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miércoles, mayo 17, 2017

POWER – “Electric Glitter Boogie” (In the Red)

El primer largo de Power es una descacharrante pelea de bar en formato vinilo que vale su peso en droga. Lo normal sería dedicarse sin más a cantar sus virtudes, pero añadiremos alguna reflexión de regalo, para molestar, más que nada.

Forjado en hueso Punk&Roll y tan embrutecido, animal y cervecero como no se había escuchado en esta casa desde los buenos tiempos de los Cosmic Psychos, “Electric Glitter Boogie” es uno de esos artefactos que uno ya no espera de las nuevas generaciones pero que siguen apareciendo de cuando en cuando, y con más frecuencia, parece, en esa Australia donde se ha facturado gran parte del mejor rock de guitarras de los últimos 30 años.

Más brutos que un arado y captados en el cenit de su suburbana potencia, el trío difícilmente ganara ningún premio a la originalidad, el detalle o la profundidad de campo; ahora bien, para el galardón al disco navajero del año han comprado por lo menos la mitad de los boletos. De ambas cosas tiene la culpa en gran parte la herencia, en este caso los citados Psychos, los Stooges (ejecutados sumariamente en el garaje del abuelo con más nervio que técnica), toda la punkarrada high-energy (temazos como “Puppy” o “Gimme Head” me recuerdan a los Celibate Rifles del Roman Beach Party previa lobotomía y amputación de una guitarra) o unos Federation X a los que prácticamente plagian en “Serpent City” aunque compensado la querencia de los americanos por Black Sabbath con fijes intravenosos de Ac Dc y Kiss. Son, en el fondo, como unos Onyas que hubiesen optado por el medio tiempo frente a la velocidad terminal, igualmente derivativos, grasientos y certeros.

Y se han ganado a pulso las birras y el espiz, eso fijo, porque el resultado es sorprendentemente redondo. En parte, por el salvajismo, perfectamente creíble, con el que despachan sus ocho cartuchazos. Y en parte porque, yendo en trío y sin doblar guitarras, saben clavarte el riff en el cráneo a la primera vuelta para que cuando derivan en alguno de sus infrasolos de patio de colegio la cosa no decaiga. Ventajas, claro de que tales riffs sean medio prestados, pero ¿cuál no lo es?

Al cabo, todos los ecupitajos en forma de canción citados son ejemplos pluscuamperfectos de cómo encarar la vieja tradición de romperlo todo y de cómo convertir semejante acto de negación en música poderosa. Punk, le llaman. O instinto animal. Mención aparte para “Slimy’s Chains”, especie de boggie en cuatro por cuatro con extra de groove malencarado, donde, hacia mitad de tema, asoman una patita los Thin Lizzy. Eso me hace pensar que quizá haya sido suerte, al fin, que tengan una sola guitarra y un nivel instrumental limitado: eso les negará la posibilidad de acabar siendo unos horteras más en la planicie del hard rock musculoso del que no están tan alejados en espíritu (lo de “glitter” siempre es sospechoso).

En cuanto a las letras, no dejan de ser parafernalia Stooges de tercera mano y confesiones de bronquista amateur garabateadas en el reverso de un posavasos, aunque con algún momento personal que los redime de ese callejón en el que, por otro lado, se mueven como pez en el agua (“Creo que nací para otra época/sin tipos enchaquetados, sin techno/Vivo en una montaña, sobre todo eso”).

En definitiva, Power conocen, probablemente por instinto y vena, los trucos y las dinámicas del rock&roll más primario y excitante, y las ejecutan con encantadora tosquedad y, sí, con innegable PODER. Saquean, además, en las mejores tumbas y lo hacen con la autoridad que precisan tales negociados. Pocas coñas, actitud y mala baba son la médula de un álbum soberbio en lo suyo y que tiene la virtud de enganchar más y más con cada escucha.  

