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domingo, octubre 21, 2012

AUSENCIA DE FOTOGRAFÍAS


(Le hemos pedido a GATO PALUG que nos escriba algo desde su voluntario exilio en El Salnés, pero sólo hemos obtenido esta sarta de incongruencias garabateada en diez minutos y la foto en la que aparece con sus dos amigos más recientes -los únicos que tiene-. Incluimos el texto para dar fe de lo nocivo que siempre ha resultado el exceso de pensamiento en soledad. Esperamos que se recupere y vuelva a ser pronto el motherfucker robatumbas a quien todos queríamos tanto).
 
Los grupos que toleraba se iban haciendo más reducidos en número. Aunque, mirando atrás, apenas recordaba alguna foto colectiva con su figura dentro, estaban los equipos de baloncesto en la infancia, porque sus quince y sus dieciséis -y probablemente los diecisiete y los dieciocho- habían sido infancia. Y estaba una foto de una fiesta en la universidad en la que sale sentado en el suelo y sin camisa rodeado por otros cuarenta o cincuenta borrachos. La tiene en algún sitio. Y poco más. Pero sí hubo un reino intermedio, un tiempo en el cual una cena o una excursión podían acabar con todos abrazándose la espalda frente a una cámara. Una cámara réflex, aún no era la época de las digitales. Luego eso se terminó, aunque él no sabría decir cuándo ni cómo vino el cambio. No hay un momento, acaso, aunque las películas digan siempre lo contrario y los libros digan siempre lo contrario, y las religiones, que son las películas y los libros, todos juntos, establezcan claramente que cada cambio de fase necesita su símbolo. Te caes del caballo, te bajas de la burra, apalizas a unos mercaderes. Dices un “No” sonoro y solemne y desesperado, que resuena a lo largo del desierto en el que sólo estás tú. Esas cosas. La realidad es distinta, así que quizá no hay un momento, pero él sabe bien que el contacto con los otros le resulta cada vez más angustioso, con esa nausea cercana, no demasiado violenta todavía, que acaba por teñirlo todo de un aroma a vómito. Ahora aún puede tocar con los amigos –casi todos amigos viejos, de hace años-, tres, cuatro, cinco a lo más, y ya le parecen sospechosamente muchos; y puede aún correrse alguna farra amistosa, pero las fotos ya no las soporta. Tampoco -porque, se dice, hay una suerte en cada desgracia- le solicitan que se integre en grupos muy a menudo. No hay fotos organizadas en la peregrinación anual de machos cabríos adictos a los medicamentos, y la logia de solitarios empedernidos es exigente en sus normas: las agrupaciones de más de dos están mal vistas, y está  rigurosamente prohibido dar fe de ellas. Se mira a si mismo; se mira las manos, que son lo que ve mientras escribe a solas en su casa y se pregunta que será lo próximo. Pronto, quizá, una pareja se le empiece a hacer extraña, si es que eso no ha sucedido ya; convertirá la tendencia a espantar a quien le quiere en hábito arraigado y finalmente sustituirá el hábito, tan cansado, eludiendo en primer contacto, evitando la ocasión. Y ya habrá quedado todo dicho. A veces siente ganas de actuar como hace tiempo y coger a alguien que acaba de conocer y hablarle a bocajarro, y decirle lo que piensa en ese momento. Verdades momentáneas. Pero sabe que mañana esas verdades ya no estarán, y se abstiene. Prueba a esperar, a ver cuantos se acercan. Y no se acerca ninguno: lo esperado. Quizá ha empezado a darles miedo a todos aquellos a quienes no da risa. O quizá ha empezado a levantar una vaga indiferencia general hacia su persona. Los héroes solitarios tienen su nicho casi siempre antes de los treinta, y sus depojos de batalla mercenaria después, algunas temporadas, pero esas temporadas ya se han alargado hacia el otoño. Ahora la gente demanda otras cosas, y tampoco él tolera ninguna de esas cosas demandadas; y en quien menos las tolera es en si mismo. Desvestido de cualquier atractivo, remitido por correo certificado a un reino ajeno, sin entender nada de un idioma que se le ha ido enrareciendo en el oído, va por ahí, aún sin moverse, dispuesto a vomitar en la acera todo lo que tiene dentro para descubrir, al final, que había apenas bilis, sangre y aire. Y siente un miedo vago pero presente casi a cada hora del día: él nunca fue un valiente. Cree saber, sin embargo que es tarde ya, también, para acobardarse. Ahora no serviría más que para provocar unas cuantas risas más, algún insulto, quizá, y la misma indiferencia general. Habrá que ir por la nada, entonces, con el orgullo medio intacto y la pose de siempre –se dice-, inventando, si acaso, un pasado que fue igualmente nada y haciendo tábula rasa de la vida. Al menos para ese trabajo vendrá bien la ausencia de fotografías.

viernes, julio 20, 2012

ACLARACIONES (y otras perversiones)


Me he encontrado en mi blog (este blog) con un comentario de Carlos Zanón, escritor y periodista musical referente a mi artículo “Que se mueran los Bee Gees”. El caso es que el comentario  ha desaparecido y como es posible que en mi actual estado de resaca el culpable haya sido yo, sin darme cuenta, pido disculpas de antemano. Nunca borro ningún comentario si no es por accidente, y menos los que tienen sentido, y este lo tenía. Contesto, en todo caso:

-Lo de la “magnanimidad” era pura ironía, como se comprenderá… Creo que la ironía es importante para sobrevivir.

