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viernes, septiembre 12, 2014

Entrevista con MIRAFLORES (IV de IV)



(Última entrega de nuestra entrevista con Emilio R. Caqscajosa, cantante y letrista de MIRAFLORES, excelente banda sevillana que en breve saca disco a la calle)


-¿Para qué sirve una banda de rock cuando tienes 40 años? Pros y contras, sentidos y contrasentidos, etc…

Hace unos días le propuse a Juanmi de Malheur que se uniera a un colega y a mí en un proyecto de laboratorio donde queremos mezclar la herrumbre de los Neubauten con guiños doom y ecos al ambient de bandas como Main. Su respuesta tras escuchar algunas pruebas grabadas en casa fue: “Me suena un poco teenager ochentero. Ese rollo de oscuridad y las referencias a Mengele… Y yo tan mayor en pleno siglo XXI, no sé, no sé”. Mi respuesta fue que a nuestra edad, ya el simple hecho de colgarte una guitarra para subirte a un escenario es lo suficientemente descerebrado como para echar todo por tierra. Si buscas madurez, lo mejor es trabajar en una caja de ahorros.

 Fuera de bromas, creo que la edad te limita. Como sucede con el sexo, donde también entran en el juego lo físico y lo emocional; los vasos sanguíneos no drenan la sangre de igual forma superada la treintena. Pero por otro lado, la edad te da la suficiente experiencia como para tomarte las cosas de forma descreída y realista. Las diferencias en cuanto a aspiraciones te ayudan a centrarte de otra manera. Lo mío ha sido pura casualidad. Un día me encuentro con Javi por la calle y en un intento por hacer algo que me saque de un estado de desidia absoluta motivado por varios cambios en mi vida, le propongo hacer algo que suene en la onda Scientists/Chrome Cranks. Él, que acababa de iniciar un nuevo proyecto donde inicialmente cantaba su novia, acabó dándome el toque para probar en el local una versión del ‘Blood Shot Adult Commitment’ de Madrugada. Así de sencillo.

 Tras intentar montar una banda en numerosas ocasiones y haber estado inmerso en el mundo de la música desde la trastienda, ahora es cuando se han dado las condiciones necesarias que me han empujado a grabar un disco y defenderlo en directo. Probablemente nunca fue mi momento, hasta ahora. Y no pienso dejarme llevar por esta fresca satisfación como para intentar conseguir lo que podría haber logrado si Miraflores hubiese existido hace veinte años. Principalmente porque tampoco me tomo demasiado en serio mi papel como músico, aunque me satisface y respeto bastante lo que estamos consiguiendo. Javi, por ejemplo, sí que lleva veinte años en el tajo, y puede que esto le lleve a tener unas aspiraciones distintas, más basadas en su experiencia como músico. Sí te aseguro puedo sentirme satisfecho de tocar en el tipo de banda que me gustaría ver sobre un escenario como público, entrevistar como periodista o programar como promotor. Y puedo decirte que hemos grabado el tipo de disco que no dudaría en comprarme. Eso, a los 42 años, con una economía que zozobra y una vida repleta de vaivenes, es más de lo que habría imaginado hace décadas cuando hacía playback escuchando a The Clash en mi cuarto.

Sinceramente, me agrada que la respuesta general esté resultado positiva y que pese a lo agresivo de la propuesta el público esté entendiendo los códigos que manejamos. Eso al menos te permite generar cierta infraestructura como para que un sello apueste por editarte el álbum o que un promotor cuente contigo para montar un bolo. Pero si quito por un momento ese feedback facilitador, realmente me importa todo un carajo. Tenemos buenos temas y disfruto con ellos, con eso me basta. En el momento en el que eso deje tener peso, se acabó para mí la historia. Aunque debería plantearme dejar de fumar y hacer ejercicio si no quiero acabar tieso sobre un escenario un día de esto. No pesan los kilos, pesan los años.

-¿Te gustan The Doors? La pulsación del último tema me parece muy Doors, en el fondo (de los Doors del final, quizá). Esa mezcla épico crepuscular, esa panorámica, ese paisajismo saturado…

Me encantan The Doors. Es más, durante una época, mis colegas y yo mantuvimos una rivalidad tipo Betis-Sevilla a la hora de decidirnos entre Doors y Velvet. Una estupidez adolescente que en el fondo te ayuda a visualizar distintas posturas dentro de una misma sensibilidad. The Doors eran más expresivos y sexuales y la Velvet más intelectuales y freaks (a su manera). ¿Sonic Youth o Yo la Tengo? Hablo de eso. No tengo claro si te estás refiriendo con tu paralelismo a ‘Birmingham’ (que es realmente el último corte del disco) o a ‘The Bodies in The River Float Beneath The Sun’ (el penúltimo, mucho más crepuscular y de sonido más atávico). El primero es un homenaje a Black Sabbath. Al volver Javi de un viaje a la ciudad donde se fundó la leyenda de Ozzy, decidimos componer algo con guitarras más pesadas, herederas de aquel hard-rock místico y primigenio. En esta canción no veo rastro de Jim Morrison y compañía.

Si refieres a ‘The Bodies…’, indudablemente hay un punto de conexión con los Doors, aunque inicialmente buscábamos un cruce entre Crime & The City Solution y algunos momentos de Black Angels. Volvemos una vez más a la conexiones inevitables. Curiosamente, ese tema, que es el que peor funciona en directo, porque es muy de templanza (algo difícil de controlar cuando has pasado casi una hora desgañitándote frente a un puñado de gente). La canción se creció en el estudio cuando decidimos incluir una zanfoña que Javi compró por Internet a un lutier experto en fabricar instrumentos medievales. El sonido de ese instrumento tan ortopédico, tan de tierra, imprimió un tono muy heroinómano a la canción, en la onda la Velvet de John Cale. Aunque el cambio que hay en la mitad fue una sugerencia que hice pensando en algunas inflexiones que hacía Captain Beefheart en sus discos menos experimentales. Pero al final el resultado quedó más ‘L.A. Woman’ de lo que imaginamos.

-Con un disco cohesionado, compacto pese a los miles de influencias, un disco brillante y personal… ¿Cuáles son las expectativas? ¿Alguna vez has pensado que estabas en el país equivocado?

-He vivido prácticamente toda mi vida en Sevilla, una ciudad ombliguista que te invita continuamente a sumergirte en su folclore a golpe de palmas, cañas y taconeo. Aquí saltas sin darte cuenta del señorito cortijero al choni de extrarradio. Un lugar donde se impone la cultura del mangazo y el pelotazo, de la gratuidad por cojones, de ese “vámonos que nos vamos” que ha generado la imagen distorsionada de vagos pizpiretos y maleantes de poca monta que tanta gracia os provoca a los del norte. Durante mucho tiempo me he sentido fuera de esta idiosincrasia del sur, pero tampoco he tenido el empuje como para salir de ella, por lo que he llegado a pensar que quizás me guste vivir aquí más de lo que creía y que soy más sevillano de lo que me gustaría reconocer. ¿A qué puedes aspirar musicalmente viviendo en un lugar donde nunca ha existido un tejido profesional que sostenga una mínima escena?

Es complicado, pero pese a eso, siguen apareciendo bandas interesantes y propuestas como el sello Knockturne. Son espasmos de vitalidad que probablemente no pasarán más allá de lo testimonial, pero que ayudan a mantener la llama viva. No sabría decirte qué sería de mí de haber nacido en otra ciudad, en otra provincia o en otro país. Probablemente me habría proyectado de otra forma. Aunque creo que los frenos y las catapultas se encuentran más íntimamente relacionados con tu esfera familiar que con el lugar donde has nacido, porque esto último puedes cambiarlo si te lo propones. No sabría decirte cuáles son mis expectativas con Miraflores, porque lo vivo al día, sin una clara proyección de futuro. De momento, editar el disco y tocar lo máximo posible sin que me nos resulte demasiado ruinosa la historia. Seguir componiendo y seguir grabando. El círculo vicioso de “lo alternativo” en este país.

-Algunas de vuestras canciones, como “Birmingham” tienen un cierto tremendismo frío, casi post punk. ¿Creéis que un tipo de discurso así puede calar en una parte del mundo como esa en la que vivís, un lugar donde la tradición interna es trágica pero caliente? ¿Hay puntos de conexión entre lo que hacéis y, por llamarlo así, “la esencia poética” del lugar dónde vivís?

-La única tragedia clara que existe aquí es la falta de iniciativa empresarial. Hay gente con muy buenas ideas en la provincia, emprendedores con gran potencial, pero el dinero lo tienen los mismos de siempre y suele estar vinculado a la tierra y a las propiedades de una manera que se antoja casi feudal. Hay que pelear mucho para poder pillar un bocado de ese pastel que siguen cocinando “los otros”, esos que exhiben apellidos compuestos a lo largo de múltiples generaciones y cargos políticos y empresariales adjudicados a dedo. En esta ciudad, estudiar en un determinado colegio privado, entrar en un círculo elitista como los Legionarios de Cristo o cursar un máster MBA te asegura que vas a pasar el resto de tu vida agarrando al toro por los huevos. De ahí que los atisbos de creatividad se sostengan sobre empresas gobernadas por auténticos ineptos.

Recuerdo una anécdota que me marcó bastante hace unos años, cuando me encargaba de programar un ciclo de pop-rock en el Centro de Iniciativas Culturales de la Universidad de Sevilla. Por aquel entonces gozaba del crédito de un amigo, un técnico de cultura con bastantes ganas de hacer cosas distintas. Eso me ofreció bastante libertad a la hora de diseñar un programa de conciertos distinto dentro de un entorno tan reaccionario como el educativo. Contraté a un dúo de italianos afincados en Barcelona llamado Chupa Concha. Su propuesta era una suerte de jazz improvisado y experimental bastante intrépido. Mi sorpresa llegó cuando desde la universidad me pidieron que la banda se cambiara el nombre. Yo pensé que se debía a las connotaciones sexuales que tenía, porque concha en argentino significa coño. Pero no iban por ahí los tiros. El asunto era más hilarante: la directora de la entidad se llama Concha y podría sentirse aludida si en su centro actuase un grupo que increpara con su nombre a darle un lametazo a la mujer. Obviamente, me negué a ello, defendiendo la libertad de expresión y el absurdo que suponía obligar a dos artistas a renegar de su propia identidad. Pero la cosa se volvió todavía más descorazonadora cuando tras comentarle la anécdota a Giorgio y Giuliano, estos aceptaron a cambiarse el nombre sin reservas con tal de actuar y cobrar.

