrevalorados Pussy Galore (donde estuvo Hagerty)
con el viaje cósmico (“Hero Zero”, “Teeth”), aunque fuese a lomos de un Chevy
Impala de tercera mano. Eran un coche a punto de palmar, sí, pero quizá por
ello fueron también una de las formulaciones más perfectas de la descacharrada
gracia a la que en ocasiones puede llegar el Rock&Roll. Sin miedo a hacer
temas con bajo, flauta y cacharros de cocina ("Statik Jakl"). Sin miedo a regresar a pulsaciones
clásicas (“Cleveland”) o ingresar en el chiste ocasional (“Theme from M*A*S*H”).
Sin miedo a la subida ni a la bajada. Sin temor al viaje. La vuelta, ya se
verá.
Al final importa bastante poco la mucha o poca
heroína que se metieran en la época, lo listos o idiotas que fueran al conducir
su carrera en la época en que las discográficas saqueaban el underground en
busca de nuevos tsunamis generacionales, las poses de la Herrema para
calendarios de alta gama y revistas de moda e incluso un presente que ignoro parcialmente
(aunque sé que Neil Hagerty ha seguido en la brecha y tengo algún disco suyo y de Howling Hex). Lo que importa es que HOY y
AQUÍ los escucho con esa mezcla de inquietud, insatisfacción y amargor al fondo
del paladar y con esas ganas de HACER que siempre me provoca el mejor
Rock&Roll.
Prueben. A la primera puede provocar vómitos. A la segunda
suele causar adicción.
Fdo. LUIS BOULLOSA
UN HOMBRE LLAMADO AL CARALLO
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| You won't get out of this life alive |
Oyendo los grillos y viendo caer la noche. La luna se desliza rodando ladera abajo como un tonel. Otro mes así y empezaré a mandar bombas por correo.
Ayer estaba de un humor agrio y vacío y llegue a la siguiente conclusión, acaso injusta: la mejor forma de entender el nuevo underground español y de paso no perder el tiempo es agenciarse “Jane From Occupied Europe”de los Swell Maps, porque ya estaba todo allí: el recorta y pega, el dadaísmo de chico listo en el salón de su casa y las ínfulas subterráneas bajo la pinta de “no voy de nada”. Pero además eran buenos. Si no les resulta suficiente, se ponen el doble de rarezas de los Royal Trux y ya está. Además, que cojones importa la música.
¿Me he necrosado definitivamente como crítico?, me pregunto. Es posible, al cabo, raro sería que la música siguiera motivándonos igual mientras todo lo demás se vuelve desvaído. ¿Prescribo píldoras desganado y cuento los minutos para acabar el turno como un medicucho cualquiera? Quizá. A ellos les va bien así, al menos les pagan por una desgana que no les queda ni la mitad de lograda que a mí.
Después se me ocurre que ya de perder la ilusión, cuanto antes mejor. Tiene que haber (¡otra ilusión!) algo detrás de ese muro ficticio con el que nos han alimentado desde siempre, ese del esfuerzo y el premio, la petrificación y el premio, el silencio y el premio, el sicariado y el premio, la banalidad y el premio… pero ¿qué?
Decía Richard Harris -que el diablo le sirva generosos los scotchs- cuando le preguntaban por los años que pasó limpio -para no morir- que habían sido “los 13 años más aburridos de mi vida”. Inventarse pasiones en la mediana edad –no os hagáis líos, los treinta y muchos son la mediana edad- es complicado y artificioso, y además hay que hacerlo al tiempo que se sobrevive a las ya establecidas –difíciles de extirpar, quizá nos gustaría- y al soporífero embate de lo común. Pero es que la simple contemplación implica un riesgo cierto y mayor. Por cada Diógenes debe haber veinte suicidas.
(Y pensaba yo, haciéndome un bocata a altas horas en la cocina que es curioso que la gente insista en que la muerte es parte de la vida y a nadie se le ocurra nunca acercarse con más sencillez a la verdad: la vida es parte de la muerte).
-¿No hay nada detrás del muro, verdad?
-No, hijo, nunca hubo nada más.
También la tienen sus pobres imitadores, los artistas que sólo buscan el placer.
En el vuelo L-1975 hacia la nada suenan los Swell Maps y los Royal Trux a todo trapo, en medio de una noche perpétua a través de la cual puedo ver la luna amarilla saltar como un tonel sobre un horizonte recortado de papel maché. Pero era una pregunta retórica.