-Considero al señor Zanón -como por otro lado digo en mi artículo- un profesional solvente y con un estilo por encima de la media.

-Estoy de acuerdo con él en que cada uno escribe sobre lo que le parece y no dudo que él crea en lo que dice (no tengo razón alguna para hacerlo).

-Ser crítico de cualquier cosa implica equivocarse a menudo. La exageración es un error en el que yo incurro con frecuencia. Soportar la contracrítica es ley de vida.

-Los Bee Gees me siguen pareciendo una castaña nefasta.

-Mantengo mi opinión sobre la crítica rock en general, que era de lo que iba el asunto.

Aquí paz y después gloria.//LUIS BOULLOSA

martes, junio 05, 2012

QUE SE MUERAN LOS BEE GEES, QUE NO QUEDE NINGUNO



Opiniones a vuelapluma: sería interesante que la posmodernidad consistiera en algo más que en críticos con vocación epatante afirmando que las bandas que siempre fueron una mierda son en realidad la de Dios y en (malos) grupetes nuevos de aquí copiando a (malos) grupetes no tan nuevos de allí (ya sabemos donde es allí). Sin embargo, no parece que consista en nada más. Me refiero a una posmodernidad no intelectual, claro, la intelectual no te quiero ni contar; a una posmodernidad  en el rock y en España, que es como decir un dandismo en una tasca de Granollers. Dice Carlos Zanón en las páginas del Ruta 66 de este mes que los Bee Gees son la rehostia consagrada (“tienen el mejor cancionero pop después de los Beatles”, afirma tan pancho). Si es por la cantidad de gente a la que han hecho comulgar con ruedas de molino en las últimas décadas, no se lo negaré.
También hay, en la misma revista, una reseña de Mujeres –la banda, no el bendito género- unos jóvenes y apuestos elementos barceloneses que en sus entrevistas intentan desmarcarse de ser un pobre calco de los Black Lips casi con tanta energía como la que usan en sus discos y actuaciones para demostrar lo contrario. Allá ellos y quienes se los traguen. Ser un pobre calco de los Black Lips, en todo caso, no deja de consistir en ser un pobre calco de un pobre calco. A los Lips les vi hace años el peor concierto que he contemplado en mi vida, pura estafa. A los Mujeres les vi hace poco un digno y animado pase (en lo técnico y lo energético, no en lo creativo), en una fiesta de discos humeantes donde brillaron magnéticamente LAS NURSES, unos fieras de verdad a los que, en cambio, para variar, nadie hace demasiado caso.
Hablo de estos dos casos, Zanón/Bee Gees, Mujeres/Lips/Nurses porque son los primeros ejemplos de absurdo con los que me topo este mes, según dejo a un lado las cosas importantes y me entretengo en ojear páginas escritas por supuestos especialistas, pero la lista podría ser tan descorazonadora como eterna. Y el caso es que Zanón, al que entrevisté hace poco AQUÍ a raíz de su novela “No llames a casa”, escribe por encima de la media del plumilla rock y es inteligente al optimizar sus recursos en busca de repercusión: otro reciente artículo suyo sobre Echo and The Bunnymen mostraba la misma ecuación de impecable y poética, personal redacción sumada a premisa absurda. Porque, no, tampoco los hombres conejito eran nada del otro mundo, al cabo, pero queda epatante y “transgresor” sostener lo contrario y afirmar que están –de nuevo los cuatro de siempre- por encima de The Beatles (¿qué coño tendrán que ver?).
Está bien. Quizá el amigo Zanón lo piense de verdad, concedámosle, en nuestra magnanimidad, el beneficio de la duda. Si uno lo piensa de verdad, todo está permitido: está permitido afirmar que Mari Trini es mejor que Leonard Cohen, los Del Lords están a años luz de los Stones (esta es de verdad, me ha pasado), que Polly Jean Harvey no ha plagiado jamás a Patti Smith o que Raphael y Bumbury pertenecen a una digna estirpe de singer-sonwriters con la verdad por delante y carentes de impostura… Si uno no cree realmente lo que dice, en cambio, todo ese ñoño orgullo de “enfant terrible” tardío acabará siendo percibido como lo que es: mero polvo en el aire, incapaz de producir urticaria pero capaz, muy capaz, de levantar un bostezo lejanamente parecido a la náusea. Al menos, digo, entre los que llevamos un tiempo batiéndonos el cobre en el asunto de descubrir bandas, calibrar su valía y comparar su alzada con los hitos del pasado (equivocándonos muy a menudo, claro, y por tanto recalibrando, rectificando y modificando direcciones; luchando contra nuestra propia vanidad de presuntos descubridores y limando a través de los años la natural tendencia al panegírico).
Al cabo, el problema, entiéndanme ustedes, no son estos dos casos puntuales y aleatorios, sino el hecho de que ellos ejemplifican la norma por la que se rige la actual marea de plumas de la crítica rock. Si nos guiamos por la opinión colectiva de esa marea (en la que coexisten archiveros, coleccionistas, simples fans, desinformados de toda laya y presuntos genios autocoronados, además de algún honrado y persistente hombre de talento), acabaríamos en el mismo punto que si tragáramos a pies juntillas lo narrado por los periódicos de tirada nacional: fuera de la realidad. O, al menos, tan lejos de la realidad como queramos estar, entregados a un mundo opiáceo con sus propias tiranías y rebeldías generadas a gusto del consumidor lobotomizado.
Yo, particularmente, no soy partidario de la broca en el cráneo ni de la pastillita del olvido, esa que, para el caso que nos toca, lleva a la felicidad vía Wilco (o Kanye West, según tu estética en lo integrado/snob), un número no determinado de hypes de temporada y un incesante goteo de placidas reediciones en vinilo para solaz de las tardes pequeñoburguesas. Me alegro de que se mueran los Bee Gees, uno tras otro (méritos han hecho para durar menos), aunque siento que su muerte nos traiga momentáneamente un bufonesco revival que no me merezco sufrir. Pero lo que siento de verdad -aunque mi amigo E. afirme que este es un artículo carente de "capital simbólico" y guiado sólo por el odio y el resentimiento- es que donde había sinceridad y fuego ahora sólo queden cenizas y rescoldos y que raramente nadie parezca tener, al respecto, nada que decir. //LUIS BOULLOSA

