Mostrando entradas con la etiqueta Nuevos Naufragios. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Nuevos Naufragios. Mostrar todas las entradas

domingo, abril 20, 2014

IMAGEN Y BÚSQUEDA (I) – El corazón del ángel y el pez dorado




(Columna originalmente escrita en 2013 para la publicación Mexicana "El faro literario")


Hay dos grandes momentos para un escritor que se me ocurren ahora, a altas horas, en la casa vacía; al menos para un tipo determinado de escritor que soy –entre otros- yo: el momento en que todos los libros se convierten en uno y uno es todos los libros y el momento en que brota una imagen cuyo significado ignoramos pero que nos llama una y otra vez con la seguridad de quien tiene algo esencial que decir.

Este último habla del origen mismo del acto de creación y de su misterio intrínseco (si no hay misterio intrínseco también es creación, pero la diferencia viene a ser la que existe entre la fecundación y la orfebrería). El segundo momento, en cambio, habla de los vericuetos, también misteriosos a menudo, del proceso que lleva desde aquella imagen hasta el resultado final. Ambos son momentos difíciles de explicar a quien no los haya experimentado. Suenan un poco a discurso de señor enflaquecido al que los libros de caballerías le han sorbido el seso. Algo de eso habrá, quizá.

Empecemos por el segundo.


-“Todos los libros el libro”

O todos los discos el disco. O todas las mujeres la mujer. Con esa idea que a buen seguro no inventé yo, trataba el otro día de definir lo que me pasa mientras trabajo, en esos raros instantes en los que, por alguna razón, entro en vena y todo se vuelve fácil y “necesario”. Es algo que sucede, en todo caso, atado al banco, a esa mesa de escritor que acaba por ser casi un fetiche -creo recordar que Hemingway escribía a lápiz y sobre un caballete en sus últimos años, pero la diferencia es sólo aparente-. La mesa: un centro de recepción y procesado de residuos, una cabina de mando olvidada en la selva y un altar, todo al tiempo: el ara oculta donde uno hace sus pequeños sacrificios e inventa a la divinidad al mismo tiempo. Porque El escritor es un chamán sin fuerza aparente a la que aludir, y debe al tiempo crear el culto y crear al Dios. Que además sea capaz de creer en ambos es algo realmente misterioso. Quizá sea como creer en sí mismo.

Pero divago. “Todos los libros el libro”. Sucede, decía, que en algún momento de la elaboración, uno empieza a percibir que prácticamente cualquier libro que ojee le sirve como fuente: Leerás un rato y encontrarás lo que buscabas. Descubrirás asombrado que ese volumen nimio y tomado al azar para descansar un rato hablaba específicamente (¡y con qué lucidez!) de aquello sobre lo que tú tratabas de discurrir. Curioso, pensarás. Otro día cogerás otro libro cualquiera y te volverá a suceder. Extraño, sí. Y pronto casi todos los que toques parecerán aludir de uno u otro modo a tus propias obsesiones; y allí estará el nudo, deshecho de un tajo luminoso. La explicación me parece sencilla: cualquier libro es, en efecto, el libro. Todos los libros son el mismo y uno es todos. Todos hablan de las mismas cosas (aquellas sobre las que tú te preguntas) porque todos ellos hablan de lo esencial (los buenos yendo a su centro, los malos evidenciándolo con su ausencia). Tu método y tu mérito habrán sido probablemente sencillos: rodearte de buen material y persistir en una línea que se dirige hacia ESO que es esencial. Cuando tus preguntas se enfocan a los problemas inevitables, únicos, la respuesta, bien sea parcial, siempre está ahí, y en un momento de canalización, ves. Has entrado en una corriente. La corriente quiere llevarte y tú debes dejarte llevar. Normalmente no lo hacemos, nos resistimos y saboteamos nuestras posibilidades de fluir porque nos asustan esas cosas que parecen mágicas y en realidad no podrían ser más naturales. O quizá es la vida misma la que nos distrae y nos desvía.

Pero ¿sucede sólo con los libros? Supongo que no, pero los libros son juguetes muy útiles, muy educativos; juguetes educativos para niños, porque somos apenas niños que balbucean. Supongo que un hombre –eso que raramente llegamos a ser- no necesita un libro para preguntar y encontrar respuestas. Quizá puede observar una piedra o escuchar el viento, y ellos le hablen de manera clara, como te habla un amigo. Creo que realmente debe ser así. Creo que en un momento de la evolución los intermediarios desaparecen y uno es libre y común para él universo. ¿Misticismo? No soy precisamente una mística flor, quienes me conocen lo saben. Pero es aceptado, como hipótesis, que vivimos en un universo y que, en consecuencia, formamos parte de él. ¿O no es así? La imagen mental El otro momento, no tan distante en esencia, si se piensa, aunque anterior en el tiempo, es la floración de la imagen. Ese brote súbito que se encasquilla en la memoria. Esa idea aparentemente aleatoria pero que parece gritar “¡Tengo un sentido!”.

En la búsqueda del sentido de ese brote se construyen catedrales: es el pequeño gran inicio del mundo para los escritores que viven de imágenes, y puede aparecer en la vigilia, pero tampoco es raro que llegue a la playa desde un sueño.

No todos los escritores funcionan así, claro. De hecho creo que son pocos. Borges decía –como crítica- que Nathaniel Hawthorne era uno de ellos. David Lynch, en su libro “Atrapa el pez dorado” (Editorial Mondadori), un aperitivo algo naif pero que contiene unas cuantas verdades incontestables que es bueno recordar, habla con bastante claridad de eso que yo llamo ‘imágenes mentales’ y de su sentido: “Una idea es un pensamiento”, dice. “Es un pensamiento que abarca más de lo que crees cuando se te ocurre. Pero en ese instante inicial salta una chispa. En una tira cómica, si alguien tiene una idea, se enciende una bombilla. Ocurre en un instante, como en la vida. Sería estupendo que la película entera se te ocurriera de una vez. Pero, en mi caso, me llega a fragmentos. El primero es como la piedra Rosetta. Es la pieza del rompecabezas que indica dónde va el resto. Es una pieza esperanzadora. En “Terciopelo azul” fueron primero unos labios rojos, unos jardines verdes y la canción, la versión de Blue Velvet, de Bobby Vinton. Después llegó una oreja tirada en un campo. Y ya está”.

¿Ya está qué?

Ya está aquello sobre lo que puedes empezar a preguntar(te), aquello que tiene un valor esencial como símbolo que aún permanece oculto. Aquello que nos seguirá llamando hasta que descubramos cuál es ese significado, o articulemos, al menos, las palabras necesarias que deshagan la tensión.


-Una mujer y un campo de amapolas

Me fijo en la última frase del párrafo anterior y me digo que tiene sentido: “(…) o articulemos, al menos, las palabras necesarias que deshagan la tensión”. Eso quiere decir, que –al menos en mi experiencia- la imagen se conjura y se articula comprendiéndola o bien comunicándola con palabras aunque uno no haya accedido en realidad a su significado profundo. Uno no sabe tampoco muy bien porqué devuelve al agua a un pez que boquea en la orilla, al fin y al cabo.

Creo que era Alan Parker, otro cineasta ocasionalmente oscuro, el que decía - pero cito de memoria una anécdota contada y recontada hace años, así que estará indudablemente deformada, probablemente para bien- sobre su película “El Corazón del Ángel”: “Por favor, el que sepa qué significa que venga y que me lo diga”. Puede parecer una ‘boutade’ –e incluso serlo- pero no suena absurdo cuando uno tiene la suerte buena o mala de construir sus ficciones así, desde ese vacío en el que de pronto surge la imagen mental, intocada, hermosísima.

Otro ejemplo. Una vez escribí una novela, y partía de una imagen cuyo sentido ignoraba. No supe que quería contar o, más bien, qué tenía que contar hasta pasada la mitad del libro. Es un libro fallido según los paradigmas al uso, pero como historia bajo la que corre otra historia –la del hombre que partiendo del brote misterioso busca y finalmente encuentra lo que debe contar- no tiene precio, al menos para mí. Una vez más, sin embargo, mi comprensión del hecho fue sólo parcial. Supe lo que tenía que contar, y eso me liberó, pero no supe con seguridad qué significaba. El rezo articulado libera. La imagen correctamente invocada se da por satisfecha y te permite la calma. Tú puedes seguir buscando por tu cuenta la parte de su sentido que se te escapa aún. Probablemente muchos sabios, empezando por Jung, han planteado teorías que pueden dar perfecta explicación a estas cosas pobres que digo. Quizá ni siquiera hagan falta sabios para ello, para desvelar algo tan clara y bellamente inserto en nosotros mismos. No lo sé.

Un tiempo después tuve otra imagen mental: estoy sentado y observo (como una cámara que observa). Veo un campo muy verde, pero también muy rojo. Ahora una mujer avanza cortando a través del campo, desde la izquierda hacia la derecha. Avanza rápido y decidida, obstinada. También ella lleva un vestido rojo. Después pienso que el rojo del campo quizá sean amapolas. Y veo que su vestido es de un rojo pardo, deslustrado. Y sé que estamos en la edad media. Esa imagen lleva conmigo dos años. La veo cada día y es el arranque de otro libro que tengo que escribir. Ignoro por completo lo que quiere decir, pero estoy en esto con el señor Lynch. Sé que si puedo escribiré ese libro por una razón sencilla: la imagen no me abandonará hasta que lo haga. Y aunque es una imagen hermosa, es inquietante también. Y es inquietante saber que hay algo esencial que está por conocer.