Ahora bien, si fuesen de aquí e igual de buenos (y hay unas cuantas bandas que lo son) estarían ganándose las birras a pulso en garitos diminutos, en ese impecable ostracismo que hay debajo del tan cacareado “underground”. Como son australianos, en cambio, existe la posibilidad de que su ladrido terminal consiga buena prensa, al menos, incluso entre el snobismo rock de aquí, y que se hagan unas cuantas giras al quinto pino de esas que tanta envidia insana me dan. Ya se sabe que lo que al lado de casa es molestia cafre nivel diez se convierte en lúcida deconstrucción cuando viene de fuera. Intentemos sacudirnos ambos estigmas: Power son una banda cojonuda y han facturado un discazo, aquí y en Australia, en eso es fácil coincidir. Ahora sólo falta recuperar a todos los energúmenos de por aquí que hacen lo mismo cada año y a los que nadie se molesta en dar una oportunidad.

Me aplico el cuento, yo el primero.

jueves, febrero 27, 2014

RIZOMA - "Rizoma" (autoeditado)





El otro día me llegó el “In-a-gadda-da-change” de los Bloodloss, esa enfermiza entente que en algún momento, hace dos décadas, unió a Mark Arm (Mudhoney) y a miembros de, entre otros, los brutales Lubricated Goat. El disco, pleno de oscuro ‘cool’ de callejón, me sonó a efectivo pastiche Stooges a primera toma; a la tercera ya estaba claro que estaban igualmente cerca de la narrativa deshilachada y resacosa de uno de los Tom Waits posibles. Un punto intermedio entre ambas bestias pardas para nada descabellado, si se piensa bien; una paladeable indefinición, un misterioso término medio tejido con referencias que cualquiera puede ver pero que termina en un recodo del río que es propio, aunque esté lleno de basura y plásticos y restos mordisqueados de bollería industrial. No siempre hay que inventar, y el Rock&Roll tiene a menudo bastante de cocktelería: un oficio digno, improvisatorio en el que viejos elementos dan lugar a nuevas curdas antológicas.

Unas semanas antes escuchaba a los X en la cocina y pensaba algo similar. La voz gélida pero expresiva, enormemente punk, de Cervenkova debiera haber chocado de frente con las nítidas guitarras rockabilly de Billy Zoom, pero, por alguna razón ignota y no descifrada, no era así: del antinatural apareamiento de dos líneas genéticas teóricamente dispares surgía una música liberadora y expresiva. Cosas del punk, que por eso sigue siendo la música más libre que hay, cuando se entiende como un estado mental de desmañada gracia, de pura vida inyectada a la vena, de comunión entre ideas y entre gentes, y no como un (libro de) estilo más o una forma de hacer prefijada. Maravillas humanas, asilvestradas, incorrectas, defectuosas como clones que salieron mal y huyeron al monte.

Al final, no hay nada que me guste más que todo eso. Esas bandas inesperadas, secundarias, si se quiere, que no obedecen a un uniforme, que te tiran el libro de recetas a la cara y calcinan las tostadas del desayuno creando una fogata primigenia en la que arden la angustia adolescente, la necesidad de amor y de grito, el ruido aún no refinado que genera el mismo ser humano. Ahora son más difíciles de encontrar que hace veinte años, claro, porque cada vez hay más etiquetas y estas son cada vez más especializadas; y se da el mestizaje, pero suele ser un mestizaje frígido, que baraja de manera ordenada y con intención de epatar elementos de géneros diversos ya perfectamente pautados en origen.

En estas discusiones conmigo mismo estamos cuando me escribe alguien de Rizoma, banda madrileña que acaba de editar su primer EP. Lo escucho y me pasa con ellos lo mismo que con los anteriores, salvas todavía las distancias: me libera su sana disfuncionalidad, su coger lo que les da la gana, lo que les gusta, y mezclarlo y a ver qué pasa. De nuevo, los ingredientes no son extraños: hay, esencialmente, punk (de varios tipos), sentido del humor, una montaraz despreocupación por el detalle y toneladas de wha y guitarras expansivas de ascendencia Blue Cheer/Pink Fairies/Stooges que los diferencian y al tiempo los unen a toda una tradición de salvajismo crónico. Sin ir más lejos con los excelentes Thee Boas, con los que toqué hace poco, harían un explosivo doble cartel, aunque en el caso de Rizoma no hay atisbos de raigambre blues, la técnica es más primitiva, y el núcleo, pese al baño tóxico, es más punk de víscera (se puede ver en momentos concretos, como en la recta final de ”The Invasion”): parecen venir de ese 'core’ libre que en alguna época floreció en los EE.UU y al que los putos nirvana y las posteriores toneladas de basura 'hype' dieron supuestamente la puntilla.