martes, mayo 29, 2012

SALOMON WAS WRONG


Quizá la entrevista sea, al fin y al cabo, la disciplina definitiva. Parece una perogrullada, pero es que llevo un rato haciendo surf entre pajas mentales de críticos como yo (pobres personajes) y a veces me da la impresión de que todo ese conocimiento (porque no lo duden, hay tipos ahí fuera –o ahí dentro- que saben mucho) funciona a menudo más como exhibición que como transmisión. Me criticaré a mí mismo pues –queda mejor y es otra manera de egotismo-: Sí, es cierto, una parte de lo que hago cuando hago lo que ahora mismo estoy haciendo, es pura vanidad. No hay nada de malo en ella, y es necesaria como autodefensa preventiva, básica cuando uno transita por caminos que la mayoría consideran inútiles; es una vieja compañera del creador, del crítico y del intérprete. Y sin embargo, y quizá por todo eso, a menudo pienso que el formato entrevista es más equilibrado a este respecto y mejor para todos: tu orgullo de descubridor, de preguntador y de artífice en la sombra sigue ahí, pero el hecho de que sea el artista de turno el que contesta deja al menos claro que, importe lo que importe el yo de uno, hay algo por encima: el algo que se quiere contar. En la entrevista, además, ese algo se cuenta de primera mano, y no a través de los velos de la mente del narrador, que inevitablemente embellecen, dramatizan y abren fosas abisales donde a menudo no hay más que charcos.
La entrevista (con la necesaria austeridad) es una puntada de realismo en un mundo –el del periodista de sesgo cultural subterráneo, digamos- que a menudo es pura invención, una hermosa o terrible ficción en la que él se revuelca, feliz pero inquieto, tratando de convencerse de que no es el único de la piara, de que ahí fuera (o dentro) hay muchos otros que “saben” y que le agradecen el esfuerzo, el talento y la visión (aunque, extrañamente, rara vez comente nadie sus extensos vuelos rasantes sobre la cultura del siglo, consignados en largos posts de blog y otras maneras modernas).
Hay otros días en los que uno se levanta del fango, claro, y se da cuenta de que eso no es así y de que la nevera está vacía, y entonces tiene que recapitular sobre sus propias conclusiones y sus propios consejos para no desesperar. La mía, mi conclusión, era hace unos días la siguiente: la contracultura no es un ejército al ataque, sino una simple y encharcada trinchera. No se vencerá, nunca, y lo único que se puede conseguir es no ser eliminados de manera absoluta y radical. Es decir, nuestra labor es de pura resistencia, y por tanto es necesario encontrar placer en esa resistencia y dudar de cualquier victoria que no sea pírrica. Desde ese punto de vista -si uno consigue auto-convencerse-, todo es ligeramente menos gris. Desde una perspectiva de conquista, sin embargo, todo es inevitablemente fracaso, vacío y desastre. Sobre todo vacío. Difícil, sin embargo, desposeerse de una idea, por algún motivo central en nuestra educación -aunque reiteradamente negada por los hechos-: la de que el trabajo bien hecho y el conocimiento llevan al reconocimiento, y que es el segundo (el “re”) el que constituye el premio máximo.

Desprogramación, es la palabra. Un tercio de nuestra vida es programación, y el resto también, sólo que con la leve posibilidad de que uno mismo -en un esfuerzo pavoroso por sus mil necesarias minucias y su invisibilidad- se libere de toda esa mierda y empiece a funcionar, al menos parcialmente, según su propio código alternativo. Un código alternativo que, como todo lo alternativo –ya te lo dijo papá- incluye a menudo el castigo del olvido y no raramente el del hambre.  
Dice Kevin De Broux (Pink Reason, en la foto) en una entrevista que le acabo de hacer que “Trabajar para una compañía de seguros es otra cosa que no es punk. No me importa que tu única otra opción sea ser un homeless. Lo he probado y no es tan malo. Ciertamente, es mejor que trabajar para una compañía de seguros”. Coincide en gran parte con lo que yo pienso, pero plantea un cruce de caminos tan amargo como real: homeless o esclavo. O mejor: si no quieres ser un esclavo tienes que afrontar la posibilidad de ser una basura a la que nadie hará ni puto caso. Considerar mejor lo segundo que lo primero implica varias cosas: una chulería ciertamente Rock&Roll que se hace más difícil de mantener a medida que los años pasan; un idealismo rayano en lo suicida; una certeza casi maníaca de que lo que estás haciendo vale la pena y –last but not least- un arraigado desagrado inicial, ese asco consustancial hacia lo establecido, hacia las tripas de la máquina, que es difícil, por suerte, extirpar una vez que está ahí. Aunque vivamos en ella.

