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jueves, diciembre 01, 2011

FREAK POWER!!!

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Prsentación viernes dos a las ocho en la librería El argonauta, con Jaime Gonzalo y Antón de Discos/Libros Crudos. Una buena excusa para salir de la madriguera y respirar de nuevo el aire viciado de la ciudad.

martes, noviembre 29, 2011

CANCER MOON - TU CEREBRO ES MI CÁRCEL

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(Artículo de LUIS BOULLOSA sobre la banda bilbaína CANCER MOON publicado en el Ruta 66 de diciembre, ya en kioscos. Reedición remasterizada de su primer disco, HUNTED BY THE SNAKE disponible en vinilazo y con soberbio texto explicativo de su productor, Jaime Gonzalo, cortesía de DISCOS CRUDOS)




“My Jail is in your brain”
(Voice of the Sax)

Because I want it. Because I need it. Deseo y necesidad: fáciles de diseccionar quirúrgicamente sobre un papel, imposibles de separar, como siameses unidos por la cabeza y el sexo, cuando se trata de la vida real. Dualidad que es, al cabo, el sustrato de todo el arte necesario y nos permite sobreponernos a las propias taras y los entornos hostiles para permitir el paso de esa luz bajo la que las visiones coagulan en forma de discos, cuadros, libros, amor o simples palabras que arrastra el viento. Claro que el arte necesario se ve cada vez menos por estos pagos del Rock&Roll. Y claro que el arte necesario no es necesariamente y siempre arte sublime. Los Cancer Moon, sin ir más allá, estaban tan lejos de lo sublime como un polvo en un retrete (o sea, no tan lejos), y sin embargo se me antojan necesarios por razones diversas. Oportuna, brusca, emotiva puntada pues, sobre el inane bordado de la música española actual que persiste en llamarse “indie”, ésta muy cuidada redición remasterizada del primer disco de los bilbaínos, “Hunted By The Snake”; un vinilo arqueológico y necesario que nos llega de la mano de Discos Crudos y con una crónica explicativa del que fuera su productor, Jaime Gonzalo, creo que os suena.

Deseo y necesidad. A eso, en efecto, sonaban los Cancer Moon (surgidos en el 88, finiquitados en el 94), al menos para un adolescente que necesitaba urgentemente ver reflejados sus impulsos y angustias en espejos, si eran ruidosos mejor. Quizá por eso los pillé a la primera, aunque mi cultura musical fuera entonces rudimentaria -acorde con el lluvioso muermo cultural de la provincia pontevedresa- y las principales referencias de la banda me sonasen aún medio a chino: poco sabía de los Stooges, ignoraba quienes eran los Jesus & Mary Chain, me quedaban muy lejos los spacemen 3 y mi relación con la Velvet había comenzado a contrapelo (Live at max’s Kansas City). Me compré el CD en el Corte Inglés de Vigo, atraído por su portada, en un impulso, sin conocerlos y obligando a poner la pasta a mi padre, que torció el gesto ante la palabra “cáncer”. “¿Esto que es?”. “Un disco”, respondí yo. Siempre me acuerdo de él, que la tierra le sea leve, cuando vuelvo a escucharlo, lo cual, como casi todo lo que no es terrible, es irónico.

Corría el noventa, quizá el noventa y uno. Yo tenía 15 o 16.
Han volado 20 años, y he gastado los últimos tres días dándole la vuelta al vinilo una y otra vez en el plato, y comprobando que, como apunta Gonzalo, “el tiempo no ha pasado por sus arterias”. Por las nuestras sí, claro. Nacida hoy y no entonces, sin embargo, la arisca emboscada de rock claustrofóbico, malsano y reptante urdida por Josetxo Anitua y Jon Zamarripa, núcleo creativo del asunto, seguiría siendo un disco mayúsculo y excepcional. Con toda seguridad, y pese a esa madurez de la que alardea nuestro mundillo, volvería a ser, también, incomprendido y condenado a esa vía dolorosa que incluye el panegírico de los críticos, la indiferencia de la masa, y la final confusión y frustración del creador que, pobre diablo, a menudo no ha comprendido la premisa primera: que él hace lo que hace porque no puede evitarlo y que son otros los que, después, si pueden, sacan beneficio de ahí. Luego, claro, hay egos –no se si el de ellos era así, no lo conocí-´que se retroalimentan con la indiferencia exterior, lo cual, otra ironía feroz, es como nutrirse de arsénico: raramente medimos bien la dosis.



