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domingo, diciembre 01, 2013

Elegancia y R&R (VIII) - EL ÁNGEL - MAÑANA NADIE


Sería fácil decir que cada tierra tiene su Lou Reed y que el nuestro fue El Ángel, aunque apenas nadie lo recuerde ya. A él no le molestaría la comparación, imaginamos. O se podría decir que cada pueblo grande tiene su Jim Carroll y que él fue el de Madrid, esa urbe de paletos y prodigios; aunque habría que discutir si esa es realmente la ciudad, o si la ciudad donde suceda el drama importa al cabo. Es sabido que cualquiera es buena para mandarlo todo al carajo. Podría decirse que -como Reed y como Carroll- El Ángel fue refractario a la luz y apreciable poeta, rockero de cuero riguroso también, profeta de una vida sin bocado, a pecho descubierto. Suicida si se quiere. Al revés que la de ellos, su muerte fue temprana.
Podrían decirse todas esas cosas, en fin, sin faltar a la verdad, pero mintiendo a la vez, porque siempre hay más, al fondo de una vida, y eso es lo difícil de calibrar. Para ello queda sólo el arte, que es al mismo tiempo el todo y un simple, débil rastro del hombre. Cuando El Ángel murió de sida en 1994, además de un buen puñado de poemas febriles, violentados y arrogantes, tiernos, consignados en el libro “Los planos de la demolición”, dejó un disco doble con el que le pasaba por la banda a su generación y condensaba una época, un disco final de rock and roll puro y enorme aliento metafísico. Hay puertas de atrás principescas, y “Polvo de Ángel” (Nuevos Medios, 94) es una de las más guapas y más oscuras que conozco. Nadie pareció enterarse, entonces. Yo, desde luego, no me enteré, aunque recuerdo algún artículo al respecto. Yo llegué tarde.
Todo eso sucedía en unos primeros noventa cuyo color se me va volviendo poco a poco desvaído: la época en la que algunos consignaron la agonía de los ochenta con precisión terrible; la que saqueó sus templos, derribó sus ídolos patéticos y, ya sin nada que perder,  formuló lo aprendido en ráfagas tan crudas y urgentes como ésta. Ya venía la ola nueva, la de una música de raigambre yanqui que con sus aciertos y miserias se impondría, al principio amateur y briosa, progresivamente -al igual que en América- sepultada por su inane versión melódica y burguesa. Feroces, emparedados en esa rompiente, algunos como Él Ángel permitieron que los  mejores aciertos de la década anterior y sus pavores más negros coagularan finalmente, a la fría luz de los hechos.
Y de hechos, entre otras cosas, de hechos difíciles de comprender, va “Polvo de Ángel”, el disco del dios animal de las calles frente a la muerte, el disco del chico cegado y lúcido que escupe, con la voz ya enreciada por el exceso: “Nada que hacer, nada que decir/nada se esconde bajo vuestro cielo/jamás podremos remontar el vuelo/no sabríamos a donde ir”. Mezcla de punk de entraña, rock urbano y afilado rock&roll neoyorquino, grabado en Sevilla con Los Volcánicos (su pareja, Ana Curra, y miembros de Dogo y los Mercenarios y de su antigua banda, Los Escaparates), el disco es  una síntesis cristalizada en azul lou reed y bañada en guitarras de quirófano, severamente afiladas, desinfectadas con una pálida llama de estupor y de entrega. Crónica de la cloaca y el éxtasis, cueva en el fondo de la tierra, en el centro de nuestra propia historia, donde se han congelado los sueños, “Polvo de Ángel” reluce como una herida de neón y de carne.
