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viernes, marzo 28, 2014

UNA CIERTA OSCURIDAD EMOCIONAL - Entrevista con MIRAFLORES (parte I de IV)


 (foto: Adrián Molinos)

Los sevillanos MIRAFLORES son una banda de las que no abundan, ni aquí ni en ninguna parte: turbulentos, expresionistas y oscuros, al tiempo circulares y concisos, su primer disco, que se publicará pronto, es un purasangre de Rock&Roll malsano e incendiado en el que arden los fantasmas del pantano 'aussie' (Scientists, Beasts of Bourbon, etc...), la amenazante sombra de Nick Cave o la lobotomizante lucidez de The Fall. Y sin embargo, personalidad propia les sobra. Emilio Rodríguez Cascajosa, frontman del bicho, nos lo cuenta en una larga entrevista que KAPUT les irá concediendo en cómodos fascículos coleccionables. //LUIS BOULLOSA



KAPUT- Me gustaría que me narrases tu proceso de introducción en la música, desde el primer recuerdo que tengas asociado a esta, de la infancia (background familiar, etc…), pasando por los descubrimientos de primera juventud, las revelaciones, y hasta el momento en el que llegaste a las referencias que a día de hoy puedes considerar básicas y sobre todo a las que te permitieron crear música como la que haces ahora.

EMILIO R.- La música popular siempre ha estado presente en mi vida, desde muy temprana edad. El culpable fue mi padre. Recuerdo haber crecido con singles de Bowie, Lou Reed, The Animals, Leonard Cohen o los Stones pululando por casa. Todos esos discos los guardo a buen recaudo. Me encargué de robárselos en una fea maniobra de traición familiar. Suelo hacerme el loco cuando me pregunta si tengo tal o cual disco de The Band, los Kinks o la Plastic Ono Band porque no los encuentra. Aunque él sabe perfectamente que soy yo quien los esconde y en el fondo le gusta que sea así. Dos melómanos enfrentados por un pulso generacional.

El primer vinilo que me compré fue 'The Works' de Queen. Tuve mi momento mainstream durante la pre adolescencia. Entonces lo flipaba con Pet Shop Boys, A-Ha, Spandau Ballet, Sigue Sigue Sputnik o la E.L.O. Pese a la influencia parental, por aquella época iba destinado a acabar devorando todos los hits de la MTV y 40 Principales. Todo cambió cuando me topé con el binomio The Cure-Depeche Mode. Esas dos bandas poseían el brillo de la radio fórmula pero de un modo bastante más personal. Eran perfectas para que una esponja picada por el acné como yo empezara a identificarse con una determinada estética adolescente. Corrían tiempos en los que los nuevos románticos y los siniestros de boutique se reunían cada sábado en un pequeño club de la sevillana Calle Betis para exhibir modelito y bailar al ritmo de New Order. Pelos cardados, rimmel y ropa teñida mil veces con unos polvitos que vendían en la droguería de al lado de casa. Recuerdo perfectamente aquel olor a tinte barato que quedaba impreso en las camisas. Y el tufo a laca Nelly. Entonces descubrí cosas como Wolfgang Press, Bauhaus (una banda que adoro y que tuvo en mí una influencia musical y estética que perdura actualmente), Christian Death, Death in June, The Cult, Sisters of Mercy o Alien Sex Fiend. Nunca fui muy fan de Joy Division, aunque reconozco su impronta y mucha gente encuentre guiños a los de Manchester en Miraflores. La banda que me llevó a optar por un sonido mucho más ruidoso fue The Jesus & Mary Chain. El primer CD que me compré: 'Psychocandy'. Con ellos volví a rescatar los discos de la Velvet y Beach Boys de mi padre y me sumergí en el rock y el pop en toda su extensión.

