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lunes, abril 14, 2014

UNA CIERTA OSCURIDAD EMOCIONAL - Entrevista con MIRAFLORES (III de IV)


© www.migueljimenez.com / www.maasaimagazine.com


(Tercera parte de la entrevista de Luis Boullosa con Emilio Rodríguez Cascajosa, de MIRAFLORES. Hoy, las letras y su improvisación, influencias, proceso de grabación de un disco independiente de verdad y una epifanía de bajo coste cortesía de Robert Smith)

KAPUT- Me decías que las letras no son excesivamente importantes para ti, aunque sí lo es la sensación transmitida por todo el conjunto (lo cual incluye la voz). Desarrolla un poco esto, por favor.

Emilio R. Cascajosa- Las letras no han sido importantes hasta ahora en Miraflores porque no he tenido la paciencia como para trabajarlas. Cuando empezamos a chupar local de ensayo las improvisaba, limitándome a generar juegos vocales como si de otro instrumento se tratara. Curiosamente, me he pasado un tiempo tocando en directo improvisando las estrofas. Cuando nos dimos de bruces con la grabación del disco tuve que optar por la economía de guerrilla y hacer unas letras en inglés en una sola noche. No es valiente cantar en inglés cuando no es tu idioma materno, pero las estructuras de las canciones ya no admitían el castellano. Me limité a generar imágenes abstractas a través de versos que fui improvisando, y curiosamente muchas de ellas han quedado hasta bien. En ‘Brand New Tornado’ me inspiré en Captain Beefheart y tomé prestadas algunas estrofas de ‘Sure Nuff' 'N' Yes, I Do’, por ejemplo. En otras adapté una serie de tópicos del rock (siempre quise soltar un "alright" o un "common"), mezclándolos con ideas inspiradas en libros y películas. Puede que la más personal sea la de ‘Bad Vibes’, que rescata algunas anécdotas desagradables del pasado de una manera muy dramática. O ‘Numbers’, que es una canción de amor inspirada en la mujer que quiero.

Escribir canciones es una disciplina compleja, porque en el proceso entran a formar parte aspectos que no tienen nada que ver con la literatura. Me apasionan grandes compositores como Dylan o Lou Reed, pero por ahora no he tenido ni el tiempo ni la paciencia como para sentarme a componer letras de canciones de una manera integral. Curiosamente, hay temas que funcionan mejor en mi cabeza cuando no sé lo que están diciendo. Otras mejoran una vez has traducido la letra. Pero hay muchas que se desinflan cuando descubres el sentido real. Por ejemplo, ¿merece la pena darle valor a las letras de Ramones por mucho que ejemplificaran un estilo de vida? La fuerza de Ramones está en su ímpetu, en el sonido, en la urgencia y la simpleza, no en la palabra. Te pongo un ejemplo: actualmente el único disco de The Cure que soy capaz de tragarme al completo es ‘Three Imaginary Boys’. La canción que lo abre, 1’0:15 Saturday Night’, es un tema que me fascina desde siempre, por su manera de fluir, por las subidas y bajadas. Siempre he pensado que tiene un movimiento acuático, como de marea que va y viene. Cuando me dio por analizar la letra descubrí que en una estrofa que se repite varias veces Robert Smith dice: "And the tap drips/ Drip drip drip drip drip drip drip drip". Me quedé pillado con esa imagen, porque la forma de cantar se asemeja con una gota que cae. En este caso, la experiencia de la canción se magnificó y adoptó otra dimensión en mi forma de aprehenderla como oyente.

La relación entre la letra y la música la establece el compositor, pero luego es el oyente el que otorga significados a ese todo. En mi caso, me limito a expresar las cosas a través de las inflexiones vocales, el tono, la intensidad y los silencios. Probablemente haya gente a la que le lleguen mis intenciones sin que tener que traducir lo que estoy contando. Puede que la experiencia me haga cambiar la dinámica de trabajo, sería lo lógico. O puede que no, porque en casos como The Fall, bastan dos frases repetidas hasta la saciedad para que acabes embaucado por la canción. Jim Morrison siempre ha sido un autor reivindicado y en numerosas ocasiones se limitaba a replicar frases en forma de mantras. Te aseguro que si tradujera muchas de las letras de Einstürzende Neubauten acabaría renegando de algunos de sus discos por pedantes.

KAPUT- ¿Qué tipo de cosas intentáis expresar con la banda? El Rock&Roll siempre me ha parecido un medio muy útil si se quiere jugar inteligentemente con los clichés. También muy peligroso, porque al trabajar todo el tiempo con clichés e iconos, si no se es listo se cae en el topicazo a la mínima…

Emilio R. Cascajosa- En Miraflores nos limitamos a hacer lo que nos gusta, sin recapacitar en si estamos tirando de clichés consabidos. Está claro que hay unos códigos que se repiten hasta la saciedad. En nuestra música puedes encontrar riffs que podrían formar parte de cualquier disco de Led Zeppelin o los Stones, ritmos que te harían pensar en The Sound o arreglos que no rechinarían en un disco de Psychic TV, y no pasa nada. No creo que tengamos que pararnos a pensar en si estamos tirando de un libro de estilo concreto, porque entonces dejaríamos de actuar de forma natural. Tan peligroso es tirarte de cabeza a calcar guiños como obsesionarte en evitar todo parecido razonable. En ‘The Endless Night’ hacemos nuestro pequeño homenaje a Kim Salmon calcando al final un punteo del ‘Swampland’ de The Scientists.