¿Por qué fue el ángel capaz de hacer ese recuento, esa suma heladora de la vida y del amor terminal? Quizá porque la presencia de la muerte espolea a quienes son capaces de mirarla a la cara, y él ya sabía que se moría. ¿Es eso lo que afila la pluma? ¿Es la desolada certeza de la última bala lo que lo baña todo con ese impávido fulgor de chulesca gloria? Yo no lo sé, pero creo que el disco lo cuenta por sí mismo, caminando sin remordimientos entre la primera neblina de otra existencia en canciones como “El mar” (“Tuve lo que quería, tuve mi pasión/lo que he perdido me da igual/soy un sueño entre la realidad”), con la insatisfacción, del que le ha pedido demasiado a la vida (“estoy buscando algo /que nadie me puede dar”), recorriendo sin cortarse un pelo la calle más chunga,  las parejas perdidas, la costra de las habitaciones sucias, contando lo que hay cuando apenas queda nada desde el mismo blancuzco corazón de la epidemia.
No es un disco perfecto, tiene algo de tanteo y de búsqueda, algunas instrumentaciones erradas, algunas canciones que son la misma, no importa. Es un disco violento, luminosamente marginal, ejecutado más que cantado, con la clase de lo inevitable. Es un disco sobre la aceptación. Y es un disco de amor. Cualquiera de sus temas valdría, en realidad, por el todo, porque todos ellos están inyectados de esa tristeza oceánica y fría del que contempla por última vez una vida a la que amó y maltrató a partes iguales, incluso aquellas más incendiadas, como “La ley de la calle”, donde retrata el ciego empuje de quien no tiene nada que perder (“¡Ei mírame!, no tengo nada…/sólo soy una rata en esta jungla de ambición/pero tengo un cuchillo y tengo una bala/que me van a dar lo que el mundo me negó…”) hasta desembocar en la humillada derrota (“Mírate cuando el miedo te come/cuando te apuntan al cuello con un fusil/cuando un policía te hace oler su aliento/y nadie va a mover un dedo por ti”). Si hubo un Wild Side aquí, y lo hubo, él lo pateó de lado a lado, y se le nota en el deje, en la compañía, en las maneras y en la voz, atravesada por demasiadas calles. En la capacidad de bailar de la poesía a la carnaza acompañado de un fuego somnoliento y sincero, puramente suyo.
Sin embargo el disco es, también, una búsqueda y un encuentro. El encuentro del perfecto mensaje de despedida. Más de uno de sus temas –los que al principio parecen pecar de largos, desperezados, disolventes, circulares-, como “Me fui de noche” (“Me fui de noche/con los caballos y el metal/me fui de noche/y no te volveré a encontrar”) parecen seguir una senda que lleva a alguna parte tanteando en la oscuridad y prefiguran, al cabo, la canción con la que se cierra el disco y la vida, ese final escalofriante al que el oyente llega desarmado si ha sido capaz de cruzar el páramo eléctrico. “Mañana Nadie”, directa al panteón de las canciones más tristes y más vivas jamás escritas, ‘memento mori’ anticipado y congelado a la blanca luz del rock&roll, es una de esas con las que se llora si a uno le queda corazón. Por fuera el que sepa y pueda, por dentro el resto.
Pocas elegancias más salvajes hay que esta, me digo, mientras la oigo otra vez, en soledad; quizá ninguna: abrirle la puerta a la muerte con un disco de vida al filo tan definitivo sonando en el estéreo. Pasa, nena, y escúchalo.
Te esperábamos.