Entonces no existían tantas etiquetas como hoy. Podías hacerte con discos de The Long Riders, Guadalcanal Diary, Sonic Youth o Einstürzende Neubauten de una tacada y todo resultaba coherente. No se manejaban términos como 'indie' o 'alternativo'. La música estaba ahí, sin más, y era tu voluntad exploratoria la única que podía acercarte o alejarte de determinados artistas. Cuando me topé con The Birthday Party todo cambió. Aquella agresividad me cautivó. Ese sentimiento lo he experimentado pocas veces. Quizás se ha repetido con gente como Jesus Lizard, Foetus o Swans, pero nunca ha sido igual de intenso. Reconozco que hay un nihilista con cierta inclinación autodestructiva en mi interior. Un rasgo de personalidad que durante la adolescencia te ayuda a sentirte ridículamente diferente del resto, a crear hermandad con los colegas y a ver el mundo como una mierda, pero de una forma ingenua, inmadura, casi teatral. Un inadaptado de postín. Esta característica puede quedarse ahí, en una mera postura; o derivar en una personalidad problemática. Con los años he cultivado una cierta oscuridad emocional. Mi amigo Juamba, de Lobison (una banda sevillana que recomiendo), solía decirme: "tío, si lees a Celine, Ellroy y Faulkner o te empapas de películas de Bergman, Jodorowsky o Kenneth Anger, ¿cómo no vas a acabar siendo un amargado?". Por suerte, los compromisos de la adultez te ayudan a nivelar esa carga de neutrotransmisores atrofiados y te empujan a disfrutar de determinada contracultura sin tener que replicar personalmente esquemas trasnochados como los del paria o el 'looser' cultureta.

Por otro lado, el hecho de vivir un suceso determinante te ayuda a ventilarte de un plumazo cualquier paja mental, invitándote a poner los pies en la tierra, a tener un trabajo remunerado, hijos y a entregarte a la tranquilidad. Si tuviera que citar un nombre clave en mi background musical diría que es Nick Cave. Su música me ha acompañado durante los últimos 25 años. Estuvo ahí en la época siniestra; en la garajera, compartiendo espacio con The Sonics, Electric Prunes, The Fuzztones o The Cramps; con el punk; durante los años en los que me tiraba la electrónica o lo industrial o en la época pre-grunge. Recuerdo perfectamente aquel momento en el que Seattle era el punto caliente. La manera en la que vibrabas descubriendo a bandas como The Fluid, Mudhoney, TAD, Dwarves o Screaming Trees. Luego llegó el grunge como etiqueta, el boom de Nirvana y todo se desvirtuó con la entrada de Internet.

Llevo trabajando muchos años en comunicación, sobre todo en entornos web. No soy un talibán anti tecnológico, pero creo que la saturación informativa y la inmediatez del 2.0. han acabado lapidando el romanticismo, algo que a los cuarenta se vive con cierta nostalgia. Reconozco que no es nada inteligente esta postura. Básicamente porque hoy es mucho más fácil rastrear lo que se cuece a través de las redes sociales. Hay de todo y para todos. Aunque echo de menos descubrir a The Stooges gracias a una camiseta que gastaba Dogo durante un bolo con los Mercenarios en vez de hacerlo por un logaritmo informático que te arroja resultados afines tras una escucha en Spotify. El Big Data es más sexy hoy día que las caderas de Posion Ivy. Pero volviendo a Nick Cave, solo Captain Beefheart y Scott Walker han llegado a marcarme tanto. Aunque actualmente valoro mucho más las carreras de Van Vliet y Engel que la del australiano.