Queremos paz.

martes, enero 28, 2014

JAZZ Y ABRIGOS DE VISÓN




“El jazz es como las perlas o los abrigos de visón: debería estar prohibido a los menores de cincuenta años” (anónimo contemporáneo)
 
Si todo depende de la enumeración, cualquier cosa es posible y nada es verdad. Y por tanto, todo es mentira. Por eso un coleccionista de discos y un crítico musical son cosas distintas. El primero tiene la ventaja de poder vivir en opiáceos mundos perfectos. El segundo la condena de tener que cantar medias verdades, porque sabe que ninguna es redonda. Verdades investigadas, dudosas, luminosas a veces, en el mejor de los casos, porque alumbran parcialmente caminos que están por recorrer y desvelan preguntas quizá obvias pero aun poco enunciadas. El primero, por supuesto, odia al segundo casi tanto como el segundo desprecia al primero, aunque, curiosamente, a ojos del neófito, ambas figuras pueden confundirse con cierta facilidad. Distingámoslas, pues. El coleccionista de discos que escribe raramente habla mal de nada: su misión es el panegírico de aquello que, una de dos, o le fascina, o le permite una coartada vital/intelectual (a veces ambas cosas). El segundo, en cambio, si es exigente con su trabajo, tiene a menudo que ajustar las tuercas y apuntar que el rey está desnudo o que al oyente se le está haciendo comulgar con ruedas de molino. El primero recibe las palmaditas en la espalda y las sonrisas de aquellos fieles que ya estaban previamente convertidos, y es integrado socialmente sin mayor problema. El segundo recoge los ánimos de unos pocos (muy pocos) y los insultos de quienes lo ven como un mocoso indecente que, subido al pedestal de los ídolos intocables proclama lo obvio: que están hechos de simple piedra, o de plástico, y que si su factura es impecable, su alma y su vida –y por ende la de aquel que los adora- dejaron hace tiempo de estar allí.
Además, el coleccionista depende de esa enumeración de la que hablamos y es altamente susceptible a cualquier crítica certera. Si tú, por ejemplo, argumentas que el jazz fue una música viva y arriesgada como pocas y que ha devenido un bodrio soporífero para abueletes, como yo hice recientemente en ESTA ENTREVISTA para el excelente blog de David Bizarro, en seguida el individuo, indignado, saca un papel y esgrime sus credenciales en tu cara en forma de lista sacrosanta: “Escuchen a Cecil Taylor, Sun Ra, Steve Lacy, Anthony Braxton, AACM, Derek Bailey, Bill Dixon, Julius Hemphill, David Murray,Tim Berne, John Zorn, Ken Vandermark, Mathew Shipp, Marylin Crispell, Evan Parker,Peter Broztman y centenares de músicos extraordinarios y dejen de pontificar sobre lo que no saben......mucho bizarro de medio pelo". Así lo dice en los comentarios de la citada entrevista un tal Javier Díaz López. Bien. Ignoro lo que Javier sabe o no sabe, y no lo puedo deducir de una lista airada. La falta de argumentación y el insulto –por suave que sea- sí me permiten, sin embargo, discernir una parte del personaje.
Yo podría hacer una lista que demostrase que el jazz está vivo, sí. Y otra que demostrase que está muerto. Yo podría hacer una lista que demostrase que el rock es revolucionario y otra que dejase claro lo contrario, que es una fuerza reaccionaria de primer orden comprada por el sistema. Luego, queda claro que se necesitan indagaciones más profundas, reflexión y relación. Y eso es lo que falta, demasiado a menudo, en la crítica. Menos archiveros, más pensamiento.
Con más prudencia y elegancia que Javier, argumentando, yendo por esa senda de investigación –pero al hilo de lo mismo-, Yahvé M. de la Cavada, periodista, se refiere en SU BLOG –también en El País- al mismo asunto, acusando mi visión del “jazz del siglo XXI” de cortedad de miras y simplificación extrema. Entendiendo el contexto de una entrevista hecha en persona como algo frágil que requiere de la complicidad del lector para distinguir contextos y sobreentendidos, quizá Yahvé, releyendo, comprenda que, como le apunta pertinentemente el mismo David Bizarro, un periodista a prueba de bomba, por lo que a mí respecta: “a lo que se refería Boullosa en la entrevista es a cierto tipo de jazz y, sobre todo, de oyente. No pasemos por alto sus reflexiones sobre la música entendida como coartada intelectual y rango de estatus “. En efecto, es principalmente desde ese prisma desde el que mi argumento es comprensible y defendible (incluso incluyendo todos estos nombres que vomitan los ofendidos): existe una burguesía medio pija –sobre todo por su uso del gusto como elemento de distinción más que de placer o enriquecimiento personal- compuesta por elementos a los que les gusta tener el último (o el primer) nombre en la boca siempre para demostrar lo “cool” que son, lo diferentes, lo MEJORES QUE TÚ, lo deseables. Es decir, un grupo de gente de tamaño no despreciable que emplea la música (y al cabo cualquier arte) como coartada intelectual. Para levantar esa coartada las que mejor sirven son las músicas de calidad, de cierto sesgo experimental pero que no te obliguen a esfuerzos físicos, extrañas, para  no ser consumo común, pero que no molesten demasiado si estás echando un polvo en el sofá con la mujer fatal de turno a la que crees haber encandilado con tu gloria de beatnick del futuro. A veces, y ese es el problema real, toda esa frivolidad termina afectando a la música misma. Quien te consume es, en parte, quien tú eres... Y desde ese punto de vista, lo que es entendido hoy de manera “general y popular” como jazz, es en una enorme parte carne de snob. También Tom Waits, por poner un ejemplo. O Nick Cave, por poner otro. Con la diferencia de que Tom Waits o Nick Cave también valen para poner patas arriba una casa, una cama o un bar (doy fe), y de que eso, si aplicamos ese punto de vista “desde el oyente” los redime y los protege de ser definitivamente carne muerta. Poner patas arriba las cosas es importante.
Por otro lado, y aplicando un criterio puramente empírico y personal, apenas ninguno de los conciertos de jazz en los que he estado en mis últimos veinte años en Madrid me movieron un pelo, internamente. Parte de la culpa será mía, supongo; otra parte, me imagino, de los músicos, que demasiado a menudo confunden la diversión propia con la calidad de la obra. Hay que conseguir la diversión mutua, y la comunicación. Sólo después podremos empezar a pensar si algo es bueno o no, lo cual nos meterá en esa discusión complicadísima en la que los críticos chapotean desde siempre. Porque hay dos preguntas casi irresolubles. La del crítico que se inquiere “¿Qué es bueno?”  y la del escritor que se dice a sí mismo “¿Para quién escribo?” Ambas se suelen solucionar, cuando uno ya no puede más, de la misma manera infantil. “Es bueno lo que digo yo”. “Escribo para mí”. Infantil, aunque no del todo incierta.
Pero me desvío.
Podría parecer que en toda esta argumentación echo en parte la culpa al público. Y es verdad, se la echo. ¿Puede ser el público culpable? Creo que la respuesta es “sí, aunque nunca en exclusiva”. Hasta el iracundo hombre sesudo que me agita en la cara sus listas de próceres y me escupe insultos es sólo culpable con atenuantes. Y sin embargo, pienso que el tema no es inocuo. Los mitos existen, y algunos están más que bien cimentados, y algunos están hasta vivos y tienen su razón de ser; en parte porque nos nutren y nos permiten caminar y construir nuestro propio armazón, definir nuestra personalidad, ser hombres. Sin embargo el mito inamovible, sobre el que no se puede discutir, es la rémora que acaba con modos creativos que de otro modo estarían perfectamente activos. El Rock&Roll, por salirnos del jazz un momento, es un buen ejemplo. Que la gente salte cabreadísima cuando uno dice obviedades como que Bruce Springsteen no ha grabado un gran disco desde hace más de treinta años, dios me perdone, demuestra que lo que quiere esa gente no son grandes discos, vida, experiencia, emoción, riesgo o autoanálisis. Ni siquiera diversión. Sólo quieren que se les venda una y otra vez un soma, un sucedáneo de aquello con lo que fueron felices cuando eran jóvenes y gloriosos y aún se les levantaba. Es decir, antes de adocenarse y ser unos señorones, que es lo que cualquier coleccionista y cualquier mitómano ciego es por definición.
Me gusta el Rock&Roll (el que no está anclado a tales servidumbres) por su carácter inevitable de cruce de caminos (el jazz lo fue, ¿lo sigue siendo?), aunque ahora para encontrar ese cruce haya que bajar hasta las catacumbas y no todos tengan el temple, el tiempo o las ganas de hacerlo. Y me gusta porque en sus mejores casos invalida al snob, y por tanto a la parte snob del coleccionista. Como apunta un lector en el texto de Yahvé (M. de la Cavada, no el otro), “el primer error es identificar como jazz toda música improvisada, o peor aun, creer que el jazz es el inventor de la misma”. La improvisación existió antes y existe después, supongo yo, y no es ajena en absoluto al Rock&Roll en sus vertientes más experimentales. Cita Bizarro, dándole una vuelta en círculo al listo de las listas a los Lightning Bolt, que son un buen ejemplo de banda a contrapelo,  proveniente del rock, cercana a lo “free” y que guarda intactas las virtudes de ambos mundos viviendo gloriosamente en tierra de nadie. No me extenderé sobre ellos, porque creo que lo correcto es que los busquen ustedes, pero sí diré que, como MUCHOS otros, demuestran que la vida bulle en los subterráneos y que sólo es cuestión de ir a por ella, si se desea.
El oficio de cantar alabanzas es fácil, y apenas oficio; más bien un ejercicio de esbirro (de otros o de uno mismo). El oficio de guiar, reflexionar y plantear preguntas, en cambio, es digno. Eso es lo que hace Yahvé, creo, por mucho que me duela que hable de mi “adecuado grado de desconocimiento sobre el género”.  Y eso es lo que hace David Bizarro. Y eso es lo que hago yo. Cualquier belicosidad injustificada contra ello define a quien la ejerce, no a nosotros. Ladran, luego cabalgamos.
Entendida “socialmente”, querido Yahvé, y desde la visión común, como yo lo hacía en la entrevista, el jazz es en efecto, una música muerta, geriátrica y conformista. Claro que, entendido “socialmente”, el Rock&Roll va camino de ello también, y el pop, y casi todo. Hora pues de dejar la visión coleccionista. Hora de abandonar la coartada intelectual de clase media de ‘mezzopelo’. Hora de reivindicar lo que esté vivo. Yo no dudo de que haya cosas vivísimas en el jazz –que no las haya encontrado puede ser perfectamente culpa mía-, y por ello estoy abierto a que usted me las enseñe, y lo digo sin un asomo de ironía. Aunque le agradecería que, al contrario que algunos generadores de comentarios, aquí y allá, y demasiados periodistas, lo hiciese con explicaciones y cariño, absteniéndose de esas listas de nombres de relumbrón oscuro que aspiran sólo a decir: yo sé, tú no.
Explicar al que no sabe. Comunicar. Eso es lo único que hay.
Lo demás son abrigos de visón.

