miércoles, agosto 29, 2012

THE JEW AND ME (a love story)


Una de las razones por las que seguí escribiendo fue Bob Dylan, así que echadle la culpa a él. Podía haberme quedado en mis poemas infantiles y mis inicios de novelas del oeste inspirados por J Mallorquí, pero me tocó en el hombro un día y cuando me volví me dijo: ¿Tienes un cigarro? Era en su época de blanco y negro con mucho grano, cuando era puro hueso de neón y gafas de sol, como en aquel sobado libro de letras que encontré en una estantería. Y como en la capital “Don’t Look Back”, que grabé de la tele en un video veta y erosioné en eternas tardes solitarias. Fue para mí antes que los beat –a los que sólo tardíamente (y parcialmente) he vuelto a valorar- y antes que el Rock&Roll propiamente dicho, probablemente mezclado con lecturas adolescentes de Huxley, Hesse (que de hecho sólo se puede leer de adolescente), Miller, Sábato, Emily Dickinson y otras hierbas malsanas que escogía con criterio puramente instintivo de la biblioteca paterna. Poco hizo en inicio, el ahora ubicuo Mr. Frost, aparte de malograrme la sencillez con una serie de imágenes intoxicantes y que difícilmente podía yo comprender en aquel tiempo, y para comprobarlo bastaría con leer los primeros intentos de canción que puse en papel, vergonzantes apaños oníricos en los que masacraba también Cohen y al pesado de Clapton, al que entonces no le había dado aún por los trajes de Armani, las bermudas de colores ni el blues higienizado para ascensor.

Sin embargo, una vez roto el hechizo opiáceo, Dylan ha sido en mi vida un ejemplo capital, y -lo que es más raro y más valorable-  lo ha seguido siendo hasta el día de hoy. Cada individuo independiente es un ejemplo en la construcción de un individuo independiente, y no se me ocurre otra cosa mejor que hacer que tratar de ser precisamente eso, ya que los niños no me interesan, los animales cada vez menos, estoy genéticamente amputado para la avaricia y tengo una fijación malsana con el arte: es decir, soy lo que la gente llama –dependiendo- un tarado o un alma libre. Ahora han pasado mis años de fan enfermizo y, pasado ya el medio del camino con mucha probabilidad (y sin ninguna gloria), cuando uno ha gastado la mitad acaso de sus años lúcidos, lo siento, a Dylan, como un viejo amiguete de tascas más que como un ídolo. Está dentro, convertidas sus canciones en un serpenteante río secreto de claves, consejos y momentos de iluminación, y su vida en una especie de paralelo y opaco espejo en el que mirarse no es doloroso.

Dicen por ahí que saca nuevo disco. Me lo agenciaré, claro, aunque discrepo con muchos dylanitas de la glorificación sistemática de sus últimos trabajos igual que discrepo del olvido en el que están sumidas algunas de sus piezas claves (“Good As I Been To You”, sin ir más lejos, por mucho que sea un álbum de versiones). A mí “Modern Times” me pareció digno y elegante, pero carente de canciones de fuste,  a excepción de “Working Man’s Blues”, por la que, esa sí, Springsteen –el artista real más sobrevalorado de los últimos 30 años- hubiera dado un brazo o dos. “Together Trough Life”, por su parte, me resulta una rareza hecha con el piloto automático, que es quizá la peor forma de dar a luz a una rareza. Para mí su último gran disco es el reseco, altivo y quemagranjas “Love & Theft”, que, curiosamente, la gente pasa un poco por alto. Claro que, por otro lado, estoy aquejado de un mal endémico entre los que hemos convivido con un artista tanto tiempo que al final la vida (nuestra) y la obra (suya) se entrelazan hasta conseguir un denso potingue de peculiares guiños y visiones: “trabajo” mucho más sus discos menores que sus grandes obras. Así que no sería raro que en diez o quince años esté defendiendo esos dos discos que ahora critico.

Cuando empecé, un poco por inercia, otro poco por casualidad, a escribir sobre música, una de las cosas que tenía en mente era hacer algún buen artículo sobre Zimmy. Uno bueno de verdad. Nunca llegó la ocasión y al final entendí que ya se había dicho demasiado sobre el sujeto (y parte de lo mejor lo ha dicho él en el excelente “Crónicas”), que había mucha gente desconocida sobre la que hablar y que abarcar sus épocas era demasiado trabajoso cuando uno tenía que seguir también su propia labor creativa. Me conformé pues, con la mejor parte: seguir empapándome de lo suyo, volver a él repetidamente –aunque espaciadamente- en los momentos más extraños de la vida (¿hay alguno no extraño, pasados los 30?), vivirlo con el mismo infantil placer liberador que tengo cuando me como un helado bajando por una calle vacía.

Esto es pues una abdicación. Seguiré comentando aquí y allá detalles, anécdotas e impresiones, pero será más mi vida que la suya. Refractario como soy a los Gurús, a los profesores y a los métodos, se que he aprendido, sin embargo, bastante más de él que de lo que podría consignar en unas líneas. Y  mi única recomendación al respecto será la más sencilla: Escuchadlo. Hacedlo sin prejuicios, si eso es posible a estas alturas de la disección. Buceadlo como se hace con los grandes, esos que acaban siendo parte del propio sistema sanguíneo y que no piden royalties a cambio.

Es pura vida, y lo demás no está. //LUIS BOULLOSA
 

A continuación, una lista de favoritos dylanescos que iré comentando en los próximos días si me da la gana.

MIS CINCO TEMAS FAVORITOS DE LOS ÚLTMOS QUINCE AÑOS (HOY)




Highlands

 
MIS CINCO TEMAS MENORES FAVORITOS (HOY)
 

SimpleTwist of Fate (Cover de Jeff Tweedy... FUCK WILCO, anyway)



Everythingis Broken (este enlace no va a la original, pero ESTE tampoco)

martes, agosto 14, 2012

JEVARRA Y SNOB (por GATO PALUG)




Como todo el mundo sabe, si hay una holocausto nuclear sobrevivirán sólo las ratas, las cucarachas y los jevis. Esta afirmación no es despreciativa, sino todo lo contrario. Cuando era chavalín –al menos a sí lo recuerdo yo- en mi pueblo había muchos rockers y muchos punkis (y muchos, muchos más yonquis, pero esa es otra historia). Dos o tres años después, cuando empecé a salir por ahí a emborracharme, quedaban tres rockers (reconvertido alguno en simple fascista) y un punk. De ellos, los que tenían algún interés por la música se dejaban caer por… ¡el bar de los jevis! Y amigo, lo cierto es que ese fue el primer lugar donde escuché a Leño, a Hendrix o a Janis Joplin, aparte de la metralla cornuda de turno. Barco escuela. El jevi metal es un barco escuela: es necesario para empezar a hacerte un hombre, pero conviene abandonarlo pronto so pena de acabar siendo una nenaza, calcificado en una pose prescrita y luciendo unas pintas deleznables de fiesta de disfraces. De las épocas de cocinillas previas al cenobio, conservamos sin embargo querencias, recuerdos y verdades que nadie nos puede arrebatar. He aquí la lista de mis bandas de metal (o cerca del metal) favoritas de todos los tiempos y una explicación del porqué de sus reinados.