Esto es Sevilla, y aquí hay que mamar, o eso es lo que dicen. Por todo esto, no sabría encontrar una comunión entre lo que hacemos y la identidad cultural del lugar al que pertenecemos. Quizás bandas como Pony Bravo sí que han conseguido congeniar aspectos contrapuestos de nuestra cultura autóctona con otras alternativas menos folclóricas y eso les ha ayudado a venderse fuera de nuestras fronteras como una fresca reinvención de formas. Pero a nosotros, excepto la imaginería pagana de la Semana Santa, poco ha podido influirnos esta ciudad. Es más, cuando me hablas de esa frialdad post punk, para nada encaja con la caliente idiosincrasia Sevillana. No pienso que lo tengamos fácil por aquí, aunque la respuesta haya resultado hasta ahora de lo más positiva. Probablemente hemos tenido la suerte de hacer un tipo de música difícil de encontrar en esta zona y eso ha llegado a la cantidad de público necesaria como para que se genere un cierto eco. Encajamos con las expectativas de un pequeño sector andaluz, ese que suele ir a los conciertos. Pero el indie, como la izquierda política, suele ser infiel por naturaleza. Igual hoy tenemos un pequeño número de seguidores que posiblemente mañana no se mantengan a nuestro lado. Aunque tampoco me preocupan esas cosas. Miraflores tendrá la vida que le corresponda dentro del entorno en el que se mueve. Hay una inevitable selección natural.

Lo interesante y divertido es cuando encuentras un feedback desde otras partes del país. Bandas que contactan contigo por redes sociales ofreciéndote una alianza basada en la empatía. Así hemos trazado cierta sintonía con gente como Tupelo Bound (Málaga), Los Nitxos (Gasteiz), Guadalupe Plata (Úbeda), Thee Boas (Santiago), Caustic Roll Dave (Barcelona), Schwarz (Murcia), Za! (Barcelona) o Santa Rita (Barcelona). No sé si será Dios quien nos crea, pero al final son nuestras fijaciones las que acaban juntándonos.

-¿Alguna banda nueva que creas que debemos escuchar?

Si te soy sincero, llevo muchos años sin tener bandas de cabecera que me empujen a rastrear las tiendas de discos en busca de nuevo material. 16 Horsepower, Deadly Snakes, Reigning Sound, The Drones y Viva L’merican Death Ray Music han sido las únicas sorpresas de las que he estado nutriéndome verdaderamente durante los últimos 15 años.

Eso no significa que no me encuentre continuamente con artistas que me emocionen, pero pocos pasan de tenerme embaucado un par de meses a lo sumo. Tanto Javi como yo hemos pasado una buena época enganchados a esta nueva psicodelia que predican grupos como Black Angels, Dead Skeletons, Night Beats, Psychic Ills, Royal Baths (muy buenos estos tíos), Singapore Sling, The Heads, Moon Duo, The Transpersonals, The Lost Rivers (esto quizás más noise), Black Mountain o White Hills. Nos gusta bastante esta nueva escuela.

A Selu le ha flipado lo nuevo de Beck, que reconozco que tiene miga aunque ya no aporte nada sorpresivo. Hablar de Oneida o Comets on Fire es tirar un poco del pasado más reciente, pero son dos grupos que me interesan mucho. También me encanta el calambrazo post punk de Pop 1280 y de los Slug Guts.

El sello Sacred Bones está editando cosas muy interesantes, no solo de sensibilidad asfixiante como la de estas dos bandas que te comento, porque Cult of Youth son menos cáusticos y bastante buenos; me traen recuerdos del mejor Julian Cope.

 Últimamente he descubierto dos bandas que me han gustado bastante: una es Fat White Family, una comunidad de colgados británicos que parece un cruce entre Beat Happening, The The y King Missile. Su propuesta es muy guarra y lo-fi. Graban vídeos de lo más incorrectos cargados de contenido explícito, rollo callejero con travestis y tíos patinando en pelotas. Curiosamente están convirtiéndose en un fenómeno en UK por obra y gracia de NME. Los otros son The Amazing Snakeheads, un trío de Glasgow que suena como los Gallon Drunk de ‘You, The Night… and the Music’ pero de una forma mucho más psycho y macarra. Acaban de editar ‘Amphetamine Ballads’, su primer álbum con Domino Records. Me encantan sus pintas de niñatos-skin-rockabilly-busca-broncas. Parecen salidos de una película de Guy Ritchie.

 Lo nuevo de The Men, ‘Tomorrow’s Hits’, me ha sorprendido mucho. Han sido capaces de girar hacia un sonido clásico en la onda Big Star, The Saints o incluso Crazy Horses, todo con una maestría y brillantez que huele a clásico. Ya no apestan a hype de la temporada. Otro grupo que ya tiene un nutrido background a sus espaldas pero que parece que está despuntando últimamente es Slim Cessna’s Auto Club. Me embauca su rollo de predicadores goth-country. Y en directo son demoledores. Los escucho bastante, como a Wovenhand, que se estrenan con un nuevo disco bastante metalero que ha facturado en un tándem sorprendente la gente de Glitterhouse Records y Deathwish, el sello Jacob Bannon (Converge).

También he pasado un tiempo enganchado a Dirty Beaches y Purling Hiss, proyecciones contemporáneas de los espíritus de Suicide y Stooges respectivamente. Sus discos suenan fatal, pero tienen mucha enjundia. La parquedad de Sleaford Mods me ha resultado interesante. Estos son de Nottingham y facturan punk de guerrilla con querencia por el hip-hop y la electrónica de cajón de saldo. Suenan a Fugazi proclamando ser Big Black.

Lo nuevo de Liars me ha decepcionado bastante, y no es porque abomine de este nuevo giro hacia la electrónica, pero esperaba algo más personal y arriesgado. Sin embrago, me ha pasado lo contrario con ‘Field of Reeds’ de These New Puritans, una agradable sorpresa con un regustillo a John Cale en plan “contemporánea”.

Hay un trío de chicas de Atlanta que también me ha sorprendido. Se llaman The Coathangers y hacen un heavy-punk bastante arisco, aunque vocalmente recuerdan a Nina Hagen. Lo nuevo de Death Grips no está mal, muy nigger y loco. Y el ‘Somewhere Else’ de Lydia Loveless es un agradable bocado folkie al que recurro de cuando en cuando para desintoxicarme.

-¿Por qué los rock-critics de este país suelen ser en persona, tan poco ‘rock&roll’ y en escrito tan poco ‘critics’? En un ochenta por ciento parecen señores coleccionistas incapaces de bajarse del panegírico… ¿Para qué hacer crítica musical en un país donde no se compran discos?

-La crítica es un filtro, más o menos autorizado. Aunque el papel que desempeña el profesional está muy devaluado. Recuerdo un follón 2.0 que se montó una vez, cuando diversos plumillas se encargaron de catalogar a la crítica dependiendo de la labor social que desempeña la persona que se encarga de emitir una opinión sobre un disco. Hablaban con términos como “tribunos”, algo demasiado arrogante tratándose de un sector cultural que tan poco crédito arroja en España. La música no es tan importante. La redacción de una revista (si es que actualmente existe alguna más o menos sólida) no es una unidad de urgencias de un hospital, dejemos de actuar como abanderados de la verdad absoluta y la salvación de los ideales.

Actualmente todo es bastante abstracto, porque a veces cuenta más tener un twitter con muchos seguidores que generar una reflexión que empuje a comprar o no un disco. Hay más prescriptores que críticos y una saturación de información que impide centrarse en algo concreto con una cierta perspectiva histórica. No creo que falte gente capaz de argumentar su postura a la hora de valorar una determinada obra musical o un concierto. Hay periodistas que no se casan con nadie, aunque es cierto que lo que abunda es la opinión volátil y conservadora. La que se deja arrastrar por la marea.

Volviendo a lo que te he comentado al principio, poco peso tiene la crítica cuando el entorno en el que te mueves no puede monetizarse. La crítica en el arte contemporáneo, el cine, el fútbol o incluso los toros, tienen su razón de ser, porque afecta a negocios que mueven una economía. De algún modo, el crítico musical debería posicionar una realidad tratando de superar unos determinados intereses imperantes buscando la verdadera naturaleza de esta disciplina. Es como una jurisprudencia sonora, una opinión capaz de remover conciencias separando el grano de la paja y marcando la dirección en la que debería moverse una determinada creatividad atendiendo a criterios de calidad y autenticidad, sin obviar el espíritu de los tiempos.

Pero actualmente hay tal cantidad de paja que resulta complicado hacer la siega, menos todavía cuando los campos en los que nos movemos están cultivados por medios de comunicación que no te valoran (y por lo tanto no retribuyen) el papel del experto en un determinado área. Y hablo de experto en términos cuantitativos y cualitativos: no se trata solo de tener unas determinadas aptitudes y actitudes hacia una realidad, también me refiero al hecho de invertir tiempo y experiencias a lo largo de tu vida. Todo esto genera un gasto personal que debería revertir en un crecimiento económico general. Haces usos de unos recursos y te especializas para luego contribuir con un feedback (tu aportación) que ayude a que la maquinaria siga funcionando en un sentido u otro. Es un circuito cerrado.

La crítica cultural en general y la musical en particular no está bien pagada. Es más, ni se tiene en cuenta dentro de los presupuestos de cualquier cabecera más o menos acreditada. En la redacción de Rolling Stone España apenas hay dos redactores y algún colaborador puntual. El resto de la revista es material cedido por otras ediciones internacionales o colaboraciones gratuitas de gente que con tal de que aparezca su firma es capaz de contribuir con su trabajo de forma desinteresada. Y lo principal para que se genere una responsabilidad por lo que uno hace es la retribución por el trabajo realizado. Puede que suene materialista, pero las cosas funcionan así en este mundo que hemos inventado. En el mundo de los orangutanes no existe nada de esto, es todo más sencillo, menos egoico. ¿Cómo vamos a pedir respeto como ciudadanos si no entramos en un engranaje social en el que pagas tus impuestos, tienes un trabajo y cobras por tu esfuerzo en mantener la economía de un país? Remar en el desierto supone un gasto de sudor innecesario.