Por desgracia, la “literatura” musical de este país no hace mucho caso a las entrevistas de fondo, o quizá es que hay demasiados matados como yo en el gremio. Ahí, de nuevo, forzoso es considerar que el pequeño formato (véase este blog, véase esta trinchera) es igual de digno –más digno en realidad- que el grande, aunque a uno, envenenado aún por el viejo paradigma y por la estúpida necesidad de comer por su cuenta, le de pena a veces que determinadas cosas no puedan alcanzar un publico mayor.
En un par de días me largo a Portugal a entrevistar a Michael Gira, y hoy he acabado de transcribir una bonita conversación vía mail con el citado De Broux. Pero no me hago ilusiones. Afuera la gente habla de Messi y de Cristiano, o de cosas peores. Los cenáculos siguen siendo lo de siempre, como su nombre crípticamente indica, y a mi no me queda más que persistir, a sabiendas de que, según se mire, según el cristal y el día, Chejov podría haber tenido razón cuando afirmaba que “Salomón se equivocaba al ansiar la sabiduría” porque esta –dice en otro punto- sólo lleva a la infelicidad.

Lo entresaco de sus “Cuadernos de Notas” (La compañía de los libros, 2010), bastante más interesantes para mí que su prosa. Debajo de la anterior, una verdad más absoluta: “Los hipócritas ordinarios aparentan ser palomas. Los hipócritas de la política y la literatura, águilas. Que su aire aquilino no te intimide. No son águilas, sólo ratas o perros”.
Entre ratas y perros, y demasiado a menudo como ratas o como perros, nos ha tocado vivir. Disfrutémoslo.


Fdo. LUIS BOULLOSA

domingo, abril 01, 2012

VUELVA USTED MAÑANA

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Nuestro guía espiritual en la travesía del desierto, Luis Boullosa, estrena un blog desde donde se puede acceder fácilmente a sus variados trabajos periodísticos, amagos literarios y otros esfuerzos sin recompensa. Está AQUÍ.

domingo, marzo 11, 2012

TENED CUIDADO AHÍ FUERA (I)

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“Se cayó por la escalera –dijeron. El camelo de siempre de la pasma”.

Recuerdo perfectamente una discusión en la redacción del Cosmodemonican News, donde yo trabajaba por entonces haciendo nota roja. Un hombre esposado se había zafado de dos agentes de la autoridad y, cogiendo carrerilla, se había lanzado por el hueco de las escaleras de la comisaría, palmando en el acto. Partiéndose la crisma contra el suelo, sí. Seguro que sí hacen un esfuerzo podrían imaginarse ustedes el sonido. Lo curioso era que otro caso idéntico había sucedido unos meses antes, y eso me sirvió, conflictivo como siempre he sido, para iniciar el asunto, la discrepancia, la gresca. Asombrosa me parecía y me parece la habilidad de los delincuentes para deshacerse cual ninja shadow de sus captores, pese a llevar las manos atadas a la espalda. No menos asombroso su gusto por las escaleras. Debe ser un asunto genético, me digo, o degenerativo, debido a las drogas. Sí, eso debe ser. Pero asombroso, sobre todo, se me antojaba entonces el empeño de mi redacción al completo para convencerme de que yo estaba fatal del tarro y de que allí no había más que lo que comentaba la nota de prensa. Bueno, no había nota de prensa, en realidad: sólo el cadáver de un pobre diablo estazado contra el suelo. No se si alguien lo reclamó.

Yo, particularmente, y lo dejo dicho aquí para que conste en acta, nunca, repito, NUNCA, me tiraré por las escaleras de una comisaría (tampoco ventanas o similares) exceptuando las dos siguientes situaciones:

1-Que me empujen debidamente

2-Que me hayan torturado tanto que la muerte me parezca en ese momento una solución.

Como es sabido, ambas situaciones son imposibles en nuestro estado de derecho. La policía no empuja a ciudadanos por las escaleras (y menos por el hueco de estas). La policía tampoco tortura a nadie. O al menos no a hombres de bien como yo. Ni siquiera a esa escoria de negracos, rateros, proxenetas y trapicheros con los que tienen que lidiar a diario para protegernos de las putas, las drogas y la cultura africana. Toda esa patulea de inconsciente precursores del vuelo sin motor.

Diga lo que diga Amnistía.

“Se cayó por la escalera –dijeron. El camelo de siempre de la pasma”.

Tampoco es que haya que leer a Burroughs para enterarse, ¿saben? Basta con un poco de sentido común. Pero si les interesa está en la página 21 de “El Almuerzo Desnudo”, (edición de bolsillo de Anagrama).

Y como decía Renco: "Tened cuidado ahí fuera"// GATO PALUG

jueves, octubre 20, 2011

MATA A TUS HIJOS



Una vez toqué en un concurso en el CEU con mi banda de entonces, los justamente incomprendidos Goodby Mass (el título era pillado de un tema de tito Lou en el “Magic and Loss”, curiosamente de la única canción que no me gustaba del disco). Un tarado de cantautor que espero haya muerto abrió el día de manera insufriblemente positiva y cerró su actuación con algo del estilo de “No crezcais nunca”. Ya sabéis. Nosotros clausuramos la jornada, y yo fui el último en abandonar las tablas, ya que sin ser frontman era parcial materia gris, diciendo aquello que mi compañero Julio me recordaría tantas veces después: “No crezcáis, suicidaos”. Era un chiste oscurito, pero el respetable, por entonces, ya no parecía recordar a que me refería. Lógico, tras haberse tragado, aparte de lo dicho, a un par de bandas que rozaban el heavy de garrafón y a otros dos o tres bienintencionados pro palestina y chufas varias. Chateaba hoy con el mismo Julio, once o doce años después de aquello y me salió una frase de idéntica raíz que da fe del paso del tiempo. “Creced ya, en lugar de multiplicaros”. Y es que hay cosas que uno acaba por aceptar, no nos queda otra ni a mí ni al cantautor de mierda aquel, pero la habilidad del personal por coronarlas con exabruptos del instinto en forma de niños pequeños, nunca dejará de provocarme un asombro lindante con el asco (metafísico). En todo caso, siempre queda intentar lo que los padres del mismo tito Lou intentaron (y no consiguieron con él), pero, reconozcámoslo, sería como vendarse una herida con hojas de afeitar. Difícil es luchar contra los desmanes del hombre común, que es sin duda el más aberrante de todos los hombres.