NAPALM DEATH: El primer disco de los Napalm que escuché (lo conservo) me lo compré por trescientas pesetas en la cubeta de saldos de un BOB’s (equivalente al actual VIP’S). Fue en Madrid, puede que el mismo día que me agencié mi primer ejemplar del Ruta 66 (número 68, Dylan en Portada, ya han corrido 20 años). Eran una Peel Sessions (DEP) que me cambiaron la vida y demostraron que mi afirmación habitual de que determinadas músicas necesitan de instrucción previa para ser comprendidas es una fantochada y falla a menudo: los entendí. Sigo siendo fan a día de hoy aunque considero que sus dos primeros álbumes (con el inefable Mick Harris a la dañina bataca) siguen siendo su cúspide absoluta: una especie de síntesis core que explota e implota a un tiempo, reveladora, ascética, oscura y luminosa. Los vi por primera vez en directo hace algo más de un año, también en Madrid y en situación atípica: Barney Greenway (voces) había colapsado en el bolo anterior y estaba hospitalizado, así que tocaron en formato trío y a micro abierto (pasaron a hacer sus pinitos vocalistas de bandas locales y algún espontáneo). Aún así, sonaron agrestes y demoledores, más punk, en el fondo, que jevi,  demostrando que cuando uno tiene voluntad de hierro “para” no es una orden que se acate con facilidad. Leyendas.
MORBID ANGEL: Lo primero suyo que oí fue la descuartizante “Chapel of Ghouls”, en un recopilatorio en vinilo del sello Earache que me pillé de saldo en el Club de Amigos del Disco (Madrid). Me bastó para amarlos de inmediato. Luego los vi dos veces en directo, creo que las dos en la extinta sala Katedral, y aquello eran palabras mayores. Me gustan las bandas hipertécnicas que suenan sin embargo asilvestradas. Los Morbid eran de esos y pese a su burricie y salvajismo, tenían un toque de jevi clásico que no llegaba a ser hortera, lo cual es un milagro. Dioses olvidados.
BLACK SABBATH: Mis dos primeros discos de Jevi metal fueron el recopilatorio “Hot & Heavy”, de Scorpions y “Blackest Sabbath”, otro recopilatorio, que recorría lo más granado de los Sabbath, dando fe de todas sus épocas y sus distintos vocalistas. Este aún lo puedo escuchar sin sentir vergüenza ajena (el caso es que sospecho que el otro también, manda huevos). Aunque, inevitablemente, la era Ozzy es la mejor, recuerdo que “Sign of the southern cross”, con el enanete cornudo Ronnie James Dio, me la ponía bastante dura a mis tiernos y épicos 15 añitos. Anda que no molaba.
IMMORTAL: Infraghouls de la edad glaciar, coleguillas de farra –tienen toda la pinta- de aquel Merlín de John Borman que habitaba en cavernas frigoríficas, deberían tener un cameo urgente en Ice Age, en odínica misión para recuperar la bellota de los cojones. Suenan infernalmente como el culo (como debe ser, en su caso) y son la sublimación temprana de un género –el Black metal- que luego ha dado en repetirse primero hasta la náusea y después hasta el chiste facilón. Si no me repugnaran los Kiss diría que estos son mis Kiss de la ultratumba. Black is black (I want my baby back)
SEPULTURA: Brasileños, bautizados en honor a un tema de Motörhead (“Killed By Death”, creo recordar) y durante muchos años mi banda de metal favorita. Implacables reyes del ultra-trash desde el “Beneath The remains” hasta el “Chaos A.D”, pasando por el mega-clásico “Arise”, todavía retumbaban poderosos e integros en tropicalizado “Roots”, último álbum con el zampabollos de Max Cavalera como frontman. Mi favorito personal (hoy) es el citado “Chaos AD”, quizá su álbum más punk y menos heavy y donde, creo recordar, había una colaboración del cretino de Biafra (en la epatante “Biotech is Godzilla”) y una versión de New Model Army. Tienen también un video en directo grabado en Barcelona (“Under Siege”) y su versión de “Orgasmatrón” de los de Lemmy aún resuena en mi recuerdo en una lejana noche de farra del 92 en Burela, ciudad portuaria del norte de Galicia en donde, en aquellos tiempos, sólo había jevis y marineros (y era de presumir que algunos compartían ambas parafilias).
MOTÖRHEAD: Sin comentarios
SLAYER: Cuando alguien dice la palabra nihilista, no se porqué, pienso en ellos. Deben tener tan poco cerebro como notas les sobran, y sin embargo, por alguna razón oculta, fueron grandes. Y “Decade of Agression” sigue siendo uno de los mejores discos jevis en directo de la historia, si no el mejor.
PANTERA: Número dos en mi lista de epifanías violentas: “Fuckin´Hostile”, especie de inesperado fist fuckin’ adolescente contenido en el im-pres-cindi-ble “Vulgar Display of Power”. El anterior, “Cowboys from Hell”, era ya bueno, y el siguiente, el ultrabruto “Far Beyond Driven”, molaba bastante (con curiosa versión de “Planet Caravan” incluida), pero jamás volvieron a ser capaces de repetir el nivel de furia ciega y odio escupido al jeto con asesina precisión. Fueron la demostración palmaria de porqué es grande el Rock&roll: porque un puñado paletos sureños con dificultad para escribir sus nombres y encubierta querencia por el glam pueden poner el mundo patas arriba gracias a sus cojones y a un momento de gracia. Ah, y a la presencia de uno de los mejores frontmen de todos los tiempos, ese Phil Anselmo que siempre seguirá siendo adorable, por mucho crack que haya llegado a fumar. Recomiendo el visionado del video de un Monsters of Rock en Moscú donde se lía parda durante su actuación. Aún no superados en lo suyo.
HIGH ON FIRE: Hacen las portadas más feas del mercado, esas que dibujaba tu compañero melenudo del instituto mientras duraba la clase de matemáticas. Son más jevis que el viento y no lo ocultan, y sin embargo tienen una baza ganadora: su naturalidad. Agrestes, empecinados, peliagudos, armados hasta los dientes. Si tienes que elegir entre enfrentarte a un Nazgul o a Matt pike, eliges un Nazgul. Nacieron tarde para hacer la banda sonora de “Conan el barbaro”, pero da igual: te pones “Blessed Black Wings” y Conan eres tú mismo y el mundo está bajo tu espada. Directo desmontante, amiguetes.
TODAY IS THE DAY: Una de las mentes más perturbadoras del metal, Steve Austin. Quizá la más perturbadora. En el infierno hay un psiquiátrico entero para él. Para que lo dirija, claro. “In the Eyes of God” es un disco de otro mundo, y casi todo lo demás es sobresaliente, exceptuando quizá “Kiss The Pig”, pero incluyendo el demencial y trastornado doble “Sadness Will Prevail”.
JUDAS PRIEST: El papá (homo) del asunto
IRON MAIDEN: La mamá (del asunto)
VOIVOD: Eran canadienses, pero se les perdona. Creo que de puro malos eran cojonudos (igual que Celtic Frost, por decir alguien). Experimentales para los standares del jevismo de su tiempo.
SUICIDAL TENDENCIES: Empezaron siendo hardcore, y esa es la época que vale, pero como tocaban setecientas veces mejor que cualquier grupo de hardcore que haya existido jamás, terminaron cometiendo el error habitual y haciéndose jevis. Sin embargo, siempre les ha quedado algo de esa violencia visceral y ese sarcasmo directo que les hizo grandes. Por no hablar de su pinta de killer pachucos, su famoso “I shot reagan” en el arranque de “I shot the Devil” o la mejor canción zumbadora de todos los tiempos “Trip at the Brain”. En su momento, Dioses absolutos, y en su debacle metalera, todavía aprovechables. Que Robert Trujillo haya acabado de mercenario en los patéticos Metallica confirma que el mundo no es justo y que los punks deberían morir jóvenes para no poder traicionarse a sí mismos (y de paso a todos los demás)
GODFLESH: Gélidos e industriales. Puro muro de granito inglés, apocalíptico y urbano. Quizá al metal lo que Joy Division al rock, aunque ni siquiera se les pueda considerar exactamente metal. Compruébalo tu mismo, hazte ese favor.
IMPALED NAZARENE: Dejaron de interesarme cuando empecé a vislumbrar que había algo de cierto en todo su chiste homófobo y filonazi (nadie mantiene un chiste durante dos décadas si no tiene algo de verdad personal). Lo de satánico me daba más igual, y me caen bien las cabras. “Suomi Finland Perkele”, el primer disco que les escuché,  sigue siendo sin embargo un álbum apoteósico y regio en su procesional oscuridad, su furia militar y sus ocasionales pepinazos Motörhead. “Ugra Karma”, el anterior, una cegadora aura de seta atómica y los posteriores “Rapture” (afiladamente punk) y “Nihil” (afiladamente jevilón) dos trabajos de aplastante pegada. “Do you want total war?”
BURZUM: Varg Vikernes, pensador paganista conocido también por haber inventado el black metal y por su afición a quemar iglesias, asesinar rivales artísticos a puñaladas, cumplir condena con entereza y regresar al ruedo para reinventarse en tres discos mayúsculos, entre ellos el enternecedor “Fallen”, que este cronista definió como “el primer disco de black metal primaveral”. “Hvis Lyset tar Oss” y “Filosofem”, de sus inicios, son obras maestras absolutas de turbio minimalismo y visceral repetición. Ámalo u ódialo, pero es un genio igual. 