No nos da miedo enseñar las costuras, porque al final no perseguimos sonar como nadie, aunque sonemos a muchas cosas a la vez. No pienso que seamos más o menos originales que otros músicos, nos limitamos a disfrutar de la composición y del directo. Y nos divertimos etiquetando a nuestras canciones antes de ponerles título usando expresiones como “el tema Stereolab” o “la canción a lo Pissed Jeans”. La gente de Tom Cary me dijo en una ocasión que sonamos como una variante contundente de The Birthday Party. Curiosamente, soy el único fan irreductible de Nick Cave dentro del grupo. ¿Copiamos a los australianos? Lo dudo, es algo que sale de manera natural. ¿Tenemos referencias que nos inspiran? Indudablemente. Lo único que intentamos expresar es nuestra forma de interpretar la historia del rock, con las limitaciones y las virtudes que arrastramos cada uno.

© www.migueljimenez.com / www.maasaimagazine.com


KAPUT- ¿Cuál es la mejor manera de escuchar vuestra música? ¿Crees que el volumen es importante?

Emilio R. Cascajosa- ¿Te indicaría algo el hecho de que me diagnosticaron recientemente una lesión en el oído debido al exceso de ruido? El volumen siempre es importante. Pero no de una forma desmedida que te impida captar los matices. Miraflores hace música para escuchar al máximo volumen. Lo que para algunos puede parecer un recurso para epatar de forma gratuita, para nosotros es la única forma de sentir lo que hacemos. Sin masa sonora dándote bocados en el cuerpo no nos sentimos en nuestra salsa. Ese es un problema que arrastramos en ocasiones, ya que nos han propuesto tocar en salas donde hay limitación de ruido y hemos tenido que declinar las ofertas. Últimamente estamos componiendo temas más melódicos donde caben más arreglos de teclados e incluso, quién sabe, guitarras acústicas. El disco está a punto de salir con Happy Place Records (Pájaro, Pelo Mono, Surrounders, John Fitzgerald) y ya estamos ideando su continuación. En esta dinámica de superación, es inevitable que encarriles nuevas vías donde comenzar a probar cosas que a priori no imaginabas que te interesarían. Obviamente, seguimos manteniendo la fiera dentro, no creo que se domestique fácilmente porque albergamos mucha mala leche. No están las cosas para tirar cohetes, al menos para ninguno de los cinco.

KAPUT- Siempre me ha parecido difícil grabar con poco dinero en España y que suenen las cosas como se quiere. Quizá por la falta de productores/ingenieros que manejen coordenadas similares a las propias. ¿Ha mejorado eso? Cuéntanos como habéis grabado y el porqué de cada una de las decisiones al respecto…

Emilio R. Cascajosa- Creo que es fácil grabar un disco interesante con una inversión ajustada. Hay buenos productores e ingenieros trabajando en nuestro país. Santi García no tiene nada que desmerecer a Steve Albini y Carlos Hernández también es un nombre a destacar. Concretamente en Andalucía encontrarías a bastante gente competente y creativa. En Málaga, Maxi de The Hollers cuenta con estudio donde abunda tanto el material analógico como la bilis reconcentrada. Por allí ha pasado en numerosas ocasiones el mismo Mike Mariconda. Paco Loco es un referente, y un personaje. Fernando Zambruno, Jordi Gil y Paco Lamato de Happyplace están haciendo un gran trabajo desde Sevilla.

Lo curioso es que hoy día puedes grabar un disco con un buen micro y un ordenador. Y aunque la última década haya sido una explosión para el fenómeno home studio, los músicos siguen buscando un toque profesional para sus canciones. Aunque pocos grupos pueden costearse pagar un equipo de profesionales y alquilar a la vez un estudio. La diferencia es que ahora, como sucede en otras profesiones relacionadas con la tecnología, las figuras del productor, el ingeniero y el arreglista se han diluido. La lógica económica y la crisis han obligado a los profesionales a hacerse más versátiles y a enfocar en una única persona todas esas labores que anteriormente estaban adjudicadas a distintos especialistas. Eso abarata costes y disminuye tiempo de grabación, pero no tendría que afectar necesariamente al resultado.

Obviamente, no te estoy hablando de hacer un disco para Julio Iglesias. Nosotros decidimos grabar con Raúl Pérez porque Javi ya había hecho cosas con él en La Mina. Al margen de su currículum, donde cabe igualmente Pony Bravo, Gaf, El niño de Elche, Orthodox o Maika Makovski, Raúl posee una extraña sensibilidad que al principio me costó entender. Su timidez contrasta con su capacidad para captar exactamente el sonido que persigues. Es capaz de lanzarte referencias que tienes en la cabeza en un abrir y cerrar de ojos. Si te dice, “ok, queréis un rollo a lo Black Angels” o “me gustaría que este sinte sonara muy Grinderman” o “aquí veo un rollo Suicide que deberíamos reforzar” o “este grito a lo P.I.L. ha quedado bien”, sabes que está captando tus referentes al vuelo. Marina Gallardo me habló en su momento de lo especial que puede ser trabajar con Raúl. Si te soy sincero, al principio no estaba contento con el resultado. Pero han sido las continuas escuchas del disco las que me han dado una lección de humildad.

La gente suele decir que las canciones que hemos grabado no hacen justicia a nuestro directo, pero es que no somos la misma banda en estudio que sobre un escenario. Es un tema de ejecución, no de grabación. Y el disco suena realmente contundente. Vale, es menos sucio de lo que mi entrepierna habría deseado, pero desde luego que la labor de Raúl ha sido encomiable y ha logrado sacar un sonido que nos pertenecerá mientras el disco pase de unas manos a otras. Ha logrado que algunos borradores que teníamos atados con pinzas acabaran tomando forma de una manera apabullante. Y ha logrado que las baterías suenen realmente acojonantes. Curiosamente, cuando nos disponíamos a mandar la mezcla final a Kramer (Bongwater) para que la masterizara, Raúl se sacó de la manga una nueva mezcla que había estado probando en sus ratos libres, logrando un sonido mucho más arrollador. Es muy cómoda la estancia en La Mina; como estar en casa, tocando al calor de la chimenea o escapándote entre los árboles para fumarte un pitillo. Tiene una consola Raindirk Series III de los setenta donde grabaron algunas sesiones The Who, The Buzzcocks o Hawkwind. Quizás te suene demasiado mitómano, pero te genera una cierta satisfacción saber que un objeto ha podido pasar por tantos avatares. Y ver a Raúl pasearse por ahí con su camiseta de Modern Lovers y esa sonrisa constante es casi terapéutico.