Cuando hablo de música nacional suelo ser bastante descreído. Es curioso, porque actualmente hay más nivel que hace veinte años, pero me cuesta encontrar emoción más allá de clásicos como Burning, Enemigos o Gabinete Caligari; o tótems personales como Mar otra vez, Cancer Moon, Macromassa, Los Bichos o Amor Sucio. Reconozco que ese malditismo y negación del progreso a veces me impide ver el bosque más allá de los árboles. Por supuesto que hay bandas increíbles en este país. Ginferno están muy bien. Cualquier proyecto en el que esté implicado Javier Colis siempre es bien recibido. Lüger, en su efectismo, tienen un buen nivel. En el sur hay un puñado de grupos que sin buscar trascender más allá de los cánones que marca el rock más sucio, merecen la pena destacar. Así a bote pronto, pienso en Tupelo Bound, Guadalupe Plata, Pelo Mono, Hairy Nipples, The Howlers y Little Cobras. Tentudía juegan muy bien con la música instrumental. También están Orthodox, Malheur, Fiera (Pony Bravo jugando a ser unos Einstürzende Neubauten de corralón sevillano), Pylar y Blooming Latigo. Y en Tom Cary, que andan un poco de bajón, pero son capaces de verse las caras en directo acompañando al mismo Damo Suzuki.

He currado como promotor y programador ocasional. Desde esa posición a veces puedes llegar a aventurar qué puede funcionar y qué no cuando organizas un concierto. Es una ecuación con mucha probabilidad de error, pero existen ciertos márgenes de confianza, sobre todo si conoces bien la zona en la que te mueves y el público objetivo. Y pese a eso, no he tardado en hostiarme a la hora de montar un bolo de La débil o Los cuantos en vez de programar a Christina Rosenvinge o Joe Crepúsculo. Hay un cierto orgullo absurdo en el hecho de apostar por lo que te gusta, por lo que tienes programado en tu ADN cultural, aunque pierdas pasta por el camino. Obviamente, tras varios descalabros seguidos, acabas abandonando ese brillo, la frescura, sobre todo si te mueves en una ciudad que rara vez se sale del A-B-C del pop-rock de coartada indie. Por eso, cuando te hostias, llegas a sentirte estúpido. Y seguidamente, cuando vuelves a recaer pese a la asunción de tus errores, es cuando cruzas el umbral del absurdo, ese al que solemos denominar pasión para evitar aparecer como un inútil incapaz de generar una relación positiva entre el esfuerzo y la recompensa. Porque, no lo neguemos, a todos nos gusta tener pasta y vivir bien.

Ahora mismo me siento ridículo hablando de todo esto en una entrevista. Este exhibicionismo que he recibido tantas veces cuando he entrevistado a otras bandas se me antoja extraño. Y sin embargo, aquí me tienes, dándole al pico sin ninguna reserva. En el fondo nos gusta aquello que criticamos. Está en la naturaleza del ser humano: el hacerse visible ante el grupo, aunque solo sea por un momento fugaz. Yo y mi libro. Yo y mi disco. Yo y mis cojones.




KAPUT- De acuerdo con lo anterior ¿Va la importancia de esas influencias más allá de lo simplemente musical? ¿Ha influido en tu vida, en tu postura filosófica ante la existencia, en la manera en la que te comportas y has afrontado las cosas? ¿Es lo que suena en Miraflores un reflejo amplio del hombre que eres o sólo la vía de escape de una parte residual de ese hombre?

E.R.- Lo que diferencia a una banda sincera de una pantomima son las influencias extra musicales y la forma en la que se interioriza esto como una actitud vital. El otro día lo hablaba con mi novia. No me entra en la cabeza que alguien llegue a decirme que es fan de Maga y de Rowland S. Howard al mismo tiempo. Puede que negarme a tragarme este bollo suponga ser demasiado prejuicioso, pero lo veo así. Detrás de la gente hay una historia personal, una inclinación ante la vida, y hay cosas que no encajan. Las dos opciones musicales que he comentado son válidas individualmente, pero el enfoque musical y vital dista tanto que la diferencia de estilos va más allá de lo meramente compositivo. Suelen tacharme de rockero y es un absurdo. Me encanta el pop; me gustan desde los Beatles a The Go-Betweens, pasando por Blondie, Rain Parade o Close Lobsters. Por eso, entiendo perfectamente que alguien pueda disfrutar de Miles Davis, The Smiths y Neurosis al mismo tiempo. Pero encuentro que hay una cierta coherencia en determinados presupuestos musicales que solo se sostienen observando el background de quienes lo sustentan.