lunes, agosto 13, 2012

NOTA AL PIE



No haré un canto a mi mismo: soy periodista y consciente de lo que ello significa. Me bastará pues con una nota al pie. Esta misma. En la imagen posamos (de izquierda a derecha) un servidor (de nadie), Mr. Manuel Beteta, docto archivero de la sabiduría high-energy y otras hierbas de aroma intenso, y Mr. Esteban Hernández, maquiavélico sociólogo underground. Está tomada a la puerta de la puta sala Heineken tras un largo bolo de los Drive By truckers del que ellos salieron extasiados (en diverso grado) y yo indiferente. Para casi nadie excepto para nosotros y algún cercano, puede significar nada la foto, y sin embargo es importante: de no ser por el amor a la música rock, esa grasienta excrecencia mongoloide de la cultura imperialista americana, tres personalidades tan dispares y contrapuestas jamás se hubieran llevado bien. Así que, como dice el refrán, “en el pecado llevas la penitencia”. //LUIS BOULLOSA

martes, agosto 07, 2012

THE LAMB IN FLAMES, THE CROWN, THE THORN

Encontré esto buscando “Satanic Goat” en imágenes de Google. Por qué me dio por ese tipo de búsqueda después de una calmada mañana de piscina y de tomar el té con mi hermana, es un misterio. Estaba AQUÍ, y de esa página salté a ESTA OTRA, también bastante fantástica

BURN YOUR OWN CHURCH

Como es verano y andan mis sobrinos por aquí, he considerado pertinente recuperar este clásico de KAPUT...

sábado, agosto 04, 2012

WOODS - "Cali in a Cup"



Placeres veraniegos a cargo de WOODS, de costa oeste a costa oeste (y eso que son de Brooklyn, pero ya se sabe que para patria, el deseo). El tema es simple, pero no necesita más.

miércoles, agosto 01, 2012

ALQUIMIA Y FERTILIDAD - Una entrevista con PINK REASON


Repetitivo, desarticulado, soterradamente pop y oscuramente luminoso, “Shit in the Garden”, el Segundo largo de PINK REASON es una epifanía que muchos recuperarán con el tiempo, asombrados de no haber estado allí cuando sucedió (aunque no lo confesarán, ya se sabe que en el primer concierto de Ramones estuvo todo dios). Esta en él todo lo que se les pide a los hypes underground y que tan raramente dan, además de una saludable visión punk, un ojo innato para el hit de ultratumba y un detallismo tan cacharrero como cautivador. Con dificultad, conseguimos contactar con Kevin Failure, el genio de la lámpara, que contestó amablemente a las preguntas de KAPUT. Lejos de su convulsa vida anterior, parece haberse equilibrado y la nueva encarnación de la PINK REASON es una banda en toda regla y no un vagabundo a la fuga que va dejando perlas tras de sí. La versión original en inglés de esta entrevista, perpetrada por LUIS BOULLOSA, ha sido publicada en PERFECT SOUND FOREVER, uno de los magazines musicales on-line más antiguos en activo, y puede ser leída AQUÍ (con una introducción distinta y acaso más reveladora). Disfruten, el autor afirma que es una de las mejores entrevistas vía mail que ha hecho jamás.