Por otro lado, aunque en principio no lo tuve claro, la decisión de encargarle la masterización de los once temas a Kramer fue una decisión de lo más acertada. Javi estuvo empeñado en ello desde el principio, porque ya había contado con él cuando tocaba en Salieri. Soy muy fan de Shockabilly y me gustan muchas de las grabaciones que el tío realizó para Half Japanesse, Will Oldham o King Missile, pero eso de enviar a otro país las pistas para que te cobren una pasta sin estar tú presente siempre me ha sonado un poco a engaño. Pero el resultado desmontó todas mis suspicacias. Obviamente, si hubiésemos esperado más tiempo para entrar en el estudio, ahora tendríamos otro tipo de disco entre manos. Pero me temo que ese es un mal endémico en todas las bandas que conozco. Pronto volveremos a grabar, lo tenemos decidido, porque las nuevas canciones nos queman en el local de ensayo pidiendo adoptar una forma definitiva. Somos muy freaks de local, casi todas las canciones nacen de un riff que trae Javi y se van montando de manera intuitiva durante los ensayos. Nuestra dinámica es la improvisación como motor para alcanzar una concreción que luego ajustamos poco a poco.

KAPUT- Hacéis algo muy bien que me parece muy complejo: mantenéis ese sentido circular, de repetición, que tienen muchas de esas bandas citadas, y al mismo tiempo, vais al meollo, en ningún momento las canciones dan la impresión de alargarse innecesariamente. No sé si es muy consciente pero a ese nivel el disco está casi perfecto. No pierde el pop, no pierde el Rock&Roll y mantiene la densidad sin aburrir…

Emilio R. Cascajosa- Si te soy sincero, a veces siento que traicionamos la esencia de algunas de las canciones. Nuestros mejores ensayos son aquellos en los que un tema adquiere viva propia y se estira hasta que muere por sí mismo. Tenemos temas como ‘Drowning By Stars’ que inicialmente eran mucho más largos de lo que se grabó en el estudio. Decidimos cercenar la naturaleza de algunas canciones con tal de no aburrir al personal. No somos una banda experimental aunque rocemos algunas veces ese concepto de laboratorio, pero en el fondo buscamos el patrón del rock & roll, su inmediatez. Es cierto que mantenemos ese sentido circular. No sé si se debe a la falta de pericia que manifestamos algunos de nosotros cuando empezamos en la banda o a nuestra fijación por la psicodelia más minimalista. Me gusta el sentido tántrico de gente como Loop o Dead Skeletons. La repetición es una manera de generar sensaciones, pero hay que saber contenerse, porque al final es cuestión de feeling.

Curiosamente, tocamos hace meses cerrando el festival Monkey Week a las 4 de la madrugada ante un buen puñado de orcos colgados con todo tipo de sustancias. Fue uno de nuestros peores bolos, pero la extraña alevosía nocturna que se respiraba en la sala nos empujó a realizar un show mucho menos certero y más psicodélico de lo habitual. Entonces, la repetición adoptó una nueva forma, más líquida, como de hipodérmica a punto de derramarse. En otras ocasiones hemos tocado de una forma más arrebatada, más punk. Todo eso está ahí, dentro del mismo saco: el minimalismo, la agresividad, la melodía pop, la violencia de la experiencia física y lo etéreo de algunos detalles. Dependiendo del momento, el barco toma unos derroteros u otros. Pero estoy de acuerdo con el hecho de que, milagrosamente, hemos conseguido medir las dosis como para llegar a concretar un puñado de canciones que no acaben indigestándose; aunque los ingredientes a priori pudieran resultar difíciles de tragar.

(CONTINUARÁ...)

viernes, marzo 28, 2014

UNA CIERTA OSCURIDAD EMOCIONAL - Entrevista con MIRAFLORES (parte I de IV)


 (foto: Adrián Molinos)

Los sevillanos MIRAFLORES son una banda de las que no abundan, ni aquí ni en ninguna parte: turbulentos, expresionistas y oscuros, al tiempo circulares y concisos, su primer disco, que se publicará pronto, es un purasangre de Rock&Roll malsano e incendiado en el que arden los fantasmas del pantano 'aussie' (Scientists, Beasts of Bourbon, etc...), la amenazante sombra de Nick Cave o la lobotomizante lucidez de The Fall. Y sin embargo, personalidad propia les sobra. Emilio Rodríguez Cascajosa, frontman del bicho, nos lo cuenta en una larga entrevista que KAPUT les irá concediendo en cómodos fascículos coleccionables. //LUIS BOULLOSA



KAPUT- Me gustaría que me narrases tu proceso de introducción en la música, desde el primer recuerdo que tengas asociado a esta, de la infancia (background familiar, etc…), pasando por los descubrimientos de primera juventud, las revelaciones, y hasta el momento en el que llegaste a las referencias que a día de hoy puedes considerar básicas y sobre todo a las que te permitieron crear música como la que haces ahora.

EMILIO R.- La música popular siempre ha estado presente en mi vida, desde muy temprana edad. El culpable fue mi padre. Recuerdo haber crecido con singles de Bowie, Lou Reed, The Animals, Leonard Cohen o los Stones pululando por casa. Todos esos discos los guardo a buen recaudo. Me encargué de robárselos en una fea maniobra de traición familiar. Suelo hacerme el loco cuando me pregunta si tengo tal o cual disco de The Band, los Kinks o la Plastic Ono Band porque no los encuentra. Aunque él sabe perfectamente que soy yo quien los esconde y en el fondo le gusta que sea así. Dos melómanos enfrentados por un pulso generacional.