 

lunes, noviembre 04, 2013

CLUB DE AMIGOS DEL ELECTROSHOCK

 
 
 
“I love you when you are good
I love you when you are ba-a-ad”
 
Lou Reed – “I love you Suzanne”
 
 
 
Soñé que una antigua novia me llamaba por teléfono. Creo que no lo cogí, porque no recuerdo ninguna conversación. Soñé que un revisor de la RENFE del futuro trataba de estafarme. Yo llevaba un billete en el bolsillo, tan usado que parecía tener cien años. Conseguí escurrirme con esa chulería que no tengo en la vigilia. Soñé un sueño aburridísimo, también, pero eso fue hace tiempo, enredado en una duermevela pegajosa. Terminó y todos los protagonistas pasaron por pantalla con pequeños carteles que juntos decían: “sentimos que el sueño haya sido tan malo, no es culpa nuestra”. Ahora es media tarde, y fuera llueve, pero el día sigue teniendo esa cualidad atonal del otro reino. En la tele no ponen ese video que vi ayer, supongo, o quizá sí, porque ya no la enciendo nunca: diez maderos catalanes apalizan a un tipo que yace encogido e indefenso en el suelo. El tipo muere. Ninguno irá a la cárcel. En las escuelas en las que todavía se enseñe algo, un profesor que acaba de cumplir los cuarenta y aún luce una recortada barba contracultural está hablando en ese mismo momento de Rodney King, más por nostalgia que por otra cosa; en aquellos tiempos él era joven y escuchaba Gasgsta Rap. Cuando esas cosas pasaban a lo grande.
 
Los hijos de puta extranjeros tienen siempre su momento de gloria, a los de aquí no se los valora igual, en cambio. No como deberíamos. Y les debemos tanto.
 
Fuera llueve, sí, y en algún sitio, mucho más allá de la lluvia, los padres educan a sus hijos.
 
Memory Lane no. 1:  Estoy en el coche de mi padre, con mi padre, volviendo del instituto. Tengo quince años. Pongo una cinta de varios que grabé la noche anterior. Suena “Heroin”. Mi padre dice “¿Qué es esto?”. Yo digo .“Ésta es mi canción favorita”. Aún puedo ver su cara, a través del tiempo, viniendo de la tumba. Tanto para el hijo rebelde. Más problemas para el padre consciente. Gracias papá, por haberme querido tanto y haberme jodido lo suficiente, lo preciso, sin necesidad de freírme el cerebro a descargas eléctricas. Hiciste un trabajo fino, sin dañar circuitos esenciales, limitándote a enervar los focos de reacción. Y tu biblioteca sigue siendo impecable ahora que no estás.
 
Otros tuvieron menos y más suerte.
 
-¿Sabemos el nombre del médico?
 
-No. ¿Importa?
 
-No sé. Podría ser.
 
Memory Lane no. 2. Estoy en la plaza de España en Lugo, tengo unos tres años y medio. Mis padres me han regalado mi primer álbum de cromos. Uno variado donde hay animales salvajes, coches de carreras, banderas del mundo. Mi madre se está tomando un vermouth con las amigas y me da cinco pesetas, yo voy al kiosko y compro mi primer sobre de cromos. Lo abro, junto a mi amigo Ramón, un año mayor que yo. Un zorro viejo. El primer cromo que surge del sobre es la bandera de los Estados Unidos de América. Mi amigo Ramón pone cara de desprecio y me dice: “Que feo. Mira, este es mucho más bonito, te lo cambio”. El cromo con el signo de Leo es en efecto, mucho más hermoso. Yo ni siquiera sé lo que es cambiar cromos. Digo que sí. En cuanto tiene el mío entre las zarpas, el tono de Ramón cambia. Dice: “Eres tonto, porque ese que te acabo de dar sale todo el tiempo y este otro no sale nunca”. Y se va. Termino toda la colección de cromos menos uno. La bandera de los Estados Unidos.
 
Se me explicó temprano cómo funcionaba la vida. He sido yo el que, en los siguientes 34 años he seguido negándome a verlo del todo o a reproducirlo del todo. He sido yo el que ha considerado insoportable el intercambio y la norma. Eso es el arte. Si no hay contra quien ejercerlo, carece de sentido.
 
-¿Cómo se llamaba el médico?
 
-¿Importa?
 
-Sí y no.
 
-¿No se lo hacían a todos o qué?
 
-No sé. Puede ser. Era por agradecer.
 