KAPUT- Has dicho que en un tiempo estuviste obsesionado con transformar toda la mierda de tu vida en oro, y que la música era el ritual mágico para eso. Suena como alquimia, alquimia vital… ¿Puede la música curar y transformar las cosas? ¿Cómo? ¿Funcionó?
KEVIN FAILURE- Ciertamente, la música ha tenido un papel transformador en mi propia vida. Yo fui un descastado social desde el mismo momento en que entré en la escuela. Todas las escuelas tienen un chaval como yo, al menos en los Estados Unidos, y yo era el de la mía. Ya conoces el tipo, ese que es universalmente odiado a un tiempo por alumnos y profesores. Ese chaval con el que todos se meten, incluido el maltratado de la clase. Tuve muchos líos allí por “instigar problemas”. Así es como justifican el castigar a alguien por ser la víctima de los abusos. Me pusieron en clases para “necesidades especiales”, con niños que estaban mental o emocionalmente discapacitados. Se me consideraba un estudiante “en riesgo”. En riesgo de qué estaba yo exactamente nunca fue explicado. Así que dejé la escuela a la edad de 15 años, y en la época en que los chavales que hubieran sido mis compañeros de clase se estaban graduando en el instituto yo ya tenía una condena por drogas que impedía que pudiera conseguir un préstamo para estudiantes e ir a la universidad. Mi familia estaba atenazada por la pobreza. No había gran oportunidad para que alguien como yo tuviese un final feliz. Y no lo ha tenido mucha gente a la que he conocido en esta vida, desafortunadamente.
Mientras crecía, la música fue mi evasión ante la hostilidad y la violencia con la que hube de encontrarme en el mundo. Durante la pubertad, me convertí yo mismo en músico y empecé a usarla para canalizar mis emociones y experiencias convirtiéndolas en algo tangible que pudiese usar como moneda. Era un chanchullo. Era un pase que me permitía el acceso a la gente más mayor de la escena punk y a su comunidad. En ocasiones, usé el hecho de ser músico para poder encontrar comida o cobijo. Era duro, era una lucha, pero había un cierto sentido de orgullo en lo que estaba haciendo, y eso era algo.

Finalmente, supongo que cuando llegó el momento apropiado, me permitió un acceso aún mayor a mundos exteriores a aquel que yo ya conocía. Eso me permitió viajar y conocer gente. Conocí a mi mujer a través de la música. Me ha conseguido la mayor parte de los curros que he tenido. Me ha llevado alrededor del mundo.
En estos tiempos, tengo un lugar en este mundo. La vida no carece de problemas, pero mi posición ahora es muy distinta de aquella en la cual nací. Ha sido la música la que me diferenciado de mis coetáneos mientras crecía. La he usado para, esencialmente, construir la vida que quería. Suelo estar ocupado, y a menudo estresado, y siempre habrá problemas, pero la música me proveyó de libertad, independencia y algo que se asemeja a la satisfacción.

K.- ¿Es todavía ese tu objetivo o ya has transformado la mierda en oro? ¿Tiene todo ello algo que ver con el título de tu disco “Shit in the garden” (Mierda en el jardín)?
K.F.- “Shit in the garden” era sobre la alquimia, pero también sobre la fertilidad. No hay final, por lo que yo puedo ver, en aquello que hago. Los tiempos y las circunstancias cambian, pero, como alguien que ha viajado toda su vida, he aprendido a adaptarme a esas cosas.

K.- Se ha hablado mucho de tus tiempos de chaval en Rusia y se te ha retratado como un vagabundo, yendo de ciudad en ciudad. ¿Aún vives así?. Qué te trajo ese tipo de vida y como influyó en tus letras y tu modo de componer?
K.F.- Ese estilo de vida me trajo la música que hago. Hoy, tengo una mujer y un hijo. Pero eso también es nuevo para mí. No puedo predecir qué traerá el futuro, pero seguro que habrá movimiento. Mi mujer también tiene un corazón aventurero y ha estado en unos cuantos sitios por su cuenta.

Creo que debería ser obvio como en el pasado ese tipo de vida me llevó hasta las grabaciones caseras de baja fidelidad. Y creo que la gente que escuche lo que estamos haciendo ahora como banda podrá oír el hecho de que ahora tengo una vida más estable. Tengo una banda a tiempo completo. Grabamos en un estudio. Puedo permitírmelo ya que permanezco en un lugar el tiempo suficiente para ahorrar algo de dinero de mi trabajo. Pink Reason lo consigue de la manera que pueda. Por cualquier medio necesario, pero también por cualquier medio que esté a nuestro alcance económico.
K.- El DIY (siglas de Do It Yourself, hazlo tu mismo. N. del T.) suele ser dibujado como una elección política, pero a menudo parece más un método de trabajo inevitable. ¿Te gustaría tener mejor equipo y más dinero para grabar libremente?

K.F.- Desde luego. Especialmente ahora que estoy relativamente estable y de algún modo fijo por un tiempo. Es más fácil tener un buen equipo cuando no tienes que preocuparte de cómo lo vas a meter en tu mochila. No me importa mucho el fetichismo “lo-fi”. Venimos de la pobreza, y es por ello que hemos grabado “lo-fi” en el pasado. Siempre habrá idiotas viviendo “a lo pobre”. Son buitres de la cultura, que les den.
K.- Consideras que tu música está cerca de la técnica de collage? ¿Cómo construyes las canciones y cuál es la importancia de los accidentes en el proceso?

K.F.- Es siempre diferente. A veces son como collages, fijo. A veces es solo la típica construcción rock. Trato de no quedarme estancado en ningún modo particular de hacer ninguna cosa. Hay elementos de improvisación incluidos en lo que hace la banda, y los “accidentes” son bienvenidos a veces, pero soy muy critico con mi trabajo y el de los músicos con los que toco. Intento no dirigir demasiado a la gente con la que trabajo, pero sino estoy contento con como interpretan, no trabajaré con ellos.
K.- ¿Consideras que tu música es urbana, que la ciudad, como concepto, tiene una importancia en ella?

K.F.- A veces. Viví en Brooklyn durante cuatro años mientras tocaba con Pink Reason. Mientras estaba allí, el sonido de la banda estaba ciertamente influido por la ciudad misma. Las experiencias y emociones sobre los que canto, sin embargo, no se limitan a “la ciudad” y la banda se formó en la comunidad, bastante rural, de Superior, Wisconsin, en la punta más al norte de aquel estado. Mucho del trabajo primerizo de la banda se hizo en una granja lejos de cualquier cosa que se pareciese a una ciudad, en el norte de Wisconsin. La verdad sea dicha, preferiría vivir en el campo, aunque hay también sin duda muchas ventajas en vivir en una ciudad.
K.- ¿Cuál es la importancia de la repetición en tu música?

K.F.- A veces tiene un papel muy importante. Especialmente al principio de la carrera de la banda yo estaba haciendo intencionadamente música que fuese hipnótica. En este momento diría que es menos importante, aunque mucha música utiliza la repetición. Los ritmos, los riffs y los estribillos se repiten a través de la música que está basada en el rock. Hay una fina línea entre algo que te succiona a través de la repetición hipnótica y algo que simplemente es aburrido. Supongo que el lugar en el que esa línea se encuentra para ti depende de si te gustan o no las drogas.
K.- Aunque tu música y la suya son diferentes, el nivel de caos de Pink Reason me record a Royal Trux, una banda que me encanta. Con bandas así siempre me pregunto a mí mismo… ¿qué parte de ese caos está bajo control?