KILL YOUR SONS

All your two-bit psychiatrists
are giving you electroshock
They said, they'd let you live at home with mom and dad
instead of mental hospitals
But every time you tried to read a book
you couldn't get to page 17
'Cause you forgot where you were
so you couldn't even read

Don't you know they're gonna kill your sons
don't you know gonna kill, kill your sons
They're gonna kill, kill your sons
until they run, run, run, run, run, run, run, run away

Mom informed me on the phone
she didn't know what to do about dad
Took an axe and broke the table
aren't you glad you're married
And sister, she got married on the island
and her husband takes the train
He's big and he's fat
and he doesn't even have a brain

They're gonna kill your sons
don't you know they're gonna kill, kill your sons
Don't you know they're gonna kill, kill your sons
until they run away

Creedmore treated me very good
but Paine Whitney was even better
And when I flipped out on PHC
I was so sad, I didn't even get a letter
All of the drugs, that we took
it really was lots of fun
But when they shoot you up with thorizene on crystal smoke
you choke like a son of a gun

Don't you know they're gonna kill your sons
don't you know they're gonna kill, kill your sons
Don't you know they're gonna kill, kill your sons
until they run, run, run, run, run, run, run away

EL DESEO DE ESTAR EN OTRA PARTE

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(Apunte a carbón romántico-mañanero, mientras espero la llamada de la secretaria de L. Schiffer. Para hipotético uso posterior en una serie titulada "Cómo nos estafaron y porqué")

Una porción importante del arte nace del deseo de estar en otra parte. No me preguntéis el porcentaje exacto. A eso algunos lo llaman “evasión”, pero el término está demasiado prostituido y suena despectivo cuando quizá la necesidad de huir y su articulación práctica sea de las pocas cosas dignas que nos quedan. El deseo de estar en otra parte nace, a su vez, de un desagrado con el entorno que la gente de bien suele asociar, errónea o interesadamente, con un pasajero acné mental de adolescencia. Es mentira. El desagrado viene de dos hechos indiscutibles. El primero, que el lugar que habitamos es espiritualmente inhóspito (si, he dicho “espiritualmente”). El segundo, que lo es porque desde nuestro nacimiento se nos ha prometido otra cosa que jamás llegará. Somos educados como los "hashisins" eran educados por El Viejo de La Montaña, pequeños productos de lujo de una sociedad muy, muy enferma a los que se ha paseado de aquí para allá como a emperadores chinos hasta que, de pronto, se nos desteta de todo ese lujo absurdo para dejarnos en el páramo.

Por supuesto, se nos da una opción, como también se les daba a los hashisín: “Consume", se nos dice, "articula tu descontento y tu ansia por la vía dada. Está ahí a la derecha, donde pone ‘articulación del descontento y del ansia’, y si pasas la puerta con el resto de tus amiguitos encontrarás una serie de placebos y lobotomías a bajo precio que constituyen en cuarto túnel de la cultura: deseos fatuos de fama momentánea, viajes programados a la Rivera Maya, partidos del Atleti, conciertos de los 40, catálogos de IKEA, fotos de Warhol tuneables con tu jeta y toneladas de ropa de marca y riesgo deshidratado”. Por suerte o por desgracia, pasa, silencioso aún más abajo de esa corriente, el ponzoñoso riachuelo de la contracultura y la creación.

A veces dudo de que sea algo más que aquel grupo terrorista que postulaba terry Gilliam en "Brazil", al cabo un montaje más del sistema, diseñado para hacer frente a las mentes terminal y enquistadamente disidentes. Pero ahí está. Se llega hasta él cuando, por consejo, suerte o cabreo consustancial –y con un empujoncito de cultura, la mayor parte de las veces familiar- uno rechaza de plano la citada puerta cuatro (tras haber pasado chulescamente, también, de la uno, la dos y la tres). Se llega por caminos serpenteantes y estrechos, bastante dados al hedonismo y a la pose del rebelde sin causa, pero también fascinantes en su fulgor de posibilidad, y en los cuales uno se cruza por igual con Dante Aligheri, Sonic Boom, Allen Ginsberg, Brueghel el Viejo, Lou Reed y el borracho viejo del bar que siempre te gana al futbolín y una vez, dice, tuvo una banda de rock. Y una vez que estás dentro, encharcado hasta las rodillas, lo normal es sentirse orgulloso. Oh, sí. Eres un guerrero subterráneo, y has encontrado las cloacas por las que, caminando con fe y talento, se sale de esta puta mierda de sociedad.