domingo, diciembre 01, 2013

Elegancia y R&R (VIII) - EL ÁNGEL - MAÑANA NADIE


Sería fácil decir que cada tierra tiene su Lou Reed y que el nuestro fue El Ángel, aunque apenas nadie lo recuerde ya. A él no le molestaría la comparación, imaginamos. O se podría decir que cada pueblo grande tiene su Jim Carroll y que él fue el de Madrid, esa urbe de paletos y prodigios; aunque habría que discutir si esa es realmente la ciudad, o si la ciudad donde suceda el drama importa al cabo. Es sabido que cualquiera es buena para mandarlo todo al carajo. Podría decirse que -como Reed y como Carroll- El Ángel fue refractario a la luz y apreciable poeta, rockero de cuero riguroso también, profeta de una vida sin bocado, a pecho descubierto. Suicida si se quiere. Al revés que la de ellos, su muerte fue temprana.
Podrían decirse todas esas cosas, en fin, sin faltar a la verdad, pero mintiendo a la vez, porque siempre hay más, al fondo de una vida, y eso es lo difícil de calibrar. Para ello queda sólo el arte, que es al mismo tiempo el todo y un simple, débil rastro del hombre. Cuando El Ángel murió de sida en 1994, además de un buen puñado de poemas febriles, violentados y arrogantes, tiernos, consignados en el libro “Los planos de la demolición”, dejó un disco doble con el que le pasaba por la banda a su generación y condensaba una época, un disco final de rock and roll puro y enorme aliento metafísico. Hay puertas de atrás principescas, y “Polvo de Ángel” (Nuevos Medios, 94) es una de las más guapas y más oscuras que conozco. Nadie pareció enterarse, entonces. Yo, desde luego, no me enteré, aunque recuerdo algún artículo al respecto. Yo llegué tarde.
Todo eso sucedía en unos primeros noventa cuyo color se me va volviendo poco a poco desvaído: la época en la que algunos consignaron la agonía de los ochenta con precisión terrible; la que saqueó sus templos, derribó sus ídolos patéticos y, ya sin nada que perder,  formuló lo aprendido en ráfagas tan crudas y urgentes como ésta. Ya venía la ola nueva, la de una música de raigambre yanqui que con sus aciertos y miserias se impondría, al principio amateur y briosa, progresivamente -al igual que en América- sepultada por su inane versión melódica y burguesa. Feroces, emparedados en esa rompiente, algunos como Él Ángel permitieron que los  mejores aciertos de la década anterior y sus pavores más negros coagularan finalmente, a la fría luz de los hechos.
Y de hechos, entre otras cosas, de hechos difíciles de comprender, va “Polvo de Ángel”, el disco del dios animal de las calles frente a la muerte, el disco del chico cegado y lúcido que escupe, con la voz ya enreciada por el exceso: “Nada que hacer, nada que decir/nada se esconde bajo vuestro cielo/jamás podremos remontar el vuelo/no sabríamos a donde ir”. Mezcla de punk de entraña, rock urbano y afilado rock&roll neoyorquino, grabado en Sevilla con Los Volcánicos (su pareja, Ana Curra, y miembros de Dogo y los Mercenarios y de su antigua banda, Los Escaparates), el disco es  una síntesis cristalizada en azul lou reed y bañada en guitarras de quirófano, severamente afiladas, desinfectadas con una pálida llama de estupor y de entrega. Crónica de la cloaca y el éxtasis, cueva en el fondo de la tierra, en el centro de nuestra propia historia, donde se han congelado los sueños, “Polvo de Ángel” reluce como una herida de neón y de carne.
¿Por qué fue el ángel capaz de hacer ese recuento, esa suma heladora de la vida y del amor terminal? Quizá porque la presencia de la muerte espolea a quienes son capaces de mirarla a la cara, y él ya sabía que se moría. ¿Es eso lo que afila la pluma? ¿Es la desolada certeza de la última bala lo que lo baña todo con ese impávido fulgor de chulesca gloria? Yo no lo sé, pero creo que el disco lo cuenta por sí mismo, caminando sin remordimientos entre la primera neblina de otra existencia en canciones como “El mar” (“Tuve lo que quería, tuve mi pasión/lo que he perdido me da igual/soy un sueño entre la realidad”), con la insatisfacción, del que le ha pedido demasiado a la vida (“estoy buscando algo /que nadie me puede dar”), recorriendo sin cortarse un pelo la calle más chunga,  las parejas perdidas, la costra de las habitaciones sucias, contando lo que hay cuando apenas queda nada desde el mismo blancuzco corazón de la epidemia.
No es un disco perfecto, tiene algo de tanteo y de búsqueda, algunas instrumentaciones erradas, algunas canciones que son la misma, no importa. Es un disco violento, luminosamente marginal, ejecutado más que cantado, con la clase de lo inevitable. Es un disco sobre la aceptación. Y es un disco de amor. Cualquiera de sus temas valdría, en realidad, por el todo, porque todos ellos están inyectados de esa tristeza oceánica y fría del que contempla por última vez una vida a la que amó y maltrató a partes iguales, incluso aquellas más incendiadas, como “La ley de la calle”, donde retrata el ciego empuje de quien no tiene nada que perder (“¡Ei mírame!, no tengo nada…/sólo soy una rata en esta jungla de ambición/pero tengo un cuchillo y tengo una bala/que me van a dar lo que el mundo me negó…”) hasta desembocar en la humillada derrota (“Mírate cuando el miedo te come/cuando te apuntan al cuello con un fusil/cuando un policía te hace oler su aliento/y nadie va a mover un dedo por ti”). Si hubo un Wild Side aquí, y lo hubo, él lo pateó de lado a lado, y se le nota en el deje, en la compañía, en las maneras y en la voz, atravesada por demasiadas calles. En la capacidad de bailar de la poesía a la carnaza acompañado de un fuego somnoliento y sincero, puramente suyo.
Sin embargo el disco es, también, una búsqueda y un encuentro. El encuentro del perfecto mensaje de despedida. Más de uno de sus temas –los que al principio parecen pecar de largos, desperezados, disolventes, circulares-, como “Me fui de noche” (“Me fui de noche/con los caballos y el metal/me fui de noche/y no te volveré a encontrar”) parecen seguir una senda que lleva a alguna parte tanteando en la oscuridad y prefiguran, al cabo, la canción con la que se cierra el disco y la vida, ese final escalofriante al que el oyente llega desarmado si ha sido capaz de cruzar el páramo eléctrico. “Mañana Nadie”, directa al panteón de las canciones más tristes y más vivas jamás escritas, ‘memento mori’ anticipado y congelado a la blanca luz del rock&roll, es una de esas con las que se llora si a uno le queda corazón. Por fuera el que sepa y pueda, por dentro el resto.
Pocas elegancias más salvajes hay que esta, me digo, mientras la oigo otra vez, en soledad; quizá ninguna: abrirle la puerta a la muerte con un disco de vida al filo tan definitivo sonando en el estéreo. Pasa, nena, y escúchalo.
Te esperábamos.

 

lunes, noviembre 04, 2013

CLUB DE AMIGOS DEL ELECTROSHOCK

 
 
 
“I love you when you are good
I love you when you are ba-a-ad”
 
Lou Reed – “I love you Suzanne”
 
 
 
Soñé que una antigua novia me llamaba por teléfono. Creo que no lo cogí, porque no recuerdo ninguna conversación. Soñé que un revisor de la RENFE del futuro trataba de estafarme. Yo llevaba un billete en el bolsillo, tan usado que parecía tener cien años. Conseguí escurrirme con esa chulería que no tengo en la vigilia. Soñé un sueño aburridísimo, también, pero eso fue hace tiempo, enredado en una duermevela pegajosa. Terminó y todos los protagonistas pasaron por pantalla con pequeños carteles que juntos decían: “sentimos que el sueño haya sido tan malo, no es culpa nuestra”. Ahora es media tarde, y fuera llueve, pero el día sigue teniendo esa cualidad atonal del otro reino. En la tele no ponen ese video que vi ayer, supongo, o quizá sí, porque ya no la enciendo nunca: diez maderos catalanes apalizan a un tipo que yace encogido e indefenso en el suelo. El tipo muere. Ninguno irá a la cárcel. En las escuelas en las que todavía se enseñe algo, un profesor que acaba de cumplir los cuarenta y aún luce una recortada barba contracultural está hablando en ese mismo momento de Rodney King, más por nostalgia que por otra cosa; en aquellos tiempos él era joven y escuchaba Gasgsta Rap. Cuando esas cosas pasaban a lo grande.
 