Ese rol de paria social que impera en esta España en crisis en la que nos encontramos podría extrapolarse a la figura del crítico musical dentro de la industria cultural. ¿Qué importancia tiene que un determinado periodista exponga su opinión sobre una banda si esa apreciación no está valorada económicamente? ¿Influye su opinión en algo si al final todo está mediatizado por unos intereses generalistas donde los niveles de excelencia la dictan unos pocos? Podríamos decir que para eso está la crítica, para no atarse a nada y evitar el poder del dinero. Pero sería mentira. Son tantos los artistas que han muerto pobres antes de comprobar cómo su arte es reconocido hasta el punto de generar ingresos, que no me trago el papel del outsider que se mueve por encima del bien y del mal. Porque al final todos tenemos las mismas necesidades materiales y de reconocimiento, por muy imparcial que te mantengas.

La gratuidad del 2.0, los blogs y las revistas digitales ha acabado dinamitando el papel del crítico. Pero tenemos lo que nos merecemos. La urgencia y la inmediatez han terminado devorando cualquier atisbo de opinión libre. Nos venden la manera en la que la tecnología nos ha liberado, porque ya no cuesta tanto hacerse oír usando canales con tanta proyección mundial. Pero al final estamos usando vías de expresión que siguen cotizando en bolsa. Vale, es cierto que estoy mirando un nuevo fenómeno desde un prisma caduco que lucha por seguir manteniendo su status quo. Igual esta marea lenta y constante acabará derrocando el sistema tal y como lo tenemos montado. Está claro que hay demasiada gente en el mundo para tan pocos puestos de trabajo, demasiadas bocas que alimentar para tan pocos recursos.

Igual existe demasiada música y el papel del crítico no tiene ya razón de ser, porque no interesa hacer una criba de qué es lo que debería seguir funcionando, ya que han cambiado los modos de consumo. Fenómenos como el crowdfunding me generan muchas suspicacias, por ejemplo. Que una banda pida una aportación a sus fans para poder grabar un álbum me parece una aberración similar al fenómeno del pay after show. Me consta que tú mismo estás recurriendo a esta fórmula para poder grabar el nuevo álbum de tu banda, Gog y las hienas telepáticas. Es un sistema que tira de la solidaridad para aplicar una fórmula capitalista: te ofrezco según lo que nos aportes, y cuanto más nos des, más te damos. Lo veo como una salida que nace de la desesperación y que conduce a una relación en la que pagamos las cosas que hacen nuestros colegas o la gente afín, pero sin generar una verdadera riqueza que se sostenga sobre un tejido sólido donde trabajar. No es nada punk, es más bien angustia capitalista maquillada con los colores de la fraternidad. Si no tienes pasta para grabar un disco, vende tu culo e invierte ese esfuerzo para intentar romper la barrera de tu red de influencias. Si no, acabaremos moviéndonos en círculos concéntricos sin que nada logre ir más allá de la precariedad del underground.

La figura del mecenas no es lo que parece cuando pasamos de lo macro a lo micro. Demasiadas decepciones se han dado ya como para hablar del crowdfunding como de una salida interesante para que el barco de la música pueda navegar con viento favorable. Einstürzende Neubauten recurrieron al micomecenazgo para grabar uno de sus álbumes, pero ofrecieron a la gente la posibilidad de seguir todo el proceso creativo incluso incidiendo con sus sugerencias e indicaciones. Así sí podemos hablar de colaboración en términos absolutos, porque el resultado final es el fruto de una labor conjunta. Pero el hecho de pedir dinero por anticipado para ofrecer simplemente lo mismo que habrías llevado a cabo por ti mismo de haber tenido recursos propios me parece bastante oportunista, porque al final estás llevando a cabo tu proyecto imponiendo tu criterio a gente que a priori ha confiado en ti financiando tu idea. Si una banda que me gusta edita un disco nada interesante, bastaría con no comprármelo. Pero si una banda que me gusta me pide financiación solidaria y me acaba ofreciendo algo que no me convence, ¿cómo le reclamaría esa frustración por no haber cubierto mis expectativas si ya he pagado por anticipado?

Ha habido muchos experimentos en este sentido, como cuando Radiohead ofreció a sus fans que pagaran el disco poniendo el precio que ellos consideraran, aunque al final decidieran no aportar nada. Según anunciaron, fue el disco que más dinero generó a la banda hasta el momento. Pero la duda salta cuando el grupo ha seguido editando nuevo material siguiendo el cauce comercial habitual.

-¿Qué hay después de la muerte?

No te puedo responder a eso, tengo demasiados débitos con la vida como para perderle el respeto (o el miedo) teorizando con el más allá. Pensar en la muerte me acojona, no soy capaz de trascender por encima de ese sentimiento asfixiante. Morir es perder la identidad, la conciencia de uno mismo, y no hay nada que me aterre más que eso. Soy un esclavo de mis dudas, probablemente porque todavía no he conseguido un nivel de satisfacción personal como para que no me importe dejar este mundo con los pies por delante.



lunes, abril 14, 2014

UNA CIERTA OSCURIDAD EMOCIONAL - Entrevista con MIRAFLORES (III de IV)


© www.migueljimenez.com / www.maasaimagazine.com


(Tercera parte de la entrevista de Luis Boullosa con Emilio Rodríguez Cascajosa, de MIRAFLORES. Hoy, las letras y su improvisación, influencias, proceso de grabación de un disco independiente de verdad y una epifanía de bajo coste cortesía de Robert Smith)

KAPUT- Me decías que las letras no son excesivamente importantes para ti, aunque sí lo es la sensación transmitida por todo el conjunto (lo cual incluye la voz). Desarrolla un poco esto, por favor.

Emilio R. Cascajosa- Las letras no han sido importantes hasta ahora en Miraflores porque no he tenido la paciencia como para trabajarlas. Cuando empezamos a chupar local de ensayo las improvisaba, limitándome a generar juegos vocales como si de otro instrumento se tratara. Curiosamente, me he pasado un tiempo tocando en directo improvisando las estrofas. Cuando nos dimos de bruces con la grabación del disco tuve que optar por la economía de guerrilla y hacer unas letras en inglés en una sola noche. No es valiente cantar en inglés cuando no es tu idioma materno, pero las estructuras de las canciones ya no admitían el castellano. Me limité a generar imágenes abstractas a través de versos que fui improvisando, y curiosamente muchas de ellas han quedado hasta bien. En ‘Brand New Tornado’ me inspiré en Captain Beefheart y tomé prestadas algunas estrofas de ‘Sure Nuff' 'N' Yes, I Do’, por ejemplo. En otras adapté una serie de tópicos del rock (siempre quise soltar un "alright" o un "common"), mezclándolos con ideas inspiradas en libros y películas. Puede que la más personal sea la de ‘Bad Vibes’, que rescata algunas anécdotas desagradables del pasado de una manera muy dramática. O ‘Numbers’, que es una canción de amor inspirada en la mujer que quiero.

Escribir canciones es una disciplina compleja, porque en el proceso entran a formar parte aspectos que no tienen nada que ver con la literatura. Me apasionan grandes compositores como Dylan o Lou Reed, pero por ahora no he tenido ni el tiempo ni la paciencia como para sentarme a componer letras de canciones de una manera integral. Curiosamente, hay temas que funcionan mejor en mi cabeza cuando no sé lo que están diciendo. Otras mejoran una vez has traducido la letra. Pero hay muchas que se desinflan cuando descubres el sentido real. Por ejemplo, ¿merece la pena darle valor a las letras de Ramones por mucho que ejemplificaran un estilo de vida? La fuerza de Ramones está en su ímpetu, en el sonido, en la urgencia y la simpleza, no en la palabra. Te pongo un ejemplo: actualmente el único disco de The Cure que soy capaz de tragarme al completo es ‘Three Imaginary Boys’. La canción que lo abre, 1’0:15 Saturday Night’, es un tema que me fascina desde siempre, por su manera de fluir, por las subidas y bajadas. Siempre he pensado que tiene un movimiento acuático, como de marea que va y viene. Cuando me dio por analizar la letra descubrí que en una estrofa que se repite varias veces Robert Smith dice: "And the tap drips/ Drip drip drip drip drip drip drip drip". Me quedé pillado con esa imagen, porque la forma de cantar se asemeja con una gota que cae. En este caso, la experiencia de la canción se magnificó y adoptó otra dimensión en mi forma de aprehenderla como oyente.

La relación entre la letra y la música la establece el compositor, pero luego es el oyente el que otorga significados a ese todo. En mi caso, me limito a expresar las cosas a través de las inflexiones vocales, el tono, la intensidad y los silencios. Probablemente haya gente a la que le lleguen mis intenciones sin que tener que traducir lo que estoy contando. Puede que la experiencia me haga cambiar la dinámica de trabajo, sería lo lógico. O puede que no, porque en casos como The Fall, bastan dos frases repetidas hasta la saciedad para que acabes embaucado por la canción. Jim Morrison siempre ha sido un autor reivindicado y en numerosas ocasiones se limitaba a replicar frases en forma de mantras. Te aseguro que si tradujera muchas de las letras de Einstürzende Neubauten acabaría renegando de algunos de sus discos por pedantes.

KAPUT- ¿Qué tipo de cosas intentáis expresar con la banda? El Rock&Roll siempre me ha parecido un medio muy útil si se quiere jugar inteligentemente con los clichés. También muy peligroso, porque al trabajar todo el tiempo con clichés e iconos, si no se es listo se cae en el topicazo a la mínima…

Emilio R. Cascajosa- En Miraflores nos limitamos a hacer lo que nos gusta, sin recapacitar en si estamos tirando de clichés consabidos. Está claro que hay unos códigos que se repiten hasta la saciedad. En nuestra música puedes encontrar riffs que podrían formar parte de cualquier disco de Led Zeppelin o los Stones, ritmos que te harían pensar en The Sound o arreglos que no rechinarían en un disco de Psychic TV, y no pasa nada. No creo que tengamos que pararnos a pensar en si estamos tirando de un libro de estilo concreto, porque entonces dejaríamos de actuar de forma natural. Tan peligroso es tirarte de cabeza a calcar guiños como obsesionarte en evitar todo parecido razonable. En ‘The Endless Night’ hacemos nuestro pequeño homenaje a Kim Salmon calcando al final un punteo del ‘Swampland’ de The Scientists.