Como tantos otros -aunque pocos con igual talento-, Cancer Moon se asfixiaron aprisionados entre la pura mala suerte, la idiosincrasia patria y, probablemente, su falta de capacidad para corromperse (flexibilidad, le llaman). Su primer disco es una de las piedras angulares de un templo que pudo ser pero jamás se construyó. Ahora restalla a todo volumen, otra vez, atronando a los vecinos con el estruendo de su claustral psicodelia, haciendo levantar la cabeza a los mendigos rusos que se reúnen a beber cerveza en el centro social que tengo enfrente, y pienso si no habrá ganado algo también (así de mezquinos podemos llegar a ser) con la leyenda negra, opaca, deslucida, lluviosa, que estas dos décadas le han arrojado encima; con el malditismo (¿la sabiduría?) que le ha añadido el fracaso, el perfil en negro carbón que han dibujado los tiempos sobre quienes lo crearon, el silencio y las desgraciadas y tempranas muertes, en fin, del cantante Josetxo Anitua y el batería, Jesus Suniaga. Probablemente sí. Así es el mito del que ellos mismos bebían y que formularon con tan desbordada intensidad, uniendo magistralmente interiores y expansión. Con tanto deseo y con tanta necesidad.

Y no es que al disco le falten defectos. Los dos principales, una cierta inconcreción en la estructura de los temas que a veces –si se los mira de cerca- parecen esbozos no terminados, y un discutible uso del inglés -cantado da el pego, escrito no- con el que levantan sus letras, atropellados aquelarres de resonancias presuntamente literarias que a la postre, analizados en la madurez, apenas arrojan unos pocos destellos de poesía real.



Sin embargo, hay demasiada vida pura ahí dentro para reparar en esas cosas, que quedan sepultadas, más que subsanadas, por virtudes contundentes y esenciales.

La primera, las gloriosa expresividad de las guitarras de Zamarripa: vitriólica absenta sonora, versátil, lacerante, inyectada de tradición rabiosa y crepuscular pero también personal, única, distinguible, dúctil y capaz de matices y recovecos. Algo a apreciar como maná en un país que por lo general ha asumido a la Velvet con enfáticas languideces y a los Stooges con un paleto raw power de primaria, esforzadamente trazado con escuadra y cartabón.

La segunda la voz de Anitua, magnífica, capaz de hacer que, de algún modo, entre todo el sinsentido tributario de las letras, uno se quede sólo con las palabras clave que lo significa(ba)n todo: Midnight, Danger, Rock&Roll… Ya sabemos cuales son. Y con los nombres de las mujeres fatales. Y capaz, también, de que se huela el peligro, la droga y el aislamiento, la esencia. Ian Curtis no es una mala referencia: aunque Anitua no era tan gélido, había mucho de contenida violencia intramuros de su desafiante grave vocal.

La tercera, quizá, una variedad estilística esbozada que desarrollarían en sus dos siguientes discos (también excelentes) y que se dejaba intuir en detalles como la pulsación oscuramente funkoide de “Rambling”, o en los sopapos de pop acalambrado, agridulce y eléctrico del porte de “Desert in the Girl” o de mi favorita, ese “Call it Fear” que demuestra que podían pasarse a los Jesus and Mary Chain por la piedra sin pestañear. Porque cuando lo haces mejor que el maestro no se llama influencia. Se llama “jódete”. “Fuck You”, para los amigos.