Los hijos de puta extranjeros tienen siempre su momento de gloria, a los de aquí no se los valora igual, en cambio. No como deberíamos. Y les debemos tanto.
 
Fuera llueve, sí, y en algún sitio, mucho más allá de la lluvia, los padres educan a sus hijos.
 
Memory Lane no. 1:  Estoy en el coche de mi padre, con mi padre, volviendo del instituto. Tengo quince años. Pongo una cinta de varios que grabé la noche anterior. Suena “Heroin”. Mi padre dice “¿Qué es esto?”. Yo digo .“Ésta es mi canción favorita”. Aún puedo ver su cara, a través del tiempo, viniendo de la tumba. Tanto para el hijo rebelde. Más problemas para el padre consciente. Gracias papá, por haberme querido tanto y haberme jodido lo suficiente, lo preciso, sin necesidad de freírme el cerebro a descargas eléctricas. Hiciste un trabajo fino, sin dañar circuitos esenciales, limitándote a enervar los focos de reacción. Y tu biblioteca sigue siendo impecable ahora que no estás.
 
Otros tuvieron menos y más suerte.
 
-¿Sabemos el nombre del médico?
 
-No. ¿Importa?
 
-No sé. Podría ser.
 
Memory Lane no. 2. Estoy en la plaza de España en Lugo, tengo unos tres años y medio. Mis padres me han regalado mi primer álbum de cromos. Uno variado donde hay animales salvajes, coches de carreras, banderas del mundo. Mi madre se está tomando un vermouth con las amigas y me da cinco pesetas, yo voy al kiosko y compro mi primer sobre de cromos. Lo abro, junto a mi amigo Ramón, un año mayor que yo. Un zorro viejo. El primer cromo que surge del sobre es la bandera de los Estados Unidos de América. Mi amigo Ramón pone cara de desprecio y me dice: “Que feo. Mira, este es mucho más bonito, te lo cambio”. El cromo con el signo de Leo es en efecto, mucho más hermoso. Yo ni siquiera sé lo que es cambiar cromos. Digo que sí. En cuanto tiene el mío entre las zarpas, el tono de Ramón cambia. Dice: “Eres tonto, porque ese que te acabo de dar sale todo el tiempo y este otro no sale nunca”. Y se va. Termino toda la colección de cromos menos uno. La bandera de los Estados Unidos.
 
Se me explicó temprano cómo funcionaba la vida. He sido yo el que, en los siguientes 34 años he seguido negándome a verlo del todo o a reproducirlo del todo. He sido yo el que ha considerado insoportable el intercambio y la norma. Eso es el arte. Si no hay contra quien ejercerlo, carece de sentido.
 
-¿Cómo se llamaba el médico?
 
-¿Importa?
 
-Sí y no.
 
-¿No se lo hacían a todos o qué?
 
-No sé. Puede ser. Era por agradecer.
 
Gracias, señor doctor, por convertírnoslo en una loca heroinómana y tarada, supurando cool, sudor frío, sexo de neón, mal rollo quirúrgico, odio a la autoridad. Gracias, señor doctor, por el Rock&Roll alterado, sibarita, callejero, snob, de tripa hipodérmica, de luz reveladora. Gracias por el flash en blanco y negro y la locura del suburbio mental. Gracias por los pisos vacíos, el mobiliario vendido, las vocecitas locas, las cabalgadas claustrales y deshidratadas de malsano feedback, las curas y las recaidas, la observación social, los amigos equivocados, la soberbia supina, el orden desaparecido, tragado por una noche eterna de copas y salones desolados de amanecer. Por parte de su vida y parte de la nuestra. Gracias por el hombre rescatado de sí mismo que aún es capaz de pensar y de decir palabras que cortan como una hoja de afeitar aplicada a un ojo.
 
Sí. Hay que darle las gracias a todos los hijos de puta por enseñarnos la lección y por sacarnos definitivamente de la vereda. Por Lou y por todo lo otro. Hay que darles las gracias a todos por obligarnos a patadas a caminar campo a través, en la dirección contraria a la indicada. Quizá también a los equivocados y a los miedosos, que con más esfuerzo y detalle, con más sutileza y menos salvajismo, hicieron el mismo trabajo. Con el tiempo a estos últimos hay que perdonarlos, en uno de esos actos de olvido magnánimo y final indiferencia a los que llamamos madurar. Somos hombres, y también nosotros estamos siendo perdonados por nuestras villanías pasadas, probablemente, en este mismo momento, en alguna parte de este pobre universo que nos dedicamos a enriquecer con amor, gestos y palabras. A los hijos de puta no, a esos no hace falta perdonarlos, lejos como estamos de la santidad y de la idiocia. Pero agradecérselo es de ley.
 
Nunca leí una biografía de Lou. No me hizo falta. No hace falta si lo escuchas. Aunque me habré tragado doscientos artículos y trescientas ‘liner notes’, probablemente. En todo caso, no, no sé como se llamaba el médico, pero sé el nombre de las canciones y los discos, conozco el reguero de genio salpicado, he usado la libertad regalada con largueza, así que, gracias, doctor, otra vez.
 
Gracias por Lou cantando Sister Ray por primera vez, en mi habitación del colegio mayor, con vistas a un Madrid invernal, mientras yo escuchaba, quizá, desde la fría ducha donde solía masturbarme.
 
Por Lou afiebrado y al cuello, con una Velvet de saldo, escupiendo verdades a dos metros de la mesa donde Brigid Polk sujeta un micro y Jim Carroll se pide Pernods dobles.
 
Por Lou bailando enloquecido en un escenario de París en el 74, subido sobre su propio mono con una chupa de chispas diseñada para matar a tu amante con un picahielos.
 
Por Lou, haciendo discos opacos cuyo fulgor nadie parece recordar, en alguna cabina pringosa e impersonal, en el pasillo estrecho y demasiado largo que lleva del pensamiento a la expresión.
 
Por Lou con un ‘Mullet’ imposible, edificando elegías con la frialdad de un maestro zen puesto de anestésicos.
 
Por Lou, dando conciertos mediocres e innecesarios en la apertura de este siglo, con una banda gélida donde Fernando Saunders navegaba, elegante y demasiado perfecto.
 
Y también por Lou que –dice ella- saludó a la muerte haciendo Tai Chi con sus manitas artríticas. A ese travelo pintarrajeado de los viejos tiempos. A esa reina delicada y rota que avanzaba grácilmente hacia él con una flor en la mano.
 
Y me viene nosequién en un periódico a contar que colaboró en la glorificación de la droga, como si la droga no hubiese sido sagrada desde siempre. Las fuerzas del orden saturando los barrios obreros de jaco no aparecen en la foto de nuestra historia, en cambio.
 
Y me viene nosecuál a decir, y tiene razón, que su último gran disco fue firmado hace tiempo. Sí. Para mí fue aquel Magic & Loss de principios de los noventa, que finiquitaba el drama superándose a sí mismo y dejaba la médula congelada y un extraño “¿Ahora qué?” flotando en el salón. Mi banda de entonces se llamaba “Goodby Mass”.
 
Y hay quien comenta, al fondo, también, que nunca debió aliarse con Metallica, y vale: los putos jevis esos arruinaron un disco que podría haber sido una perla negra y densa, un asfixiante caramelo de turbia despedida.
 
Qué importa.
 
Ironías del destino, hablábamos el otro día de lo duro que era el viejo, de cómo seguía aún ahí al pie del cañón. ¿Qué edad tiene? Yo dije 69 (me gusta el número), y tu dijiste “algo más”, y discutimos y lo buscamos. Eran 71. Joven. Y yo tenía el “Transformer” allí, en CD, y lo pusimos. Y sonó, glorioso. Y al día siguiente tú buscaste el documental sobre cómo se había grabado. Y era bonito, sí. Y esa noche escuchamos el Live at Max’s, que abre él con esa congénita ironía que se me ha pegado a la piel a través del tiempo. “Esto se llama Waiting for the Man, una tierna canción folk de los primeros cincuenta que habla del amor entre hombres en el metro…”.
 
Lo acompañamos sin saberlo, a la otra orilla, tu y yo. Lo acompañamos follando y riendo y viviendo, lejos de todos los hijos de puta que ya hicieron su trabajo y ahora no son necesarios nunca más. Gracias y que os jodan.
 
Así que este obituario es un nacimiento. Y ese nacimiento es para ti.