No nos da miedo enseñar las costuras, porque al final no perseguimos sonar como nadie, aunque sonemos a muchas cosas a la vez. No pienso que seamos más o menos originales que otros músicos, nos limitamos a disfrutar de la composición y del directo. Y nos divertimos etiquetando a nuestras canciones antes de ponerles título usando expresiones como “el tema Stereolab” o “la canción a lo Pissed Jeans”. La gente de Tom Cary me dijo en una ocasión que sonamos como una variante contundente de The Birthday Party. Curiosamente, soy el único fan irreductible de Nick Cave dentro del grupo. ¿Copiamos a los australianos? Lo dudo, es algo que sale de manera natural. ¿Tenemos referencias que nos inspiran? Indudablemente. Lo único que intentamos expresar es nuestra forma de interpretar la historia del rock, con las limitaciones y las virtudes que arrastramos cada uno.

© www.migueljimenez.com / www.maasaimagazine.com


KAPUT- ¿Cuál es la mejor manera de escuchar vuestra música? ¿Crees que el volumen es importante?

Emilio R. Cascajosa- ¿Te indicaría algo el hecho de que me diagnosticaron recientemente una lesión en el oído debido al exceso de ruido? El volumen siempre es importante. Pero no de una forma desmedida que te impida captar los matices. Miraflores hace música para escuchar al máximo volumen. Lo que para algunos puede parecer un recurso para epatar de forma gratuita, para nosotros es la única forma de sentir lo que hacemos. Sin masa sonora dándote bocados en el cuerpo no nos sentimos en nuestra salsa. Ese es un problema que arrastramos en ocasiones, ya que nos han propuesto tocar en salas donde hay limitación de ruido y hemos tenido que declinar las ofertas. Últimamente estamos componiendo temas más melódicos donde caben más arreglos de teclados e incluso, quién sabe, guitarras acústicas. El disco está a punto de salir con Happy Place Records (Pájaro, Pelo Mono, Surrounders, John Fitzgerald) y ya estamos ideando su continuación. En esta dinámica de superación, es inevitable que encarriles nuevas vías donde comenzar a probar cosas que a priori no imaginabas que te interesarían. Obviamente, seguimos manteniendo la fiera dentro, no creo que se domestique fácilmente porque albergamos mucha mala leche. No están las cosas para tirar cohetes, al menos para ninguno de los cinco.

KAPUT- Siempre me ha parecido difícil grabar con poco dinero en España y que suenen las cosas como se quiere. Quizá por la falta de productores/ingenieros que manejen coordenadas similares a las propias. ¿Ha mejorado eso? Cuéntanos como habéis grabado y el porqué de cada una de las decisiones al respecto…

Emilio R. Cascajosa- Creo que es fácil grabar un disco interesante con una inversión ajustada. Hay buenos productores e ingenieros trabajando en nuestro país. Santi García no tiene nada que desmerecer a Steve Albini y Carlos Hernández también es un nombre a destacar. Concretamente en Andalucía encontrarías a bastante gente competente y creativa. En Málaga, Maxi de The Hollers cuenta con estudio donde abunda tanto el material analógico como la bilis reconcentrada. Por allí ha pasado en numerosas ocasiones el mismo Mike Mariconda. Paco Loco es un referente, y un personaje. Fernando Zambruno, Jordi Gil y Paco Lamato de Happyplace están haciendo un gran trabajo desde Sevilla.

Lo curioso es que hoy día puedes grabar un disco con un buen micro y un ordenador. Y aunque la última década haya sido una explosión para el fenómeno home studio, los músicos siguen buscando un toque profesional para sus canciones. Aunque pocos grupos pueden costearse pagar un equipo de profesionales y alquilar a la vez un estudio. La diferencia es que ahora, como sucede en otras profesiones relacionadas con la tecnología, las figuras del productor, el ingeniero y el arreglista se han diluido. La lógica económica y la crisis han obligado a los profesionales a hacerse más versátiles y a enfocar en una única persona todas esas labores que anteriormente estaban adjudicadas a distintos especialistas. Eso abarata costes y disminuye tiempo de grabación, pero no tendría que afectar necesariamente al resultado.

Obviamente, no te estoy hablando de hacer un disco para Julio Iglesias. Nosotros decidimos grabar con Raúl Pérez porque Javi ya había hecho cosas con él en La Mina. Al margen de su currículum, donde cabe igualmente Pony Bravo, Gaf, El niño de Elche, Orthodox o Maika Makovski, Raúl posee una extraña sensibilidad que al principio me costó entender. Su timidez contrasta con su capacidad para captar exactamente el sonido que persigues. Es capaz de lanzarte referencias que tienes en la cabeza en un abrir y cerrar de ojos. Si te dice, “ok, queréis un rollo a lo Black Angels” o “me gustaría que este sinte sonara muy Grinderman” o “aquí veo un rollo Suicide que deberíamos reforzar” o “este grito a lo P.I.L. ha quedado bien”, sabes que está captando tus referentes al vuelo. Marina Gallardo me habló en su momento de lo especial que puede ser trabajar con Raúl. Si te soy sincero, al principio no estaba contento con el resultado. Pero han sido las continuas escuchas del disco las que me han dado una lección de humildad.

La gente suele decir que las canciones que hemos grabado no hacen justicia a nuestro directo, pero es que no somos la misma banda en estudio que sobre un escenario. Es un tema de ejecución, no de grabación. Y el disco suena realmente contundente. Vale, es menos sucio de lo que mi entrepierna habría deseado, pero desde luego que la labor de Raúl ha sido encomiable y ha logrado sacar un sonido que nos pertenecerá mientras el disco pase de unas manos a otras. Ha logrado que algunos borradores que teníamos atados con pinzas acabaran tomando forma de una manera apabullante. Y ha logrado que las baterías suenen realmente acojonantes. Curiosamente, cuando nos disponíamos a mandar la mezcla final a Kramer (Bongwater) para que la masterizara, Raúl se sacó de la manga una nueva mezcla que había estado probando en sus ratos libres, logrando un sonido mucho más arrollador. Es muy cómoda la estancia en La Mina; como estar en casa, tocando al calor de la chimenea o escapándote entre los árboles para fumarte un pitillo. Tiene una consola Raindirk Series III de los setenta donde grabaron algunas sesiones The Who, The Buzzcocks o Hawkwind. Quizás te suene demasiado mitómano, pero te genera una cierta satisfacción saber que un objeto ha podido pasar por tantos avatares. Y ver a Raúl pasearse por ahí con su camiseta de Modern Lovers y esa sonrisa constante es casi terapéutico.

Por otro lado, aunque en principio no lo tuve claro, la decisión de encargarle la masterización de los once temas a Kramer fue una decisión de lo más acertada. Javi estuvo empeñado en ello desde el principio, porque ya había contado con él cuando tocaba en Salieri. Soy muy fan de Shockabilly y me gustan muchas de las grabaciones que el tío realizó para Half Japanesse, Will Oldham o King Missile, pero eso de enviar a otro país las pistas para que te cobren una pasta sin estar tú presente siempre me ha sonado un poco a engaño. Pero el resultado desmontó todas mis suspicacias. Obviamente, si hubiésemos esperado más tiempo para entrar en el estudio, ahora tendríamos otro tipo de disco entre manos. Pero me temo que ese es un mal endémico en todas las bandas que conozco. Pronto volveremos a grabar, lo tenemos decidido, porque las nuevas canciones nos queman en el local de ensayo pidiendo adoptar una forma definitiva. Somos muy freaks de local, casi todas las canciones nacen de un riff que trae Javi y se van montando de manera intuitiva durante los ensayos. Nuestra dinámica es la improvisación como motor para alcanzar una concreción que luego ajustamos poco a poco.

KAPUT- Hacéis algo muy bien que me parece muy complejo: mantenéis ese sentido circular, de repetición, que tienen muchas de esas bandas citadas, y al mismo tiempo, vais al meollo, en ningún momento las canciones dan la impresión de alargarse innecesariamente. No sé si es muy consciente pero a ese nivel el disco está casi perfecto. No pierde el pop, no pierde el Rock&Roll y mantiene la densidad sin aburrir…

Emilio R. Cascajosa- Si te soy sincero, a veces siento que traicionamos la esencia de algunas de las canciones. Nuestros mejores ensayos son aquellos en los que un tema adquiere viva propia y se estira hasta que muere por sí mismo. Tenemos temas como ‘Drowning By Stars’ que inicialmente eran mucho más largos de lo que se grabó en el estudio. Decidimos cercenar la naturaleza de algunas canciones con tal de no aburrir al personal. No somos una banda experimental aunque rocemos algunas veces ese concepto de laboratorio, pero en el fondo buscamos el patrón del rock & roll, su inmediatez. Es cierto que mantenemos ese sentido circular. No sé si se debe a la falta de pericia que manifestamos algunos de nosotros cuando empezamos en la banda o a nuestra fijación por la psicodelia más minimalista. Me gusta el sentido tántrico de gente como Loop o Dead Skeletons. La repetición es una manera de generar sensaciones, pero hay que saber contenerse, porque al final es cuestión de feeling.

Curiosamente, tocamos hace meses cerrando el festival Monkey Week a las 4 de la madrugada ante un buen puñado de orcos colgados con todo tipo de sustancias. Fue uno de nuestros peores bolos, pero la extraña alevosía nocturna que se respiraba en la sala nos empujó a realizar un show mucho menos certero y más psicodélico de lo habitual. Entonces, la repetición adoptó una nueva forma, más líquida, como de hipodérmica a punto de derramarse. En otras ocasiones hemos tocado de una forma más arrebatada, más punk. Todo eso está ahí, dentro del mismo saco: el minimalismo, la agresividad, la melodía pop, la violencia de la experiencia física y lo etéreo de algunos detalles. Dependiendo del momento, el barco toma unos derroteros u otros. Pero estoy de acuerdo con el hecho de que, milagrosamente, hemos conseguido medir las dosis como para llegar a concretar un puñado de canciones que no acaben indigestándose; aunque los ingredientes a priori pudieran resultar difíciles de tragar.

(CONTINUARÁ...)

viernes, abril 04, 2014

UNA CIERTA OSCURIDAD EMOCIONAL: Entrevista con MIRAFLORES (II de IV)


(Segunda parte de nuestra extensa entrevista  con Emilio Rodríguez Cascajosa, de MIRAFLORES. Hoy, los miembros de la banda, el porqué de la grandeza del rock australiano y el  mito del peligro escénico puesto en duda. Disfruten)

Kaput-¿Qué crees que aporta cada miembro al grupo? ¿Dónde está el peso creativo? ¿Puede ser un grupo una democracia?