K.F.- Supongo que depende de cuando lo preguntes. Intento trabajar con gente que entiende lo que es de buen gusto y lo que no, para no tener que trazarles límites, sean sonoros o de comportamiento. Me gustaría pensar que hemos ganado más control con el paso del tiempo. La primera vez que Pink Reason tocamos con la formación actual, yo acabé sangrando hasta quedar inconsciente mientras aullaba una oración para la audiencia. En aquel punto, tenía poco control del caos.
K.- ¿Qué tipo de gente va a tus conciertos?

K.F.- De todo, desde jóvenes y hermosas mujeres hasta viejos gordos. Tenemos estudiantes, yonquis, coleccionistas de discos. Algunos abogados, algunos criminales. Algunos maderos. Sí, hay al menos un par de maderos que son fans y vienen a todos nuestros espectáculos cuando venimos al pueblo. Uno de mis fans en la ciudad en la que vivo ahora apuñaló a alguien hace poco. Conocí a mi mujer en un bolo al que la había traído por la fuerza un tipo que está metido en la brujería… También varía de ciudad a ciudad: a veces son punks crust, otras, indie rockers. Supongo que la distinta gente le gustarán cosas distintas de la banda, pero no creo que tengas que ser un tipo concreto de persona para apreciar las canciones.
K.- ¿Cuál es la formación actual?

K.F.- Yo toco la guitarra y canto. Matt toca la guitarra solista, él es el líder de Psychedelic Horseshit, también. Nuestro bajista, Shawn, estaba originalmente en TV Ghost y nuestro batería, Rich, ha tocado la bataca con Horseshit y Eat Skull y es también humorista.
K.- La primera vez que escuché “Sixteen years” me quedé alucinado. Para mí, esa canción es como un violento y moderno punto medio en un triángulo formado por el Lou Reed más experimental, el trabajo en solitario de Michael Gira y, quizá, los Joy Division… ¿te interesan esos artistas?

K.F.- Todos esos artistas fueron influyentes para mí al final de mi adolescencia. Todavía me gustan bastante todos ellos, aunque ya no escucho nada de ese material regularmente, excepto quizá a la Velvet, sobre todo el material en directo. No hay ninguna gran influencia que pueda definir el sonido de Pink Reason. Tomo mis influencias de todos lados, siempre están cambiando. Últimamente me he sentido influido por bandas como Hanoi Rocks, los primeros Skrewdriver, los Pagans/Dead Boys y otras bandas de Rock&Roll crudo.
K.- Has girado por Chile, que no parece un país habitual par alas bandas independientes americanas. ¿Podrías hablarme de la experiencia y la escena de allí?

K.F.- Fue una experiencia preciosa. La escena allí abajo es ¡totalmente psicodélica! Muy buena gente trabajando junta para construir algo chulo. Los conciertos fueron todos en bares o espacios que llevaba gente de la escena. Tipos de distintas bandas se unían y alquilaban un apartamento que era usado como estudio y local de ensayo, con camas para que de vez en cuando alguien sobara y una sala de estar para las fiestas. Fue genial, aunque estoy seguro de que también hay dificultades. Una cosa que realmente me impresionó es que la escena abarcaba generaciones y disciplinas. Había artistas, hooligans futboleros, skaters, y en las fiestas y los bolos te podías encontrar a alguien como Hugo, que diría que andaba por los sesenta y pico y era la principal fuente de  rock psicodélico en Chile, había abierto la primera tienda de skate del país y era un absoluto hedonista y un hombre salvaje… y lo podías encontrar conversando con Nico, de Vapourboat, una de las bandas más interesantes de Santiago, y que sólo tenía quince años. Creo que la juventud allí, al menos los que yo conocí, valoran grandemente todo lo que tienen, porque los miembros más viejos de la escena pueden recordarles, y lo hacen, con su música y su arte, que las cosas no siempre fueron así. Échale un vistazo a Especial 35 (http://www.especial35.net/) para investigar más a fondo y busca los discos en Pasta Base Records.
K.- ¿Puedes vivir de la música?

K.F.- No, tengo familia y la banda no hace dinero suficiente ni siquiera para arreglar nuestro equipo a menos que ahorremos todo lo que sacamos durante al menos un año. Es vagamente autosuficiente.

K.- ¿Qué significa para ti la palabra “punk” hoy en día?
K.F.- Hay una cita famosa de un juez del tribunal supremo sobre “la obscenidad” en la que dice “la conozco cuando la veo”, y yo siento lo mismo con respecto al punk. Es más que un estilo de música, es una actitud, es un estilo de vida. Te puedo decir unas pocas cosas que no son punk. Venderle tu música a una marca de coches no es muy punk. Conozco a punks que han hecho esto, y son sin duda punks, además de gente excelente, pero hacer eso no es punk en absoluto. Trabajar para una compañía de seguros es otra cosa que no es punk. No me importa que tu única otra opción sea ser un homeless. Lo he probado y no es tan malo. Ciertamente, es mejor que trabajar para una compañía de seguros.

K.- ¿Qué hay después de la muerte?
K.F.-Sólo hay una manera de descubrirlo.

viernes, julio 20, 2012

ACLARACIONES (y otras perversiones)


Me he encontrado en mi blog (este blog) con un comentario de Carlos Zanón, escritor y periodista musical referente a mi artículo “Que se mueran los Bee Gees”. El caso es que el comentario  ha desaparecido y como es posible que en mi actual estado de resaca el culpable haya sido yo, sin darme cuenta, pido disculpas de antemano. Nunca borro ningún comentario si no es por accidente, y menos los que tienen sentido, y este lo tenía. Contesto, en todo caso:

-Lo de la “magnanimidad” era pura ironía, como se comprenderá… Creo que la ironía es importante para sobrevivir.

-Considero al señor Zanón -como por otro lado digo en mi artículo- un profesional solvente y con un estilo por encima de la media.

-Estoy de acuerdo con él en que cada uno escribe sobre lo que le parece y no dudo que él crea en lo que dice (no tengo razón alguna para hacerlo).

-Ser crítico de cualquier cosa implica equivocarse a menudo. La exageración es un error en el que yo incurro con frecuencia. Soportar la contracrítica es ley de vida.

-Los Bee Gees me siguen pareciendo una castaña nefasta.

-Mantengo mi opinión sobre la crítica rock en general, que era de lo que iba el asunto.

Aquí paz y después gloria.//LUIS BOULLOSA

SALEM (Live)



Una banda interesante de Chicago, sobre la que podéis encontrar algo más AQUÍ...

lunes, julio 02, 2012

ROYAL HEADACHE

Royal Headache - Never Again from Tracy Vanessa on Vimeo.

Alguien que traiga a ESTOS TIPOS por aquí...