Sé que la respuesta es “NO”.
martes, junio 19, 2012
HASTA LA DERROTA SIEMPRE (Kaput en facebook)
KAPUT, "la revista hecha por gente con resaca para gente con resaca", fue ideada por un servidor y mi amigo H. y funcionó como fanzine en papel durante un tiempo a mediados de la década pasada. Algunos de vosotros lo sabéis y quizá incluso tengáis algun vetusto ejemplar criando polvo en las estanterías. Guardadlo, las existencias han sido liquidadas y apenas me quedan unos diez de cada número. Con el tiempo, como otras tantas cosas, servirá para recordaros que un día fuisteis jóvenes, o al menos no tan viejos, y en ese cometido, apuesto lo que sea, será más divertido que la presbicia, la acentuación de las manías y el lento convertirse en polvo.
En un último coletazo, se intentó sacar un número seis que se quedó encallado por falta de presupuesto cuando casi estaba hecho y a partir de entonces ha venido siendo, simplemente, este blog que empecé a finales de 2006. Pronto hará seis añitos, que cosmicamente son lo mismo que todo, o sea, nada, pero que para una empresa así, hecha por amor al arte, para mantener la mano entrenada y, en definitiva, porque nos da la gana, es un lapso de tiempo considerable. No, no os preocupéis, mis queridos cuarenta y seis, no lo voy a chapar.
Cuarenta y seis, en efecto. Los que lucen aquí a la derecha (y dos de los cuales, por otro lado, soy yo mismo). Esos son los que se han interesado lo suficiente por lo nuestro como para añadir a KAPUT a sus "seguimientos". Habrá, probablemente, otros tantos en la sombra, aunque lo ignoro. A partir de hoy, el que quiera, podrá seguirnos en FACEBOOK, desde AQUÍ. Por supuesto no estará allí todo, sino simplemente algunos links a nuestros artículos más interesantes (según mi propio e infalible criterio), así que por el momento esto y sólo esto sigue siendo KAPUT. Se trata, lo de facebook, digámoslo sencillamente, de un intento de que lo que hacemos llegue a alguna gente más. No es que nos guste la gente, entendedme, pero tratamos de educarla en lo posible para equilibrar esa debacle que llena los estadios y vacía las camas, las bibliotecas y los buenos garitos oscuros (esa especie en extinción). La victoria será pírrica o (más probablemente) no será.
Gracias a todos los que nos habéis seguido alguna vez. Y bienvenidos a lo que queda de vida por gastar. //texto e imagen - LUIS BOULLOSA
KAPUT EN FACEBOOK
lunes, junio 18, 2012
UNSANE en Madrid (jueves 21)
Resulta que tocan UNSANE en madrid el próximo jueves 21 y que me lo voy a perder. Para que no os pase a vosotros, os dejo el tercer cartel de la curiosa serie que ha realizado RAFAEL JARAMILLO (ver enlaces). Con los neoyorquinos vienen BIG BUSINESS, a los que no he escuchado pero, entre los que está, si no me equivoco, KING BUZZO, de los sacrosantos MELVINS. Si os habéis gastado el presupuesto del trimestre en ir a ver a "Bruce" al geriátrico Santiago Bernabéu, pues os jodéis.
CARTEL UNO
CARTEL DOS
CARTEL TRES
domingo, junio 17, 2012
sábado, junio 16, 2012
HOMENAJE A MULE (sala EL SOL)
El próximo sábado 30 en la sala EL SOL de Madrid, tendrá lugar un homenaje a nuestro amigo MULE, baterista excelente, punk de alma y de música, y una de las mejores personas que hemos conocido y que, como sabéis, falleció recientemente. Allí estarán los muchos que apreciaron su presencia y los muchos (como yo) para los que fue una inspiración y un apoyo en las buenas y las malas épocas. Homiño y yo, que tocamos con él en LA CAMADA y la MASTER DISASTER GANG, vendremos desde Galicia para hacer unos temas. Tocarán también los GROOVIN' FLAMINGOS, la MULESAÑA BAND (con intervenciones de gente diversa que alguna vez tocó con él) y, al parecer, los magníficos WIPE OUT SKATERS, que tanto le gustaban a Mule y que se han reunido para la ocasión. Lo merece. Espero veros a todos por allí. Rock&Roll.