El primer vinilo que me compré fue 'The Works' de Queen. Tuve mi momento mainstream durante la pre adolescencia. Entonces lo flipaba con Pet Shop Boys, A-Ha, Spandau Ballet, Sigue Sigue Sputnik o la E.L.O. Pese a la influencia parental, por aquella época iba destinado a acabar devorando todos los hits de la MTV y 40 Principales. Todo cambió cuando me topé con el binomio The Cure-Depeche Mode. Esas dos bandas poseían el brillo de la radio fórmula pero de un modo bastante más personal. Eran perfectas para que una esponja picada por el acné como yo empezara a identificarse con una determinada estética adolescente. Corrían tiempos en los que los nuevos románticos y los siniestros de boutique se reunían cada sábado en un pequeño club de la sevillana Calle Betis para exhibir modelito y bailar al ritmo de New Order. Pelos cardados, rimmel y ropa teñida mil veces con unos polvitos que vendían en la droguería de al lado de casa. Recuerdo perfectamente aquel olor a tinte barato que quedaba impreso en las camisas. Y el tufo a laca Nelly. Entonces descubrí cosas como Wolfgang Press, Bauhaus (una banda que adoro y que tuvo en mí una influencia musical y estética que perdura actualmente), Christian Death, Death in June, The Cult, Sisters of Mercy o Alien Sex Fiend. Nunca fui muy fan de Joy Division, aunque reconozco su impronta y mucha gente encuentre guiños a los de Manchester en Miraflores. La banda que me llevó a optar por un sonido mucho más ruidoso fue The Jesus & Mary Chain. El primer CD que me compré: 'Psychocandy'. Con ellos volví a rescatar los discos de la Velvet y Beach Boys de mi padre y me sumergí en el rock y el pop en toda su extensión.

Entonces no existían tantas etiquetas como hoy. Podías hacerte con discos de The Long Riders, Guadalcanal Diary, Sonic Youth o Einstürzende Neubauten de una tacada y todo resultaba coherente. No se manejaban términos como 'indie' o 'alternativo'. La música estaba ahí, sin más, y era tu voluntad exploratoria la única que podía acercarte o alejarte de determinados artistas. Cuando me topé con The Birthday Party todo cambió. Aquella agresividad me cautivó. Ese sentimiento lo he experimentado pocas veces. Quizás se ha repetido con gente como Jesus Lizard, Foetus o Swans, pero nunca ha sido igual de intenso. Reconozco que hay un nihilista con cierta inclinación autodestructiva en mi interior. Un rasgo de personalidad que durante la adolescencia te ayuda a sentirte ridículamente diferente del resto, a crear hermandad con los colegas y a ver el mundo como una mierda, pero de una forma ingenua, inmadura, casi teatral. Un inadaptado de postín. Esta característica puede quedarse ahí, en una mera postura; o derivar en una personalidad problemática. Con los años he cultivado una cierta oscuridad emocional. Mi amigo Juamba, de Lobison (una banda sevillana que recomiendo), solía decirme: "tío, si lees a Celine, Ellroy y Faulkner o te empapas de películas de Bergman, Jodorowsky o Kenneth Anger, ¿cómo no vas a acabar siendo un amargado?". Por suerte, los compromisos de la adultez te ayudan a nivelar esa carga de neutrotransmisores atrofiados y te empujan a disfrutar de determinada contracultura sin tener que replicar personalmente esquemas trasnochados como los del paria o el 'looser' cultureta.

Por otro lado, el hecho de vivir un suceso determinante te ayuda a ventilarte de un plumazo cualquier paja mental, invitándote a poner los pies en la tierra, a tener un trabajo remunerado, hijos y a entregarte a la tranquilidad. Si tuviera que citar un nombre clave en mi background musical diría que es Nick Cave. Su música me ha acompañado durante los últimos 25 años. Estuvo ahí en la época siniestra; en la garajera, compartiendo espacio con The Sonics, Electric Prunes, The Fuzztones o The Cramps; con el punk; durante los años en los que me tiraba la electrónica o lo industrial o en la época pre-grunge. Recuerdo perfectamente aquel momento en el que Seattle era el punto caliente. La manera en la que vibrabas descubriendo a bandas como The Fluid, Mudhoney, TAD, Dwarves o Screaming Trees. Luego llegó el grunge como etiqueta, el boom de Nirvana y todo se desvirtuó con la entrada de Internet.

Llevo trabajando muchos años en comunicación, sobre todo en entornos web. No soy un talibán anti tecnológico, pero creo que la saturación informativa y la inmediatez del 2.0. han acabado lapidando el romanticismo, algo que a los cuarenta se vive con cierta nostalgia. Reconozco que no es nada inteligente esta postura. Básicamente porque hoy es mucho más fácil rastrear lo que se cuece a través de las redes sociales. Hay de todo y para todos. Aunque echo de menos descubrir a The Stooges gracias a una camiseta que gastaba Dogo durante un bolo con los Mercenarios en vez de hacerlo por un logaritmo informático que te arroja resultados afines tras una escucha en Spotify. El Big Data es más sexy hoy día que las caderas de Posion Ivy. Pero volviendo a Nick Cave, solo Captain Beefheart y Scott Walker han llegado a marcarme tanto. Aunque actualmente valoro mucho más las carreras de Van Vliet y Engel que la del australiano.