No es baladí, en todo caso, la comparación con los escoceses. Los Jesus surgieron antes, vale, pero mamaban de las mismas fuentes y, sin hacerse líos, lograban sintetizar sus influencias en un estilo (quizá un estilismo, también) que les era propio. El romanticismo de los Cancer Moon era sin embargo ligeramente distinto, más bronco y más oscuro, menos paisajístico, o, si se quiere, condenado a paisajes de cloaca más que a paisajes de páramo y contraluz. No eran “Cumbres borrascosas”, eran “Informe sobre ciegos”. O lo intentaban, al menos, oscuramente rítmicos, angustiados, sangrantes, poseídos por un inescrutable espasmo interior.

Situados en ese contexto pre-indie que tan vacuos fastos, tan poca raíz, tan poca sangre nos deparó, yo los sitúo, por espíritu, no por sonido, junto a dos bandas tocayas entre sí: Los Bichos y los Surfin’ Bichos. No tienen desde luego, la tóxica y exuberante variedad, el desaliñado clasicismo yonqui de los primeros (también reeditados hace unos años, por cierto), ni tampoco alcanzan la concisión (no pueden, chapurreando en inglés sus listas de referencias) de aquel Alfaro que dos años antes esputaba, hiperlúcido, “Bienaventurados los sucios de corazón/echando cinco duros verán a Dios”, pero un mismo tuétano de idea permeaba su discurso. Ardían. Eso es. Ardían por dentro. Un fuego frío.



Y siguen haciéndolo. En esta reedición el sonido es más nítido, los bajos de “Baster” se escuchan con mucha mayor claridad, magníficos en un acertado segundo plano, las guitarras calcinan el panorama, esplendorosas, como un aura de migraña ondulante en lugar de geométrico, la voz lo toca a uno con su mano retorcida, aunque de algún modo, hable ya desde la ultratumba. Mis temas preferidos suenan más amenazantes y escamosos que nunca (“Rambling”, la reptante pero fluida “Tell Me the Secret” donde la voz brilla con siniestra luz propia, la potentísima “Jimi, Jimi” o las antes citadas), pero incluso las canciones que me parecen más obviamente tributarias (“The Iron Need”, “Cruella Devil”) han pasado el test de la vida y la muerte con nitidez y han vuelto renovadas del olvido.

Comentario aparte para el texto de Gonzalo que acompaña, clásico inmediato de la reseña biográfico/histórica que radiografía sin piedad una Barcelona inusitadamente negra, valleinclanéa a gusto y aplica con lucidez una baza ganadora que a buen seguro le habrá traído no pocos problemas: la capacidad de no mentir y de cantarle a uno las verdades a la cara empezando por las más sucias.

Sabe bien, como todos deberíamos, que un artista puede ser un cretino integral (y suele serlo) sin que por ello deje de ser artista ni un ápice. Sabe también, ¿quién no?, que demasiado a menudo, España devora sin piedad a sus mejores hijos y que lo musical nunca ha sido una excepción. Demasiado a menudo, sí, las mejores de nuestras bandas son condenadas a la indiferencia en vida y reivindicadas sólo años después de la muerte en un ejercicio, el retrospectivo, que puede ser necesario y ejercerse de manera impecable, como es el caso, pero siempre es triste.

Así las cosas, lo que quede de contracultura en el Rock&Roll ha terminado por ser una desolada trinchera de contención, pero uno sabe que cada pequeño y enfermo ladrido de perro, cada infantil arremeter contra molinos, cada sepultado “Hunted By The Snake” nos ha permitido ser lo que somos. Y quizá no nos guste lo que somos, pero aún lo preferimos a la otra opción. Los Cancer Moon son eso: gloriosa música para la trinchera cavada donde se había planeado el templo. La truculenta y equívoca banda sonora del deseo y la necesidad. Una tarea ciertamente sagrada, la suya, y como tal pagada con el olvido general, el desprecio de la historia y la soberana, inadvertida gratitud de unos pocos.

martes, junio 21, 2011

MAX (KANSAS CITY) Y LOS FAGOCITOS BEAT

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(Escrito en mi casa de San Andrés 32 entre las dos y media y las tres de la mañana. Estado: sereno y cansado. Siento las incoherencias, borracho escribo mejor)