DESINTEGRACIÓN MENTAL (en falso directo)
Es siempre al releer mis cuadernos –esos en los que apenas
cuento detalles o cosas tangibles, esos que son más reflexión abstracta que
contabilidad, más acumulación que plan- cuando me doy cuenta, sin embargo, y
sin poder negarlo, de lo turbulenta que ha sido a menudo mi vida. Sin sangres,
pero turbulenta y oscura, empecinada,
trabada como un mal combate de pesos medios, por mucho que a mi me hubiese
gustado llevarla de manera más grácil. Paseo por uno de esos cuadernos (2009)
sorprendido como siempre por las andanzas del fantasma que supuestamente fui yo:
un ser algo translúcido que opina de los demás y sobre el que los demás opinan
también (cartas, mensajes de móvil apuntados, reflexiones captadas al vuelo y
rescatadas, heroicamente, el día después de alguna borrachera). Un fantasma
vanidoso, sin duda, aunque también consoladoramente trabajador, que reflexiona,
en un margen, sobre su propia incorporeidad (“Quizá haya que considerar también
los diarios como obra. Sería un consuelo. Estaría haciendo algo”) y, unas
páginas después, sobre lo inevitable del oficio y como sortear sus frustraciones
(“Considerando que escribir, además de una necesidad y una pura emanación -el espíritu supura por donde puede-,
como un trabajo de largo recorrido e inevitablemente inacabado”). Es agradable
transitar de nuevo por páginas olvidadas, de noche, en el aislamiento casi
total del campo bajo la lluvia, encontrando entre la morralla diaria del pasado
destellos de poesía macarra (… y una corte de lirones de
competición/trastornados por el amor y las drogas de farmacia…) y momentos
confesionales a los que el tiempo ha hecho justicia: “He tardado cinco meses en
finalizar este cuaderno, que es en cierto modo un acta de supervivencia y en
otro una de resurrección. Así de dura fue la vida entonces, y aunque poco he
hablado de ello debería notarse, atravesar limpiamente las páginas, como la
luz. Lo acabo justo antes de salir para Tánger, con la ilusión infantil y casi
siempre falsa de que así se abre un nuevo capítulo mejor. Si no lo es, habrá
que lidiar con lo que venga. Es, en todo caso, hora de cerrar algunos proyectos
y de centrarse en otros que llevan tiempo abiertos y pudriéndose en la playa,
al sol. La novela y la recopilación de poemas deberían ser prioritarias. La vida
misma no puede esperar”.
¿Qué más hay? ¿Qué
más da? Hay cinismos variados a los que no les falta razón (“Estoy mucho más
cansado de las neurosis de los demás que de las mías. Encuentro hasta cierta
gracia en las mías, y de ellas salen las palabras”), poemas semienterrados,
anotaciones conscientemente pedantes y domésticas (“Poner lavadoras, leer a
Jung”), paisajes de autobús (“Llovía cuando desperté, atravesando Carballino en
el negro casi total de las seis de la mañana; el país disfrazado de lo que fue
una vez”), títulos de canciones que después escribiría e incluso llegaría a
grabar, dibujos, flyers, cuartillas de hotel con garabatos, teléfonos y hasta una línea
donde apunté el tipo de película que alguien tendrá que hacer, tarde o
temprano: “drama ecologista crepuscular”.
Siendo la vida la construcción de un yo que al tiempo se nos
escapa entre los dedos; siendo nosotros niños que intentan desecar el mar con
un hoyo y un cubo, no está de más, pese a todo, hacer ese viaje hacia atrás,
hasta uno mismo, y me alegro de haber persistido tantos años (¿Trece?
¿Catorce?) en llevar estos cuadernos que empezaron siendo un simple dique
contra mi desorden natural. A veces es
duro leerlos –la estupidez de uno, casi permanente, la de los otros-, pero para
el que se dedica a esto, escribir, son un espejo nítido y sincero, por mucho
que –ya lo sabemos- en ellos se mienta también, de vez en cuando.