Cuando hablo de música nacional suelo ser bastante descreído. Es curioso, porque actualmente hay más nivel que hace veinte años, pero me cuesta encontrar emoción más allá de clásicos como Burning, Enemigos o Gabinete Caligari; o tótems personales como Mar otra vez, Cancer Moon, Macromassa, Los Bichos o Amor Sucio. Reconozco que ese malditismo y negación del progreso a veces me impide ver el bosque más allá de los árboles. Por supuesto que hay bandas increíbles en este país. Ginferno están muy bien. Cualquier proyecto en el que esté implicado Javier Colis siempre es bien recibido. Lüger, en su efectismo, tienen un buen nivel. En el sur hay un puñado de grupos que sin buscar trascender más allá de los cánones que marca el rock más sucio, merecen la pena destacar. Así a bote pronto, pienso en Tupelo Bound, Guadalupe Plata, Pelo Mono, Hairy Nipples, The Howlers y Little Cobras. Tentudía juegan muy bien con la música instrumental. También están Orthodox, Malheur, Fiera (Pony Bravo jugando a ser unos Einstürzende Neubauten de corralón sevillano), Pylar y Blooming Latigo. Y en Tom Cary, que andan un poco de bajón, pero son capaces de verse las caras en directo acompañando al mismo Damo Suzuki.

He currado como promotor y programador ocasional. Desde esa posición a veces puedes llegar a aventurar qué puede funcionar y qué no cuando organizas un concierto. Es una ecuación con mucha probabilidad de error, pero existen ciertos márgenes de confianza, sobre todo si conoces bien la zona en la que te mueves y el público objetivo. Y pese a eso, no he tardado en hostiarme a la hora de montar un bolo de La débil o Los cuantos en vez de programar a Christina Rosenvinge o Joe Crepúsculo. Hay un cierto orgullo absurdo en el hecho de apostar por lo que te gusta, por lo que tienes programado en tu ADN cultural, aunque pierdas pasta por el camino. Obviamente, tras varios descalabros seguidos, acabas abandonando ese brillo, la frescura, sobre todo si te mueves en una ciudad que rara vez se sale del A-B-C del pop-rock de coartada indie. Por eso, cuando te hostias, llegas a sentirte estúpido. Y seguidamente, cuando vuelves a recaer pese a la asunción de tus errores, es cuando cruzas el umbral del absurdo, ese al que solemos denominar pasión para evitar aparecer como un inútil incapaz de generar una relación positiva entre el esfuerzo y la recompensa. Porque, no lo neguemos, a todos nos gusta tener pasta y vivir bien.

Ahora mismo me siento ridículo hablando de todo esto en una entrevista. Este exhibicionismo que he recibido tantas veces cuando he entrevistado a otras bandas se me antoja extraño. Y sin embargo, aquí me tienes, dándole al pico sin ninguna reserva. En el fondo nos gusta aquello que criticamos. Está en la naturaleza del ser humano: el hacerse visible ante el grupo, aunque solo sea por un momento fugaz. Yo y mi libro. Yo y mi disco. Yo y mis cojones.




KAPUT- De acuerdo con lo anterior ¿Va la importancia de esas influencias más allá de lo simplemente musical? ¿Ha influido en tu vida, en tu postura filosófica ante la existencia, en la manera en la que te comportas y has afrontado las cosas? ¿Es lo que suena en Miraflores un reflejo amplio del hombre que eres o sólo la vía de escape de una parte residual de ese hombre?

E.R.- Lo que diferencia a una banda sincera de una pantomima son las influencias extra musicales y la forma en la que se interioriza esto como una actitud vital. El otro día lo hablaba con mi novia. No me entra en la cabeza que alguien llegue a decirme que es fan de Maga y de Rowland S. Howard al mismo tiempo. Puede que negarme a tragarme este bollo suponga ser demasiado prejuicioso, pero lo veo así. Detrás de la gente hay una historia personal, una inclinación ante la vida, y hay cosas que no encajan. Las dos opciones musicales que he comentado son válidas individualmente, pero el enfoque musical y vital dista tanto que la diferencia de estilos va más allá de lo meramente compositivo. Suelen tacharme de rockero y es un absurdo. Me encanta el pop; me gustan desde los Beatles a The Go-Betweens, pasando por Blondie, Rain Parade o Close Lobsters. Por eso, entiendo perfectamente que alguien pueda disfrutar de Miles Davis, The Smiths y Neurosis al mismo tiempo. Pero encuentro que hay una cierta coherencia en determinados presupuestos musicales que solo se sostienen observando el background de quienes lo sustentan.

Por ejemplo, resulta ilustrativo analizar cómo vas atando cabos a medida que progresas como oyente. Cuando descubrí a The Birthday Party pensé que aquello era la hostia, algo tan personal que no cabían influencias externas. Luego, lees una entrevista a Robert Foster en la que narra cómo Nick Cave aparcó su obsesión hacia Captain Beefheart tras descubrir a Leonard Cohen y te dices: ¡coño, si antes de Cave estaba la Magic Band y no me había percatado! Y paralelamente descubres cómo Beasts of Bourbon también mamaron de Don Van Vliet. Entonces piensas: Captain Beefheart es la clave. Más tarde te topas con Howlin Wolf y descubres que nada se da por azar. Y seguidamente estableces una conexión directa con Tom Waits. Vas aprendiendo mientras desmontas mitos, es inevitable. El tópico del “mata a tu padre” freudiano que, paradójicamente, tanta mitología generó con la figura de Jim Morrison. Como cuando piensas que The Scientists eran súper originales y luego te cruzas con Suicide; o como cuando te quedas prendado con Spacemen 3 tras relacionarlos con The Stooges y seguidamente te das cuenta de que Julian Cope ya removía los cimientos de la psicodelia de un modo similar. Pero es que luego te cruzas con Hawkwind y todo se va al carajo. Me encanta esta dinámica de conexiones, es la única que respeto. Quizás por eso abomino de las modas. Te hablo de lugares comunes, una abstracción basada en la experiencia pero de un modo casi jungiano; una vibración significativa que de algún modo es compartida por gente diferente, alejada incluso en el tiempo y el espacio. Tío, es como un ADN emocional que nos acerca o nos aleja de los demás. Un sustrato común basado en sentimientos y símbolos, como un inconsciente colectivo.