Gracias, señor doctor, por convertírnoslo en una loca heroinómana y tarada, supurando cool, sudor frío, sexo de neón, mal rollo quirúrgico, odio a la autoridad. Gracias, señor doctor, por el Rock&Roll alterado, sibarita, callejero, snob, de tripa hipodérmica, de luz reveladora. Gracias por el flash en blanco y negro y la locura del suburbio mental. Gracias por los pisos vacíos, el mobiliario vendido, las vocecitas locas, las cabalgadas claustrales y deshidratadas de malsano feedback, las curas y las recaidas, la observación social, los amigos equivocados, la soberbia supina, el orden desaparecido, tragado por una noche eterna de copas y salones desolados de amanecer. Por parte de su vida y parte de la nuestra. Gracias por el hombre rescatado de sí mismo que aún es capaz de pensar y de decir palabras que cortan como una hoja de afeitar aplicada a un ojo.
 
Sí. Hay que darle las gracias a todos los hijos de puta por enseñarnos la lección y por sacarnos definitivamente de la vereda. Por Lou y por todo lo otro. Hay que darles las gracias a todos por obligarnos a patadas a caminar campo a través, en la dirección contraria a la indicada. Quizá también a los equivocados y a los miedosos, que con más esfuerzo y detalle, con más sutileza y menos salvajismo, hicieron el mismo trabajo. Con el tiempo a estos últimos hay que perdonarlos, en uno de esos actos de olvido magnánimo y final indiferencia a los que llamamos madurar. Somos hombres, y también nosotros estamos siendo perdonados por nuestras villanías pasadas, probablemente, en este mismo momento, en alguna parte de este pobre universo que nos dedicamos a enriquecer con amor, gestos y palabras. A los hijos de puta no, a esos no hace falta perdonarlos, lejos como estamos de la santidad y de la idiocia. Pero agradecérselo es de ley.
 
Nunca leí una biografía de Lou. No me hizo falta. No hace falta si lo escuchas. Aunque me habré tragado doscientos artículos y trescientas ‘liner notes’, probablemente. En todo caso, no, no sé como se llamaba el médico, pero sé el nombre de las canciones y los discos, conozco el reguero de genio salpicado, he usado la libertad regalada con largueza, así que, gracias, doctor, otra vez.
 
Gracias por Lou cantando Sister Ray por primera vez, en mi habitación del colegio mayor, con vistas a un Madrid invernal, mientras yo escuchaba, quizá, desde la fría ducha donde solía masturbarme.
 
Por Lou afiebrado y al cuello, con una Velvet de saldo, escupiendo verdades a dos metros de la mesa donde Brigid Polk sujeta un micro y Jim Carroll se pide Pernods dobles.
 
Por Lou bailando enloquecido en un escenario de París en el 74, subido sobre su propio mono con una chupa de chispas diseñada para matar a tu amante con un picahielos.
 
Por Lou, haciendo discos opacos cuyo fulgor nadie parece recordar, en alguna cabina pringosa e impersonal, en el pasillo estrecho y demasiado largo que lleva del pensamiento a la expresión.
 
Por Lou con un ‘Mullet’ imposible, edificando elegías con la frialdad de un maestro zen puesto de anestésicos.
 
Por Lou, dando conciertos mediocres e innecesarios en la apertura de este siglo, con una banda gélida donde Fernando Saunders navegaba, elegante y demasiado perfecto.
 
Y también por Lou que –dice ella- saludó a la muerte haciendo Tai Chi con sus manitas artríticas. A ese travelo pintarrajeado de los viejos tiempos. A esa reina delicada y rota que avanzaba grácilmente hacia él con una flor en la mano.
 
Y me viene nosequién en un periódico a contar que colaboró en la glorificación de la droga, como si la droga no hubiese sido sagrada desde siempre. Las fuerzas del orden saturando los barrios obreros de jaco no aparecen en la foto de nuestra historia, en cambio.
 
Y me viene nosecuál a decir, y tiene razón, que su último gran disco fue firmado hace tiempo. Sí. Para mí fue aquel Magic & Loss de principios de los noventa, que finiquitaba el drama superándose a sí mismo y dejaba la médula congelada y un extraño “¿Ahora qué?” flotando en el salón. Mi banda de entonces se llamaba “Goodby Mass”.
 