“¿Tus discos?, ¿Tus libros?”, se preguntaba el otro día un
viejo rock-critic en la presentación de su biografía. “Ya puedes ir dándote
prisa en regalarlos, porque si no acabarán en un contenedor”. Probablemente
allí acaben también estos volúmenes –entre tres y seis al año- donde va en
desorden parte de lo que soy. Cabe la esperanza de que alguien se moleste en
ojear alguno, alguien como yo, de los que husmean en los contenedores y
consideran un manjar leer cartas ajenas. Y cabe la esperanza de que se eche
unas risas, recorte algo o incluso los guarde una temporada, como esas cosas
que nos llegan por casualidad, cuyo valor nos es difícil explicar y con las que
no sabemos que hacer exactamente. Luego vendrán más mudanzas -la vida son
mudanzas-. Pero para entonces, como sabemos, a ninguno de nosotros nos
importará. Ni eso, ni nuestra vida turbulenta ni todo el esfuerzo malgastado en
pos de cosas que no están. //LIRÓN DE COMPETICIÓN
martes, junio 05, 2012
QUE SE MUERAN LOS BEE GEES, QUE NO QUEDE NINGUNO
Opiniones a vuelapluma: sería interesante que la
posmodernidad consistiera en algo más que en críticos con vocación epatante
afirmando que las bandas que siempre fueron una mierda son en realidad la de
Dios y en (malos) grupetes nuevos de aquí copiando a (malos) grupetes no tan nuevos
de allí (ya sabemos donde es allí). Sin embargo, no parece que consista en nada
más. Me refiero a una posmodernidad no intelectual, claro, la intelectual no te
quiero ni contar; a una posmodernidad en
el rock y en España, que es como decir un dandismo en una tasca de Granollers.
Dice Carlos Zanón en las páginas del Ruta 66 de este mes que los Bee Gees son
la rehostia consagrada (“tienen el mejor cancionero pop después de los Beatles”,
afirma tan pancho). Si es por la cantidad de gente a la que han hecho comulgar
con ruedas de molino en las últimas décadas, no se lo negaré.
También hay, en la misma revista, una reseña de Mujeres –la banda,
no el bendito género- unos jóvenes y apuestos elementos barceloneses que en sus
entrevistas intentan desmarcarse de ser un pobre calco de los Black Lips casi
con tanta energía como la que usan en sus discos y actuaciones para demostrar
lo contrario. Allá ellos y quienes se los traguen. Ser un pobre calco de los
Black Lips, en todo caso, no deja de consistir en ser un pobre calco de un
pobre calco. A los Lips les vi hace años el peor concierto que he contemplado
en mi vida, pura estafa. A los Mujeres les vi hace poco un digno y animado pase
(en lo técnico y lo energético, no en lo creativo), en una fiesta de discos
humeantes donde brillaron magnéticamente LAS NURSES, unos fieras de verdad a
los que, en cambio, para variar, nadie hace demasiado caso.
Hablo de estos dos casos, Zanón/Bee Gees,
Mujeres/Lips/Nurses porque son los primeros ejemplos de absurdo con los que me
topo este mes, según dejo a un lado las cosas importantes y me entretengo en
ojear páginas escritas por supuestos especialistas, pero la lista podría ser
tan descorazonadora como eterna. Y el caso es que Zanón, al que entrevisté hace
poco AQUÍ a raíz de su novela “No llames a casa”, escribe por encima de la
media del plumilla rock y es inteligente al optimizar sus recursos en busca de
repercusión: otro reciente artículo suyo sobre Echo and The Bunnymen mostraba la
misma ecuación de impecable y poética, personal redacción sumada a premisa
absurda. Porque, no, tampoco los hombres conejito eran nada del otro mundo, al
cabo, pero queda epatante y “transgresor” sostener lo contrario y afirmar que
están –de nuevo los cuatro de siempre- por encima de The Beatles (¿qué coño
tendrán que ver?).
Está bien. Quizá el amigo Zanón lo piense de verdad,
concedámosle, en nuestra magnanimidad, el beneficio de la duda. Si uno lo
piensa de verdad, todo está permitido: está permitido afirmar que Mari Trini es
mejor que Leonard Cohen, los Del Lords están a años luz de los Stones (esta es
de verdad, me ha pasado), que Polly Jean Harvey no ha plagiado jamás a Patti
Smith o que Raphael y Bumbury pertenecen a una digna estirpe de singer-sonwriters con la verdad por delante y carentes de impostura… Si uno no cree realmente lo que dice, en cambio, todo ese ñoño orgullo
de “enfant terrible” tardío acabará siendo percibido como lo que es: mero polvo
en el aire, incapaz de producir urticaria pero capaz, muy capaz, de levantar un
bostezo lejanamente parecido a la náusea. Al menos, digo, entre los que
llevamos un tiempo batiéndonos el cobre en el asunto de descubrir bandas, calibrar
su valía y comparar su alzada con los hitos del pasado (equivocándonos muy a
menudo, claro, y por tanto recalibrando, rectificando y modificando direcciones;
luchando contra nuestra propia vanidad de presuntos descubridores y limando a
través de los años la natural tendencia al panegírico).