Todavía tienen que conseguir, probablemente que la transición y el contraste entre velocidad encabronada y flotes psicóticos funcionen del todo, y rodar hasta compactar su ataque en una pelota de ruido letal. Todavía le queda camino para que la sombra de sus propias referencias confesadas (Mudhoney, Brainbombs, Comets On Fire, Melvins, Oblivians, The Stooges, Black Flag, Blue Cheer…) no sea demasiado alargada, pero en el camino andan, como andamos todos. Por el momento, conmigo han conseguido esa cosa extraña que me pasa con algunas bandas: me gustan casi tanto por sus aciertos como por la desmañada indiferencia con la que pasan por encima de sus propias carencias. Me gustan, sí, sus exabruptos malignos y embrionarios, grabados a capón y con medios limitados, quizá porque eso me permite apreciarlos en toda su crudeza, sin trucos que maquillen el núcleo original de la cosa. Es posible, claro, que con unos medios algo mejores y algo más de tiempo, estos mismos pepinazos pasasen de lo artesanal a lo termonuclear, pero ya así molan, acaso, entre otras cosas, por la evidencia de que ciertos defectos les importan un carajo, de que la expresión y la actitud están por encima de ellos y los harán papilla pronto.

Añádanse unas letras despreocupadas y cachondas, saturadas de humor un tanto absurdo, unos títulos delirantes y una portada hermosa en su simplicidad infantil y freak, y ya tienen una de esas bandas que cosquillean de manera extraña al fondo del paladar. O del cerebro. Su ‘art brut’ punk ruidoso más que ruidista, expresionista y bronco, promete explotar en directo. Como todas las cosas que valen la pena. Y, además, unos tipos que tienen una canción que se llama “Wipers Shirt” no pueden fallar. //GATO PALUG


martes, noviembre 29, 2011

CANCER MOON - TU CEREBRO ES MI CÁRCEL

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(Artículo de LUIS BOULLOSA sobre la banda bilbaína CANCER MOON publicado en el Ruta 66 de diciembre, ya en kioscos. Reedición remasterizada de su primer disco, HUNTED BY THE SNAKE disponible en vinilazo y con soberbio texto explicativo de su productor, Jaime Gonzalo, cortesía de DISCOS CRUDOS)




“My Jail is in your brain”
(Voice of the Sax)

Because I want it. Because I need it. Deseo y necesidad: fáciles de diseccionar quirúrgicamente sobre un papel, imposibles de separar, como siameses unidos por la cabeza y el sexo, cuando se trata de la vida real. Dualidad que es, al cabo, el sustrato de todo el arte necesario y nos permite sobreponernos a las propias taras y los entornos hostiles para permitir el paso de esa luz bajo la que las visiones coagulan en forma de discos, cuadros, libros, amor o simples palabras que arrastra el viento. Claro que el arte necesario se ve cada vez menos por estos pagos del Rock&Roll. Y claro que el arte necesario no es necesariamente y siempre arte sublime. Los Cancer Moon, sin ir más allá, estaban tan lejos de lo sublime como un polvo en un retrete (o sea, no tan lejos), y sin embargo se me antojan necesarios por razones diversas. Oportuna, brusca, emotiva puntada pues, sobre el inane bordado de la música española actual que persiste en llamarse “indie”, ésta muy cuidada redición remasterizada del primer disco de los bilbaínos, “Hunted By The Snake”; un vinilo arqueológico y necesario que nos llega de la mano de Discos Crudos y con una crónica explicativa del que fuera su productor, Jaime Gonzalo, creo que os suena.