 

viernes, agosto 02, 2013

Elegancia y R&R (VII) - Van Morrison, EL REY QUE RABIÓ



Prometí hace dieciséis años que jamás volvería a pagar por ver a Van Morrison en directo. Fue un 27 de febrero de 1997, tras su infame espantada de La Riviera, y lo he cumplido con rigor y pena, porque pocas músicas han resultado tan curativas para mí, a través de los años, como la del hosco Leónidas del ‘celtic soul’ (siempre me pareció una mala etiqueta, esa). Porque si algo mágico tiene lo de Van es su inusual e intensa capacidad de sanación, elemento precioso del que muy, muy pocos pueden presumir: su música está llena de luz y transmite paz y alivio, plena de burbujeante y fluida, renovadora savia vital, lo cual fácil de comprobar sin necesidad de ser ningún experto: se pone uno el "Best of" (Vol.I) en una mañana de resacón y ahí está, esa gomosa, translúcida cualidad que lo ayuda a uno a renacer, como sacándolo perezosamente de un sueño a la vida, y sobre la que el amigo conjuga géneros clásicos con pasmosa naturalidad y autoritario, sensible vozarrón.
 
Ahora bien, el tipo es un cretino integral, cuando quiere. Y aquella noche fue así, inesperadamente. Lo he contado tantas veces que temo haber deformado mi visión del asunto,  así que busco en internet y encuentro una reseña de Diego Manrique publicada al día siguiente de aquel concierto y que fue recogida en el libro "Viaje a Caledonia" . Parte de lo que recuerdo está consignado en ella: la banda completísima –yo recordaba trece elementos, parece que eran doce, con el jefe-, las versiones dúctiles y libres de temas que esquivaban la obviedad –ningún hit de los coreables por la masa- y la estricta sumisión al mandamás, con Van como verdadero director de orquesta, llevando el pulso, cortando los solos cuando le parecía oportuno, ejerciendo de ‘capo di tutti capi’ con autoridad un poco exhibicionista, enfundado en ese saco negro que lo hacía parecer un último, diminuto y rechoncho Blues Brother.
 
También cuenta Manrique cosas que yo no recordaba. Que en la banda estaba nada menos que Georgie Fame, por ejemplo. Difícilmente lo podía recordar, claro, porque con 21 años, la verdad, yo no tenía la más reputa idea de quién era Georgie Fame. Bendita ignorancia.
 
Por desgracia sí que recuerdo bien como el concierto empezó con puntualidad extrema, y como Van sonaba ya cuando fuera había al menos 500 personas incapaces de entrar a tiempo, y que, probablemente, habían acudido con española prudencia y previsión para llegar hacia el final del pase de unos teloneros a los que no se veía por ninguna parte.
 
Y por desgracia también recuerdo como Van dio la espantada sin sentido alguno, justo antes de embocar la recta final de un bolo que, cierto, estaba siendo histórico, al menos para unos oídos jóvenes como los míos de entonces (pocas veces, incluso ahora puedo decirlo, he oído a una banda sonar así). “De todas formas”, contaba Manrique sobre la huida, “se sabe que el Van Morrison de ahora es un caballero satisfecho en amores. Eso, significa que hoy nos toca un Morrison relajado, que habla entre canciones y parece estar contento de la situación. Hasta que llega un momento que pide tranquilidad, lo requiere el clima de la siguiente canción. Lo pide una, dos, tres veces. Alguien no hace caso y Van Morrison protesta. ‘Así no puedo hacer esta canción’ y se acaba la noche”.
 
La clave, en efecto, está en la palabra “alguien”: tres mil personas se callan y tú te mosqueas por quince que farfullan –algunos de los cuales, por cierto, eran un grupo de irlandeses que estaban frente a mí- y cortas por lo sano, sin despedida, sin un "gracias", sin dar la cara, escurriéndote como una sombra de mono cabreado, con un simple mutis por el foro que viene a significar “que os den, ahí os quedáis, gilipollas”.
 
A mí, particularmente, no me gusta pagar para que me insulten, aunque ahora casi recuerde con nostalgia lo que me costó ahorrar las 3.800 calas de la entrada, dinero para un chaval de entonces: de lejos, el concierto más caro al que había ido jamás.
 
Pero aún quedaba lo mejor: alguien –ignoro si fue Van, pero supongo que sí- obligó a los pobres teloneros previstos –unos tales Outsider, dice Manrique, a los que yo recuerdo correctos y aseados- a tocar DESPUÉS de su pase. Entre eso y la floja sangre de mis propios colegas, que dieron por bueno todo el despropósito sin darle más vueltas (“Mientras estuvo, estuvo muy bien”) terminaron de sacarme de quicio para siempre. Hubiera preferido una lluvia de mecheros o de salivazos -que yo no empecé, claro-, pero para entonces, finales de siglo, Van ya se había labrado un público tranquilo, capaz de soportar sus ‘boutades’ y sus vientos de imposible ‘prima donna’ a cambio de un poco de magia destilada, o que, simplemente, acudía al concierto como a un evento social, para cubrir con elegancia y buena nota 'su' espectáculo rock del año. De hecho, mientras yo aún flipaba con todo el tinglado, la sala ya estaba medio vacía. Los pobres Outsider: tocaron para 50 personas en una sala de 3.000. Y la mitad nos quedamos por cristiana compasión.
 
No, Leónidas, no. Las cosas no se hacen así.
 
En fin.
 
Quizá ahora, que los conciertos de más de hora y media se me antojan maratones, quizá ahora que conozco gente que me podría colar en la trastienda, quizá ahora que miro los desmanes del ego de artista como quien ve llover, quizá ahora hasta hubiese agradecido el corte y el desplante. Me hubiesen resultado graciosas niñerías. Me hubiesen sonado a ‘dejá vu’ y a cuento chino. A cosa de la vida. Me hubiesen ahorrado otra hora de gloria pop incandescente, que acaso me sobra ya. Pero sucedió entonces, y yo soy cabezón y empecinado, así que -con alto riesgo de estar equivocándome- siempre que después me han dicho “Vamos a ver a Van Morrison” he contestado “No”, incluso cuando han intentado invitarme. Pero siempre que han preguntado “¿Ponemos un disco de Van?” he respondido, “Toma, claro”, estilo Don Camilo. Toda la falta de clase, toda la ausencia de elegancia esencial y humanidad que la salchicha peleona pueda tener en persona, la compensa su música, que al cabo, también es él, ahora y siempre. Es uno de esos hijos de puta redimidos eficazmente por su arte. Los hay.
 
Recuerdo un viaje sin rumbo con un amigo, cortando a través de la provincia de Guadalajara, hacia el sur, evitando las autopistas y pisándole por regionales, bordeando pantanos, escuchando “His Band and the Street Choir” (Warner, 1970) y, cerrando los ojos, aún puedo percibir la iridiscente luz que proyectaba la escena.
 
Todo eso pasó y vinieron otras cosas.
 
Bajo hasta Pontevedra ayer de mañana, a tomarme unas birras, y en el Gato Cheshire están poniendo un vídeo en directo del hombre, que embutido en una camisa amarilla, cual albóndiga del soul, imparte unas clases magistrales de sentimiento y curación emocional con gesto concentrado. Es un video de directo  antiguo, y Van tiene esa extraña y rubicunda cara suya de frustración que tan paradójica me resulta siempre.
 
Salgo a la terraza, en  la calleja que baja hacia el este, donde puedo fumarme un pitillo y escuchar su música llegando acolchada hasta mí.
 
La gente habla de cuantas ligas ganó el Tottenham. Pero eso me da igual.


 

martes, julio 30, 2013

Elegancia y R&R (VI) – NO SLEEP 'TIL BALITRO BEACH


Hace unos años me fui con mi novia de vacaciones a Canarias. Fueron unas vacaciones improvisadas, un viaje pagado a última hora al primer sitio que apareció. Por aquel entonces, la mitad del tiempo ella y yo ni nos hablábamos. La otra mitad nos peleábamos a gritos. Ella tiraba mis cosas por la ventana. Yo perdía los papeles. Pero la tercera mitad nos llevábamos muy bien y nos queríamos con locura, así que debió parecernos buena idea. No recuerdo si las vacaciones en Balito Beach (Gran Canaria), “resort” tercermundista y postnuclear al que pronto rebautizamos "Balitro", fueron felices o no. Mejor dicho, las recuerdo felices, pero dudo seriamente de que lo fueran en realidad. Quién sabe.

La recepcionista tenía un acento cerrado de Lugo; casi no la entendía, y soy gallego. Cuando entramos en nuestra habitación nos encontramos con un enorme gato –que resultó ser gata-. Una de las dos piscinas –la grande-  estaba inutilizada y en obras, así que podías hacer largos de diez metros en la otra mientras oías a las taladradoras trabajando, a otros diez, y observabas a un puñado de guiris enrojecidos y abúlicos tomando el sol. Y además había siempre un niño silencioso leyendo bajo una sombrilla, un fallo en Matrix, sardónico recordatorio de lo que yo había sido durante toda mi niñez. La playa que se anunciaba en los prospectos al pie mismo del complejo resultó ser una mezcla de acantilados y escombro que había que atravesar –sus buenos dos o tres kilómetros- si se quería llegar hasta una playa de verdad, encajonada entre dos hoteles y que tampoco era gran cosa, donde musculosos jóvenes ultrabronceados y más guiris hacían nada. Decidimos acampar en el bar y pactamos el lema del sitio: “BALITRO BEACH: si algo puede salir mal, SALDRÁ MAL”.
Teniendo en cuenta todo lo anterior, salió bastante bien, en realidad: el barman era un tipo simple y encantador que entendía que su desértico pueblecito –en el interior- era el paraíso, nunca había estado en la península y nos daba conversación pero sabía también cuando callarse. A su espalda, en la pared, colgaban dos renos bordados que unos viejos clientes finlandeses le habían traído de recuerdo, el año de su jubilación. Yo escribí alguna cosa, aquellos días, e hice algún dibujo de mi chica mientras tomaba el sol en la terraza del bungalow. También alguna foto, que perdí cuando mi móvil se fue al carajo poco después, y un retrato de perfil que ella siempre odió. Probablemente era agosto, ese mes detestable, y por las noches la colina de enfrente se prendía de luces, corría brisa con olor a mar, y uno podía pensar durante un buen rato que estaba en otro tiempo y en otro lugar. To be born again. Another time, another place.
Me preguntarán qué carajo tiene que ver todo esto con Lemmy Kilmister, alma mater de Motörhead, ese adorable hortera de bolera que ven en la foto, cero en elegancia, todo en actitud, hermano lobo mayor del Rock&Roll, uno de los pocos tipos que puede poner de acuerdo a punks y Heavys con tres acordes y un gruñido de escupitajo a medio tragar, héroe por derecho de sangre y droga y porque es de los contados humanos capaces de facturar una carrera completa y  brillante sobre apenas dos canciones y no aburrir al personal; capaz, incluso, de hecho, de convertir con su mera presencia un documental tan mediocre como “Lemmy” en una delicia esclarecedora sobre la vida y sobre cómo vivirla. Bien o mal, pero vivirla.
Me lo preguntarán, pero no lo contestaré.
Y creo que no volvería a Balitro, pero aún escucho a los Motörhead, que viene siendo igual.