Al cabo, el problema, entiéndanme ustedes, no son estos dos
casos puntuales y aleatorios, sino el hecho de que ellos ejemplifican la norma
por la que se rige la actual marea de plumas de la crítica rock. Si nos guiamos
por la opinión colectiva de esa marea (en la que coexisten archiveros,
coleccionistas, simples fans, desinformados de toda laya y presuntos genios
autocoronados, además de algún honrado y persistente hombre de talento), acabaríamos
en el mismo punto que si tragáramos a pies juntillas lo narrado por los
periódicos de tirada nacional: fuera de la realidad. O, al menos, tan lejos de
la realidad como queramos estar, entregados a un mundo opiáceo con sus propias
tiranías y rebeldías generadas a gusto del consumidor lobotomizado.
Yo, particularmente, no soy partidario de la broca en el
cráneo ni de la pastillita del olvido, esa que, para el caso que nos toca, lleva
a la felicidad vía Wilco (o Kanye West, según tu estética en lo integrado/snob),
un número no determinado de hypes de temporada y un incesante goteo de placidas
reediciones en vinilo para solaz de las tardes pequeñoburguesas. Me alegro de
que se mueran los Bee Gees, uno tras otro (méritos han hecho para durar menos),
aunque siento que su muerte nos traiga momentáneamente un bufonesco revival que
no me merezco sufrir. Pero lo que siento de verdad -aunque mi amigo E. afirme que este es un artículo carente de "capital simbólico" y guiado sólo por el odio y el resentimiento- es que donde había
sinceridad y fuego ahora sólo queden cenizas y rescoldos y que raramente nadie
parezca tener, al respecto, nada que decir. //LUIS BOULLOSA
domingo, junio 03, 2012
ORTHODOX (El Perro de La Parte de Atrás del Coche, Madrid)
Siempre es un placer reencontrarse con los Orthodox, de los
que llevaba un tiempo involuntariamente alejado. Me topé, casi por casualidad,
con que tocaban en Madrid, en El Perro de la Parte de Atrás del Coche, un
garito chulo que en días concretos programa muy buenos directos (con los
problemas que posteriormente reseño). En este caso iba un poco a ciegas, ya que
todavía no había escuchado el último largo de los sevillanos, “Baal”, que
suponía, al parecer, una vuelta a sus esencias metálicas tras la larga
incursión que los había llevado del blindado “Gran Poder” al opiáceo y jazzy
“Amanecer en puerta Oscura” y de este al vanguardista y procesional
“Sentencia”, sublimación de una deriva originalísima que los situaba en un
punto suspendido entre la más orgánica tradición y un aliento visionario y
propio que los hacía (y los hace) únicos. Escuchado el disco esta mañana –aún con
el zumbido de ayer en el cerebro y aún pendiente de darle unas cuantas vueltas
más-, resulta que es en efecto una vuelta a un sonido más comprensible para la
hueste metalera general (llámese doom o lo que sea, yo hace años que me pierdo con las etiquetas), aunque todavía oscuro, perturbador, personal, cósmico
en su terrena comprensión de una épica autóctona y universal al tiempo. Un
discazo, vamos, no esperábamos menos de ellos. Y también un agradable respiro en
una trayectoria tan exigente para quien escucha como la suya.
Llegaban a Madrid desde el Primavera Sound, y me contaba
Marco Serrato (bajo y voces) que allí se habían caído del cartel Melvins y
Sleep, dos de las bandas por las que la edición de este año del festival se nos
antojaba a algunos imprescindible. Influencias también, seguro, en el hacer de
los Orthodox, aunque acaso no demasiado explícitas. El concierto lo abrieron unos
Mothersloth que no me llamaron demasiado la atención, aunque dieron un pase
serio y solvente, y cuya actuación estuvo lastrada en todo momento por el
sonido. Le falla una cosa al Perro de la Parte de Atrás, una cosa que si se
trata de un grupo de pop cristalino puede obviarse, haciendo un esfuerzo, pero
que hablando de lo que hablamos es pecado mortal: tiene un sonido lejano, sin
volumen ni presión, distinguible pero modosito, como si uno estuviese en casa,
escuchando un disco al moderado volumen de la mediana edad. Y el negociado de
los Orthodox, y de cualquier otra banda de estas características, necesita
justo lo contrario: necesita que los graves te envuelvan la psique y te
levanten las vísceras hasta la garganta. Necesita que la guitarra corte y que
la batería suene al menos como una batería y no –como ayer- a caja de galletas.