Por ejemplo, resulta ilustrativo analizar cómo vas atando cabos a medida que progresas como oyente. Cuando descubrí a The Birthday Party pensé que aquello era la hostia, algo tan personal que no cabían influencias externas. Luego, lees una entrevista a Robert Foster en la que narra cómo Nick Cave aparcó su obsesión hacia Captain Beefheart tras descubrir a Leonard Cohen y te dices: ¡coño, si antes de Cave estaba la Magic Band y no me había percatado! Y paralelamente descubres cómo Beasts of Bourbon también mamaron de Don Van Vliet. Entonces piensas: Captain Beefheart es la clave. Más tarde te topas con Howlin Wolf y descubres que nada se da por azar. Y seguidamente estableces una conexión directa con Tom Waits. Vas aprendiendo mientras desmontas mitos, es inevitable. El tópico del “mata a tu padre” freudiano que, paradójicamente, tanta mitología generó con la figura de Jim Morrison. Como cuando piensas que The Scientists eran súper originales y luego te cruzas con Suicide; o como cuando te quedas prendado con Spacemen 3 tras relacionarlos con The Stooges y seguidamente te das cuenta de que Julian Cope ya removía los cimientos de la psicodelia de un modo similar. Pero es que luego te cruzas con Hawkwind y todo se va al carajo. Me encanta esta dinámica de conexiones, es la única que respeto. Quizás por eso abomino de las modas. Te hablo de lugares comunes, una abstracción basada en la experiencia pero de un modo casi jungiano; una vibración significativa que de algún modo es compartida por gente diferente, alejada incluso en el tiempo y el espacio. Tío, es como un ADN emocional que nos acerca o nos aleja de los demás. Un sustrato común basado en sentimientos y símbolos, como un inconsciente colectivo.

Esto de lo que te hablo es precisamente lo que persiguen las nuevas herramientas de motores de búsqueda en Internet. Están tratando de clasificar por referencias comunes los gustos de la gente, pero de una manera matemática, sin tener en cuenta la idiosincrasia de cada uno. Ahí está el fallo, pienso. Porque existen márgenes de error que son difíciles de controlar. Por ejemplo, a mí me encantan las producciones de Beyoncé, y tengo discos de Destiny´s Child. Nunca aseguraría que estas propuestas musicales han resultado definitivas en mi vida, porque mi sensibilidad anda más cerca de bandas como P.I.L. o Pere Ubu, por dar dos ejemplos diferentes pero coherentes; pero puedo disfrutar de un tema como ‘Crazy in Love’ y hasta imaginar cómo se las gastaría Jon Spencer a la hora de hacer una versión de ese hit de masas. Aunque nunca aseguraría que Beyoncé, Macy Gray o Madonna (a quien también he seguido de cerca) están en el mismo nivel emocional que Patti Smith, Diamanda Galas, Kate Bush o Thalia Zedek. Todo esto de lo que te hablo siempre está sustentado por una sensibilidad, una tendencia vital. Confío más en el fan de Redd Kross que me asegura que Swans son un coñazo que en el nuevo hipster enamorado de Skrillex que te dice que 'The Seer' es su disco favorito del año pero que no soporta escuchar ‘Filth’. Puede que sea un prejuicio por mi parte, o un atisbo de arrogania, pero no me trago la boutade sin una base integrada y regurgitada.