Emilio R. Cascajosa- Una de mis crisis con la banda se basa en mi idea de grupo, algo que deriva de mi desconocimiento absoluto sobre lo que es ser músico. Hasta ahora siempre me mantuve detrás del telón. Quizás por eso confíe, cuando montamos el proyecto, en una suerte de "democracia" donde todo es de todos y nadie destaca. La realidad impone luego su dictado y surgen roces que te llevan a pensar que estabas equivocado. Para funcionar democráticamente hay que estar muy unidos y haber alcanzado un nivel de madurez adecuado. Pero los intereses personales y los egos pueden ser tan distintos que normalmente acabarán empujando a un lado cualquier atisbo de democracia participativa. Eso, o lo aceptas, o te acabas rayando.

Actualmente las líneas a seguir las marcamos Javi y yo. El resto se va uniendo, aportando su idiosincrasia particular, pero con el convencimiento de que hay un algo que dirige a esa pluralidad. Esto me incomoda a veces. Pero he comprobado que casi todas las bandas funcionan de esta forma. Javi aporta una manera de reinterpretar sus pasiones musicales que me llega directamente. No podría decir que es un virtuoso, aunque no le hace falta una gran técnica para brillar compositivamente. Conocía su trabajo con otras bandas clásicas de la ciudad. Ha tocado con Sr. Chinarro, Sick Buzos (ahora reactivados) y Salieri. Y me resultaba paradójico que se hubiera dedicado al pop durante tantos años cuando de los grupos de los que hablábamos cuando coincidíamos estando de copas no tenían nada que ver con lo que él hacía: Spectrum, Alan Vega, Can, 13th Floor Elevators… ese tipo de cosas. Para mí es como un Ron Asheton de andar por casa. Tiene una habilidad tremenda para galvanizar sus seis cuerdas y sacar un sonido tan añejo como potente al mismo tiempo. Aporta muy buenas ideas y sabe sacar un sonido propio a las guitarras. Compone por intuición y siempre me sorprende. Su hermano Jaime proviene de la misma escena pop. Cuando lo ves tocando con Zico, por ejemplo, no te imaginas que se trata de ese mismo tío sin camiseta que aporrea descalzo la batería con Miraflores. Siguiendo con el paralelismo Stooges, Jaime es como la versión padre de familia de Scott Asheton. Parece que no se esté esforzando mientras toca. Tiene un punto de marcialidad que si lo sacas de contexto puede parecer hasta frío. Y sin embargo, es la columna vertebral del grupo y uno de sus motores sobre el escenario.

En directo es mi timón, con el que más conecto a nivel de sonido. Necesito que haya una unión con Jaime cuando tocamos. Quizás por eso a veces también me encargo de las percusiones. Es un intento por conciliar todavía más esa sintonía a través de una dinámica rítmica. Selu es la personificación del bajo, de la estabilidad y la base. Y no lo digo porque destaque mucho instrumentalmente, porque es el más lego en este aspecto. Pero su carácter y presencia aportan el sustento de brillante gravedad que mantiene todo unido. Buscar la cara de Selu durante un concierto cuando te corren las gotas de sudor por los ojos es como tomarte un chute de spidifén durante un pico de fiebre. Selu aprende, muy rápido. Y mientras, ofrece cemento a cada ladrillo. Toca con otra banda llamada Sweehearts from America, un proyecto del guionista y cineasta Paco Campano que mira con bastante ironía los tópicos del crooner. Suenan como Roxy Music empachados con discos de Tav Falco y Devastations.

Ernesto por su lado tiene que lidiar con la certeza de que pese a provenir de la escena electrónica experimental aquí debe ceñirse al corsé del rock. Su formación clásica lo convierte en el más profesional, aunque su pasión por la improvisación lo transforma a veces en un elemento indomable al que hay que controlar. Es un pequeño genio con muy buen fondo. Arrastra una capacidad tremenda para saltar del caos a la rigidez de conservatorio. Esta inestabilidad lo aleja a veces del resto tanto al tiempo que lo termina acercando. Es un elemento insustituible que lucha continuamente por encajar. Un satélite necesario. Cuando le dices que te gustaría hacer una versión de Aphex Twin le brillan los ojos, mucho más que cuando le pasas un disco de Radio Birdman. Otras veces le pides una respuesta tal y como tú la esperas y te mira como si su mente se encontrara deambulando por Giedi Prime. Esa desconexión que podría resolverse en un conflicto irremediable es lo que aporta a Miraflores una tensión y una sensibilidad especial. Yo al menos lo veo así. Cuando digo Pussy Galore él responde Liars. Y por eso, al final no sonamos realmente a ninguno de las bandas que tomamos como referencias. Ernesto ha toca en múltiples proyectos. Maldita compañía y Batiscafo han sido los más interesantes.

Kaput- Compartimos una fascinación por el Rock&Roll que viene de Australia. También veo influencias inglesas aquí. Menos cosa americana, en cambio, porque incluso cuando hay blues, está tratado un poco a la manera australiana, descarnada, bronca, densa, peleona, malsana… De hecho las cuatro bandas que se me vinieron a la cabeza primero cuando oí el disco fueron Beasts of Bourbon, Scientists, The Fall y Wire. Luego también pensé en los Celibate Rifles y en Nick Cave, y en John Lee Hooker y gallon Drunk y los New Christs… Quizá puedas hablarme de cada uno de ellos y también del porqué de esa fijación con Australia.

E.R.C.- El rock australiano es una fijación que tengo, detalle que en Miraflores comparto con Javi. Hay algo denso, atávico y muy de la tierra en las bandas de las antípodas. Puedes captarlo en formaciones tan distintas como Radio Birdman, Midnight Oil, AC/DC, Go-Betweens, Easy Beats o INXS. Da igual que estas hagan punk, electrónica, high-energy o pop comercial. Todas supuran una mixtura de base anglosajona pero con un cariz especial. Grupos como X, Lime Spiders, The Johnnys, Lubricated Goat o Laughing Clowns están ahí, regurgitando en ese poso del que florecieron otros nombres más conocidos como The Saints, Hoodoo Gurus, Screaming Tribestmen o los mismos Radio Birdman. Hasta formaciones como Dead Can Dance, más cercanas a la world music, o estrellas del pop superficial como Kylie Minogue, tienen algo diferente del resto. Australia siempre ha contado con grandes compositores. Adoro a gente como Spencer P. Jones, Rowland S. Howard, Tex Perkins, Louis Tillet, Ed Kuepper, Dave Graney, Ron Peno, Simon Bonney, Hugo Race, Kim Salmon, Grant McLennan o David McComb. Me encantan The Triffids, siempre he pensado que la muerte de McCombs ha sido una de las grandes pérdidas silenciosas de la historia del pop contemporáneo. Otras bandas como Crime & the City Solution o These Inmortal Souls, que fueron capaces de saltar a otro continente ampliando su sonido, sentaron unas bases difícilmente superables. Crime & The City Solution han vuelto con un disco increíble. ‘American Twilight’ es mi álbum favorito del año pasado. Ahora cuentan con David Eugene Edwards (16 Horsepower, Wovenhand) en sus filas. Eso confirma una vez más mi teoría de las conexiones y las cadenas de confianza entre gente dispar.

La grandeza de Australia radica en la pluralidad de su oferta. Cada ciudad tiene una idiosincrasia característica. No suenan igual las bandas de Sidney que las de Perth o Canberra. Y sin embargo, hay un hilo conductor que las une a todas. Me imbuí de esta esencia durante la adolescencia. A finales de los ochenta asistí a algunos bolos de grupos australianos que me cambiaron la percepción sobre la música. El primer concierto propiamente dicho al que asistí fue a uno de Immaculate Fools, aunque el que me marcó fue el siguiente de The Lords of The New Church. Me quedé epatado. Entonces era muy fan de The Damned y Dead Boys, y toparme con su lógica continuación explotándome en plena cara resultó un revulsivo para un crío que gastaba sus ahorros en vinilos de importación. Pero no tardé en descubrir a The New Christs. Los vi durante la gira de ‘Distemper’. Ahí fue cuando Australia me entró en vena. Fue una auténtica revelación tener allí delante a Rob Younger, Jim Dickson y Charlie Owen. Yo era carne de instituto, casi virgen en temas de directo. Aquella noche, amén de pillar un buen ciego de anís, casi me parten la cara. La esencia del rock and roll resumida en una hora y un par de potas en el baño. Todavía recuerdo olores y sensaciones de aquel bolo. Siempre lo tendré guardado en la memoria. Luego pude ver a Died Pretty y Trilobites. Los primeros con Cancer Moon como teloneros. Fueron años movidos, lo habitual en la adolescencia. Sigue habiendo gente muy buena en Australia. Money for Rope me han sorprendido, especialmente en directo. Son muy vitales. Y The Walk on By, The Volcanics o The Kill Devil Hills, aunque actualmente sigo tirando de cosas antiguas que reedita Bang! Records, discos de Gutterville Splendour Six o Boris Sujdovic que acaban tirados de precio porque a nadie les importa un carajo.

Cuando hablas de influencias británicas está claro que están ahí. La mayoría hemos mamado de la teta del post-punk. The Fall es una cabecera que irremediablemente nos toca de lleno. Su minimalismo y desparpajo nos fascina. Al igual que me gustan otras bandas como Swell Maps (el tándem Epic Soundtracks-Nikki Sudden me cautiva), Wire, Psychedelic Furs, The Teardrop Explodes, The Pop Group, PIL, Magazine o los mismos Echo & the Bunnymen. Soy muy fan de Only Ones también. The Damned es una de mis bandas favoritas de todos los tiempos. Tuvimos la suerte de tocar con ellos y sufrir la paradoja de sonar mucho mejor. Suena a sobrado, pero fue así por culpa de los técnicos y de la desidia que mostraron Dave Vanian y Captain Sensible pese a su decanato.