 

sábado, julio 27, 2013

Elegancia y R&R (V) – Lluvia de agosto: el carnicero que soñaba con el Nilo


Se levanta lluviosa la mañana de agosto. Ha caído toda la noche, en la oscuridad, y ahora hasta los niños que despiertan parecen hablar de algún modo en susurros. Un gris plomo. Uno entiende a los ingleses: sus deslavadas tradiciones, sus entusiasmos un poco infantiles, sus cegueras iracundas, sus homosexualidades latentes, su elegancia de pescado hervido. Su nostalgia, quizá, de lo que ni siquiera conocen, y su amor por la música y la literatura, quizá como la forma más eficaz de fuga a nuevos territorios. Su acuosa mirada de imperio fenecido y glorias de segunda mano. Su energía proletaria por cojones. Y todo lo que queda en medio de esos dos extremos. Y en medio queda -con su estilo y su encanto particular, medio inventado en cottages grises como un sueño, mercadillos y pubs con pésima comida, charity shops y últimas filas de ‘derbis’ futbolísticos violentos- toda una segunda línea de pop inglés gestada en los ochenta, bastante olvidada y no por ello menos luminosa, la de los Prefab Sprout de “Steve McQueen”, la los afectados Aztec Camera de “Stray” o los sorprendentes, a veces, The Pale Fountains, la de los extraños The The y toda esa recua interminable de orfebres paliduchos e incendiados que parecían recorrer las tardes grises buscando algo más.
 
Demostraban, por lo general, aquellas bandas, un peculiar sentido de la observación social/sentimental, distanciado, comprensivo, diletante, vagaroso, irónico, en arduo contraste con las bandas que, al contrario, habían decidido retratar la acción. Apenas conozco Inglaterra. Un viaje al vacío Cambridge del verano, hace casi dos décadas, uno reciente al descuajeringado Sheffield de este siglo, e intento cotejar lo que he visto con lo que, durante tres décadas, he estado recibiendo a la vena vía pop. Prodigiosa la capacidad, la inglesa, para hacer país (países) a través de su música popular. De la resistencia política encabritada en melodías de BillyBragg al bronco, juerguista  testimonio de clase trabajadora de Dr. Feelgood, de la irónica festividad de los Housemartins de “London 0 - Hull 4” a la impostada, quirúrgica mirada de los Pulp -por seguir hablando de bandas esenciales que nunca fueron caballo del todo ganador-, Las postales divergen, y me pregunto cuál es el punto en común. Difícil decirlo cuando uno sabe que su propio país, como todos, sería prácticamente imposible de definir en una toma, que las naciones son seres poliédricos y su aparente inmovilidad es en realidad, mutante. ¿Cuántas de las mejores descripciones de un país no vienen, precisamente, por el deseo de estar en otra parte? ¿Se puede conocer un país a través de su arte o estamos accediendo a un conocimiento por contradicción, a un paseo, más bien, por lo que pudo ser o debió ser o nos gustaría que fuera, a un hilo continuado de sardónicas, desencantadas reflexiones sobre lo que odiamos y no entendemos de él?

Sería una larga discusión, partiendo de mi idea de que los países en sí mismos son “cosas” inventadas. Lo cierto es que, dejando a un lado las bandas vigorosas, de combate y contacto, que son entendidas generalmente como la espina dorsal del rock, me agradan también esas polaroids de entretiempo, sí, descarnadamente ciertas ahora que el vaho de los años las ha dejado borrosas, y me detengo finalmente en dos de mis favoritas: en El Carnicero del Jazz, la banda de Pat Fish, y en El Nilo Azul, la de Paul Buchanan y Robert Bell, quizá porque son dos de las que más merecen ser reivindicadas, de las que nunca fueron del todo valoradas en su justa grandeza. El Nilo Azul, qué descriptivo nombre para lo que pretendo ilustrar, preñado de nostalgia de un calor que nunca está; hijos socarrones de una afectación de clase media que hubiera preferido otra época y otra patria por mucho que esté atada a esta (aquella) por las cadenas de la sangre. Y El carnicero del Jazz, mayúsculamente pop y superiores a casi toda su generación, olvidados entonces y ahora, acaso para siempre.
El día abre, y siento estar aquí retirado en la campiña sin poder echar mano a “A walk across the rooftops” (84) o a “Fishcotheque” (88), dos de esos clásicos inmediatos –más inmediato el segundo que el primero, que requiere quizá, un estado de ánimo acorde para poder entrar en su minimalismo lluvioso de tarde con la mejilla pegada a los cristales- que son ejemplo de lo sutil y penetrante que puede ser el pop en el interior, una vez penetrada la cáscara de los ‘hypes’, en su clase media militante, valga la paradoja. Son dos discos, sí, tan mayúsculamente hermosos en sus visiones encontradas sobre el mismo entorno, tan redomadamente elegantes en su displicente, amable manera de destripar el pop que, inevitablemente, sus creadores me lo parecen también, lo sean o no.
Hermosos.
Y elegantes.
Mañanas de caliente lluvia de agosto, ¿hay algo más decadente y mejor?


viernes, julio 26, 2013

Elegancia y R&R (y IV) - Dos senderos hacia JENNIFER H.

Iba a hablar sobre JENNIFER HERREMA, diva intravenosa, niña salvaje, chanteuse trash, luminosa y oscura banshee del noise acrisolado, y sobre su vieja banda, los Royal Trux (aún le debo a Kaput una reseña de su último largo con la nueva, BLACK BANANAS), pero luego recordé que ya lo había hecho en un par de legendarios posts -el uno informativo, el otro poético- que apenas nadie leyó en su momento. Así que envié a mis chambelanes a la bodega, a por un par de botellas de Pernaud y los oportunos links, y me quedé en la balconada, viendo como la tarde se derramaba sobre la campiña. Aquí los tienen, UNO y DOS, para su matutino y solitario solaz.


jueves, julio 25, 2013

Elegancia y R&R (y III) – HUMO DE BURRO


No sé quién fue el responsable de que la heroína se convirtiera en un elemento más de la moda, cargado además con cierta aura maldita en la que se mezclaban literatura y poderes mágicos. Quizá aquel pájaro ígneo y rengo del que Cortazar habló en “El Perseguidor” y al que muchos con menos talento intentaron asemejarse por vía intravenosa. Mi generación, aquí en Galicia (los nacidos en torno al 75) vio demasiados yonquis de cerca, vivos y muertos, como para tropezar en la misma piedra contra la que las anteriores se habían dejado los piños, así que apenas conozco coetáneos míos fascinados por el jaco: prefirieron meterse todas las demás.