Y hay quien comenta, al fondo, también, que nunca debió aliarse con Metallica, y vale: los putos jevis esos arruinaron un disco que podría haber sido una perla negra y densa, un asfixiante caramelo de turbia despedida.
 
Qué importa.
 
Ironías del destino, hablábamos el otro día de lo duro que era el viejo, de cómo seguía aún ahí al pie del cañón. ¿Qué edad tiene? Yo dije 69 (me gusta el número), y tu dijiste “algo más”, y discutimos y lo buscamos. Eran 71. Joven. Y yo tenía el “Transformer” allí, en CD, y lo pusimos. Y sonó, glorioso. Y al día siguiente tú buscaste el documental sobre cómo se había grabado. Y era bonito, sí. Y esa noche escuchamos el Live at Max’s, que abre él con esa congénita ironía que se me ha pegado a la piel a través del tiempo. “Esto se llama Waiting for the Man, una tierna canción folk de los primeros cincuenta que habla del amor entre hombres en el metro…”.
 
Lo acompañamos sin saberlo, a la otra orilla, tu y yo. Lo acompañamos follando y riendo y viviendo, lejos de todos los hijos de puta que ya hicieron su trabajo y ahora no son necesarios nunca más. Gracias y que os jodan.
 
Así que este obituario es un nacimiento. Y ese nacimiento es para ti.

 

lunes, julio 02, 2012

EL CORAZÓN LLENO DE NAPALM – SÍMBOLOS DE SÍMBOLOS (I)



Decía Borges en alguna página de “Nuevas inquisiciones” y hablando de Nathaniel Hawthorne que hay escritores que escriben a partir de imágenes. Un engorro, sin duda, haber nacido así para las letras –quien lo probó, lo sabe-, pero quizá no tanto si lo tuyo es escribir canciones, un terreno menos extenso y más fértil para quienes no parten de un argumento sino que lo buscan; para quienes no dicen “contaré esta historia” sino que intuyen que detrás de lo que VEN hay una historia y hacen, pues, que su trabajo sea no el contarla, sino el encontrarla. O el contar el proceso de búsqueda. La música es más abierta a ese nivel.

Escuchaba el otro día a una banda que tocaba con nosotros hacer una versión de “Nuevo Harlem” (“En el Nuevo Harlem/en nuestro Bangladesh/en el Nuevo Harlem bajo/el otro andén”), un tema de los Lagartija Nick, aquella banda tan prometedora en su momento y, al menos para mí, tan decepcionante a medida que evolucionó, y pensaba: “Basta con una buena imagen, una solamente, para que una canción funcione”. Obviemos, claro, que en este caso la imagen es prestada, en cierto modo, enunciada previamente bajo otra forma por el más arriesgado y discutible de los Lorcas, ese que arrancaba “El Rey de Harlem” diciendo “Con una cuchara/arrancaba los ojos a los cocodrilos/y golpeaba el trasero de los monos” (que delicado y que cursi ese “trasero”, y que demoledor arranque, sin embargo).

Una imagen: “Pretty Woman” es la mujer hermosa que baja por la calle –y casi puede reducirse a ese simiesco aullido de aprobación masculina que entona pacatamente Orbison con inimitable gorgorito-; “Smoke on the Water” es un edificio ardiendo sobre un lago, con la capacidad que esto tenga –parece que mucha- para hacer bailar los cajones de nuestro inconsciente colectivo. “Sittin’ on The Edge of the Bed Crying” de los Drones es… bueno, es lo que su mismo título dice como lo son, supongo (cito las primeras que se me ocurren) “Ocean Shore” de los Celibate Rifles”, "Bikini Girls with Machine Guns” o “Naked Girl Falling Down the Stairs”” de los Cramps (que bien se les daban a estos la cosa, por cierto). O el puto “Search And Destroy”: soy joven y estoy loco, voy por las calles como un chulesco animal (enjaulado) en busca de mi dosis (I’m a street walking cheetah with a heart full of napalm”).