Luchando contra ese enemigo cuya causa ignoro, los sevillanos combatieron con
dignidad porque lo suyo es crema, pero se echo en falta la intensidad que es
elemento esencial de su propuesta. Una intensidad que permita alcanzar el
trance a través de la lentitud y alteración o que transmita la enervante y
rocosa, astral fiereza que evocan sus temas más recientes. Una intensidad que
ellos invocaban pero que el sonido negaba. Cuando uno escucha mejor a un tipo
que charla a cinco metros que los intrincados y circulares descensos al
maesltrom de Serrato & Cia, la cosa no puede cuajar del todo ¿Merecen esto Orthodox, una de las bandas más
valiosas que poseemos? No lo merecen. Muy al contrario, ellos y nosotros
merecemos que las paredes tiemblen, que el entorno se difumine y que el cuerpo
y mente puedan sentirse transportados fuera de las paredes que nos cierran; merecemos que la tierra se
abra, ya sea por unos minutos de trance sónico, hacia esa realidad paralela que
ellos plantean con tan inusitado fervor. Así es la vida del Rock&Roll por aquí, en todo caso, en un país donde 95 de cada 100 garitos de conciertos han sido diseñados para otra cosa, donde los ayuntamientos son tan proclives a joder con las limitaciones de volumen como si fueran el típico vecino tarra e hijodeputa (es lo que son) y donde el común de los técnicos de sonido no tienen ni puta idea del trabajo que dicen realizar y aquellos que sí la tienen se encuentran a menudo con impedimentos casi insalvables. Orthodox son una experiencia disfrutable, en todo caso, incluso por encima de toda esa mierda. Me fui del garito, pues, con el sabor agridulce de haber vuelto a ver a una gran banda luchando a brazo partido contra una ola difícil de sortear.
martes, mayo 29, 2012
MULE IN MEMORIAM
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| Molestones, en ruta hacia Valencia |
A menudo la justicia poética es lo único que nos queda. Y los
mejores de entre nosotros que caen merecen esa justicia aunque la historia no
se vaya a ocupar de ellos jamás o precisamente por eso. Sin embargo es difícil
ajustar cuentas con el propio pasado y los propios afectos y temores. El otro
día (ya prefiero ni acordarme de qué día) murió EL MULE. Para los que no lo
conocieron da igual. Para los que lo conocimos la pérdida es tan irreparable
que escribir sobre ello se hace complejo sin caer en los tópicos de siempre
que, en todo caso, sirven también. Sirve decir “cuanto lo siento” y “siempre se
van los mejores” y “la vida no es justa”, porque, aunque tópicos, son
perfectamente ciertos en este caso. Rara vez en mi vida me encontré con alguien
tan vital como el Muletas, tan claro en sus opiniones y sus conductas y tan
amigo de los que consideraba sus amigos. Sus defectos existirían, yo no lo
dudo, pero tuve –tuvimos- la suerte de vivir mucho más sus virtudes, sus
aciertos, su afecto y ese arranque puramente vitalista que hacía que estar con
él fuera casi siempre un momento de alegría y de celebración de lo divertido
que era estar aquí, sobre la tierra.
La muerte es triste e incomprensible,
siempre, pero deberíamos festejar todo lo que aprendimos de él en vida. En mi
caso su capacidad de remontar, de luchar y de verlo todo con una sana guasa
–muy madrileña, muy de barrio, muy punk en el sentido más acogedor del
término-. Lo conocí por primera vez cuando mi banda de entonces se había
aquedado sin batería. El Punko, mi guitarrista, era viejo amigo suyo, me lo
presentó e hicimos algunos ensayos sin demasiado fruto, pero la amistad ya
estaba allí. Nos caímos bien, creo, aunque nuestros rollos, aparentemente, eran
dispares. Quizá fue el amor por la música y la caña, quizá que ambos éramos
temperamentos poco intervencionistas, que vivíamos y dejábamos vivir. Poco después,
con el añadido de mi amigo Homiño a la Guitarra, montamos LA CAMADA, que luego
pasaría a llamarse MASTER DISASTER GANG, un trío de amigos que repartió cera,
trabajó al ralentí, más por el disfrute que por otra cosa, celebró un buen
puñado de conciertos –algunos gloriosos en su caos, otros simplemente caóticos,
todos divertidos- y llegó a grabar un disco del que aún estoy orgulloso.