Pero “la heroína es LA droga”, decía un amigo mío, “el resto son insignificantes a su lado”. Y es indudable que ha estado ahí durante todo el desarrollo de la música moderna y que algún que otro ejemplo milagroso ha permitido que en torno a ella creciera el mito, un mito de transgresión que en el Rock&Roll ha sido encarnado por muchos y, de manera mayúscula, por esa botica humana llamada Keith Richards. Ni fue el primero ni el último, pero está vivo, y fue él quien acuñó para siempre, en los primeros setenta, sobre discos enormes y turbios,  esa imagen indeleble y oscura, ese ‘charme’ sonámbulo del rockero yonqui irresistiblemente romántico y canalla; del pirata desharrapado, sardónico, resacoso y, pese a todo, vivaz. Un icono que luego han desgastado tristemente muchos tarados mentales (mención especial para todo el rollo “sleaze” angelino) y que ha pasado cara factura a más de un hombre de talento con demasiada querencia por el mito. “Otros por menos se han muerto”, cantaba Rosendo en “Maneras de vivir”. Por mucho, mucho menos. Que se lo digan a Gram Parsons, que por el sendero de la amistad tóxica con Keef llegó rapidito a una extraña  tumba. Que se lo digan a Johnny Thunders que la palmó solo, con Willy De Ville como vecino de pensión y pasión, en Nueva Orleans, convertido en una sombra depauperada de sí mismo.
En todo caso, Keith creó escuela estética: su imagen y su actitud fueron espejos en los que se miraron con delectación varias generaciones de niños terribles deseosos, quien sabe si inconscientemente, de no llegar a viejos, de quemarse rápido en lugar de desvanecerse lentamente. La misma estupidez de siempre, si se quiere, pero lo cierto es que cada rockero que mira de lado e invoca un riff con mano desganada mientras un pitillo le abrasa los labios se lo debe todo a él. Desde el citado y ocasionalmente glorioso Thunders hasta el patético tipo de los Pereza, cuyo nombre no recuerdo. A quien se lo debe él, Keef, lo ignoro: pueden preguntarle. Lo cierto es que sin ser él mismo un icono trágico, sus hijos espirituales han sido por lo general varones de desgracias. Experimentados en quebrantos. La flor y nata del mal fario.
Por supuesto, la lista de (más o menos) heroinómanos independientes y con talento pese a la adicción ha sido larga y dispar en sus estilos: desde Lou Reed -cuya epopeya vital y artística quizá sea la más interesante de entre los yonquis rockeros- hasta el prodigioso guitarrista Robert Quine; del pesado de Clapton al aberrante Morfi Grey, el tigre de Cornellá; desde Richard Hell a Corcobado, por hablar de malditos autoproclamados; de Dylan Carlson a Josetxo Bicho, por acercarnos a lo extraño y atípico. La columna se haría interminable y sorprendería por su variedad y su calidad a quien predique demasiado rápido sobre las cualidades anuladoras de la droga. Por encima de lo personal, incluso, escenas musicales enteras parecen haber estado sumergidas en humo de burro: La de Seattle pre-grunge, por ejemplo (como se podía ver, desoladoramente, a toro pasado, en aquel viejo documental llamado “¿Quién mató a Kurt Cobain?”). Varias de las subescenas australianas, también, con sus consiguientes racimos de fiambres que ya nadie recuerda. La escena punk española de los ochenta, hasta las trancas. La escena neoyorquina pseudointelectual, en sus diversas fases. Y así ad nauseam.
En cuanto a estilo, sin embargo -si hablamos de la elegancia necesaria para autodestruirse con cierto ‘savoir faire’- la línea más peculiar y nutrida es, para mí, la que tiene como espina dorsal la conexión que une a Richards con Thunders y a Thunders con otro de los grandes secundarios del rock, Nikki Sudden, una frontera en la que el romanticismo de recortable infantil, la cruda realidad de la hipodérmica y la vanidad de dandi oscuro con algunas lecturas encima se daban la mano con indudable encanto.
De Richards no hablaré porque ya se ha hecho demasiado. Conste que lo admiro, pero conste que lo considero también el más taimado de los tres, el menos romántico de lejos, dentro de que los artistas suelen ser almas cándidas por definición. Es listo y no quiere morir, y ha tenido suerte. Romántico incurable, sorbido el seso por los discos, quijote apaleado, es el que sueña con princesas y viajes imposibles, acordes secretos, chaquetas doradas y champán y jamaro al atardecer. El que se folla a las princesas, viste las chaquetas, hace los viajes, inventa los riffs y ve caer el sol puesto a gusto y con dinero en el banco no es romántico, es vividor, probablemente inteligente e, indudablemente, afortunado. Son sus émulos, los que siguen su camino sabiendo que a la mesa no habrá probablemente nunca nada más que despojos, los que merecen atención cercana en su adorable patología.
Thunders daría –él o su triste historia, o ambos- para varios capítulos en sí mismo, y quizá describió, en su canción “You Can’t Put Your Arms Around a Memory”,  la esencia misma de esa concepción del rock que con él alcanzaba un culmen “loser” del que Keef carecía:
 
“No vale la pena intentarlo
Todos los chicos listos saben por qué
Eso no significa que no lo haya intentado
Sólo que nunca sé porqué
(…)
No puedes abrazar un recuerdo
No puedes abrazar un recuerdo”

Desde luego que lo intentó abrazar, una y otra vez. He disfrutado mucho de su música y su doliente voz, pero no tanto como para ser un experto en su vida, más allá de lo elemental. Baste aquí con una anécdota que me vino dada casi por casualidad: Contaba Alberto Garcia Alix, una vez que lo entrevisté, que Rayito tenía la mala costumbre de, después de chutarse, vaciar la sangre de la jeringa contra las paredes. Tras la primera bronca y consiguientes disculpas, volvió a hacerlo, para desquicie del fotógrafo, dueño a la sazón de la casa y por tanto de las paredes. “Mucho tiempo después”, comentaba Alix, “lo pensé y me di cuenta de que el verdadero retrato de Johnny Thunders, el retrato bueno, hubiese sido esa mancha de sangre en la pared”. Nunca lo hizo, pero al menos podemos disfrutar de un retrato frontal más explícito y triste que muchos libros, y que ahora, creo, se conserva en la colección del museo Reina Sofía. Ironías. ¿Qué piensa ese joven agitanado de ojos lorquianos? ¿Con qué nos interroga? En su inocencia imposible de chavea de poblado, esa mirada es para mí una sonrisa de Gioconda.
Pero a quien le tengo especial cariño, en realidad, es a Nikki Sudden, porque sí lo conocí en persona, aunque fuera fugazmente, y porque mi primera incursión en prensa musical fue precisamente un artículo sobre una de sus bandas, los suntuosos, callejeros, desgarbados, sentimentales, inigualables The Jacobites, una banda que no encontrarán ustedes en las listas de esenciales porque esas listas nunca sirvieron para nada. El artículo lo publicó Ruta 66 en febrero de 2003. Yo tenía 27 añitos entonces y me llenó de orgullo, para qué negarlo, poder colaborar con una revista que había significado tanto en mi asilvestrada  educación sentimental; me consta que a alguna gente le gustó, y un día de estos lo recuperaré para los lectores de KAPUT. Para su confección me moví hasta mi tierra y cacé a Sudden en una minigira gallega. De ese periplo, de sus conciertos memorables en el Hanoi de Vigo y el Vinilo de O Grove, dos garitos fabulosos que ya son historia, y de una desquiciada sesión de fotos que hicimos con el hombre explayándose caballeroso sobre varios barcos de pesca embarrancados, hablaré en otra ocasión con más tiempo, porque vale la pena. Buscaré las instantáneas, también. Me conformo ahora con  recordar su estampa y sus fijaciones, que eran, al cabo, las que sostenían esa estampa. Y se me viene a la cabeza aquella frase definitiva, que procede en este caso y que me soltó él, entonces: “Ya sólo me meto cocaína. Bueno, si hay caballo lo pillo también, por si acaso”.
Decía el insufrible Johnny Deep –que nunca será un rockero y mucho menos un tipo elegante- cuando le preguntaban por su papel en la primera entrega de “Piratas del Caribe” que para su composición del capitán Jack Sparrow se había inspirado en la figura y maneras de su “amigo” Keith Richards. Yo, que a Richards no lo conozco, lo primero que pensé al ver la película fue en Nikki Sudden: Nikki Sudden caminando sobre esos barcos de los que hablo con su amaneradísimo paso trastabillado. Esa indolencia siempre a punto del traspiés, ese reclinarse sobre muros que no están, ese relamerse mentalmente, esa somnolencia de fondo… eran de Sudden, y si eran de Richards también, habrá que concluir que el discípulo había copiado al maestro a la perfección, no sólo en unos cuantos temas de Rock&Roll añejo y en los vicios, sino también en el porte, la caída de ojos, el revoloteo de manos y la abulia socarrona en general. Como añadidos personales de maese Súbito habría que apuntar un eterno resfriado cocainómano que le permitía usar pañuelos bordados.
Y aunque probablemente fuese lo contrario a un Dandi en ciertas cosas –porque es difícil serlo cuando se vive al borde- el cabronazo tenía una indudable elegancia natural que concordaba con lo que a uno se le ocurre cuando le da por pensar, dejándose llevar por el niño interior, en la revolución francesa, los rebeldes escoceses, los piratas, la isla del tesoro… Algo de película de Errol Flynn que hubiese terminado extrañamente mal, derivando a mitad de metraje hacia un tono de desabrido neorrealismo alemán, si es que tal cosa existe. Como habitante de esa ola de nostalgia que rompe en espuma tóxica, allá en la sima, su figura era casi perfecta. Como ejemplo de ese rock para el que ser un perdedor es medalla y corona, era un rey. Cuando la ola lo engulló por fin, escribí para él un sentido obituario en este mismo fanzine.
Por supuesto, la elegancia, la que se tenga, se manifiesta en las demás cosas que uno intente hacer, no sólo en la facha, y Nikki fue un artista original y certero en bastantes momentos. Primero con los seminales (tenía que meter la palabrita) Swell Maps, después con los Jacobites, que, por muy derivativos que fueran, tuvieron también algo visceralmente propio, algo brillante y personal en el fondo de la charca, con su desafinada dejadez de baladas al trote, cosidas de retales y venidas de un mundo ya muerto. Por último, en solitario, con algunos trabajos apreciables y radicales que cerró a medias con Rowland S. Howard, un geniecillo algo olvidado. Incluso en sus últimos esfuerzos, más obvios, permanecía esa voz personalísima que me cautivó para siempre la primera vez que escuché “Robespierre’s Velvet Basement” -un disco mágico fuera de época- y por la que uno podía reconocerle a millas de distancia: nasal, impostada, afectada hasta lo preciosista, entonando casi siempre la misma línea melódica fuese cual fuese la canción. Igual que él.
Como Thunders, Sudden murió en una habitación y una ciudad que no eran las suyas. Unos años antes había muerto también su hermano, el luminoso Epic Soundtracks, de una sobredosis de barbitúricos.
Pienso en ellos, y en otros, y pienso, sé, que sin los drogadictos y los majaras el rock apenas sería nada, el jazz sería la música más aburrida de la historia, el punk español carecería de filo y de tragedia, el pop madrileño no tendría a sus pobres mártires ñoños desdentados o muertos en portales, y que nos habríamos perdido algunas tonadillas esenciales del macarreo australiano (“Chase the dragon”, por ejemplo) y algunas universales hits iniciáticos (“Brown Sugar”, sin ir más lejos). En ese panegírico del abuso y la alienación podría enredarme hasta extenuar mis propios recuerdos. Así que pienso en ellos, y en otros y me pregunto algo sencillo: ¿Qué pudo aportarles el jamaro, además de lo que les robó? Contestar “nada” me parece demasiado simple, lo siento.
Necesito que alguien me responda a esto.
Por otro lado, en el fondo, sospecho, todos estos músicos dotados de segunda línea sucumbieron no sólo al estigma de su tiempo y a la abundancia de tóxicos en el entorno, sino al síndrome Charlie Parker (o de Richards, si se quiere, o de Lou Reed): creyeron que la heroína era parte del paquete, del embrujo, del encanto, del estilo, de la idea, de la irresistible elegancia que transpiraban algunas músicas facturadas bajo su influjo.
Y pienso en ellos, y en otros, y ¿saben lo que pienso?
Pienso que quizá tenían razón.

