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miércoles, junio 27, 2012

ROYAL TRUX - "Singles, Live, Unreleased"


Paso gran parte de la mañana escuchando mi disco favorito de los Royal Trux, ese imprescindible doble de singles y rarezas que cubre la etapa 88-94 y define a la perfección lo que la desastrada parejita Hagerty/Herrema planteaba y se encargó luego de concretar con mayor o menor fortuna en varios discos, algunos de ellos brillantes. Y quizá el mayor acierto de esta recopilación es precisamente que en ella no encontramos esa reducción, esa síntesis, que amputó de los trabajos “oficiales” (sobre todo a partir de "Cats And Dogs") la parte más experimental y volada, los desarrollos de free jazz de f(r)actura prescolar pero gloriosa expresividad, el ruidismo reiterativo, cabezón y porquesí, el ansia inacabada, los lapsos de lucidez envueltos en parodia ruidista más sureña que neoyorquina, la gloriosa bronca y la falta de cortapisas, en fin, que les llevaba a arremeter como si nada contra Milton Nascimento (“Faca Amolada”) y salir asombrosamente indemnes de la osadía merced a una clase innata que es, probablemente, lo único que no se les puede discutir.
Me pasa con los Trux algo mundano y perdonable, pero que un crítico debe evitar: Me captura su imagen, el vaho de su desgana de yonquis espabilados, la belleza misma de su estampa, con esa impagable Herrema a la que hace años envié un telegrama nocturno del que no me arrepiento. Me entrego maniatado a su trampa –tan vieja, tan natural a veces- porque me cautiva una imagen que en otros discuto y que, al cabo, nunca debiera ser más importante que la música. Pero así somos, mitómanos todos. Basta con buscar el mito o infra-mito que aluda a nuestras propias debilidades y carencias. Es humano, además, e incluso necesario para sobrevivir, sentirse transportado por lo estético y dejarse llevar, de vez en cuando, olvidando el castrante rigor; sobre todo cuando, como es el caso, el sonido no hace sino reafirmar tan oxidada pose, al tiempo evanescente y carnal. Sobre todo cuando -me digo- tras el viaje opiáceo al olvido, regresamos a la casa vacía bañados en ruido, renovados y conscientes de que, aún sin toda la pirotecnia, la cosa funcionaría igual.


No es un disco fácil, pese a todo. Ni siquiera en este lejano 2012 en el que todos los post ruidos han sido incluidos ya en la psique colectiva del maníaco musical y la rata de biblioteca indie. Viéndolo en perspectiva, quitándole la citada cáscara, si se quiere, este “Singles, Live, Unreleased” le pasa por la banda a la mayor parte de los experimentalistas de raíz rock que se nos vendieron en los 90, incluyendo cualquier disco de Sonic Youth que me queráis traer de regalo. Va siendo hora de hacer esa criba, en la distancia. Va siendo hora de reconocer que a aquella generación, sector enterados, le tocó (nos tocó, como siempre, supongo) comulgar con unas cuantas ruedas de molino que no eran gran cosa (Pavement, Sebadoh, los diversos iconos vendibles previa rebaja del ruido esencial) y que no dimos la importancia que sí tenían a otros cuantos bichos muy pero que muy serios. Se me ocurren los infecciosos y quirúrgicos Jesus Lizard (y toda la detonante cuadrilla de AmRep). Se me ocurren, por viajar al otro lado del espectro, los modestos Walkabouts. O bandas como Earth o melvins (tardíamente convertidos en unos dioses que tampoco son, por pura perseverancia). O los iniciales Seaweed, olvidados. O incluso los Screaming Trees de la primera época, que en su cierto preciosismo sixties no parecían cuadrar con la desastrada y austera nihilista de Nirvana y su inmediata corte de clones. Claro que ya sabemos a donde nos llevaron esos clones. Ahora le hablas a alguien del asunto y encuentras más cristic victims que verdaderos amantes de la música o la actitud. Más Alice in Chains y “que bueno está Eddie Vedder” que alimento real. Más “Kurt vive” que interés por la vida misma. Más centro comercial que bosque, mucho más.
Da igual. Eso también es parte de la historia y como tal debe ser tratado, pero -milagros de la tecnología, aunque sea ya vieja- uno aún puede coger esos discos que pasó por alto en la vorágine de los tiempos de juventud y concederles su espacio HOY. Para esa justicia retrospectiva (y para pocas cosas más) sirve una colección de discos. Para esas sorpresas y el placer que experimento AHORA, no entonces, volviendo a cascarme de corrido los 32 temas de este artefacto dañino, roto, diríase que erróneo casi a propósito; dejándome llevar por el intoxicado, intoxicante vaivén de barrabasadas como “Shockwave Rider” o “Law Man” (Jefferson Airplane), por el funkoide retraso mental de “Womban”, el laid back junkie style pegajosamente stoniano de “Mercury” o el flotante riff/drone de “Red Tiger”. Eso sólo en el primer cd.