Me pasa con los libros y me pasa con los discos. Y probablemente me pasaría con la pintura o la escultura (¿con la gente?) si les prestase más atención que ese ocasional momento de asombro, el día que por casualidad, paseando, me animo a entrar en un museo por protegerme del calor; o el día en que, en la casa paterna, donde hay cuadros, me quedo embebido en una imagen que creo, erróneamente, haber visto antes diez mil veces: la esencia de las cosas tarda a veces en permear su caparazón y salir a la superficie, que es lo mismo que decir que la esencia de las cosas tarda en permear MI caparazón y acceder a MI interior. Mi caso ejemplar, si hablamos de música, es el de “Chase The Dragon”, ese monumental disco de los Beasts of Bourbon, todo veneno exudado, todo rabia heroinómana, si tal cosa existe, que durante años no supe comprender. Lo compré poco después de que saliera, quizá incluso antes de llegar a la universidad, y supongo que ni mis estilismos de entonces ni la mente infantil que los producía, estaban preparados para encajar nada de aquello. Curioso –así es el circuitaje- porque sí lo estaban para los Dead Kennedys, o los Hüsker Dü, o para el “Hunted By The Snake” de los Cancer Moon, que por ambiente malsano, claustral e incendidado, se acercaba bastante más al trabajo de los australianos. Durante los siguientes diez años, religiosamente, le dí su anual oportunidad al engendro, sabiendo –lo podía palpar sin entenderlo- que había algo dentro de él que era necesario. Cada vez regresaba de la escucha con las manos vacías. Y en una de esas sucedió la revelación, el volcado súbito de todo lo intuido, la palabra hecha carne. Todos los que aman la música deben conocer como es, supongo. El disco seguía siendo el mismo, claro, luego era yo el que había cambiado, maleado por la vida misma hasta convertirme en el receptáculo adecuado de aquel mensaje. No siempre la obra es la que tiene que buscarnos. A veces su calidad no estriba en que nos conquiste, sino en ser lo suficientemente magnética para permanecer en esa zona de sombra, esa sala de espera al borde del campo visual, hasta que estamos preparados para asumirla.

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Me viene todo esto a la cabeza porque, mientras defeco en el catastrófico baño de mi piso compartido (el lavabo atascado repleto de pelos de mi apuesto compañero, la entropía adueñándose del lugar, alguna revista heavy por ahí, con páginas arrancadas de un día que no había papel, un libro de Schopenhauer…), hojeo una vez más “The Air Conditioned Nightmare”, de Miller, uno de los libros bisagra entre esas hermanas incestuosas que son la generación perdida y la beat, y me doy cuenta de que con él me ha pasado lo mismo: Una primera lectura átona –pese a que soy de Miller como otros son del Athletic- en la que se ve más lo insípido que otra cosa; varias relecturas vagas que no conducen a ningún lugar; la condena al ostracismo, después, en unas estanterías demasiado llenas de basura y, por último (o como principio), el descubrimiento súbito aquí, allá, floreciendo bajo la página, de rastros de luz y de verdades que no habíamos sabido ver, el interés poco a poco renovado, la nueva fascinación. Igual me ha pasado, ya que hablamos de ello, con parte de los consagrados de la generación Beat. No con Kerouak, al que sigo necesitando leer a la misma velocidad que escribía si quiero soportarlo, pero sí con Ginsberg, esa figura paradójicamente patriarcal, ese Walt Withman generoso y antipolicial. Y sí, desde luego, con Burroughs. Me he encontrado a mi mismo fascinado ante “El almuerzo desnudo”, que he releido dos veces en los últimos meses, sintiendo correr de fondo la vergüenza por no haber percibido su quirúrgica percepción de la realidad en todas las ocasiones anteriores en que lo leí y lo desheché como un estilismo drogota y afilado pero, al cabo, vacuo. Hablo, supongo, sí, de la necesidad de releer, que no es sino la necesidad de repensar y de replantear y de reconstruirse una y otra vez. Una carga jodida, por cuanto todos sabemos que un día se nos acabará la cuerda y nos encasquillaremos, calcificados para el resto de nuestros años. La mayoría hacen eso a temprana edad, bajo diversas banderas sociales. Ellos sufren menos. Ellos son tan idiotas que su estupidez se parece a la inteligencia con un siniestro sesgo muy Burroughsiano, precisamente. Y nosotros, que dice Rafa Berrio, “no somos ellos”, nos guste o no. Esa es quizá nuestra tragedia, atrapados a mitad de comprensión, conscientes de la imposibilidad real de esa misma comprensión, incapacitados para volver atrás, atenazados por nuestra duda y nuestra debilidad, sólo redimibles –y eso quizá- por una gran obra que la mayoría no tenemos a nuestro alcance. Mientras divago sobre todo esto (son las dos y media de la mañana, una hora clásicamente productiva para mí, cuando el poso del día comienza a dibujar figuras caprichosas pero aproximadas a lo cierto) releo a ráfagas el excelente artículo de mi querido Jaime Gonzalo sobre el rock francés de vanguardia encontrable AQUÍ y me topo con la imagen del viejo Bull Lee que encabeza este post. No es que los Beat sean mi plato favorito –pese a todo prefiero a Valle, a Baroja, a Hawthorne, Melville, a Fitzgerald y a otros cuantos cientos más-, pero lo cierto es que su poesía (la estética más que la real, puede) ha arraigado en mí a lo largo de los años, igual que en otros muchos, no se si como un síntoma de los tiempos, como un vaticinio o como ambas cosas a la vez. Fueron capaces de crear un background que sostuviese su propio mito, ahí acertaron, muy americanamente. Si la estructura mitómana es sólida, siempre hay tiempo de volver, y si no lo haces tú lo hará otro. Si la estructura, en cambio, no existe, te disuelves en la nada con un quejido de retrete que ni siquiera los mendigos de las estaciones, con su proverbial oído de tísicos, acertarán a distinguir.