 

martes, julio 23, 2013

Elegancia y Rock&Roll (y II) - POISON IVY, hielo ardiendo



Yo iba al bar La Plaza, que era un bar tan encantador como condenado. La gente que lo llevaba y que ya lo chapó no me recordará porque aparecía por allí de pascuas a ramos, ya que Lavapiés nunca fue un lugar de paso habitual para mí. Iba porque me gustaba el ambiente: se caía un poco a trozos, el billar estaba ya inutilizado y todo el garito tenía ese aura finalmente abandonada de los lugares donde durante muchos años han pasado demasiadas cosas. Bares oscuros… cada uno que se va me deja un regusto desabrido y vacío. En fin, iba por todo eso, pero también, sobre todo, por aquel cartel enorme de The Cramps que me fascinaba y que reinaba sobre la pared del fondo, ya desvaído, y en el que POISON IVY RORSCHACH, lo más parecido a una diosa que parió nunca el Rock&Roll, empuñaba con gloriosa furia una ametralladora, vestida apenas con un bikini de lentejuelas rojo y un peinado de otra época.
Tengo una debilidad tremenda por Poison Ivy, guitarra y mitad de esa naranja putrefacta y chatarrera que fueron los Cramps, el matrimonio del Rock&Roll por excelencia, una banda que marcó para siempre a unas cuantas generaciones de habitantes de los sótanos. Es, mi querida Ivy, con su gélido encanto impasible de divinidad 'white trash', el perfecto ejemplo de lo que apuntábamos en nuestro anterior post: que la elegancia en el rock&roll y la elegancia en casa de tu madre son cosas distintas. Bellezón delicado, pelirrojo y turbio, agreste dominatrix llegada de otro planeta, era además el contrapeso perfecto, hierático, para la travestida, alienígena furia automutiladora de su marido, LUX INTERIOR, con el que construyó un delicioso sueño freak que duró 37 años, se dice pronto, y que por desgracia ya ha regresado a ese mundo pálido y abisal del que salió expresamente para impartir unas cuantas lecciones de amor y Rock&Roll (en el Rock&Roll el amor también es diferente, sí).
La importancia de los Cramps en la invención de esa entelequia llamada “psichobilly”, reformulación primaria del rockabilly barrenada con actitud punk (explosiva la de él, distante la de ella) es de sobra conocida. Ellos supieron y barnizarlo hasta el corazón con esa cultura trash americana tan rica en magia como en patochadas, y llevarla a un extremo de imposible ‘cool’ en el que probablemente tuvieron su influencia, junto a cientos de músicos ignotos, cineastas como John Waters, Russ Meyer o Ed Wood, psicotrónicos (hermosa palabra) paladines a los que habría que considerar más compañeros de viaje que padres.


Los Cramps, eran, sí, queribles hasta decir basta, pero no sólo eso. Me decía el otro día un amigo que sí los vio una vez en directo, tocando antes de la patética reunión de los Stooges que tuvo lugar hace unos años, que para él “aquello si era peligro de verdad”. Como sabréis, “peligro” es una de las palabras favoritas de los rockeros (junto con “actitud”) cuando se trata de piropear a una banda salvaje. Pero, lo cierto es que está bien escogida: la sensación de “peligro”, de que pueden pasar cosas que no se esperan y que están fuera del guion, la intuición súbita de que la cosa está dejando de ser teatro para pasar a organismo vivo en mutación -de pulcra representación a “happening”- se da pocas veces, y cuando se da, el efecto es enorme; cuando se da, el Rock&Roll parece tener sentido de nuevo. Así, mi amigo me relataba, mientras volvíamos de un bolo, como Interior se había subido a los altavoces, cada vez más alto, y se había jugado el tipo saltando de uno en otro, a buena altura, encaramado en aquellos zapatos de tacón que tan buen juego hacían con sus pantalones de cuero pegados a la piel y con el sudoroso, escuálido torso desnudo de rey de un inframundo tóxico; cómo se había cortado con cristales y revolcado por el sucio suelo y llevado a sí mismo al borde de un precipicio a una edad en la que la mayoría ven la tele en casa en bata y zapatillas. Mientras me lo contaba, yo me imaginaba a Poison Ivy, implacable, hierática, escupiendo con su guitarra Gretsch infrarrifs vudú que, como un hechizo hipnótico, impidieran que su consorte se estrellara desde diez metros de altura como un guiñapo; invocando ese poder del rock and roll de sótano, mercadillo, tacones y antifaz que ellos mismos habían ayudado a inventar durante más de dos décadas.
Por no extenderme cito a un tipo que lo define bien en UNA ENTREVISTA: “what they play is mondo-gonzo dirty blues punk rock’n’roll shot through with the vivid colour, satire and sex of fifties teen culture, stoopid-dumb B-movies, vintage pornography, Vegas Elvis, backwoods rockabilly, sicko sixties garage, iconic burlesque clothing, pink Cadillacs, dirty doings at the eternal American drive-in, Ms Spanks-a-lot Amazonianism, Ed Wood sci-fi and the kind of gratuitous filth that only the most romantic people on the planet can indulge in and understand that the filth is the love, L.U.V. They are The Cramps. And they transcend rock’n’roll because they are a genre of their own”.
Todo cierto.

Y cierto también, en cuanto a estilo, que POISON IVY RORSCHACH es el ejemplo de un tipo de mujer que si no se ha perdido es porque es eterno, pero que se ve ya raramente en nuestro mundo asolado ‘por la moda’, ese elemento que en mi diccionario significa lo mismo que putrefacción: Ivy pertenece a una concepción poderosa de lo femenino, una idea fascinadora, misteriosa y dominante, en la que la mujer es el centro oscuro de las cosas y su pareja funciona más bien como emisario. Ivy era la DIOSA absoluta, e Interior su alado mensajero. Ivy era una fuerza de carácter interior, que podía ir vestida de zorrupia ‘camp’ sin perder un ápice de su poder ni del respeto que cualquiera en su magnética presencia le debía. Lejos, todo esto, de lo común hoy en día, cuando el papel que se otorga a la mujer sexualizada, quiera ella o no, es, básicamente el de puta (dicho sin cariño), y cuando  el papel que ella misma se atribuye, a menudo incapaz de reaccionar ante la avalancha mediática, es exactamente el mismo. Incluso revisando a los grandes orfebres clásicos del mal tono y la ‘exploitation’ sexual, como el citado Russ Meter -que facturó sus más conocidas películas en los setenta, cuando los Cramps estaban por arrancar- lo que encontramos es una visión de la mujer como elemento ultrapotente, imperioso y en cierto modo digno de adoración que casi ha desaparecido. Quizá se podría decir que una de las pocas aportaciones reales de Quentin Tarantino a la cultura occidental ha sido la recuperación parcial de ese enfoque en “Jackie Brown” y, sobre todo, en “Kill Bill”.
Volviendo a la Diosa, quizá la imagen más vívida de todo esto que explico, para mí, que nunca tuve a tiro a la banda, es la que ofrece el vídeo de SU CONCIERTO en el psiquiátrico de Napa (California). Cómo acabaron los Cramps allí, difícilmente distinguibles por momentos del resto de almas perdidas de tan siniestro lugar, es un misterio, pero el documento es absolutamente esencial. Y ahí está Rorschah en todo su pálido fuego, en toda su atómica, displicente, oscura elegancia de tigresa ultraterrena.
Lux Interior está muerto ahora. El bar la Plaza también, y los chavales que llevan con otro nombre el remozado local me contaron que todo lo que había allí, incluido mi adorado cartel, se había tirado a la basura. Me causó más dolor oírlo que una pérdida humana. Hubiese pagado por él más de lo que valía, sólo por tener a la Diosa frente a mí cada mañana. Poison Ivy, con su leyenda a cuestas, sigue viva, aunque retirada del negocio y del inframundo en los que reinó con malsana aura de dominatrix durante tanto tiempo. Me gustaría imaginármela como una abuela aguda, estrafalaria y aún elegante, pero sé que no tuvo hijos, siquiera. Aparte del mismo Rock&Roll.