“Somos la mayor banda de Boogie del mundo, decía Hagerty”, y a su manera espacial y posmoderna, tenía razón. Ese alegato gritón, desbocado, tendente al desfase de guitarras metadónicas tenía los pies en una tradición en la que probablemente tenían tanto peso, o más, los Skynnird, JJ Cale o los ZZ Top –convenientemente reducidos a pulpa inyectable- que la Gauche Divine de Nueva York, siempre en busca de sus quince minutos de shock radiable. Y los Stones, claro. Eran capaces, además, de aunar el espasmo eléctrico ciego (“Baghdad Buzz”) con la pasividad contemplativa (esa especie de versión yoncarra de Tom Waits que levantan en “Cut You loose”) y de mutar el rock de desguace que abanderarían los sobrevalorados Pussy Galore (donde estuvo Hagerty) con el viaje cósmico (“Hero Zero”, “Teeth”), aunque fuese a lomos de un Chevy Impala de tercera mano. Eran un coche a punto de palmar, sí, pero quizá por ello fueron también una de las formulaciones más perfectas de la descacharrada gracia a la que en ocasiones puede llegar el Rock&Roll. Sin miedo a hacer temas con bajo, flauta y cacharros de cocina ("Statik Jakl"). Sin miedo a regresar a pulsaciones clásicas (“Cleveland”) o ingresar en el chiste ocasional (“Theme from M*A*S*H”). Sin miedo a la subida ni a la bajada. Sin temor al viaje. La vuelta, ya se verá.


Al final importa bastante poco la mucha o poca heroína que se metieran en la época, lo listos o idiotas que fueran al conducir su carrera en la época en que las discográficas saqueaban el underground en busca de nuevos tsunamis generacionales, las poses de la Herrema para calendarios de alta gama y revistas de moda e incluso un presente que ignoro parcialmente (aunque sé que Neil Hagerty ha seguido en la brecha y tengo algún disco suyo y de Howling Hex). Lo que importa es que HOY y AQUÍ los escucho con esa mezcla de inquietud, insatisfacción y amargor al fondo del paladar y con esas ganas de HACER que siempre me provoca el mejor Rock&Roll.
Prueben. A la primera puede provocar vómitos. A la segunda suele causar adicción.
Fdo. LUIS BOULLOSA

jueves, abril 05, 2012

NICK CAVE – “HENRY’S DREAM” (92)

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¿Qué escuchas últimamente?… Y le contestaba yo que poca cosa, porque cada vez más tengo arranques de silencio. Se acaba el disco de turno que me he puesto mientras escribo o pienso en las musarañas, y ahí se queda. En el campo, además, siempre hay pájaros fuera, por la mañana quizá un cuco, por la noche acaso un búho. Y también los perros a lo lejos, el camión que pasa con un zumbido fantasmal y el colchón de grillos. Así, en esta especie de lapso callado, me he despreocupado de las novedades y me he recluido con veinte o treinta cds recogidos a toda prisa en Madrid con criterios poco claros. Hoy le he vuelto a dar un rato (dos vueltas) a uno de esos trabajos que en su momento no digerí bien y que, aunque irregular, al final terminó por gustarme.

“Henry’s dream”, de Nick Cave, un tipo al que todo el mundo adora y con el que yo tengo reticencias ocasionales por su exceso. Exceso de barroquismo, exceso de presunción literaria y exceso de jeta para vender por original lo que es interesado (e interesante) latrocinio. Vamos, que cuando me gusta me gusta bastante, pero eso es una de cada tres. Su influencia en la música subterránea que hemos pisado las últimas dos décadas es, sin embargo -y sería absurdo negarlo- enorme para bien y para mal. Sospecho que la causa, más allá de la calidad y el calambre, es que su enfoque es guerrillero y amateur, por mucho que se haya rodeado siempre, listo él, de músicos soberbios. De algún modo transmite esa sensación benéfica para el ego del artista de turno de “tu también lo puedes hacer”. Cualquiera, pues, con una voz cavernosa del montón (como él), una tendencia al paroxismo teatral siniestroide (como él) y una pluma infectada de Rimbaud y de Faulkner (ya le gustaría a él) puede hacer el intento. El caso es que al final unos lo consiguen y otros no. Habría que definir bien esa liga de talentos sin talento, o de tipos –precisemos- que tienen el talento o la inteligencia suficiente para superar su inicial falta de técnica y de maneras y levantar una fortaleza personal, ya sea saltando campo a través por lo punki o cultivando ese dandismo astroso que a Nick tan bien le funcionó siempre aunque fuese, claro está, un recurso del mundo artístico tan vieja como la que más (uno se inspira en lo que tiene).