Deseo y necesidad. A eso, en efecto, sonaban los Cancer Moon (surgidos en el 88, finiquitados en el 94), al menos para un adolescente que necesitaba urgentemente ver reflejados sus impulsos y angustias en espejos, si eran ruidosos mejor. Quizá por eso los pillé a la primera, aunque mi cultura musical fuera entonces rudimentaria -acorde con el lluvioso muermo cultural de la provincia pontevedresa- y las principales referencias de la banda me sonasen aún medio a chino: poco sabía de los Stooges, ignoraba quienes eran los Jesus & Mary Chain, me quedaban muy lejos los spacemen 3 y mi relación con la Velvet había comenzado a contrapelo (Live at max’s Kansas City). Me compré el CD en el Corte Inglés de Vigo, atraído por su portada, en un impulso, sin conocerlos y obligando a poner la pasta a mi padre, que torció el gesto ante la palabra “cáncer”. “¿Esto que es?”. “Un disco”, respondí yo. Siempre me acuerdo de él, que la tierra le sea leve, cuando vuelvo a escucharlo, lo cual, como casi todo lo que no es terrible, es irónico.

Corría el noventa, quizá el noventa y uno. Yo tenía 15 o 16.
Han volado 20 años, y he gastado los últimos tres días dándole la vuelta al vinilo una y otra vez en el plato, y comprobando que, como apunta Gonzalo, “el tiempo no ha pasado por sus arterias”. Por las nuestras sí, claro. Nacida hoy y no entonces, sin embargo, la arisca emboscada de rock claustrofóbico, malsano y reptante urdida por Josetxo Anitua y Jon Zamarripa, núcleo creativo del asunto, seguiría siendo un disco mayúsculo y excepcional. Con toda seguridad, y pese a esa madurez de la que alardea nuestro mundillo, volvería a ser, también, incomprendido y condenado a esa vía dolorosa que incluye el panegírico de los críticos, la indiferencia de la masa, y la final confusión y frustración del creador que, pobre diablo, a menudo no ha comprendido la premisa primera: que él hace lo que hace porque no puede evitarlo y que son otros los que, después, si pueden, sacan beneficio de ahí. Luego, claro, hay egos –no se si el de ellos era así, no lo conocí-´que se retroalimentan con la indiferencia exterior, lo cual, otra ironía feroz, es como nutrirse de arsénico: raramente medimos bien la dosis.



Como tantos otros -aunque pocos con igual talento-, Cancer Moon se asfixiaron aprisionados entre la pura mala suerte, la idiosincrasia patria y, probablemente, su falta de capacidad para corromperse (flexibilidad, le llaman). Su primer disco es una de las piedras angulares de un templo que pudo ser pero jamás se construyó. Ahora restalla a todo volumen, otra vez, atronando a los vecinos con el estruendo de su claustral psicodelia, haciendo levantar la cabeza a los mendigos rusos que se reúnen a beber cerveza en el centro social que tengo enfrente, y pienso si no habrá ganado algo también (así de mezquinos podemos llegar a ser) con la leyenda negra, opaca, deslucida, lluviosa, que estas dos décadas le han arrojado encima; con el malditismo (¿la sabiduría?) que le ha añadido el fracaso, el perfil en negro carbón que han dibujado los tiempos sobre quienes lo crearon, el silencio y las desgraciadas y tempranas muertes, en fin, del cantante Josetxo Anitua y el batería, Jesus Suniaga. Probablemente sí. Así es el mito del que ellos mismos bebían y que formularon con tan desbordada intensidad, uniendo magistralmente interiores y expansión. Con tanto deseo y con tanta necesidad.

Y no es que al disco le falten defectos. Los dos principales, una cierta inconcreción en la estructura de los temas que a veces –si se los mira de cerca- parecen esbozos no terminados, y un discutible uso del inglés -cantado da el pego, escrito no- con el que levantan sus letras, atropellados aquelarres de resonancias presuntamente literarias que a la postre, analizados en la madurez, apenas arrojan unos pocos destellos de poesía real.



Sin embargo, hay demasiada vida pura ahí dentro para reparar en esas cosas, que quedan sepultadas, más que subsanadas, por virtudes contundentes y esenciales.

La primera, las gloriosa expresividad de las guitarras de Zamarripa: vitriólica absenta sonora, versátil, lacerante, inyectada de tradición rabiosa y crepuscular pero también personal, única, distinguible, dúctil y capaz de matices y recovecos. Algo a apreciar como maná en un país que por lo general ha asumido a la Velvet con enfáticas languideces y a los Stooges con un paleto raw power de primaria, esforzadamente trazado con escuadra y cartabón.