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| Master Disaster Gang, road to ruin |
Fueron
buenas épocas. Fueron unas buenas risas, muchas copas y todo lo demás. Mule era
un poco el maestro en la sombra, porque, al cabo, el llevaba en esto del
Rock&Roll desde siempre (Cavernícolas, Tabernícolas, Bronquios, Milicianos, etc...), y nosotros aún éramos cachorros. Nos fuimos a
Suecia una vez, y lo recuerdo sosteniendo una conversación perfectamente fluida
con un noruego, a las tantas, aunque ninguno de los dos hablaba inglés. Su
presencia, al cabo, terminó por ser una de esas cosas buenas que das por hechas
y, por tanto, no percibes en toda su benéfica magnitud. Luego, volví a coincidir con él en LOS MOLESTONES, otra banda barrial, tabernaria y sincera como él mismo. Mule estuvo en mi casa en
Galicia en una ocasión, hace ya años. La última vez que charlé con él, en el
Malpaso, le hablaba de posible viaje allí y me dijo: “Yo ya no sé si lo volveré
a ver”. Yo le dije que por supuesto que volvería. Me equivoqué.
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| Mule de perfil, fiestas de antaño |
No se si la vida tiene algún sentido. Mientras dura supongo que
sí. Los buenos que se van dejan el ejemplo de cómo soportarla y como
convertirla en terreno fértil mientras permanecemos en ella. Mule era un
maestro en eso, también.
Parece que se planea un homenaje para el día 30 de junio en el que estarán muchos de los que le
conocieron y tocaron con él o frecuentaron su impagable presencia. Será en la
sala El Sol. Espero que sea una fiesta, no un velatorio. Espero que sea algo
que a él le hubiese gustado ver.
Rock&Roll, amigo, donde quiera que estés.
SALOMON WAS WRONG
Quizá la entrevista sea,
al fin y al cabo, la disciplina definitiva. Parece una perogrullada, pero es
que llevo un rato haciendo surf entre pajas mentales de críticos como yo
(pobres personajes) y a veces me da la impresión de que todo ese conocimiento
(porque no lo duden, hay tipos ahí fuera –o ahí dentro- que saben mucho)
funciona a menudo más como exhibición que como transmisión. Me criticaré a mí
mismo pues –queda mejor y es otra manera de egotismo-: Sí, es cierto, una parte
de lo que hago cuando hago lo que ahora mismo estoy haciendo, es pura vanidad.
No hay nada de malo en ella, y es necesaria como autodefensa preventiva, básica
cuando uno transita por caminos que la mayoría consideran inútiles; es una
vieja compañera del creador, del crítico y del intérprete. Y sin embargo, y
quizá por todo eso, a menudo pienso que el formato entrevista es más
equilibrado a este respecto y mejor para todos: tu orgullo de descubridor, de
preguntador y de artífice en la sombra sigue ahí, pero el hecho de que sea el
artista de turno el que contesta deja al menos claro que, importe lo que
importe el yo de uno, hay algo por encima: el algo que se quiere contar. En la
entrevista, además, ese algo se cuenta de primera mano, y no a través de los
velos de la mente del narrador, que inevitablemente embellecen, dramatizan y abren
fosas abisales donde a menudo no hay más que charcos.
La entrevista (con la
necesaria austeridad) es una puntada de realismo en un mundo –el del periodista
de sesgo cultural subterráneo, digamos- que a menudo es pura invención, una
hermosa o terrible ficción en la que él se revuelca, feliz pero inquieto,
tratando de convencerse de que no es el único de la piara, de que ahí fuera (o
dentro) hay muchos otros que “saben” y que le agradecen el esfuerzo, el talento
y la visión (aunque, extrañamente, rara vez comente nadie sus extensos vuelos
rasantes sobre la cultura del siglo, consignados en largos posts de blog y
otras maneras modernas).