En cuanto a Henry’s Dream –lo escucho de nuevo, tres vueltas- es un disco curioso incluso en la disposición de las canciones. Arranca magníficamente con la demoledora “Papa on’t leave you Henry”, mantiene la tensión con la traqueteante “I had a dream, Joe”, la hermosa, sencilla, gloriosa balada “Straight to you” y el encabronado escupitajo en la barra de “Brother, my cup is empty”, pero después es incapaz de sostener su trabajoso vuelo durante toda la parte central, en la que naufraga con tres temas que, sin dejar de tener oficio, son ramplones dentro de su propia historia (“Christina the astonishing”, “When I first came to town” y “John Finn’s wife”). Finalmente, cuando el disco se ha hecho plomizo e indefinido en su propio exceso, levanta un vuelo inesperado y muy bello con ese “Loom of the land” que versionaran en su día con éxito (artístico) los Walkabouts y lo cierra de manera más que efectiva con “Jack the ripper”.

Me gusta el sonido general, bastante tabernario y crudo pese a las cuidadas instrumentaciones, y no se si me gusta tanto su reiterado tremendisco infantil, esa sensación, tan Cave, de que en sus historias siempre hay un hombre a punto de matar a una mujer, como si fueran todas ellas un visionado reiterativo del inicio de “La noche del cazador” y todos sus discos un “Murder Ballads” en germen. Las letras, otro tanto: cuando la canción funciona las soporta y brillan por momentos, cuando la canción naufraga muestran, en cambio, toda su engolada inconsistencia, lo cual dice de ellas que son eso, letras de canciones, dicho sea sin ninguna intención de rebajarlas.

¿Qué escuchas últimamente?... Observo la mesa repleta de cuadernos, papeles y basura, y veo, abiertas, las cajas de “Pass the distance” de Simon Finn y “Hex enduction hour” de The Fall, otros dos discos no precisamente modélicos y que sin embargo tienen lo suyo; ese extraño atractivo de lo montaraz, lo incorrecto y lo parcialmente fracasado. El aroma de lo erróneo, que nosotros expelemos también, tan a menudo. ¿Son nuestros gustos musicales una metáfora tardía –parcial, inexacta- de lo que ha sido nuestra vida? Probablemente sí. O quizá tan sólo una previsión, el parte del tiempo, igualmente poco fiable, de lo que espera y lo que vendrá. Gold in winter, silver in spring... //LUIS BOULLOSA

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viernes, septiembre 17, 2010

RUDIMENTARI PENI – “No More Pain” E.P. (Southern records, 08)

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“Te enseñaré el miedo/en un puñado de polvo”, gruñe Nick Blinko en “A Handful Of Dust”, abriendo el último Ep de su banda; y su gutural escupitajo vale para definir casi a la perfección el trabajo de los Peni, una de las más oscuras leyendas de la música underground inglesa. Nacidos a la sombra de aquel anarco-punk hiperpolitizado e idealista, entregado a la acción directa, que tenía su ejemplo supremo en Crass, pero virados luego poco a poco hacia una especie de nihilismo gótico en espíritu y minimal en forma, su arte ocupa una extraña, perturbadora frontera entre la fantasmagoría y el haiku. Su reducción de la forma y su condensación del mensaje puede confundir a algunos -no sería difícil pensar en la banda como un chiste-, hay que bucear, acaso en uno mismo, para comprender que ni sus portadas a bolígrafo ni sus letras mínimas ni sus monotonías de coagulado punk lineal son fruto de una incapacidad, sino, muy al contrario, de una postura político/estética. Son una de esas rareza mágicas que surgen en una esquina lejana del páramo a la que no muchos se acercan a curiosear, y llevan desde el 82 cocinando en solitario hasta llegar a ese espacio desolado donde el punk alcanza la máxima simpleza de presupuestos y una de sus más altas cotas de desesperación: aquí no es que no haya solos, es que ni siquiera hay redobles de batería, ni cambios, ni partes de canción, ni estribillos, pero si, sorprendentemente, un sonido cuya capacidad de evocación es luminosa. Un trip al pasado, si no fuera porque podría serlo al futuro. El pisar de un embrutecido destacamento de orcos que en lugar de seguir a Sauron obedeciesen a Jean Paul Sartre. O a aquel Camus que terminaba “El Extranjero” diciendo: “para que todo sea consumado, para que me sienta menos solo, me queda esperar que el día de mi ejecución haya muchos espectadores y que me reciban con gritos de odio”.//GATO PALUG

jueves, septiembre 02, 2010

COPE & HELL (how to & get to)

Inauguramos nuestra tarea arqueológica (un par de clásicos revisados por semana, o eso esperamos) con reseñas de dos de los enfermos favoritos de la casa, Richard Hell y Julian Cope, publicadas por cierto por nuestro nuevo colaborador el GATO PALUG, en el nuevo número de la revista Arraianos de nuestro iconoclasta amigo el partisano Aser Álvarez (van por el VIII ya, con su habitual calidad y ojo para la selección de colaboradores). Larga vida.