La segunda la voz de Anitua, magnífica, capaz de hacer que, de algún modo, entre todo el sinsentido tributario de las letras, uno se quede sólo con las palabras clave que lo significa(ba)n todo: Midnight, Danger, Rock&Roll… Ya sabemos cuales son. Y con los nombres de las mujeres fatales. Y capaz, también, de que se huela el peligro, la droga y el aislamiento, la esencia. Ian Curtis no es una mala referencia: aunque Anitua no era tan gélido, había mucho de contenida violencia intramuros de su desafiante grave vocal.

La tercera, quizá, una variedad estilística esbozada que desarrollarían en sus dos siguientes discos (también excelentes) y que se dejaba intuir en detalles como la pulsación oscuramente funkoide de “Rambling”, o en los sopapos de pop acalambrado, agridulce y eléctrico del porte de “Desert in the Girl” o de mi favorita, ese “Call it Fear” que demuestra que podían pasarse a los Jesus and Mary Chain por la piedra sin pestañear. Porque cuando lo haces mejor que el maestro no se llama influencia. Se llama “jódete”. “Fuck You”, para los amigos.

No es baladí, en todo caso, la comparación con los escoceses. Los Jesus surgieron antes, vale, pero mamaban de las mismas fuentes y, sin hacerse líos, lograban sintetizar sus influencias en un estilo (quizá un estilismo, también) que les era propio. El romanticismo de los Cancer Moon era sin embargo ligeramente distinto, más bronco y más oscuro, menos paisajístico, o, si se quiere, condenado a paisajes de cloaca más que a paisajes de páramo y contraluz. No eran “Cumbres borrascosas”, eran “Informe sobre ciegos”. O lo intentaban, al menos, oscuramente rítmicos, angustiados, sangrantes, poseídos por un inescrutable espasmo interior.

Situados en ese contexto pre-indie que tan vacuos fastos, tan poca raíz, tan poca sangre nos deparó, yo los sitúo, por espíritu, no por sonido, junto a dos bandas tocayas entre sí: Los Bichos y los Surfin’ Bichos. No tienen desde luego, la tóxica y exuberante variedad, el desaliñado clasicismo yonqui de los primeros (también reeditados hace unos años, por cierto), ni tampoco alcanzan la concisión (no pueden, chapurreando en inglés sus listas de referencias) de aquel Alfaro que dos años antes esputaba, hiperlúcido, “Bienaventurados los sucios de corazón/echando cinco duros verán a Dios”, pero un mismo tuétano de idea permeaba su discurso. Ardían. Eso es. Ardían por dentro. Un fuego frío.



Y siguen haciéndolo. En esta reedición el sonido es más nítido, los bajos de “Baster” se escuchan con mucha mayor claridad, magníficos en un acertado segundo plano, las guitarras calcinan el panorama, esplendorosas, como un aura de migraña ondulante en lugar de geométrico, la voz lo toca a uno con su mano retorcida, aunque de algún modo, hable ya desde la ultratumba. Mis temas preferidos suenan más amenazantes y escamosos que nunca (“Rambling”, la reptante pero fluida “Tell Me the Secret” donde la voz brilla con siniestra luz propia, la potentísima “Jimi, Jimi” o las antes citadas), pero incluso las canciones que me parecen más obviamente tributarias (“The Iron Need”, “Cruella Devil”) han pasado el test de la vida y la muerte con nitidez y han vuelto renovadas del olvido.

Comentario aparte para el texto de Gonzalo que acompaña, clásico inmediato de la reseña biográfico/histórica que radiografía sin piedad una Barcelona inusitadamente negra, valleinclanéa a gusto y aplica con lucidez una baza ganadora que a buen seguro le habrá traído no pocos problemas: la capacidad de no mentir y de cantarle a uno las verdades a la cara empezando por las más sucias.

Sabe bien, como todos deberíamos, que un artista puede ser un cretino integral (y suele serlo) sin que por ello deje de ser artista ni un ápice. Sabe también, ¿quién no?, que demasiado a menudo, España devora sin piedad a sus mejores hijos y que lo musical nunca ha sido una excepción. Demasiado a menudo, sí, las mejores de nuestras bandas son condenadas a la indiferencia en vida y reivindicadas sólo años después de la muerte en un ejercicio, el retrospectivo, que puede ser necesario y ejercerse de manera impecable, como es el caso, pero siempre es triste.