Aunque entiendo la apreciación que haces sobre el rock americano, me resulta extraño que no sea evidente en nuestra música, ya que siempre he preferido a USA antes que a UK; y me consta que Javi ha estado muy metido en rollos tipo Stooges y MC5. Particularmente prefiero el rock americano antes que el de Reino Unido. Aunque Inglaterra ha dado bandas por las que siento devoción, como es el caso de Thee Hypnotics, Gang of Four, Gallon Drunk (una innegable influencia en Miraflores como bien has pilado al vuelo) o Thee Eighties Matchbox B- line Disaster. Pero al final, la sordidez americana siempre me toca más a fondo. Ya sea tirando de clásicos como la Creedence o mirando más hacia la cloaca. Por ejemplo, toda la movida noise neoyorquina y la no wave han posado su impronta en Miraflores: Pussy Galore, Glenn Branca, Teenage Jesus & The Jerks, Mars, DNA, Black Snakes, Contortions. El cine transgresor de Richard Kern, Lydia Lunch y Nick Zedd. La escuela minimalista de Rhys Chatham (un tipo genial al que tuve la suerte de conocer durante una actividad que desarrollamos en Monkey Week). Formaciones como Big Black, Mission of Burma o Butthole Surfers. Y nuevas alternativas como las que presentan grupos de la calaña de Woman, Five Dollar Priest o The Chrome Cranks. Los putos Swans, Cop Shoot Cop, Jim Tirwell (Foetus), que pese a ser australiano suena a USA por los cuatro costados en sus mil proyectos paralelos. Joder, sellos como Estrus o In The Red, toda la movida death country que encabezaron 16 Horsepower, Death Brothers, Those Poor Bastards o Slim Cessnass Auto Club. Sellos como Amphetamine Reptile (imposible evitar la impronta de Helios Creed, Surgery o Halo of Flies). Y The Gun Club, que es una de nuestras bandas tótem. El CBGB. Ramones, Blondie, Talking Heads, Television, New York Dolls, Devo, The Wipers, Minutemen, Elvis, Sinatra. Y Alice Cooper, ¡joder! El proto punk de gente como Crime, Death, Imperial Dogs, The Bags, Hollywwod Brats, The Boys o Electric Chairs....

Todo esto forma parte de Miraflores de alguna manera. Como también entra en juego el kraut, cosas como Neu!, Faust, Can o Kraftwerk. Con ellos nos moveríamos hasta Alemania. Y con Chaino tiraríamos hacia África.



Kaput- Hay una palabra muy usada cuando se habla de este tipo de rock&roll afilado y agresivo pero no simplón. Es “Peligro”. Me gusta analizar los tópicos. Parece que “peligro” se ha usado siempre para referirse a esas bandas que en directo (o en disco) provocaban ese calambre, esa sensación de “ahora mismo puede pasar cualquier cosa inesperada”. Es una sensación cada vez más difícil de encontrar, quizá porque uno ha visto ya bastantes cosas o porque está más cansado... ¿Qué opinas de eso? ¿Ofrecéis verdadero peligro?

E.R.C.- No ofrecemos peligro porque no somos peligrosos. Aquí hay hijos de currantes mileuristas, gente de barrio que ha podido meterse en algún problema durante la adolescencia, pero para nada cumplimos con un estandar al límite. Personalmente fui bastante macarra antaño. Y sí, ahora estoy bastante cansado de los excesos. Nuestra música puede resultar visceral, pero porque echamos la bilis al interpretarla. Pero no es más que un ejercicio escénico y expresivo. No somos gente de la calle, más bien tipos de clase media educados en colegios concertados que alguna vez ha jugado con el filo de la navaja, pero siempre al amparo de un margen de seguridad.

Lo que me comentas sobre la sensación de peligrosidad es una realidad. Y ya no trato de encontrar algo así en la música. Coincidí currando en el foso de un concierto de The Stooges hace tres años y aquello fue una pantomima: los guardias de seguridad cumpliendo a rajatabla unos márgenes de seguridad que se diría escritos por un Hells Angel y el señor Iggy Pop jugando a saltárselos continuamente, cuando su propia agencia era la que había enviado por contrato esas normas de seguridad tan tajantes que me empujaron hasta a encararme con un segurata por no dejarme hacer mi trabajo. Vamos, nada que pueda sorprenderte. Todo es un circo aunque a veces haya ciertos espasmos. Sufrimos el corsé de lo políticamente correcto que nos imprime esta falsa identidad progresista que permite que hoy tu padre y mi padre puedan casarse sin que puedan fumarse un puro el día del convite de boda. ¿Podría componerse actualmente un tema como ‘La mataré’ de Loquillo? ¿Podría existir un tarado como GG Allin sin que acabara devorado por el sistema antes de editar ni un mísero disco?

No quiero que esto suene demagógico. Puedo entender los motivos por los que la sociedad ha llegado a domar el arte. Pero en el fondo se trata de otro tipo de fascismo con el que imponemos un estándar expresivo donde solo cabe lo que marcamos como lógico conforme a unos valores, unos manuales de comportamiento y una moralidad estándar y ejemplar. Que las Pussy Riot personifiquen el espíritu de la subversión creativa es de chiste. El peligro está realmente en Internet, en gente que juega de manera anónima a dinamitar conciencias. Aunque dentro de ese entorno soterrado y anónimo todo se diluye. El rock ya no es un revulsivo porque tampoco necesitamos eso. No queremos mojarnos el rabo, porque preferimos el condón de la estabilidad. A veces me pregunto si se generará algún tipo de manifestación artística que llegue a significar lo mismo que el rock and roll de hace décadas. Yo no la veo. Hasta el hip-hop ha acabado fagocitado por la moda. Hace mucho, pero mucho, que no siento que en un concierto pueda suceder cualquier cosa. Y no sé si será porque la música ya no arroja eso o porque por mi edad ya no me aposto en las primeras filas. La última vez que sentí una cierta sensación de vacío fue hace años, en un bolo bastante templado de DKT/MC5. Me dio el punto con el morado de subirme encima de la gente hasta que me empujaron hacia atrás. Mientras caía, me sentí tan ridículo como vulnerable.

Ni yo estoy hecho ya para el peligro ni la música necesita el peligro para provocar nada. Obviamente, esta diatriba es una soberana estupidez si enfocamos la música simplemente como una manifestación expresiva, no como un revulsivo. Porque, desde ese punto de vista, todo es perfectamente aceptable y digno. Hasta un concierto de Beach House en un teatro. ¿Por qué no? A mí me encantó su último álbum. 6-Llevo tiempo sin ver un relevo generacional en el rock visceral, sobre todo a nivel de público, porque alguna banda buena y joven sí he visto? ¿Por qué sucede? ¿Han convertido los medios definitivamente el Rock&Roll en un revival patético de las mismas viejas momias? ¿Crees que es realmente una cuestión mediática? Actualmente hay bandas muy interesantes que ponen toda la carne en el asador. Y también hay público receptivo. Pero esperar que encima del escenario o debajo siga replicándose ese pulso que una vez te atrapó en la adolescencia es vivir en un complejo de Peter Pan. Como he comentado antes, ya no hace falta que el rock se abra en canal, porque la sociedad permanece inerte a ese estímulo. Y de algún modo, el arte responde a la sociedad, contrariándola o entrando en su juego. Pero puede darse el caso en el que llegado a un determinado extremo, esa química cambie de composición y ya no sea posible generar el mismo tipo de combinaciones. Si Marilyn Manson o Slipknot, con sus circos virtuales de lo extremo, no han logrado remover la moral más allá de la anécdota, ¿qué vamos a esperar de una pequeña formación de Texas que toca cada día frente a veinte colgados ciegos hasta las trancas?

Ver a The Raunch Hands o a Devil Dogs con 19 años puede llevarte a un lugar donde "todo vale", pero es un espejismo adolescente. No creo que los medios tengan la obligación de apoyar nada, básicamente porque todo está comercializado y estos cumplen con ese estándar. Es su misión, como Jordi Evolé jugando a Orson Wells con una maniobra periodística tan rancia pero tan fácil de colocar como una crítica ácida dentro de un ambiente de crispación como el que vivimos. ¿Acaso los Stooges o los MC5 de los setenta crearon expectación por sí mismos o quizás lo lograron porque en aquella época era necesario ese revulsivo contra el sistema? ¿Acaso la crítica de antaño era más acertada que la de ahora? ¿Hay crítica hoy día? Está claro que actualmente no existen muchos filtros que no dependan de un hashtag o un código binario y que el todo vale que desprenden las redes sociales y los prescriptores ha ayudado a sepultar la opinión autorizada de la crítica.

Y sí, lo diré mil veces: un crítico es alguien con el suficiente conocimiento sobre un tema y la experiencia necesaria como para que su opinión tenga más valor que la del resto de la gente. Pero, claro, si entramos en el mundo de la subjetividad y en el derecho a la opinión, cualquiera que monte un blog y tenga la suficiente capacidad como para generar un buen número de followers en twitter soltando sandeces ingeniosas, puede convertirse en un crítico autorizado por miles de personas. ¿Es esto malo? Igual para ti y para mí lo sea. Pero, ¿quién cojones somos nosotros para abanderarnos ante nada? Vale, haré caso a mi naturaleza y te diré que pienso que sí es una cuestión de los medios, pero condicionada por un cambio social que nos hace más impermeables a todo. Aunque en el fondo siempre ha sido así. Nada cambia. Todo es lo mismo. ¿Cómo vas a pedirle a un chaval de 17 tacos que entienda lo que puede suponer ver a Clawhammer en directo cuando ya ha visto doscientos vídeos en youtube de decapitaciones? Con esto vuelvo a confundir el shock con la emoción bien integrada. Puede que por eso no tenga mucho valor lo que te comento, porque estoy condicionado por mi propia experiencia. Puede sonar muy new age lo que voy a decirte, pero la visceralidad y el riesgo están en uno mismo, en la manera de afrontar la vida. Ya sea colgándote una guitarra, llevando a los niños al colegio o limpiando escaleras para pagar la hipoteca. Estoy un poco cansado de esa búsqueda de lo auténtico en la música, porque me veo viviendo del pasado, de un camelo. ¿Dónde está la autenticidad? Igual se esconde en un crío de 10 años que se presenta a La Voz Kids demostrando tener más pelotas que una banda punk de extrarradio jugando a resultar extrema mientras le zurrapea cincuenta pavos al dueño de una sala para comprar speed. Me cansa darle vueltas a estos temas, pero podrás comprobar que no puedo dejar de dárselas.