EL CORAZÓN LLENO DE NAPALM – SÍMBOLOS DE SÍMBOLOS (I)



Decía Borges en alguna página de “Nuevas inquisiciones” y hablando de Nathaniel Hawthorne que hay escritores que escriben a partir de imágenes. Un engorro, sin duda, haber nacido así para las letras –quien lo probó, lo sabe-, pero quizá no tanto si lo tuyo es escribir canciones, un terreno menos extenso y más fértil para quienes no parten de un argumento sino que lo buscan; para quienes no dicen “contaré esta historia” sino que intuyen que detrás de lo que VEN hay una historia y hacen, pues, que su trabajo sea no el contarla, sino el encontrarla. O el contar el proceso de búsqueda. La música es más abierta a ese nivel.

Escuchaba el otro día a una banda que tocaba con nosotros hacer una versión de “Nuevo Harlem” (“En el Nuevo Harlem/en nuestro Bangladesh/en el Nuevo Harlem bajo/el otro andén”), un tema de los Lagartija Nick, aquella banda tan prometedora en su momento y, al menos para mí, tan decepcionante a medida que evolucionó, y pensaba: “Basta con una buena imagen, una solamente, para que una canción funcione”. Obviemos, claro, que en este caso la imagen es prestada, en cierto modo, enunciada previamente bajo otra forma por el más arriesgado y discutible de los Lorcas, ese que arrancaba “El Rey de Harlem” diciendo “Con una cuchara/arrancaba los ojos a los cocodrilos/y golpeaba el trasero de los monos” (que delicado y que cursi ese “trasero”, y que demoledor arranque, sin embargo).

Una imagen: “Pretty Woman” es la mujer hermosa que baja por la calle –y casi puede reducirse a ese simiesco aullido de aprobación masculina que entona pacatamente Orbison con inimitable gorgorito-; “Smoke on the Water” es un edificio ardiendo sobre un lago, con la capacidad que esto tenga –parece que mucha- para hacer bailar los cajones de nuestro inconsciente colectivo. “Sittin’ on The Edge of the Bed Crying” de los Drones es… bueno, es lo que su mismo título dice como lo son, supongo (cito las primeras que se me ocurren) “Ocean Shore” de los Celibate Rifles”, "Bikini Girls with Machine Guns” o “Naked Girl Falling Down the Stairs”” de los Cramps (que bien se les daban a estos la cosa, por cierto). O el puto “Search And Destroy”: soy joven y estoy loco, voy por las calles como un chulesco animal (enjaulado) en busca de mi dosis (I’m a street walking cheetah with a heart full of napalm”).




Por supuesto, no todas las canciones –ni siquiera una mayoría, supongo- son así, aunque abunden en la música popular. Hay temas que, de hecho, acumulan imágenes hasta la extenuación en lugar de sintetizarlo todo en una (pienso en “Lily, Rosemary and the Jacks of Hearts” y muchas otras de Dylan), o canciones narrativas de largo recorrido que son casi novelas  (“Tangled Up in Blue”, por no salirnos de la tradición juidaica).  Pero incluso en las que son parte de una construcción narrativa compleja, sucede a menudo que la imagen manda, simplifica, sintetiza y comunica de una manera difícilmente asequible para el razonamiento argumentado (al cabo, tenemos poco tiempo, queremos hacerlo rápido, es Rock&Roll, divina o maldita urgencia). Pienso, por ejemplo, en “Magic & Loss”, quizá mi disco favorito de madurez de Lou Reed, esa terrible crónica de la enfermedad y la muerte. Ahí está “Goodby Mass”, que es una imagen o puede ser reducida a ella: el hombre sentado en el funeral de su amigo, tratando de contener el dolor o preguntándose como lidiar con la ausencia de éste (“Sitting on a hard chair/trying to sit straight”). Y ahí está “Sword of Damocles”, que no necesita más explicación. Y ahí está “Magician” que es un hombre clamando a un ente superior en el que no cree porque no quiere morir. A despecho de que las canciones posean después una narrativa propia y extendida, en algunos casos sencillamente heladora, podría intentar reducirse un disco paradójicamente -o no- tan “literario” a un número de viñetas igual al de canciones. Y quizá eso sean las canciones de las que hablo: viñetas dibujadas por gentes con instintiva capacidad para el símbolo profundo, voluntad para observar la vida y un talento para el latrocinio y la apropiación que es necesario, casi siempre, en un creador. Al fin y al cabo, como me dijo un amigo “temas de verdad sólo hay cuatro o cinco”, y como añade el citado Borges en otro lugar del mismo libro, acaso las metáforas válidas sean sólo unas pocas y por eso se repiten siempre.

El problema viene, como indicaba al principio- cuando no se sabe qué es lo que representa o significa el símbolo –la visión que uno ha tenido-,  si es que significa algo en realidad. Ahí, de nuevo, el pop es más sencillo (y es que, no nos liemos, hacer una buena canción es más fácil que hacer un buen cuento, y hacer un buen cuento más fácil que hacer una mala novela): creo firmemente que hay un número importante de grandes canciones cuyo significado sus creadores ignoran. Sin embargo, y ahí está una de las claves, no ignoran que ese significado existe y que es poderoso, y por eso las canciones son, pese a todo, grandes. Por eso funcionan.

La búsqueda y el enunciado en crudo comunican, hace vibrar algo dentro, y el público del Rock, condescendiente, poco crítico, inteligente, quizá, en esa reducción absoluta a la primigenia emoción, no va a pedir cuentas ni explicación. Con un libro tendrías, en lugar de trescientos tipos coreando puño en alto algo que no comprenden, pero al menos sienten, a un editor discutiéndote algo que comprende menos aún y tratando de decirte sibilinamente qué es lo que en realidad querías TÚ contar (es decir, tratando de convertirse en autor encubierto en nombre de las supuestas “normas” de la narrativa). ¿Existen las normas de la narrativa? Existen, quizá, pero son demasiadas y por eso se le suele llamar “estilo personal”. Lo que sí existen son normas temporales y generacionales sobre como debe ser la narrativa “cool”; normas que suelen simplonas y, a medio plazo, inútiles.




A veces -y eso distingue a la música como lenguaje aparte, aliado, pero no necesariamente, con la palabra- las imágenes esenciales están contenidas por el sonido mismo. Pienso en la canción de los Rifles que he citado antes, “Ocean Shore”. Si no tuviera letra (una letra que no recuerdo) seguiría diciendo lo mismo, y si ni siquiera tuviésemos la guía del título daría igual. Es la música de un hombre en la orilla, frente al sol y al agua, muy anteriores a él y mucho más grandes que él. Sólo dudo si los demás lo perciben como un atardecer (así me sucede a mí) o no. En el lado no tan bueno del asunto, de esa capacidad viene el a menudo inevitable talante icónico del pop, su irritante facilidad para encarnarse en símbolo simplón (y por tanto vendible). O quizá es que nuestra mente tiende a sintetizar, para bien nuestro y comprensión del vulgo, sabiendo –ella antes que nosotros-  que hay quien come bocadillos de chorizo y de queso cada día pero nunca llega a pensar que ambos elementos se puedan combinar (siento la imagen chusca, pero es que conozco un caso).