Hay otros días en los que uno
se levanta del fango, claro, y se da cuenta de que eso no es así y de que la
nevera está vacía, y entonces tiene que recapitular sobre sus propias
conclusiones y sus propios consejos para no desesperar. La mía, mi conclusión,
era hace unos días la siguiente: la contracultura no es un ejército al ataque,
sino una simple y encharcada trinchera. No se vencerá, nunca, y lo único que se
puede conseguir es no ser eliminados de manera absoluta y radical. Es decir,
nuestra labor es de pura resistencia, y por tanto es necesario encontrar placer
en esa resistencia y dudar de cualquier victoria que no sea pírrica. Desde ese
punto de vista -si uno consigue auto-convencerse-, todo es ligeramente menos
gris. Desde una perspectiva de conquista, sin embargo, todo es inevitablemente
fracaso, vacío y desastre. Sobre todo vacío. Difícil, sin embargo, desposeerse
de una idea, por algún motivo central en nuestra educación -aunque reiteradamente
negada por los hechos-: la de que el trabajo bien hecho y el conocimiento
llevan al reconocimiento, y que es el segundo (el “re”) el que constituye el
premio máximo.
Desprogramación, es la
palabra. Un tercio de nuestra vida es programación, y el resto también, sólo
que con la leve posibilidad de que uno mismo -en un esfuerzo pavoroso por sus mil
necesarias minucias y su invisibilidad- se libere de toda esa mierda y empiece
a funcionar, al menos parcialmente, según su propio código alternativo. Un
código alternativo que, como todo lo alternativo –ya te lo dijo papá- incluye a
menudo el castigo del olvido y no raramente el del hambre.
Dice Kevin De Broux
(Pink Reason, en la foto) en una entrevista que le acabo de hacer que “Trabajar para una
compañía de seguros es otra cosa que no es punk. No me importa que tu única
otra opción sea ser un homeless. Lo he probado y no es tan malo. Ciertamente,
es mejor que trabajar para una compañía de seguros”. Coincide en gran parte con
lo que yo pienso, pero plantea un cruce de caminos tan amargo como real:
homeless o esclavo. O mejor: si no quieres ser un esclavo tienes que afrontar
la posibilidad de ser una basura a la que nadie hará ni puto caso. Considerar
mejor lo segundo que lo primero implica varias cosas: una chulería ciertamente
Rock&Roll que se hace más difícil de mantener a medida que los años pasan;
un idealismo rayano en lo suicida; una certeza casi maníaca de que lo que estás
haciendo vale la pena y –last but not least- un arraigado desagrado inicial, ese
asco consustancial hacia lo establecido, hacia las tripas de la máquina, que es
difícil, por suerte, extirpar una vez que está ahí. Aunque vivamos en ella.
Por desgracia, la “literatura”
musical de este país no hace mucho caso a las entrevistas de fondo, o quizá es
que hay demasiados matados como yo en el gremio. Ahí, de nuevo, forzoso es considerar
que el pequeño formato (véase este blog, véase esta trinchera) es igual de
digno –más digno en realidad- que el grande, aunque a uno, envenenado aún por
el viejo paradigma y por la estúpida necesidad de comer por su cuenta, le de
pena a veces que determinadas cosas no puedan alcanzar un publico mayor.
En un par de días me
largo a Portugal a entrevistar a Michael Gira, y hoy he acabado de transcribir
una bonita conversación vía mail con el citado De Broux. Pero no me hago ilusiones.
Afuera la gente habla de Messi y de Cristiano, o de cosas peores. Los cenáculos
siguen siendo lo de siempre, como su nombre crípticamente indica, y a mi no me
queda más que persistir, a sabiendas de que, según se mire, según el cristal y
el día, Chejov podría haber tenido razón cuando afirmaba que “Salomón se
equivocaba al ansiar la sabiduría” porque esta –dice en otro punto- sólo lleva
a la infelicidad.
Lo entresaco de sus “Cuadernos
de Notas” (La compañía de los libros, 2010), bastante más interesantes para mí
que su prosa. Debajo de la anterior, una verdad más absoluta: “Los hipócritas
ordinarios aparentan ser palomas. Los hipócritas de la política y la
literatura, águilas. Que su aire aquilino no te intimide. No son águilas, sólo
ratas o perros”.
Entre ratas y perros, y
demasiado a menudo como ratas o como perros, nos ha tocado vivir.
Disfrutémoslo.
Fdo. LUIS BOULLOSA
Fdo. LUIS BOULLOSA
miércoles, mayo 23, 2012
OLOR A CARROÑA Y RUIDO!!!
sábado, mayo 05, 2012
DEATH TOP 13
Cavilosa y ensimismada selección de preferencias personales sobre el tema capital. Escogí los temas de entre los pocos discos que tengo en el exilio; no hacía falta más: ella siempre está, allí donde mires, haciéndole morisquetas a su amiguita lesbiana, LA VIDA. El artículo AQUÍ.
miércoles, mayo 02, 2012
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