(CONTINUARÁ...)

viernes, marzo 28, 2014

UNA CIERTA OSCURIDAD EMOCIONAL - Entrevista con MIRAFLORES (parte I de IV)


 (foto: Adrián Molinos)

Los sevillanos MIRAFLORES son una banda de las que no abundan, ni aquí ni en ninguna parte: turbulentos, expresionistas y oscuros, al tiempo circulares y concisos, su primer disco, que se publicará pronto, es un purasangre de Rock&Roll malsano e incendiado en el que arden los fantasmas del pantano 'aussie' (Scientists, Beasts of Bourbon, etc...), la amenazante sombra de Nick Cave o la lobotomizante lucidez de The Fall. Y sin embargo, personalidad propia les sobra. Emilio Rodríguez Cascajosa, frontman del bicho, nos lo cuenta en una larga entrevista que KAPUT les irá concediendo en cómodos fascículos coleccionables. //LUIS BOULLOSA



KAPUT- Me gustaría que me narrases tu proceso de introducción en la música, desde el primer recuerdo que tengas asociado a esta, de la infancia (background familiar, etc…), pasando por los descubrimientos de primera juventud, las revelaciones, y hasta el momento en el que llegaste a las referencias que a día de hoy puedes considerar básicas y sobre todo a las que te permitieron crear música como la que haces ahora.

EMILIO R.- La música popular siempre ha estado presente en mi vida, desde muy temprana edad. El culpable fue mi padre. Recuerdo haber crecido con singles de Bowie, Lou Reed, The Animals, Leonard Cohen o los Stones pululando por casa. Todos esos discos los guardo a buen recaudo. Me encargué de robárselos en una fea maniobra de traición familiar. Suelo hacerme el loco cuando me pregunta si tengo tal o cual disco de The Band, los Kinks o la Plastic Ono Band porque no los encuentra. Aunque él sabe perfectamente que soy yo quien los esconde y en el fondo le gusta que sea así. Dos melómanos enfrentados por un pulso generacional.

El primer vinilo que me compré fue 'The Works' de Queen. Tuve mi momento mainstream durante la pre adolescencia. Entonces lo flipaba con Pet Shop Boys, A-Ha, Spandau Ballet, Sigue Sigue Sputnik o la E.L.O. Pese a la influencia parental, por aquella época iba destinado a acabar devorando todos los hits de la MTV y 40 Principales. Todo cambió cuando me topé con el binomio The Cure-Depeche Mode. Esas dos bandas poseían el brillo de la radio fórmula pero de un modo bastante más personal. Eran perfectas para que una esponja picada por el acné como yo empezara a identificarse con una determinada estética adolescente. Corrían tiempos en los que los nuevos románticos y los siniestros de boutique se reunían cada sábado en un pequeño club de la sevillana Calle Betis para exhibir modelito y bailar al ritmo de New Order. Pelos cardados, rimmel y ropa teñida mil veces con unos polvitos que vendían en la droguería de al lado de casa. Recuerdo perfectamente aquel olor a tinte barato que quedaba impreso en las camisas. Y el tufo a laca Nelly. Entonces descubrí cosas como Wolfgang Press, Bauhaus (una banda que adoro y que tuvo en mí una influencia musical y estética que perdura actualmente), Christian Death, Death in June, The Cult, Sisters of Mercy o Alien Sex Fiend. Nunca fui muy fan de Joy Division, aunque reconozco su impronta y mucha gente encuentre guiños a los de Manchester en Miraflores. La banda que me llevó a optar por un sonido mucho más ruidoso fue The Jesus & Mary Chain. El primer CD que me compré: 'Psychocandy'. Con ellos volví a rescatar los discos de la Velvet y Beach Boys de mi padre y me sumergí en el rock y el pop en toda su extensión.

Entonces no existían tantas etiquetas como hoy. Podías hacerte con discos de The Long Riders, Guadalcanal Diary, Sonic Youth o Einstürzende Neubauten de una tacada y todo resultaba coherente. No se manejaban términos como 'indie' o 'alternativo'. La música estaba ahí, sin más, y era tu voluntad exploratoria la única que podía acercarte o alejarte de determinados artistas. Cuando me topé con The Birthday Party todo cambió. Aquella agresividad me cautivó. Ese sentimiento lo he experimentado pocas veces. Quizás se ha repetido con gente como Jesus Lizard, Foetus o Swans, pero nunca ha sido igual de intenso. Reconozco que hay un nihilista con cierta inclinación autodestructiva en mi interior. Un rasgo de personalidad que durante la adolescencia te ayuda a sentirte ridículamente diferente del resto, a crear hermandad con los colegas y a ver el mundo como una mierda, pero de una forma ingenua, inmadura, casi teatral. Un inadaptado de postín. Esta característica puede quedarse ahí, en una mera postura; o derivar en una personalidad problemática. Con los años he cultivado una cierta oscuridad emocional. Mi amigo Juamba, de Lobison (una banda sevillana que recomiendo), solía decirme: "tío, si lees a Celine, Ellroy y Faulkner o te empapas de películas de Bergman, Jodorowsky o Kenneth Anger, ¿cómo no vas a acabar siendo un amargado?". Por suerte, los compromisos de la adultez te ayudan a nivelar esa carga de neutrotransmisores atrofiados y te empujan a disfrutar de determinada contracultura sin tener que replicar personalmente esquemas trasnochados como los del paria o el 'looser' cultureta.

Por otro lado, el hecho de vivir un suceso determinante te ayuda a ventilarte de un plumazo cualquier paja mental, invitándote a poner los pies en la tierra, a tener un trabajo remunerado, hijos y a entregarte a la tranquilidad. Si tuviera que citar un nombre clave en mi background musical diría que es Nick Cave. Su música me ha acompañado durante los últimos 25 años. Estuvo ahí en la época siniestra; en la garajera, compartiendo espacio con The Sonics, Electric Prunes, The Fuzztones o The Cramps; con el punk; durante los años en los que me tiraba la electrónica o lo industrial o en la época pre-grunge. Recuerdo perfectamente aquel momento en el que Seattle era el punto caliente. La manera en la que vibrabas descubriendo a bandas como The Fluid, Mudhoney, TAD, Dwarves o Screaming Trees. Luego llegó el grunge como etiqueta, el boom de Nirvana y todo se desvirtuó con la entrada de Internet.

Llevo trabajando muchos años en comunicación, sobre todo en entornos web. No soy un talibán anti tecnológico, pero creo que la saturación informativa y la inmediatez del 2.0. han acabado lapidando el romanticismo, algo que a los cuarenta se vive con cierta nostalgia. Reconozco que no es nada inteligente esta postura. Básicamente porque hoy es mucho más fácil rastrear lo que se cuece a través de las redes sociales. Hay de todo y para todos. Aunque echo de menos descubrir a The Stooges gracias a una camiseta que gastaba Dogo durante un bolo con los Mercenarios en vez de hacerlo por un logaritmo informático que te arroja resultados afines tras una escucha en Spotify. El Big Data es más sexy hoy día que las caderas de Posion Ivy. Pero volviendo a Nick Cave, solo Captain Beefheart y Scott Walker han llegado a marcarme tanto. Aunque actualmente valoro mucho más las carreras de Van Vliet y Engel que la del australiano.

Cuando hablo de música nacional suelo ser bastante descreído. Es curioso, porque actualmente hay más nivel que hace veinte años, pero me cuesta encontrar emoción más allá de clásicos como Burning, Enemigos o Gabinete Caligari; o tótems personales como Mar otra vez, Cancer Moon, Macromassa, Los Bichos o Amor Sucio. Reconozco que ese malditismo y negación del progreso a veces me impide ver el bosque más allá de los árboles. Por supuesto que hay bandas increíbles en este país. Ginferno están muy bien. Cualquier proyecto en el que esté implicado Javier Colis siempre es bien recibido. Lüger, en su efectismo, tienen un buen nivel. En el sur hay un puñado de grupos que sin buscar trascender más allá de los cánones que marca el rock más sucio, merecen la pena destacar. Así a bote pronto, pienso en Tupelo Bound, Guadalupe Plata, Pelo Mono, Hairy Nipples, The Howlers y Little Cobras. Tentudía juegan muy bien con la música instrumental. También están Orthodox, Malheur, Fiera (Pony Bravo jugando a ser unos Einstürzende Neubauten de corralón sevillano), Pylar y Blooming Latigo. Y en Tom Cary, que andan un poco de bajón, pero son capaces de verse las caras en directo acompañando al mismo Damo Suzuki.

He currado como promotor y programador ocasional. Desde esa posición a veces puedes llegar a aventurar qué puede funcionar y qué no cuando organizas un concierto. Es una ecuación con mucha probabilidad de error, pero existen ciertos márgenes de confianza, sobre todo si conoces bien la zona en la que te mueves y el público objetivo. Y pese a eso, no he tardado en hostiarme a la hora de montar un bolo de La débil o Los cuantos en vez de programar a Christina Rosenvinge o Joe Crepúsculo. Hay un cierto orgullo absurdo en el hecho de apostar por lo que te gusta, por lo que tienes programado en tu ADN cultural, aunque pierdas pasta por el camino. Obviamente, tras varios descalabros seguidos, acabas abandonando ese brillo, la frescura, sobre todo si te mueves en una ciudad que rara vez se sale del A-B-C del pop-rock de coartada indie. Por eso, cuando te hostias, llegas a sentirte estúpido. Y seguidamente, cuando vuelves a recaer pese a la asunción de tus errores, es cuando cruzas el umbral del absurdo, ese al que solemos denominar pasión para evitar aparecer como un inútil incapaz de generar una relación positiva entre el esfuerzo y la recompensa. Porque, no lo neguemos, a todos nos gusta tener pasta y vivir bien.

Ahora mismo me siento ridículo hablando de todo esto en una entrevista. Este exhibicionismo que he recibido tantas veces cuando he entrevistado a otras bandas se me antoja extraño. Y sin embargo, aquí me tienes, dándole al pico sin ninguna reserva. En el fondo nos gusta aquello que criticamos. Está en la naturaleza del ser humano: el hacerse visible ante el grupo, aunque solo sea por un momento fugaz. Yo y mi libro. Yo y mi disco. Yo y mis cojones.




KAPUT- De acuerdo con lo anterior ¿Va la importancia de esas influencias más allá de lo simplemente musical? ¿Ha influido en tu vida, en tu postura filosófica ante la existencia, en la manera en la que te comportas y has afrontado las cosas? ¿Es lo que suena en Miraflores un reflejo amplio del hombre que eres o sólo la vía de escape de una parte residual de ese hombre?