Y también hay creadores peculiares, como nuestro querido Michael Gira, capaces de hacer temas que son en sí mismos una imagen única de contemplación, pese a que para levantarla use varias (“Kosinsky”). Sobre eso y sobre todos los errores que contiene este texto redactado a vuelapluma, hablaremos mañana. Conteste quien le plazca, por el momento, con su opinión personal.
Fdo.-LUIS BOULLOSA

miércoles, junio 27, 2012

ROYAL TRUX - "Singles, Live, Unreleased"


Paso gran parte de la mañana escuchando mi disco favorito de los Royal Trux, ese imprescindible doble de singles y rarezas que cubre la etapa 88-94 y define a la perfección lo que la desastrada parejita Hagerty/Herrema planteaba y se encargó luego de concretar con mayor o menor fortuna en varios discos, algunos de ellos brillantes. Y quizá el mayor acierto de esta recopilación es precisamente que en ella no encontramos esa reducción, esa síntesis, que amputó de los trabajos “oficiales” (sobre todo a partir de "Cats And Dogs") la parte más experimental y volada, los desarrollos de free jazz de f(r)actura prescolar pero gloriosa expresividad, el ruidismo reiterativo, cabezón y porquesí, el ansia inacabada, los lapsos de lucidez envueltos en parodia ruidista más sureña que neoyorquina, la gloriosa bronca y la falta de cortapisas, en fin, que les llevaba a arremeter como si nada contra Milton Nascimento (“Faca Amolada”) y salir asombrosamente indemnes de la osadía merced a una clase innata que es, probablemente, lo único que no se les puede discutir.
Me pasa con los Trux algo mundano y perdonable, pero que un crítico debe evitar: Me captura su imagen, el vaho de su desgana de yonquis espabilados, la belleza misma de su estampa, con esa impagable Herrema a la que hace años envié un telegrama nocturno del que no me arrepiento. Me entrego maniatado a su trampa –tan vieja, tan natural a veces- porque me cautiva una imagen que en otros discuto y que, al cabo, nunca debiera ser más importante que la música. Pero así somos, mitómanos todos. Basta con buscar el mito o infra-mito que aluda a nuestras propias debilidades y carencias. Es humano, además, e incluso necesario para sobrevivir, sentirse transportado por lo estético y dejarse llevar, de vez en cuando, olvidando el castrante rigor; sobre todo cuando, como es el caso, el sonido no hace sino reafirmar tan oxidada pose, al tiempo evanescente y carnal. Sobre todo cuando -me digo- tras el viaje opiáceo al olvido, regresamos a la casa vacía bañados en ruido, renovados y conscientes de que, aún sin toda la pirotecnia, la cosa funcionaría igual.


No es un disco fácil, pese a todo. Ni siquiera en este lejano 2012 en el que todos los post ruidos han sido incluidos ya en la psique colectiva del maníaco musical y la rata de biblioteca indie. Viéndolo en perspectiva, quitándole la citada cáscara, si se quiere, este “Singles, Live, Unreleased” le pasa por la banda a la mayor parte de los experimentalistas de raíz rock que se nos vendieron en los 90, incluyendo cualquier disco de Sonic Youth que me queráis traer de regalo. Va siendo hora de hacer esa criba, en la distancia. Va siendo hora de reconocer que a aquella generación, sector enterados, le tocó (nos tocó, como siempre, supongo) comulgar con unas cuantas ruedas de molino que no eran gran cosa (Pavement, Sebadoh, los diversos iconos vendibles previa rebaja del ruido esencial) y que no dimos la importancia que sí tenían a otros cuantos bichos muy pero que muy serios. Se me ocurren los infecciosos y quirúrgicos Jesus Lizard (y toda la detonante cuadrilla de AmRep). Se me ocurren, por viajar al otro lado del espectro, los modestos Walkabouts. O bandas como Earth o melvins (tardíamente convertidos en unos dioses que tampoco son, por pura perseverancia). O los iniciales Seaweed, olvidados. O incluso los Screaming Trees de la primera época, que en su cierto preciosismo sixties no parecían cuadrar con la desastrada y austera nihilista de Nirvana y su inmediata corte de clones. Claro que ya sabemos a donde nos llevaron esos clones. Ahora le hablas a alguien del asunto y encuentras más cristic victims que verdaderos amantes de la música o la actitud. Más Alice in Chains y “que bueno está Eddie Vedder” que alimento real. Más “Kurt vive” que interés por la vida misma. Más centro comercial que bosque, mucho más.
Da igual. Eso también es parte de la historia y como tal debe ser tratado, pero -milagros de la tecnología, aunque sea ya vieja- uno aún puede coger esos discos que pasó por alto en la vorágine de los tiempos de juventud y concederles su espacio HOY. Para esa justicia retrospectiva (y para pocas cosas más) sirve una colección de discos. Para esas sorpresas y el placer que experimento AHORA, no entonces, volviendo a cascarme de corrido los 32 temas de este artefacto dañino, roto, diríase que erróneo casi a propósito; dejándome llevar por el intoxicado, intoxicante vaivén de barrabasadas como “Shockwave Rider” o “Law Man” (Jefferson Airplane), por el funkoide retraso mental de “Womban”, el laid back junkie style pegajosamente stoniano de “Mercury” o el flotante riff/drone de “Red Tiger”. Eso sólo en el primer cd.


“Somos la mayor banda de Boogie del mundo, decía Hagerty”, y a su manera espacial y posmoderna, tenía razón. Ese alegato gritón, desbocado, tendente al desfase de guitarras metadónicas tenía los pies en una tradición en la que probablemente tenían tanto peso, o más, los Skynnird, JJ Cale o los ZZ Top –convenientemente reducidos a pulpa inyectable- que la Gauche Divine de Nueva York, siempre en busca de sus quince minutos de shock radiable. Y los Stones, claro. Eran capaces, además, de aunar el espasmo eléctrico ciego (“Baghdad Buzz”) con la pasividad contemplativa (esa especie de versión yoncarra de Tom Waits que levantan en “Cut You loose”) y de mutar el rock de desguace que abanderarían los sobrevalorados Pussy Galore (donde estuvo Hagerty) con el viaje cósmico (“Hero Zero”, “Teeth”), aunque fuese a lomos de un Chevy Impala de tercera mano. Eran un coche a punto de palmar, sí, pero quizá por ello fueron también una de las formulaciones más perfectas de la descacharrada gracia a la que en ocasiones puede llegar el Rock&Roll. Sin miedo a hacer temas con bajo, flauta y cacharros de cocina ("Statik Jakl"). Sin miedo a regresar a pulsaciones clásicas (“Cleveland”) o ingresar en el chiste ocasional (“Theme from M*A*S*H”). Sin miedo a la subida ni a la bajada. Sin temor al viaje. La vuelta, ya se verá.