Por supuesto, no todas las canciones –ni siquiera una mayoría, supongo- son así, aunque abunden en la música popular. Hay temas que, de hecho, acumulan imágenes hasta la extenuación en lugar de sintetizarlo todo en una (pienso en “Lily, Rosemary and the Jacks of Hearts” y muchas otras de Dylan), o canciones narrativas de largo recorrido que son casi novelas  (“Tangled Up in Blue”, por no salirnos de la tradición juidaica).  Pero incluso en las que son parte de una construcción narrativa compleja, sucede a menudo que la imagen manda, simplifica, sintetiza y comunica de una manera difícilmente asequible para el razonamiento argumentado (al cabo, tenemos poco tiempo, queremos hacerlo rápido, es Rock&Roll, divina o maldita urgencia). Pienso, por ejemplo, en “Magic & Loss”, quizá mi disco favorito de madurez de Lou Reed, esa terrible crónica de la enfermedad y la muerte. Ahí está “Goodby Mass”, que es una imagen o puede ser reducida a ella: el hombre sentado en el funeral de su amigo, tratando de contener el dolor o preguntándose como lidiar con la ausencia de éste (“Sitting on a hard chair/trying to sit straight”). Y ahí está “Sword of Damocles”, que no necesita más explicación. Y ahí está “Magician” que es un hombre clamando a un ente superior en el que no cree porque no quiere morir. A despecho de que las canciones posean después una narrativa propia y extendida, en algunos casos sencillamente heladora, podría intentar reducirse un disco paradójicamente -o no- tan “literario” a un número de viñetas igual al de canciones. Y quizá eso sean las canciones de las que hablo: viñetas dibujadas por gentes con instintiva capacidad para el símbolo profundo, voluntad para observar la vida y un talento para el latrocinio y la apropiación que es necesario, casi siempre, en un creador. Al fin y al cabo, como me dijo un amigo “temas de verdad sólo hay cuatro o cinco”, y como añade el citado Borges en otro lugar del mismo libro, acaso las metáforas válidas sean sólo unas pocas y por eso se repiten siempre.

El problema viene, como indicaba al principio- cuando no se sabe qué es lo que representa o significa el símbolo –la visión que uno ha tenido-,  si es que significa algo en realidad. Ahí, de nuevo, el pop es más sencillo (y es que, no nos liemos, hacer una buena canción es más fácil que hacer un buen cuento, y hacer un buen cuento más fácil que hacer una mala novela): creo firmemente que hay un número importante de grandes canciones cuyo significado sus creadores ignoran. Sin embargo, y ahí está una de las claves, no ignoran que ese significado existe y que es poderoso, y por eso las canciones son, pese a todo, grandes. Por eso funcionan.

La búsqueda y el enunciado en crudo comunican, hace vibrar algo dentro, y el público del Rock, condescendiente, poco crítico, inteligente, quizá, en esa reducción absoluta a la primigenia emoción, no va a pedir cuentas ni explicación. Con un libro tendrías, en lugar de trescientos tipos coreando puño en alto algo que no comprenden, pero al menos sienten, a un editor discutiéndote algo que comprende menos aún y tratando de decirte sibilinamente qué es lo que en realidad querías TÚ contar (es decir, tratando de convertirse en autor encubierto en nombre de las supuestas “normas” de la narrativa). ¿Existen las normas de la narrativa? Existen, quizá, pero son demasiadas y por eso se le suele llamar “estilo personal”. Lo que sí existen son normas temporales y generacionales sobre como debe ser la narrativa “cool”; normas que suelen simplonas y, a medio plazo, inútiles.