E.R.- Lo que diferencia a una banda sincera de una pantomima son las influencias extra musicales y la forma en la que se interioriza esto como una actitud vital. El otro día lo hablaba con mi novia. No me entra en la cabeza que alguien llegue a decirme que es fan de Maga y de Rowland S. Howard al mismo tiempo. Puede que negarme a tragarme este bollo suponga ser demasiado prejuicioso, pero lo veo así. Detrás de la gente hay una historia personal, una inclinación ante la vida, y hay cosas que no encajan. Las dos opciones musicales que he comentado son válidas individualmente, pero el enfoque musical y vital dista tanto que la diferencia de estilos va más allá de lo meramente compositivo. Suelen tacharme de rockero y es un absurdo. Me encanta el pop; me gustan desde los Beatles a The Go-Betweens, pasando por Blondie, Rain Parade o Close Lobsters. Por eso, entiendo perfectamente que alguien pueda disfrutar de Miles Davis, The Smiths y Neurosis al mismo tiempo. Pero encuentro que hay una cierta coherencia en determinados presupuestos musicales que solo se sostienen observando el background de quienes lo sustentan.

Por ejemplo, resulta ilustrativo analizar cómo vas atando cabos a medida que progresas como oyente. Cuando descubrí a The Birthday Party pensé que aquello era la hostia, algo tan personal que no cabían influencias externas. Luego, lees una entrevista a Robert Foster en la que narra cómo Nick Cave aparcó su obsesión hacia Captain Beefheart tras descubrir a Leonard Cohen y te dices: ¡coño, si antes de Cave estaba la Magic Band y no me había percatado! Y paralelamente descubres cómo Beasts of Bourbon también mamaron de Don Van Vliet. Entonces piensas: Captain Beefheart es la clave. Más tarde te topas con Howlin Wolf y descubres que nada se da por azar. Y seguidamente estableces una conexión directa con Tom Waits. Vas aprendiendo mientras desmontas mitos, es inevitable. El tópico del “mata a tu padre” freudiano que, paradójicamente, tanta mitología generó con la figura de Jim Morrison. Como cuando piensas que The Scientists eran súper originales y luego te cruzas con Suicide; o como cuando te quedas prendado con Spacemen 3 tras relacionarlos con The Stooges y seguidamente te das cuenta de que Julian Cope ya removía los cimientos de la psicodelia de un modo similar. Pero es que luego te cruzas con Hawkwind y todo se va al carajo. Me encanta esta dinámica de conexiones, es la única que respeto. Quizás por eso abomino de las modas. Te hablo de lugares comunes, una abstracción basada en la experiencia pero de un modo casi jungiano; una vibración significativa que de algún modo es compartida por gente diferente, alejada incluso en el tiempo y el espacio. Tío, es como un ADN emocional que nos acerca o nos aleja de los demás. Un sustrato común basado en sentimientos y símbolos, como un inconsciente colectivo.

Esto de lo que te hablo es precisamente lo que persiguen las nuevas herramientas de motores de búsqueda en Internet. Están tratando de clasificar por referencias comunes los gustos de la gente, pero de una manera matemática, sin tener en cuenta la idiosincrasia de cada uno. Ahí está el fallo, pienso. Porque existen márgenes de error que son difíciles de controlar. Por ejemplo, a mí me encantan las producciones de Beyoncé, y tengo discos de Destiny´s Child. Nunca aseguraría que estas propuestas musicales han resultado definitivas en mi vida, porque mi sensibilidad anda más cerca de bandas como P.I.L. o Pere Ubu, por dar dos ejemplos diferentes pero coherentes; pero puedo disfrutar de un tema como ‘Crazy in Love’ y hasta imaginar cómo se las gastaría Jon Spencer a la hora de hacer una versión de ese hit de masas. Aunque nunca aseguraría que Beyoncé, Macy Gray o Madonna (a quien también he seguido de cerca) están en el mismo nivel emocional que Patti Smith, Diamanda Galas, Kate Bush o Thalia Zedek. Todo esto de lo que te hablo siempre está sustentado por una sensibilidad, una tendencia vital. Confío más en el fan de Redd Kross que me asegura que Swans son un coñazo que en el nuevo hipster enamorado de Skrillex que te dice que 'The Seer' es su disco favorito del año pero que no soporta escuchar ‘Filth’. Puede que sea un prejuicio por mi parte, o un atisbo de arrogania, pero no me trago la boutade sin una base integrada y regurgitada.

Vale que soy un reaccionario, pero hago mis esfuerzos en escuchar detenidamente todo lo que llega a mis manos, al margen de estilos o sensibilidad. Se crece a hostias, metiendo la pata y acertando, lo demás es cuento chino. No me gusta sensibilidad post 12M que justifica el crecimiento interior con una apertura de sensibilidad a lo Mamas & The Papas. Como cristiano no practicante, a veces me domina el miedo y la culpa. Obviamente, esto me acerca a determinadas manifestaciones culturales que van más allá de lo musical y que también se relacionan con el arte, el cine o la literatura. Fui un lector empedernido en la facultad. Me licencié en psicología clínica y por aquel entonces devoraba libros de todo tipo en un afán por completar mi formación. Libros técnicos, ensayos, novelas, biografías, rara vez poesía. Luego me dediqué a estudiar criminología y me obsesioné con material de índole más escabrosa. Manuales sobre criminalística, derecho, medicina legal y política criminal. Pese a ser de letras, no me costó saltar de la filosofía a la ciencia. En cuanto comencé a trabajar como periodista en el ámbito cultural abandoné drásticamente ese hábito. Paradójico, pero cierto. Desgraciadamente hoy leo poco. La falta de tiempo y la inmediatez del día a día me hacen recodar los años en los que disfrutaba con los libros. Sí, suena a que trato de crear una imagen intelectualizada de mí mismo, pero yo era así en aquella época y hoy me mantengo en una ignorancia literaria brutal. No leo ni el periódico. Yo, mi, me, conmigo.

Lo que puedes apreciar en Miraflores es la mezcla de varias personalidades contrapuestas que coinciden en un mismo afán por expresarse. La base del grupo está en las guitarras de Javi Neria y en mi manera de cantar y escenificar. Pero también hay un poso importante que proviene del resto de componentes; de la batería de Jaime, del bajo de Selu y de los sintes de Ernesto. Curiosamente, con el que más coincido a nivel subcultural es con Ernesto, porque es un freak pero con inclinación intelectual. Puedo hablar con él de The Residents, Xenakis o Stockhausen y nos entendemos pese a la distancia que imprime la diferencia de edad. Pero paradójicamente, es con el que más me cuesta comunicame de forma efectiva. Aunque hay algo que nos conecta. De ahí que llevemos tiempo pensando en un proyecto que no sé si saldrá adelante: The Fracking Men, un rollo dark ambient que le vendí como "la banda sonora de un desierto con una cable de alta tansión crujiendo en intervalos de 30 segundos". Con Javi la conexión generacional es directa. Si le cito un riff a lo Bored! sabe de lo que le estoy hablando y él me responde con una melodía inspirada en Screaming Jay Hawkins.

Los títulos de las canciones y la temática que se desprende de las mismas se relacionan con mi bagaje cultural. No es casualidad que trate temas como la locura, la muerte, el dolor, los conflictos familiares y el miedo a la inmensidad del cosmos y del mar. Son temas que provienen de cosas que he leído, visto o experimentado. Por ejemplo, desde que descubrí a Lovecraft siento un tremendo respeto por el espacio exterior y por las profundidades del océano. Me resultan temas muy visuales, incluso metafísicos, pero tan cercanos y reales en el fondo como el acojone que te produce recibir una carta de Hacienda. Curiosamente, luego descubro que un compositor como Gareth Liddiard (The Drones) habla en sus letras de disentería, tiburones y lugares perdidos. No es casual que me llegue la música de ese tío, incluso antes de haberme parado a investigar sus letras. Hay algo innato y primitivo en determinadas cosas que te tocan por el simple hecho de haber adquirido unas experiencias que coinciden con las de otra gente. Son arquetipos que se mantienen en el tiempo. Me gustaban The Drones antes de entrevistarlos, de pararme en los temas que tratan sus canciones o de descubrir que su líder luce un tatuaje con el símbolo de los Neubauten en el antebrazo, el mismo tatuaje que lleva nuestro técnico de sonido, Marcos Muniz, con quien inexplicablemente creé un vínculo personal desde el primer día que me comuniqué con él por Facebook. Descubrir que Marcos es fan de 16 Horsepower, Cronenberg, Burrouhgs o los cómics de Bernie Wrightson reforzó la idea de que tu background puede ser compartido con otros y que de algún modo pueden establecerse sensibilidades similares que van más allá de la personalidad. La cabra tira al monte, dicen. Y yo soy muy capricornio.

Comentas si el grupo puede considerarse una vía de escape. Decididamente, sí. Volví a Sevilla tras una temporada en Madrid y lo que necesitaba era gritar hasta la extenuación. No soy músico y no me considero un profesional, por lo que el resultado ha sido más bien fruto de una necesidad expresiva que al final ha tomado forma en una maniobra creativa gracias al trabajo conjunto de cinco tíos tan distintos como parecidos en el fondo. Puede que yo personifique los cojones de Miraflores. Pero un cuerpo está formado por muchas partes y todas son esenciales para no acabar resultando un tullido. Hace falta un par de brazos, una cabeza, unas piernas y hasta ese lunar en el cuello tan sexi que parece que no aporta nada pero que lo dice todo. Un buen amigo me dijo hace poco que la banda le suena como un puzzle. Creo que puede haber algo de verdad ahí. Porque, aunque solo Javi y yo tengamos claro el camino partiendo de las referencias que hemos mamado durante la adolescencia, la mezcla de cinco personalidades arroja un resultado donde caben más matices que si se tratara de una formación donde nosotros dos tuviésemos el control absoluto. Que aquí coincida gente con gustos tan dispares como Blue Cheer, Nancy Sinatra, Sebadoh, Aphex Twin y Bark Psychosis no hace sino enriquecerlo todo. Por suerte, las guitarras y la voz marcan una senda concreta basada en una suerte de rock oscuro y minimalista que ayuda a que hasta los temas más pop suenen siempre malrolleros. La manera en la que luego el público decodifica tus influencias es fruto de la experiencia de cada uno. Me han dicho que sonamos a Sonic Youth, a Wall of Voodoo, Loop, Clinic o a hasta a Spacemen 3. No sabría responder a eso, porque igual yo estoy pensando en los Cows, Barkmarket y Royal Trux y a mis compañeros les llega eso como si fuese The Kills, Therapy? o Primal Scream. Lo que está claro es que al final todo suma.

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