Así las cosas, lo que quede de contracultura en el Rock&Roll ha terminado por ser una desolada trinchera de contención, pero uno sabe que cada pequeño y enfermo ladrido de perro, cada infantil arremeter contra molinos, cada sepultado “Hunted By The Snake” nos ha permitido ser lo que somos. Y quizá no nos guste lo que somos, pero aún lo preferimos a la otra opción. Los Cancer Moon son eso: gloriosa música para la trinchera cavada donde se había planeado el templo. La truculenta y equívoca banda sonora del deseo y la necesidad. Una tarea ciertamente sagrada, la suya, y como tal pagada con el olvido general, el desprecio de la historia y la soberana, inadvertida gratitud de unos pocos.

martes, octubre 25, 2011

DEAD FARMERS - "Go Home" (Rip Society, 2010)

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Me gustan las bandas aparentemente simples que por una razón u otra consiguen no serlo. No hay tantas. Cada vez hay menos, en realidad. Son esas flores extrañas que hacen que el rock al alcance de todos (al menos todos los que sepan aporrear tres acordes y soporten a la distorsión como quien sobrelleva a un viejo amigo) pueda seguir siendo oscuro, amenazante y liberador. Los granjeros muertos lo intentan, pero por el momento no lo consiguen, esa es la triste realidad. Y digo triste porque montar una banda no es lo más difícil del mundo pero tampoco lo más fácil, y detrás de cada grupo honesto hay trabajo, privaciones y corazón. Por desgracia, a veces es recomendable que haya también talento.

Es raro, por otro lado, que el machacante esfuerzo del trío -un exabrupto de high energy encharcado en wha y fuzz con algo, poco, de psicodelia sixties enterrada bajo la grava Stooges- haya pasado casi inadvertido por aquí, donde supuestamente aún resta una decente parroquia de seguidores del desbarre australiano. Pero bueno, todo eso es teoría. Después va uno a un bolo de los Kill devil Hills, por citar a alguien que sí sabe lo que hace, y aparecen los quince de siempre.

El primer tema del bonito vinilo me hizo pensar, por lo primitivo, en los Cosmic Psychos, pero un par de asaltos después me lo repensé y concluí que ni de coña y que ya les gustaría a ellos. No es aquí el bajo el que manda, sino la caja de la batería y la guitarra que lo achicharra todo sin excesiva precisión o elocuencia. Tampoco hay hits reconocibles -y los Psychos los tenían a patadas-, sino un magma poco definido que quizá en directo impacte pero en disco se difumina, como si la lava de la erupción se escurriese por agujeros mal remendados y llegase hasta nuestros pies poca y ya fría.

La ventaja de venir de donde vienen, suponemos, es que habrán mamado sonido y actitud y la cosa les saldrá más o menos natural y fácil. El problema es que lo tienen chungo para destacar mientras Australia siga facturando con regularidad bandas de primer orden y su vieja guardia se mantenga en forma. Por otro lado, ni la producción es nada del otro mundo (y digan lo que digan la producción importa y significa cosas, incluso -o sobre todo- cuando no la hay) ni las voces son especialmente destacadas, cumplidoras, como mucho. Les queda, pues, basarse en la fuerza bruta, el desquicie eléctrico y esa tendencia tan “stoogiana” a hacer canciones a partir de líneas simplísimas que, por desgracia para el resto, se le daba bien a Asheton y Cia y a pocos, muy pocos más.

Por último, se supone que este tipo de música debería provocar algo en las tripas, ya que está lejos de ser un plato delicado: Una urgencia primaria, unas ganas de romper cosas, un reavivarse del cabreo interior. Pero no lo consigue. Quizá al que sea nuevo en esto le puedan impresionar, pero a los que hemos escuchado un poco más se nos quedan en banda aceptable, aguerrida y voluntariosa que aún no ha encontrado su voz personal. Poca cosa, a estas alturas de partido y tal como lo veo yo. Razones de sobra, en realidad, para contestarles amablemente con su propia exigencia titular: Go Home.//LUIS BOULLOSA