Vale que soy un reaccionario, pero hago mis esfuerzos en escuchar detenidamente todo lo que llega a mis manos, al margen de estilos o sensibilidad. Se crece a hostias, metiendo la pata y acertando, lo demás es cuento chino. No me gusta sensibilidad post 12M que justifica el crecimiento interior con una apertura de sensibilidad a lo Mamas & The Papas. Como cristiano no practicante, a veces me domina el miedo y la culpa. Obviamente, esto me acerca a determinadas manifestaciones culturales que van más allá de lo musical y que también se relacionan con el arte, el cine o la literatura. Fui un lector empedernido en la facultad. Me licencié en psicología clínica y por aquel entonces devoraba libros de todo tipo en un afán por completar mi formación. Libros técnicos, ensayos, novelas, biografías, rara vez poesía. Luego me dediqué a estudiar criminología y me obsesioné con material de índole más escabrosa. Manuales sobre criminalística, derecho, medicina legal y política criminal. Pese a ser de letras, no me costó saltar de la filosofía a la ciencia. En cuanto comencé a trabajar como periodista en el ámbito cultural abandoné drásticamente ese hábito. Paradójico, pero cierto. Desgraciadamente hoy leo poco. La falta de tiempo y la inmediatez del día a día me hacen recodar los años en los que disfrutaba con los libros. Sí, suena a que trato de crear una imagen intelectualizada de mí mismo, pero yo era así en aquella época y hoy me mantengo en una ignorancia literaria brutal. No leo ni el periódico. Yo, mi, me, conmigo.

Lo que puedes apreciar en Miraflores es la mezcla de varias personalidades contrapuestas que coinciden en un mismo afán por expresarse. La base del grupo está en las guitarras de Javi Neria y en mi manera de cantar y escenificar. Pero también hay un poso importante que proviene del resto de componentes; de la batería de Jaime, del bajo de Selu y de los sintes de Ernesto. Curiosamente, con el que más coincido a nivel subcultural es con Ernesto, porque es un freak pero con inclinación intelectual. Puedo hablar con él de The Residents, Xenakis o Stockhausen y nos entendemos pese a la distancia que imprime la diferencia de edad. Pero paradójicamente, es con el que más me cuesta comunicame de forma efectiva. Aunque hay algo que nos conecta. De ahí que llevemos tiempo pensando en un proyecto que no sé si saldrá adelante: The Fracking Men, un rollo dark ambient que le vendí como "la banda sonora de un desierto con una cable de alta tansión crujiendo en intervalos de 30 segundos". Con Javi la conexión generacional es directa. Si le cito un riff a lo Bored! sabe de lo que le estoy hablando y él me responde con una melodía inspirada en Screaming Jay Hawkins.

Los títulos de las canciones y la temática que se desprende de las mismas se relacionan con mi bagaje cultural. No es casualidad que trate temas como la locura, la muerte, el dolor, los conflictos familiares y el miedo a la inmensidad del cosmos y del mar. Son temas que provienen de cosas que he leído, visto o experimentado. Por ejemplo, desde que descubrí a Lovecraft siento un tremendo respeto por el espacio exterior y por las profundidades del océano. Me resultan temas muy visuales, incluso metafísicos, pero tan cercanos y reales en el fondo como el acojone que te produce recibir una carta de Hacienda. Curiosamente, luego descubro que un compositor como Gareth Liddiard (The Drones) habla en sus letras de disentería, tiburones y lugares perdidos. No es casual que me llegue la música de ese tío, incluso antes de haberme parado a investigar sus letras. Hay algo innato y primitivo en determinadas cosas que te tocan por el simple hecho de haber adquirido unas experiencias que coinciden con las de otra gente. Son arquetipos que se mantienen en el tiempo. Me gustaban The Drones antes de entrevistarlos, de pararme en los temas que tratan sus canciones o de descubrir que su líder luce un tatuaje con el símbolo de los Neubauten en el antebrazo, el mismo tatuaje que lleva nuestro técnico de sonido, Marcos Muniz, con quien inexplicablemente creé un vínculo personal desde el primer día que me comuniqué con él por Facebook. Descubrir que Marcos es fan de 16 Horsepower, Cronenberg, Burrouhgs o los cómics de Bernie Wrightson reforzó la idea de que tu background puede ser compartido con otros y que de algún modo pueden establecerse sensibilidades similares que van más allá de la personalidad. La cabra tira al monte, dicen. Y yo soy muy capricornio.