Todo esto me lleva a un pensamiento de media tarde que había dado por perdido. Me encontré (Internet, Internet…) con que el “Live at Max’s Kansas City” de la Velvet había sido reeditado en 2004 con bastantes temas extra. Pensé en los buenos ratos que me había hecho pasar, disco montaraz, menor, extenuado, pero de extraño fulgor, y que si me entró a la primera, no como “The Low Road”, hace tantos años. Observé de nuevo su portada, la puerta del bar, y me dije lo mismo que ahora me digo: la leyenda y su soporte. Y pensé que descuidamos el soporte de nuestra propia leyenda, la personal, por mucho que ahora todo el mundo pasee con cámaras de fotos, i-phones y bichos así. Nos falta capacidad de discriminación y velocidad, ese talento (¿tan beat?) para registrar todo lo posible convencido de que la vida es el único arte, y conseguir, al final, que ambas cosas, registro y vida, no permanezcan en compartimentos estancos, como suele pasar. Dudo que los japoneses que patrullan la ciudad se vean a su vuelta a Hiroshima, las decenas de horas de metraje banal que han recogido de la vieja Europa. No imagino a Yukio, sesentón, sentado en la oscuridad de su mínimo salón repasando fachadas de heladerías, monumentos al quijote, jamones colgados en fila, argentinos disfrazados de torero, putas que aún no saben que lo son. Y sin embargo yo sí estoy aquí, deseando levantarme mañana y buscar ese disco de crepúsculo que registró Brigid Polk con una grabadora de cassete, ayudada por un Jim Carrol más preocupado del sus pernod dobles y sus anfetaminas que de sujetar el micro. Todo ello, a su vez, me hizo pensar en el Bessie Blues Bar, quizá en mejor bar de música en el que he estado nunca, en Murcia, durante aquel 2004/2005 abrasado y miserable lleno de prodigios que la memoria se ha ido encargando de rescatar de entre la mierda. Pero de él, de esa entrada que para mí es mucho más importante que la del Max, y de la corte de los milagros que habitaba en su interior, hablaré mañana, si me apetece.

No más por hoy.

Fdo. LUIS BOULLOSA