Esto de lo que te hablo es precisamente lo que persiguen las nuevas herramientas de motores de búsqueda en Internet. Están tratando de clasificar por referencias comunes los gustos de la gente, pero de una manera matemática, sin tener en cuenta la idiosincrasia de cada uno. Ahí está el fallo, pienso. Porque existen márgenes de error que son difíciles de controlar. Por ejemplo, a mí me encantan las producciones de Beyoncé, y tengo discos de Destiny´s Child. Nunca aseguraría que estas propuestas musicales han resultado definitivas en mi vida, porque mi sensibilidad anda más cerca de bandas como P.I.L. o Pere Ubu, por dar dos ejemplos diferentes pero coherentes; pero puedo disfrutar de un tema como ‘Crazy in Love’ y hasta imaginar cómo se las gastaría Jon Spencer a la hora de hacer una versión de ese hit de masas. Aunque nunca aseguraría que Beyoncé, Macy Gray o Madonna (a quien también he seguido de cerca) están en el mismo nivel emocional que Patti Smith, Diamanda Galas, Kate Bush o Thalia Zedek. Todo esto de lo que te hablo siempre está sustentado por una sensibilidad, una tendencia vital. Confío más en el fan de Redd Kross que me asegura que Swans son un coñazo que en el nuevo hipster enamorado de Skrillex que te dice que 'The Seer' es su disco favorito del año pero que no soporta escuchar ‘Filth’. Puede que sea un prejuicio por mi parte, o un atisbo de arrogania, pero no me trago la boutade sin una base integrada y regurgitada.

Vale que soy un reaccionario, pero hago mis esfuerzos en escuchar detenidamente todo lo que llega a mis manos, al margen de estilos o sensibilidad. Se crece a hostias, metiendo la pata y acertando, lo demás es cuento chino. No me gusta sensibilidad post 12M que justifica el crecimiento interior con una apertura de sensibilidad a lo Mamas & The Papas. Como cristiano no practicante, a veces me domina el miedo y la culpa. Obviamente, esto me acerca a determinadas manifestaciones culturales que van más allá de lo musical y que también se relacionan con el arte, el cine o la literatura. Fui un lector empedernido en la facultad. Me licencié en psicología clínica y por aquel entonces devoraba libros de todo tipo en un afán por completar mi formación. Libros técnicos, ensayos, novelas, biografías, rara vez poesía. Luego me dediqué a estudiar criminología y me obsesioné con material de índole más escabrosa. Manuales sobre criminalística, derecho, medicina legal y política criminal. Pese a ser de letras, no me costó saltar de la filosofía a la ciencia. En cuanto comencé a trabajar como periodista en el ámbito cultural abandoné drásticamente ese hábito. Paradójico, pero cierto. Desgraciadamente hoy leo poco. La falta de tiempo y la inmediatez del día a día me hacen recodar los años en los que disfrutaba con los libros. Sí, suena a que trato de crear una imagen intelectualizada de mí mismo, pero yo era así en aquella época y hoy me mantengo en una ignorancia literaria brutal. No leo ni el periódico. Yo, mi, me, conmigo.

Lo que puedes apreciar en Miraflores es la mezcla de varias personalidades contrapuestas que coinciden en un mismo afán por expresarse. La base del grupo está en las guitarras de Javi Neria y en mi manera de cantar y escenificar. Pero también hay un poso importante que proviene del resto de componentes; de la batería de Jaime, del bajo de Selu y de los sintes de Ernesto. Curiosamente, con el que más coincido a nivel subcultural es con Ernesto, porque es un freak pero con inclinación intelectual. Puedo hablar con él de The Residents, Xenakis o Stockhausen y nos entendemos pese a la distancia que imprime la diferencia de edad. Pero paradójicamente, es con el que más me cuesta comunicame de forma efectiva. Aunque hay algo que nos conecta. De ahí que llevemos tiempo pensando en un proyecto que no sé si saldrá adelante: The Fracking Men, un rollo dark ambient que le vendí como "la banda sonora de un desierto con una cable de alta tansión crujiendo en intervalos de 30 segundos". Con Javi la conexión generacional es directa. Si le cito un riff a lo Bored! sabe de lo que le estoy hablando y él me responde con una melodía inspirada en Screaming Jay Hawkins.

Los títulos de las canciones y la temática que se desprende de las mismas se relacionan con mi bagaje cultural. No es casualidad que trate temas como la locura, la muerte, el dolor, los conflictos familiares y el miedo a la inmensidad del cosmos y del mar. Son temas que provienen de cosas que he leído, visto o experimentado. Por ejemplo, desde que descubrí a Lovecraft siento un tremendo respeto por el espacio exterior y por las profundidades del océano. Me resultan temas muy visuales, incluso metafísicos, pero tan cercanos y reales en el fondo como el acojone que te produce recibir una carta de Hacienda. Curiosamente, luego descubro que un compositor como Gareth Liddiard (The Drones) habla en sus letras de disentería, tiburones y lugares perdidos. No es casual que me llegue la música de ese tío, incluso antes de haberme parado a investigar sus letras. Hay algo innato y primitivo en determinadas cosas que te tocan por el simple hecho de haber adquirido unas experiencias que coinciden con las de otra gente. Son arquetipos que se mantienen en el tiempo. Me gustaban The Drones antes de entrevistarlos, de pararme en los temas que tratan sus canciones o de descubrir que su líder luce un tatuaje con el símbolo de los Neubauten en el antebrazo, el mismo tatuaje que lleva nuestro técnico de sonido, Marcos Muniz, con quien inexplicablemente creé un vínculo personal desde el primer día que me comuniqué con él por Facebook. Descubrir que Marcos es fan de 16 Horsepower, Cronenberg, Burrouhgs o los cómics de Bernie Wrightson reforzó la idea de que tu background puede ser compartido con otros y que de algún modo pueden establecerse sensibilidades similares que van más allá de la personalidad. La cabra tira al monte, dicen. Y yo soy muy capricornio.