Santa inocencia la nuestra (aunque yo ni siquiera llegué a formularlo así en su momento). Santa esperanza de que hay un lugar donde la gente es más inteligente y más sensible y comparte tu rabia, que crees esencial. Despertarás del sueño tarde, siempre tarde. Muchos tarados que no sabían leer cuando tu librabas batallas metafísicas te mirarán raro, aunque con un cierto cariño (la sociedad necesita fracasados que refuercen su mensaje general), mientras pasan junto a ti con sus niños y sus trabajos estables mal pagados en forma de adorado mandril sobre la espalda. No tendrás nada. Nadie te querrá, y raramente llamará alguien a tu puerta. Tus ambiciones se habrán ido volviendo risibles hasta para ti. Los nuevos beatnicks te pasarán volando por los flancos mientras tu pedaleas en tu bici oxidada. En el suburbio “arty”, te empeñarás en seguir alquilando habitaciones a precios módicos que apenas podrás pagar, a veces compartidas con otros espectros que exudan sus restos de buena voluntad, y en ellas trabajarás para el sistema de siempre haciendo labores de mozo de cuadras que odiarás más que nunca. Al mirar al suelo, viejo amigo, te verás al borde de un abismo clásico sobre el que tu mismo escribiste con soberbia en el pasado: estás a punto de comenzar a considerar tu vocación un “hobby” (¡esa palabra!).

“Mejor te sería saltar al vacío, Luisito”, piensas en tu ventana, pero vives en un primero o un sótano. Persistirás, claro. Eres una máquina tozuda, vieja y unidireccional diseñada explícitamente para el fracaso (eso a lo que en literatura se llama un héroe). Y lo que es peor, cuando dentro de unos años el desagrado lo invada todo de nuevo hasta convertirte a ti mismo en una nausea que anda (porque el desagrado de los cuarenta en adelante es de verdad y el de los veinte queda reducido a un juego) sabrás, probablemente, o querrás saber, que estás ya viejo para otro espléndido gesto y otro salto en picado y otro abandono del mundo y otra búsqueda de la verdad y otro retiro ermitaño y otro viaje a México City Blues. Y ya ni siquiera serás aquel joven feo y pálido al que le quedaba tan bien la ropa negra.

Cuando se rían de ti considéralo el justo castigo a toda la vanidad en la que malgastaste las posibilidades de fuga.

Y entiende que esa es justo la señal para volver a empezar.

Fdo. LUIS BOULLOSA

viernes, septiembre 16, 2011

VIDA Y MUERTE DE UNA BANDA DE BAR (y III)

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(Escrito a las tres de la mañana en mi gabinete campestre, sobre algunas notas tomadas al azar por la mañana. Sereno, consciente, aburrido)

¿Sobre qué hablar en las letras de una banda de rock? La respuesta es sencilla: habla de lo que te salga a ti de los cojones y si eres bueno, acertarás. Si quiere uno acotar (o ampliar) algo el espectro, siempre puede acogerse al título de aquel clásico de Big Black: "Songs about Fucking".

Los que escribimos canciones, en todo caso, y sobre todo letras, y sobre todo letras en inglés, tenemos varios problemas en un país que -asumiendo que el inglés, hoy, es el latín- avanza a duras penas por un periodo inicial de romanización. Vamos, que ni puto caso te van a hacer. Pero tú a lo tuyo. Luego está la vagancia general de la banda tipo: raramente la letra que entregas a tus congéneres rockeros irá a alguna parte. A veces tendrá “demasiadas palabras”, otras veces el guitarrista de turno estará viendo “donde encaja”, las más, sencillamente, les resultará más fácil rellenar los huecos de una música ya hecha con exabruptos y gruñidos inarticulados, lo cual tampoco está mal, según se mire. A mi ese estado troglodita me gusta, aunque prefiera combinarlo con algo de pensamiento, sólo un poco, sin más pretensión.

Me he estado escuchando estos días lo demoledores “Blank, Blackout Vacant” y "Feel The Darkness" de los Poison idea, y creo que en semejantes monstruosidades, sin duda alguna dos de los mejores álbumes de PUNK de todos los tiempos, me dan la razón. Las letras, contra lo esperado y lo que recordaba, son magníficas en su aparente sencillez. ¿Cuántos se han fijado en ello alguna vez? No lo sé. El “cuántos”, supongo, debe dejar de importarnos si queremos hacer nuestro trabajo bien y no arruinarnos la esperanza demasiado temprano. No son el único caso de punk pensante, claro, los hay a docenas, por mucho que en la actual inercia de country and western deshidratado parezca que sólo los Bonny Prince Billy del mundo tienen la posesión de la palabra. Falta punk, os lo digo. Y falta palabra también. Aunque sobren poses y verborrea. Es decir, lo de siempre, pero más.

De todas las letras (algunas bastante malas, otras muy buenas) que he donado a los sufridos cofrades de mis bandas, apenas un puñado han terminado siendo canciones. No es que ellos tuviesen otras mejores, es sólo que la letra o no importaba o no merecía el esfuerzo de pronunciar palabras de más de dos sílabas en el inglés chapurreado que nos caracteriza, o vete a saber.