A veces -y eso distingue a la música como lenguaje aparte, aliado, pero no necesariamente, con la palabra- las imágenes esenciales están contenidas por el sonido mismo. Pienso en la canción de los Rifles que he citado antes, “Ocean Shore”. Si no tuviera letra (una letra que no recuerdo) seguiría diciendo lo mismo, y si ni siquiera tuviésemos la guía del título daría igual. Es la música de un hombre en la orilla, frente al sol y al agua, muy anteriores a él y mucho más grandes que él. Sólo dudo si los demás lo perciben como un atardecer (así me sucede a mí) o no. En el lado no tan bueno del asunto, de esa capacidad viene el a menudo inevitable talante icónico del pop, su irritante facilidad para encarnarse en símbolo simplón (y por tanto vendible). O quizá es que nuestra mente tiende a sintetizar, para bien nuestro y comprensión del vulgo, sabiendo –ella antes que nosotros-  que hay quien come bocadillos de chorizo y de queso cada día pero nunca llega a pensar que ambos elementos se puedan combinar (siento la imagen chusca, pero es que conozco un caso).

Y también hay creadores peculiares, como nuestro querido Michael Gira, capaces de hacer temas que son en sí mismos una imagen única de contemplación, pese a que para levantarla use varias (“Kosinsky”). Sobre eso y sobre todos los errores que contiene este texto redactado a vuelapluma, hablaremos mañana. Conteste quien le plazca, por el momento, con su opinión personal.
Fdo.-LUIS BOULLOSA

jueves, octubre 20, 2011

MATA A TUS HIJOS



Una vez toqué en un concurso en el CEU con mi banda de entonces, los justamente incomprendidos Goodby Mass (el título era pillado de un tema de tito Lou en el “Magic and Loss”, curiosamente de la única canción que no me gustaba del disco). Un tarado de cantautor que espero haya muerto abrió el día de manera insufriblemente positiva y cerró su actuación con algo del estilo de “No crezcais nunca”. Ya sabéis. Nosotros clausuramos la jornada, y yo fui el último en abandonar las tablas, ya que sin ser frontman era parcial materia gris, diciendo aquello que mi compañero Julio me recordaría tantas veces después: “No crezcáis, suicidaos”. Era un chiste oscurito, pero el respetable, por entonces, ya no parecía recordar a que me refería. Lógico, tras haberse tragado, aparte de lo dicho, a un par de bandas que rozaban el heavy de garrafón y a otros dos o tres bienintencionados pro palestina y chufas varias. Chateaba hoy con el mismo Julio, once o doce años después de aquello y me salió una frase de idéntica raíz que da fe del paso del tiempo. “Creced ya, en lugar de multiplicaros”. Y es que hay cosas que uno acaba por aceptar, no nos queda otra ni a mí ni al cantautor de mierda aquel, pero la habilidad del personal por coronarlas con exabruptos del instinto en forma de niños pequeños, nunca dejará de provocarme un asombro lindante con el asco (metafísico). En todo caso, siempre queda intentar lo que los padres del mismo tito Lou intentaron (y no consiguieron con él), pero, reconozcámoslo, sería como vendarse una herida con hojas de afeitar. Difícil es luchar contra los desmanes del hombre común, que es sin duda el más aberrante de todos los hombres.


KILL YOUR SONS

All your two-bit psychiatrists
are giving you electroshock
They said, they'd let you live at home with mom and dad
instead of mental hospitals
But every time you tried to read a book
you couldn't get to page 17
'Cause you forgot where you were
so you couldn't even read

Don't you know they're gonna kill your sons
don't you know gonna kill, kill your sons
They're gonna kill, kill your sons
until they run, run, run, run, run, run, run, run away

Mom informed me on the phone
she didn't know what to do about dad
Took an axe and broke the table
aren't you glad you're married
And sister, she got married on the island
and her husband takes the train
He's big and he's fat
and he doesn't even have a brain

They're gonna kill your sons
don't you know they're gonna kill, kill your sons
Don't you know they're gonna kill, kill your sons
until they run away

Creedmore treated me very good
but Paine Whitney was even better
And when I flipped out on PHC
I was so sad, I didn't even get a letter
All of the drugs, that we took
it really was lots of fun
But when they shoot you up with thorizene on crystal smoke
you choke like a son of a gun

Don't you know they're gonna kill your sons
don't you know they're gonna kill, kill your sons
Don't you know they're gonna kill, kill your sons
until they run, run, run, run, run, run, run away