Comentas si el grupo puede considerarse una vía de escape. Decididamente, sí. Volví a Sevilla tras una temporada en Madrid y lo que necesitaba era gritar hasta la extenuación. No soy músico y no me considero un profesional, por lo que el resultado ha sido más bien fruto de una necesidad expresiva que al final ha tomado forma en una maniobra creativa gracias al trabajo conjunto de cinco tíos tan distintos como parecidos en el fondo. Puede que yo personifique los cojones de Miraflores. Pero un cuerpo está formado por muchas partes y todas son esenciales para no acabar resultando un tullido. Hace falta un par de brazos, una cabeza, unas piernas y hasta ese lunar en el cuello tan sexi que parece que no aporta nada pero que lo dice todo. Un buen amigo me dijo hace poco que la banda le suena como un puzzle. Creo que puede haber algo de verdad ahí. Porque, aunque solo Javi y yo tengamos claro el camino partiendo de las referencias que hemos mamado durante la adolescencia, la mezcla de cinco personalidades arroja un resultado donde caben más matices que si se tratara de una formación donde nosotros dos tuviésemos el control absoluto. Que aquí coincida gente con gustos tan dispares como Blue Cheer, Nancy Sinatra, Sebadoh, Aphex Twin y Bark Psychosis no hace sino enriquecerlo todo. Por suerte, las guitarras y la voz marcan una senda concreta basada en una suerte de rock oscuro y minimalista que ayuda a que hasta los temas más pop suenen siempre malrolleros. La manera en la que luego el público decodifica tus influencias es fruto de la experiencia de cada uno. Me han dicho que sonamos a Sonic Youth, a Wall of Voodoo, Loop, Clinic o a hasta a Spacemen 3. No sabría responder a eso, porque igual yo estoy pensando en los Cows, Barkmarket y Royal Trux y a mis compañeros les llega eso como si fuese The Kills, Therapy? o Primal Scream. Lo que está claro es que al final todo suma.

(...)


sábado, marzo 22, 2014

jueves, abril 05, 2012

NICK CAVE – “HENRY’S DREAM” (92)

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¿Qué escuchas últimamente?… Y le contestaba yo que poca cosa, porque cada vez más tengo arranques de silencio. Se acaba el disco de turno que me he puesto mientras escribo o pienso en las musarañas, y ahí se queda. En el campo, además, siempre hay pájaros fuera, por la mañana quizá un cuco, por la noche acaso un búho. Y también los perros a lo lejos, el camión que pasa con un zumbido fantasmal y el colchón de grillos. Así, en esta especie de lapso callado, me he despreocupado de las novedades y me he recluido con veinte o treinta cds recogidos a toda prisa en Madrid con criterios poco claros. Hoy le he vuelto a dar un rato (dos vueltas) a uno de esos trabajos que en su momento no digerí bien y que, aunque irregular, al final terminó por gustarme.

“Henry’s dream”, de Nick Cave, un tipo al que todo el mundo adora y con el que yo tengo reticencias ocasionales por su exceso. Exceso de barroquismo, exceso de presunción literaria y exceso de jeta para vender por original lo que es interesado (e interesante) latrocinio. Vamos, que cuando me gusta me gusta bastante, pero eso es una de cada tres. Su influencia en la música subterránea que hemos pisado las últimas dos décadas es, sin embargo -y sería absurdo negarlo- enorme para bien y para mal. Sospecho que la causa, más allá de la calidad y el calambre, es que su enfoque es guerrillero y amateur, por mucho que se haya rodeado siempre, listo él, de músicos soberbios. De algún modo transmite esa sensación benéfica para el ego del artista de turno de “tu también lo puedes hacer”. Cualquiera, pues, con una voz cavernosa del montón (como él), una tendencia al paroxismo teatral siniestroide (como él) y una pluma infectada de Rimbaud y de Faulkner (ya le gustaría a él) puede hacer el intento. El caso es que al final unos lo consiguen y otros no. Habría que definir bien esa liga de talentos sin talento, o de tipos –precisemos- que tienen el talento o la inteligencia suficiente para superar su inicial falta de técnica y de maneras y levantar una fortaleza personal, ya sea saltando campo a través por lo punki o cultivando ese dandismo astroso que a Nick tan bien le funcionó siempre aunque fuese, claro está, un recurso del mundo artístico tan vieja como la que más (uno se inspira en lo que tiene).

En cuanto a Henry’s Dream –lo escucho de nuevo, tres vueltas- es un disco curioso incluso en la disposición de las canciones. Arranca magníficamente con la demoledora “Papa on’t leave you Henry”, mantiene la tensión con la traqueteante “I had a dream, Joe”, la hermosa, sencilla, gloriosa balada “Straight to you” y el encabronado escupitajo en la barra de “Brother, my cup is empty”, pero después es incapaz de sostener su trabajoso vuelo durante toda la parte central, en la que naufraga con tres temas que, sin dejar de tener oficio, son ramplones dentro de su propia historia (“Christina the astonishing”, “When I first came to town” y “John Finn’s wife”). Finalmente, cuando el disco se ha hecho plomizo e indefinido en su propio exceso, levanta un vuelo inesperado y muy bello con ese “Loom of the land” que versionaran en su día con éxito (artístico) los Walkabouts y lo cierra de manera más que efectiva con “Jack the ripper”.

Me gusta el sonido general, bastante tabernario y crudo pese a las cuidadas instrumentaciones, y no se si me gusta tanto su reiterado tremendisco infantil, esa sensación, tan Cave, de que en sus historias siempre hay un hombre a punto de matar a una mujer, como si fueran todas ellas un visionado reiterativo del inicio de “La noche del cazador” y todos sus discos un “Murder Ballads” en germen. Las letras, otro tanto: cuando la canción funciona las soporta y brillan por momentos, cuando la canción naufraga muestran, en cambio, toda su engolada inconsistencia, lo cual dice de ellas que son eso, letras de canciones, dicho sea sin ninguna intención de rebajarlas.