Comentas si el grupo puede considerarse una vía de escape. Decididamente, sí. Volví a Sevilla tras una temporada en Madrid y lo que necesitaba era gritar hasta la extenuación. No soy músico y no me considero un profesional, por lo que el resultado ha sido más bien fruto de una necesidad expresiva que al final ha tomado forma en una maniobra creativa gracias al trabajo conjunto de cinco tíos tan distintos como parecidos en el fondo. Puede que yo personifique los cojones de Miraflores. Pero un cuerpo está formado por muchas partes y todas son esenciales para no acabar resultando un tullido. Hace falta un par de brazos, una cabeza, unas piernas y hasta ese lunar en el cuello tan sexi que parece que no aporta nada pero que lo dice todo. Un buen amigo me dijo hace poco que la banda le suena como un puzzle. Creo que puede haber algo de verdad ahí. Porque, aunque solo Javi y yo tengamos claro el camino partiendo de las referencias que hemos mamado durante la adolescencia, la mezcla de cinco personalidades arroja un resultado donde caben más matices que si se tratara de una formación donde nosotros dos tuviésemos el control absoluto. Que aquí coincida gente con gustos tan dispares como Blue Cheer, Nancy Sinatra, Sebadoh, Aphex Twin y Bark Psychosis no hace sino enriquecerlo todo. Por suerte, las guitarras y la voz marcan una senda concreta basada en una suerte de rock oscuro y minimalista que ayuda a que hasta los temas más pop suenen siempre malrolleros. La manera en la que luego el público decodifica tus influencias es fruto de la experiencia de cada uno. Me han dicho que sonamos a Sonic Youth, a Wall of Voodoo, Loop, Clinic o a hasta a Spacemen 3. No sabría responder a eso, porque igual yo estoy pensando en los Cows, Barkmarket y Royal Trux y a mis compañeros les llega eso como si fuese The Kills, Therapy? o Primal Scream. Lo que está claro es que al final todo suma.

(...)


sábado, diciembre 01, 2012

THE NOTHING BUTTS

Asoma la pata la Navidad: nuestro líder espiritual, Cowboy Iscariot, se ha retirado al ala oeste del Rancho Kaput, cual tímida, introspectiva réplica de David Koresh; Gato Palug fue visto por última vez en Pattaya beach, ciudad de vacaciones, en dura negociación con una dulce señorita, y varios colaboradores más han montado un fumadero de opio en el sótano. La música brilla por su ausencia, el ruido ha desaparecido y tenemos el silencio necesario para observar el rodar glorioso del otoño (excepto cuando las Hienas Telepáticas ensayan en el granero). Sin embargo, hay noticias de las que hay que hacerse eco inevitablemente: THE NOTHING BUTTS pasan a integrar desde ya nuestra lista esencial de supergrupos oscuros. Bajo el liderazgo del viejo lobo Spencer P. Jones (Beasts of Bourbon) están David Baker (Scientists, Beasts of Bourbon, Hodoo Gurus), Gareth Lidiard (The Drones) y su Fioona Kistchin (The Drones), y la cosa suena más que prometedora en los dos temas que hemos podido escuchar AQUÍ y ALLÁ. Los supergrupos, en general, no molan mucho: han sido una castaña desde los putos CREAM. Sin embargo, cuando están compuestos por gente que lo merecería todo y ha conseguido menos de la mitad, estrellas opacas, dioses disfrazados de mendigo, todo cambia. Aquí, como sugerencia, otros dos ejemplos de la misma exuberancia oculta: ENABLERS y FORASTERO.
 

martes, junio 21, 2011

MAX (KANSAS CITY) Y LOS FAGOCITOS BEAT

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(Escrito en mi casa de San Andrés 32 entre las dos y media y las tres de la mañana. Estado: sereno y cansado. Siento las incoherencias, borracho escribo mejor)