Honrosa excepción, mi colega Felix "La Cobra" Sanchez, que en sus ratos libres ayuda a ancianos impotentes pasando viagra de estraperlo –y eso es muy punk-, consiguió cerrar con letra mía cuatro temazos que se pueden encontrar en el disco que sacamos los 5 Cobras cuando yo aún estaba allí. Malas o buenas, cuando las oigo me siento orgulloso de algo tangible. Malas o buenas, y creo que son buenas en su conjunto, son un esfuerzo por ir, y por ser, más allá del puro y liberador exabrupto habitual; cuatro ejemplos ciertamente diversos en tema, enfoque y tratamiento, aunque bañados todos por esa pre-lisergia high energy que cultivaban los cobras en su mejor momento. “Rats in Stereo” es un retrato sólo levemente metafórico del estado de control mental y policial del que disfrutamos hoy, y debe bastante a Orwell, Huxley y otros tantos (también el título del disco, “Brave New Hole”); “Bad Medicine”, saturada de barroca iconografía rock, una revisión del tema del amor destructivo, que entonces me tocaba de cerca; “King Conan Blues”, escrita en 2004 en Murcia cuando Schwarzenegger amenazaba con hacer la tercera parte de Conan, una reflexión post épica, de monarca viejo que sólo ve cadáveres inútiles cuando mira atrás y nada encuentra frente a sí más que -como diría Quevedo- “el recuerdo de la muerte”; “Respect”, por último, vuelve a las relaciones malditas, pero desde una visión ligeramente más positiva que no niega la posibilidad de curación.

Todas están en el libreto del disco, y no las recuerdo ahora para convencerme de lo cojonudo que soy ni para purgar errores de juventud, que también. Me sale, simplemente. Intento recordar como surgieron y retorno al mismo punto de creación, ese que provoca tantos equívocos: el momento. Ese vómito de apenas unos minutos en los que de repente todo sale de corrido, como si siempre hubiese estado ahí, cerrado, esperando por ti; ese engañoso instante de coagulación que hace pensar a algunos que sólo son mediums de alguien distinto o que las canciones flotan en el aire y se necesita ser como una antena que las sintonice. Olvidan quizá, o prefieren olvidar, todas las horas trabajadas y los días trabajados en un esfuerzo casi nunca visible, puramente mental. La planta surge aparentemente sola, sí, amigos urbanitas, pero siempre hay alguien en casa con la espalda rota de tanto arar. Flaco favor le hace esa mesiánica autocomplacencia al arte que se cultiva: Los que nos consideran unos vagos redomados acumulan fácilmente munición.

No quiero negar con esto el momento de inspiración. Existe, pero por lo general sólo existe si uno se ha preparado para recibir esa inspiración. No sé si hay individuos sencillamente tocados por la mano de un Dios que desconozco, podría ser. De todas maneras, su número (que no sus obras) es matemáticamente despreciable en un mundo en el que ya es difícil encontrar individuos que sepan leer y escribir.

La siguiente conversación es real. La sostuve con un crítico musical.

-Ya no hay bandas como las de antes.
-Claro que las hay, yo te puedo decir diez ahora mismo.
-Dime una
-Los Drones
-Sí, los Drones son cojonudos.
-Y tienen unas letras de la hostia.
-No sé, yo nunca leo las letras.

Difícil tesitura, la literatura en general, esfuerzo excesivo que a menudo no llega a ningún lado y que ofrece poco o nada a cambio de la inmolación. No mucho más fácil el Rock&Roll para el que escribe.

Ahora, en mi asociación renacida con un antiguo guitarrista del que soy amigo desde hace ya veinte años (¡veinte años!), sé que las cosas fluirán porque ya fluían antes, cuando éramos totalmente inexpertos y montar una banda parecía un misterio indescifrable, un amasijo de cables enredados que había que recomponer a ojo, basándose en la pura intuición, la energía en crudo y la voluntad de gritar. Hemos perdido sin duda, parte de aquella energía, pero acaso no hacía falta toda. Lo cierto es que cada vez escribimos mejores canciones, y mejores letras y que, a la espera de la decrepitud, me refugio en la historia del toro y el torito que le contaba Robert Duvall a Sean Penn en la destacable “Colors” de Dennis Hopper (aquí “Colores de guerra”).

Estaban un toro y su hijo en la cima de una colina y vieron a varias vacas que pacían abajo en el valle. El torito le dice a su padre “Papá, ¿por qué no bajamos corriendo y nos follamos a una vaca?”. Y el padre le responde “No, hijo. Mejor bajamos andando y nos las follamos a todas”.

Pues eso.

Palabras para el que sabe.

Id con mi bendición.

sábado, mayo 21, 2011

DON'T BLOCK UP THE HALL (Motherfuckers)!!!



Me largo diez minutos a Galicia y sucede la “revolución” (entiendan las comillas como prefieran, da igual). A veces los tiempos se ríen de ti concediéndote tus viejos deseos de abúlico y de distanciado observador.

Mi amigo el Arcángel, recién cumplidos los cincuenta, dice que el momento de mayor excitación sexual que recuerda sucedió cuando, a los dieciocho años, en la cárcel de Marabata (Tánger), un alemán le regaló dos galletitas saladas.

Mi amigo H., en cambio, me cuenta que su fantasía sexual recurrente ahora, a los cuarenta y tantos, es “una buena guillotina en medio de la plaza”. Y los tiempos, otra vez los tiempos, le han dado pálida y metafóricamente la razón.