¿Qué escuchas últimamente?... Observo la mesa repleta de cuadernos, papeles y basura, y veo, abiertas, las cajas de “Pass the distance” de Simon Finn y “Hex enduction hour” de The Fall, otros dos discos no precisamente modélicos y que sin embargo tienen lo suyo; ese extraño atractivo de lo montaraz, lo incorrecto y lo parcialmente fracasado. El aroma de lo erróneo, que nosotros expelemos también, tan a menudo. ¿Son nuestros gustos musicales una metáfora tardía –parcial, inexacta- de lo que ha sido nuestra vida? Probablemente sí. O quizá tan sólo una previsión, el parte del tiempo, igualmente poco fiable, de lo que espera y lo que vendrá. Gold in winter, silver in spring... //LUIS BOULLOSA

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domingo, octubre 09, 2011

LOS CUANTOS (Astoria Club, Madrid, 6-10-11)

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Voy a tratar de contener mi tendencia al panegírico, porque últimamente la aborrezco. El panegírico es el refugio de quien no sabe escribir y le hace un flaco favor, por otra parte, a quien lo recibe, tenga éste o no capacidad para sobreponerse a los halagos. En todo caso, y en un momento donde la cantera madrileña va sobrada de bandas destacables (y tiene alguna que otra histórica), quizá sean Los Cuantos, de las que conozco, la más en forma y la más talentosa de todas, y también la más sintomática de todo ese abrasado paraíso del underground que tanto da que hablar y tan poco de comer. Lo de anteayer fue sencillamente, el último clavo en una cruz que ya estaba bien clavada a tierra; un gozoso exceso de calidad comunicativa, Rock&Roll encabritado y blues arrancacorazones después del cual lo único que queda es brindar, emborracharse y asumir que el que sabe, sabe, y los demás estamos para contarlo bien y aplaudir. Me gusta sobre todo, y creo que es una de sus singularidades esenciales, que la violencia de su sonido pueda ser oscura o luminosa (o ambas cosas a la vez) pero no sea nunca amarga ni neciamente encabronada. Es violencia, sí, pero parece, suena, celebratoria, expansiva y vital, ritual, acaso, puesto que algo de ritual tiene gran parte de la buena música, si no toda.

Entre las pocas críticas que he escuchado sobre ellos está la de que la voz de Kim Warsen se acerca demasiado a los parámetros de Tom Waits o Nick Cave (aunque jamás oí criticas cuando Cave remedaba malamente a Dylan o porque Waits usase, como usa, y bien que hace, orquestas de violín, trombón, huesos y plagio). En todo caso, los apabullantes temas nuevos que cayeron en el bolo del Nasti empiezan a desmentir incluso eso. Y a mi Kim me parece un frontman impagable y, de nuevo, sumamente peculiar. Luego está, claro, el lujo asiático (o Riojano) de tener –dentro de una banda impecable y potentísima- a Javi Colis empleando todo su talento exclusivamente en las seis cuerdas y llegando a un nivel de síntesis francamente difícil de definir. Está Javier en ese nivel de maestría en la transmisión en el que al crítico se le agotan ideas, metáforas y comparaciones e intuitivamente, para acercarse al hecho, empieza a pensar en pintores más que en músicos (con preferencia por el Greco, Caravaggio y los maestros holandeses). Y esto no es panegírico, es incapacidad mía, pero es que, asumidas influencias indudables como Fred Frith o Marc Ribot, tiene razón Colis cuando dice que, en cierto modo y con todo el respeto, él ya sólo se compara consigo mismo. Toda la puta y santa razón. El resto no le anduvieron a la zaga, en este caso, y la banda sonó densa grumosa y explosiva como nunca. Sin prisioneros.

Había sido un bolo con una aceptable atención de público (setenta u ochenta, calculo), y de público entregado, no comatoso, como he visto tantas veces en el apestoso rollito cool madrileño, y era vox populi cuando acabaron los cuarenta minutos de akelarre y la gente se apelotonó a repartir parabienes y echarse sus cigarros a la puerta, que había sido, también, el mejor del que se tenía noticia en la corta historia de la banda. Eso es mucho, lo dice quien se los ha visto casi todos.

No confío, decir otra cosa sería mentir, que su talento en ebullición les lleve a ningún sitio. Espero, sin embargo, que logren llegar a alguno pese a él (como apuntaba el otro día hablando de Lüger). Creativamente han sabido llegar a un punto magnífico a base de no complicar demasiado las estructuras, usar los trucos y los guiños con enorme oficio y ofrecer materia prima de primerísima calidad, de esa a la que le basta un poco de pimentón para ser la hostia. Por supuesto un camino largo exigirá mas cosas, lo cual es parte del interés. ¿Qué se hace cuando uno elige un palo y lo borda? La versión de los Ramones es “sigue haciéndolo veinte años y cuando quieras cambiar algo que sea cosa del productor”. Conociendo el percal, esto será distinto.

En fin, a mí el éxito empieza a parecerme un concepto relativo y a veces molesto, pero acabaré esta crónica como lo hubiese hecho cuando aún pensaba que el ostracismo de los grandes era injusticia y no aprendizaje y necesaria ascesis, cuando opinaba que “la fina línea que separa el talento de la mendicidad”, por citar una frase mía que le gusto a Colis, era una frontera injusta y no una prueba de temple: Si estos no triunfan en plan Tony Montana, yo, definitivamente, me hago portugués (lo deseaba hace tiempo).

Fdo.- LUIS BOULLOSA

PD.- Hacéos un favor y escuchad su disco en bandcamp.

PD2.- Antes de Los Cuantos tocó Tom Bennet que, la verdad, me gustó bastante, así que prefiero hablar de él más tarde y con más tiempo.

PD3.-LA foto que encabeza este post es de Cuco Calamaro, al que podéis encontrar en su Facebook.