Me pasa con los libros y me pasa con los discos. Y probablemente me pasaría con la pintura o la escultura (¿con la gente?) si les prestase más atención que ese ocasional momento de asombro, el día que por casualidad, paseando, me animo a entrar en un museo por protegerme del calor; o el día en que, en la casa paterna, donde hay cuadros, me quedo embebido en una imagen que creo, erróneamente, haber visto antes diez mil veces: la esencia de las cosas tarda a veces en permear su caparazón y salir a la superficie, que es lo mismo que decir que la esencia de las cosas tarda en permear MI caparazón y acceder a MI interior. Mi caso ejemplar, si hablamos de música, es el de “Chase The Dragon”, ese monumental disco de los Beasts of Bourbon, todo veneno exudado, todo rabia heroinómana, si tal cosa existe, que durante años no supe comprender. Lo compré poco después de que saliera, quizá incluso antes de llegar a la universidad, y supongo que ni mis estilismos de entonces ni la mente infantil que los producía, estaban preparados para encajar nada de aquello. Curioso –así es el circuitaje- porque sí lo estaban para los Dead Kennedys, o los Hüsker Dü, o para el “Hunted By The Snake” de los Cancer Moon, que por ambiente malsano, claustral e incendidado, se acercaba bastante más al trabajo de los australianos. Durante los siguientes diez años, religiosamente, le dí su anual oportunidad al engendro, sabiendo –lo podía palpar sin entenderlo- que había algo dentro de él que era necesario. Cada vez regresaba de la escucha con las manos vacías. Y en una de esas sucedió la revelación, el volcado súbito de todo lo intuido, la palabra hecha carne. Todos los que aman la música deben conocer como es, supongo. El disco seguía siendo el mismo, claro, luego era yo el que había cambiado, maleado por la vida misma hasta convertirme en el receptáculo adecuado de aquel mensaje. No siempre la obra es la que tiene que buscarnos. A veces su calidad no estriba en que nos conquiste, sino en ser lo suficientemente magnética para permanecer en esa zona de sombra, esa sala de espera al borde del campo visual, hasta que estamos preparados para asumirla.

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Me viene todo esto a la cabeza porque, mientras defeco en el catastrófico baño de mi piso compartido (el lavabo atascado repleto de pelos de mi apuesto compañero, la entropía adueñándose del lugar, alguna revista heavy por ahí, con páginas arrancadas de un día que no había papel, un libro de Schopenhauer…), hojeo una vez más “The Air Conditioned Nightmare”, de Miller, uno de los libros bisagra entre esas hermanas incestuosas que son la generación perdida y la beat, y me doy cuenta de que con él me ha pasado lo mismo: Una primera lectura átona –pese a que soy de Miller como otros son del Athletic- en la que se ve más lo insípido que otra cosa; varias relecturas vagas que no conducen a ningún lugar; la condena al ostracismo, después, en unas estanterías demasiado llenas de basura y, por último (o como principio), el descubrimiento súbito aquí, allá, floreciendo bajo la página, de rastros de luz y de verdades que no habíamos sabido ver, el interés poco a poco renovado, la nueva fascinación. Igual me ha pasado, ya que hablamos de ello, con parte de los consagrados de la generación Beat. No con Kerouak, al que sigo necesitando leer a la misma velocidad que escribía si quiero soportarlo, pero sí con Ginsberg, esa figura paradójicamente patriarcal, ese Walt Withman generoso y antipolicial. Y sí, desde luego, con Burroughs. Me he encontrado a mi mismo fascinado ante “El almuerzo desnudo”, que he releido dos veces en los últimos meses, sintiendo correr de fondo la vergüenza por no haber percibido su quirúrgica percepción de la realidad en todas las ocasiones anteriores en que lo leí y lo desheché como un estilismo drogota y afilado pero, al cabo, vacuo. Hablo, supongo, sí, de la necesidad de releer, que no es sino la necesidad de repensar y de replantear y de reconstruirse una y otra vez. Una carga jodida, por cuanto todos sabemos que un día se nos acabará la cuerda y nos encasquillaremos, calcificados para el resto de nuestros años. La mayoría hacen eso a temprana edad, bajo diversas banderas sociales. Ellos sufren menos. Ellos son tan idiotas que su estupidez se parece a la inteligencia con un siniestro sesgo muy Burroughsiano, precisamente. Y nosotros, que dice Rafa Berrio, “no somos ellos”, nos guste o no. Esa es quizá nuestra tragedia, atrapados a mitad de comprensión, conscientes de la imposibilidad real de esa misma comprensión, incapacitados para volver atrás, atenazados por nuestra duda y nuestra debilidad, sólo redimibles –y eso quizá- por una gran obra que la mayoría no tenemos a nuestro alcance. Mientras divago sobre todo esto (son las dos y media de la mañana, una hora clásicamente productiva para mí, cuando el poso del día comienza a dibujar figuras caprichosas pero aproximadas a lo cierto) releo a ráfagas el excelente artículo de mi querido Jaime Gonzalo sobre el rock francés de vanguardia encontrable AQUÍ y me topo con la imagen del viejo Bull Lee que encabeza este post. No es que los Beat sean mi plato favorito –pese a todo prefiero a Valle, a Baroja, a Hawthorne, Melville, a Fitzgerald y a otros cuantos cientos más-, pero lo cierto es que su poesía (la estética más que la real, puede) ha arraigado en mí a lo largo de los años, igual que en otros muchos, no se si como un síntoma de los tiempos, como un vaticinio o como ambas cosas a la vez. Fueron capaces de crear un background que sostuviese su propio mito, ahí acertaron, muy americanamente. Si la estructura mitómana es sólida, siempre hay tiempo de volver, y si no lo haces tú lo hará otro. Si la estructura, en cambio, no existe, te disuelves en la nada con un quejido de retrete que ni siquiera los mendigos de las estaciones, con su proverbial oído de tísicos, acertarán a distinguir.