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DIM STARS – “Dim Stars” (New Rose, 92)

Poca gente recordará hoy esta inmersión a pulmón en los bajos fondos físicos y mentales de N.Y. que Richard Hell ejecutó a principios de los noventa y decidió llamar Dim Stars (estrellas borrosas). Lo hizo inesperadamente flanqueado por un grupo de outsiders de lujo. Allí estaban Thurston Moore y Steve Shelley, de Sonic Youth, en una de sus fallidas misiones de rescate (lo intentaron también con otros “idiot savant” irrecuperables y brillantes como Robyn Hitchcock y Nikki Sudden). Y están Don Fleming, (Gumball), algún saxo de Jad Fair (Half Japanese) y la ocasional guitarra, siempre suciamente iluminada, del finado Robert Quine. Un supergrupo, en efecto, pero de cloaca “artie”, con el que Hell levantó su última incursión musical seria en el laberíntico y fantasmal espacio del Nueva York de la época, aquel en el que viejas momias del punk, gloriosos despojos de la charcutería no-wave y nuevas bestias ruidistas cohabitaban. Su paseo postrero por el laberinto de desoladas estancias de donde extraía ese romanticismo de cochambre urbana envuelto en alambre eléctrico que siempre lo distinguió. En ese último límite cortado al fondo por una línea interminable de excesos y por el olvido mismo, hay brotes espasmódicos de ese punk literario bordeado de histeria que el mismo inventó en los setenta, ejecutados con inesperada saña y agradable desaliño por la banda, pero también atisbos de un genio distinto, como en la emocionante “Monkey”, una sintomática balada de amor total y desguazado (“Could I get you to redesign and redeliver me again?”, canta), en el odio puro de “Memo To Marty” o en el actualizado retrato lourrediano que es “She Wants To Die”. Y hay tomas rasantes sobre la ola de freaks en clubs de última hora que era la suya propia, entonces, bailables recaídas en una hipotética discoteca noise demasiado cercana al infierno (“Baby Huey”, “Downtown at Down”, la negrísima e inquietante “Try This”). Un elegante baile sobre cuchillas de afeitar que muy pocos sabrían ejecutar así sin perderse para siempre. Un disco que es como un erizo eléctrico flotando en un tonel de aceite. La fina línea que separa el arte mismo del desastre total. //GATO PALUG

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JULIAN COPE – “Jehovakill” (Universal/Island, 92) (Reeditado 2006)

A mediados de los 90, quien más quien menos consideraba que el futuro druida Cope estaba como las maracas de Machín después de una (mala) vida de rockerismo snob al borde del éxito regada abundantemente con sustancias tóxicas. Su carrera había sido talentosa pero errática, oscilando entre el glorioso pasado de los Teardrop Explodes y aparentes intentos narcisistas por revivirlo que a veces funcionaban y a veces no. En algunos de sus discos apreciables de entonces, como “Saint Julian” o “My Nation underground” hay tantas gemas como ridículos. Lo que nadie podía pensar es que esos bandazos de músico en falla creativa no eran en realidad sino los coletazos de un nuevo nacimiento, los espasmos de la adolescencia. Dos discos marcan su entrada en la verdadera madurez. Uno es su antecesor, el también imprescindible “Peggy Suicide” (un tratado sobre la madre tierra y sus serios problemas de entonces). El otro es este “Jehovakill” donde entra de lleno en las manías y pulsiones aún lo guián hoy: su posicionamiento "paganista", en frontal oposición al cristianismo, al que considera una fuerza castrante que ha llegado a desvirtuar el verdadero mensaje de la humanidad . Un viaje hacia el pasado para recuperar todo aquello que ha sido ocultado, desvirtuado y pervertido y que yace en los signos que restan y en el corazón del hombre. Una paja mental, pensarán algunos. En realidad una serie de reflexiones profundas que han ido creciendo en brillantez y fuste en los años posteriores hasta convertir esa labor de amor visionaria (que lo sitúa en cierto modo, salvas las distancias, junto al Robert Graves de “La diosa Blanca”) en una de las carreras más sorprendentes del rock y el pensamiento de las últimas dos décadas. Valga como puerta a su mundo este disco, una especie de nave nodriza donde hay de todo (de Jim Morrison al krautrock y del funk frío y el techno a Lou Reed) y donde su percepción está condensada con la brillantez propia de un mago musical y la entereza y gozosa expansividad que de quien sabe que su mensaje es uno de vida. “Jesucristo no es la cruz./La cruz es una representación/del Hombre erguido con los brazos abiertos/aceptando la creación”. Amén, marcianos. //GATO PALUG