Se suscita una misérrima discusión en un foro interno de críticos de Rock&Roll (una casta integrada dentro de la de los esclavos que creen ser privilegiados, subdivisión quinceañeras de derechas, apartado ratas de biblioteca). Salvo honrosas excepciones, la cosa tiende a un escapismo (“este es nuestro rincón para evadirnos de la realidad, la música”) que siempre colabora con la opresión y a una especialización que elude el hecho de que una de las pocas armas del hombre (“libre”, digamos, otra vez con comillas) es la capacidad de relación y de integración de saberes diversos y dispersos. Los críticos de Rock&Roll necesitamos urgentemente nociones básicas de antropología y de genética, al menos. Para la mayoría de ellos vale (y es además necesario) hablar del contexto social en el nacimiento del blues o del soul, por ejemplo, y de los disturbios raciales de los sesenta o setenta como sustrato de un tipo de arte, pero cualquier abordaje de la actualidad les pone de punta los pocos pelos restantes en sus doctas cabecitas. Allá ellos. Mi amigo H. y yo coincidimos en algo obvio que formulo sin darme cuenta –pero que sin su influencia nunca hubiera pensado así-: en que "hay una brecha enorme entre la realidad social CREADA y la realidad social a ras de calle". Lo cierto es que los gobernantes (no hablo sólo de los políticos, pensar que gobiernan sólo ellos es claramente estúpido) han creado un universo ficcional en el que tenernos amansados, pero –subvalorándonos hasta para eso, no sé si con razón- lo han hecho con el puto culo.

Y ahora resulta que los “idiotas” se han plantado. Me encanta ver como ante ese levantamiento inesperado (¿Inesperado? ¿Qué se esperaba, entonces?) todos los perros de su amo (especialmente la despreciable orden de los juntaletras, televisivos o no) se ponen nerviosos y se retratan, tratando de barrer para casa y creando en el intento una patética nube de polvo de mentiras. Ahí están, mordiendo al aire, separados de la realidad por su propia cortina de humo y por el miedo a perder su mísero rancho de putas del poder. En esa hipotética guillotina de H. que adopto, todos ellos van teniendo su turno después de escupir sus últimos ruegos y difamaciones. Me dan más asco aún que la Policía, que ya es decir.

Curioso constatar por otro lado, que la mayor parte de las ideas de los acampados en sol y de muchos que no están allí (no por embrionariamente articuladas menos razonables; ellos, al cabo, no son los que las tendrían que articular, sino un hipotético gobierno COHERENTE y SENSIBLE), la mayor parte de esas ideas, digo, han sido usadas en un momento u otro por esos mismos perros para atacar al gobierno, o a la oposición, según el caso; para tratar de polarizar lo poco del voto que aún no lo estuviese. Ahora les asustan. Ahora que se las escupen a la cara y las entienden como algo más que mera retórica, se mueven en círculos con el rabo entre las piernas, y yo, aprovechando hasta que vuelvan a ser los cabrones de siempre, me río a gusto. Sólo por eso, ya hubiese valido la pena.

No dudo que toda la explosión de estos días se corromperá, probablemente en un futuro cercano, para darle la razón a quienes conocen la esencia cíclica de todo. A la espera de la violencia (si no fueran elecciones la cosa se habría disuelto a palos hace tiempo; ahora es ligeramente -y digo ligeramente- más complicado) y del soborno, ante los que el movimiento se retratará también, las provincias donde paso mis días contemplan la cosa con el papanatismo que les es ya estructural. Hay de todo, pero en las conversaciones de bar, donde está gran parte de la gente que debería entender esto y a la que le puede importar, lo que predomina es el viejo “que se pongan a trabajar como yo en lugar de hacer el hippy”. En gran parte, no conviene olvidarlo, este país sigue siendo el de “vivan las cadenas”. En gran parte la gente sigue viendo a un universitario como un señorito diletante y a un joven que pretende pensar como un insulto. Me lo decía un músico, un tipo preclaro, en una entrevista el otro día. “La mayor parte de la gente es buena pero un poco estúpida. Están demasiado ocupados pagando las facturas como para convertirse en pensadores. Yo soy igual, pero lo intento”. Lo cierto es que intentarlo no es tan difícil, aunque tienes que estar dispuesto a cargar, después, con las cosas que consigas pensar.

Piensa también, mi amigo H. –yo no exactamente- que la historia es un tren en marcha del que uno no se pude bajar. Sea como sea, mientras la guillotina mental continúa funcionando a todo trapo, bien está (¡estupendamente bien!) que se canten a coro algunas verdades que muchos llevamos la vida mascullando para nosotros: Como que somos las esclavas sexuales –podemos parir, pero no decidir, eso seguro- de una pandilla de hijoputas y de mediocres (a menudo ambas cosas) que llevan años follándonos en nombre de mentiras gastadas en las que ellos no creyeron jamás. Como que en la cárcel estamos todos, pero las galletitas saladas no nos valen ya.

Una vez más, después de esta parrafada, me siento un rato frente a la televisión y (siento repetirme) me encanta ver a los sicarios de los que antes hablaba, alarmadísimos, descuadrados, iracundos. Piden programa y sujeción a los trámites democráticos. Se saltan, como siempre, la esencia. Se saltan ese slogan muy consecuente (¡por fin!) que lo encabeza todo y que dice: ¡DEMOCRACIA REAL YA! Es decir. “Nos hemos dado cuenta de que esto no es una democracia, sino una tiranía mal encubierta”. Si fuera una democracia REAL (no se si tal cosa ha existido alguna vez, pero es otra discusión), no creo que tuviesen problema alguno en atenerse a sus pautas.

Yo seguiría teniéndolo, pero es que he llegado más lejos (o quizá simplemente a un estado distinto). Vivo en lugares más solitarios y mis preocupaciones profundas –lo siento- son más metafísicas que sociales, y soy siempre indeciso en la acción por un convencimiento interior de que nada importa. Un poso. Pero, joder, la vida es algo más que ese poso, eso lo concedo aún. Y una verdad sigue siendo UNA VERDAD.

So don’t Block Up The Fucking Hall!

Fdo: GATO PALUG