Todo esto me lleva a un pensamiento de media tarde que había dado por perdido. Me encontré (Internet, Internet…) con que el “Live at Max’s Kansas City” de la Velvet había sido reeditado en 2004 con bastantes temas extra. Pensé en los buenos ratos que me había hecho pasar, disco montaraz, menor, extenuado, pero de extraño fulgor, y que si me entró a la primera, no como “The Low Road”, hace tantos años. Observé de nuevo su portada, la puerta del bar, y me dije lo mismo que ahora me digo: la leyenda y su soporte. Y pensé que descuidamos el soporte de nuestra propia leyenda, la personal, por mucho que ahora todo el mundo pasee con cámaras de fotos, i-phones y bichos así. Nos falta capacidad de discriminación y velocidad, ese talento (¿tan beat?) para registrar todo lo posible convencido de que la vida es el único arte, y conseguir, al final, que ambas cosas, registro y vida, no permanezcan en compartimentos estancos, como suele pasar. Dudo que los japoneses que patrullan la ciudad se vean a su vuelta a Hiroshima, las decenas de horas de metraje banal que han recogido de la vieja Europa. No imagino a Yukio, sesentón, sentado en la oscuridad de su mínimo salón repasando fachadas de heladerías, monumentos al quijote, jamones colgados en fila, argentinos disfrazados de torero, putas que aún no saben que lo son. Y sin embargo yo sí estoy aquí, deseando levantarme mañana y buscar ese disco de crepúsculo que registró Brigid Polk con una grabadora de cassete, ayudada por un Jim Carrol más preocupado del sus pernod dobles y sus anfetaminas que de sujetar el micro. Todo ello, a su vez, me hizo pensar en el Bessie Blues Bar, quizá en mejor bar de música en el que he estado nunca, en Murcia, durante aquel 2004/2005 abrasado y miserable lleno de prodigios que la memoria se ha ido encargando de rescatar de entre la mierda. Pero de él, de esa entrada que para mí es mucho más importante que la del Max, y de la corte de los milagros que habitaba en su interior, hablaré mañana, si me apetece.

No más por hoy.

Fdo. LUIS BOULLOSA