Al final importa bastante poco la mucha o poca heroína que se metieran en la época, lo listos o idiotas que fueran al conducir su carrera en la época en que las discográficas saqueaban el underground en busca de nuevos tsunamis generacionales, las poses de la Herrema para calendarios de alta gama y revistas de moda e incluso un presente que ignoro parcialmente (aunque sé que Neil Hagerty ha seguido en la brecha y tengo algún disco suyo y de Howling Hex). Lo que importa es que HOY y AQUÍ los escucho con esa mezcla de inquietud, insatisfacción y amargor al fondo del paladar y con esas ganas de HACER que siempre me provoca el mejor Rock&Roll.
Prueben. A la primera puede provocar vómitos. A la segunda suele causar adicción.
Fdo. LUIS BOULLOSA

UN HOMBRE LLAMADO AL CARALLO

You won't get out of this life alive










Oyendo los grillos y viendo caer la noche. La luna se desliza rodando ladera abajo como un tonel. Otro mes así y empezaré a mandar bombas por correo.

Ayer estaba de un humor agrio y vacío y llegue a la siguiente conclusión, acaso injusta: la mejor forma de entender el nuevo underground español y de paso no perder el tiempo es agenciarse “Jane From Occupied Europe”de los Swell Maps, porque ya estaba todo allí: el recorta y pega, el dadaísmo de chico listo en el salón de su casa y las ínfulas subterráneas bajo la pinta de “no voy de nada”. Pero además eran buenos. Si no les resulta suficiente, se ponen el doble de rarezas de los Royal Trux y ya está. Además, que cojones importa la música.

La otra opción –siempre la mejor- es no hacerme caso y echar un oído a lo que se cuece ahí fuera, en SSpaña. A mí casi todo me deja frío, pero tiene que haber, por cojones, sorpresas en alguna parte. Quizá en todas partes, ¿por qué no? Rebajen un poco el espíritu crítico, admitan que el gato y la liebre saben igual (y que quizá nunca hubo liebre) y disfruten de la vida. Es lo mejor para no pensar en esa misma vida y dejar de disfrutarla.

¿Me he necrosado definitivamente como crítico?, me pregunto. Es posible, al cabo, raro sería que la música siguiera motivándonos igual mientras todo lo demás se vuelve desvaído. ¿Prescribo píldoras desganado y cuento los minutos para acabar el turno como un medicucho cualquiera? Quizá. A ellos les va bien así, al menos les pagan por una desgana que no les queda ni la mitad de lograda que a mí.

Después se me ocurre que ya de perder la ilusión, cuanto antes mejor. Tiene que haber (¡otra ilusión!) algo detrás de ese muro ficticio con el que nos han alimentado desde siempre, ese del esfuerzo y el premio, la petrificación y el premio, el silencio y el premio, el sicariado y el premio, la banalidad y el premio… pero ¿qué?

Decía Richard Harris -que el diablo le sirva generosos los scotchs- cuando le preguntaban por los años que pasó limpio -para no morir- que habían sido “los 13 años más aburridos de mi vida”. Inventarse pasiones en la mediana edad –no os hagáis líos, los treinta y muchos son la mediana edad- es complicado y artificioso, y además hay que hacerlo al tiempo que se sobrevive a las ya establecidas –difíciles de extirpar, quizá nos gustaría- y al soporífero embate de lo común. Pero es que la simple contemplación implica un riesgo cierto y mayor. Por cada Diógenes debe haber veinte suicidas.

(Y pensaba yo, haciéndome un bocata a altas horas en la cocina que es curioso que la gente insista en que la muerte es parte de la vida y a nadie se le ocurra nunca acercarse con más sencillez a la verdad: la vida es parte de la muerte).

-¿No hay nada detrás del muro, verdad?

-No, hijo, nunca hubo nada más.

Tienen razón los niños que juegan. No los enviéis a la escuela jamás.

También la tienen sus pobres imitadores, los artistas que sólo buscan el placer.

-¿Estamos a tiempo de regresar a un cierto hedonismo instintivo, comandante?

En el vuelo L-1975 hacia la nada suenan los Swell Maps y los Royal Trux a todo trapo, en medio de una noche perpétua a través de la cual puedo ver la luna amarilla saltar como un tonel sobre un horizonte recortado de papel maché. Pero era una pregunta retórica.

Sé que la respuesta es “NO”.

martes, junio 19, 2012

HASTA LA DERROTA SIEMPRE (Kaput en facebook)


KAPUT, "la revista hecha por gente con resaca para gente con resaca", fue ideada por un servidor y mi amigo H. y funcionó como fanzine en papel durante un tiempo a mediados de la década pasada. Algunos de vosotros lo sabéis y quizá incluso tengáis algun vetusto ejemplar criando polvo en las estanterías. Guardadlo, las existencias han sido liquidadas y apenas me quedan unos diez de cada número. Con el tiempo, como otras tantas cosas, servirá para recordaros que un día fuisteis jóvenes, o al menos no tan viejos, y en ese cometido, apuesto lo que sea, será más divertido que la presbicia, la acentuación de las manías y el lento convertirse en polvo.

En un último coletazo, se intentó sacar un número seis que se quedó encallado por falta de presupuesto cuando casi estaba hecho y a partir de entonces ha venido siendo, simplemente, este blog que empecé a finales de 2006. Pronto hará seis añitos, que cosmicamente son lo mismo que todo, o sea, nada, pero que para una empresa así, hecha por amor al arte, para mantener la mano entrenada y, en definitiva, porque nos da la gana, es un lapso de tiempo considerable. No, no os preocupéis, mis queridos cuarenta y seis, no lo voy a chapar.

Cuarenta y seis, en efecto. Los que lucen aquí a la derecha (y dos de los cuales, por otro lado, soy yo mismo). Esos son los que se han interesado lo suficiente por lo nuestro como para añadir a KAPUT a sus "seguimientos". Habrá, probablemente, otros tantos en la sombra, aunque lo ignoro. A partir de hoy, el que quiera, podrá seguirnos en FACEBOOK, desde AQUÍ. Por supuesto no estará allí todo, sino simplemente algunos links a nuestros artículos más interesantes (según mi propio e infalible criterio), así que por el momento esto y sólo esto sigue siendo KAPUT. Se trata, lo de facebook, digámoslo sencillamente, de un intento de que lo que hacemos llegue a alguna gente más. No es que nos guste la gente, entendedme, pero tratamos de educarla en lo posible para equilibrar esa debacle que llena los estadios y vacía las camas, las bibliotecas y los buenos garitos oscuros (esa especie en extinción). La victoria será pírrica o (más probablemente) no será.

Gracias a todos los que nos habéis seguido alguna vez. Y bienvenidos a lo que queda de vida por gastar. //texto e imagen - LUIS BOULLOSA

KAPUT EN FACEBOOK

lunes, junio 18, 2012

UNSANE en Madrid (jueves 21)



Resulta que tocan UNSANE en madrid el próximo jueves 21 y que me lo voy a perder. Para que no os pase a vosotros, os dejo el tercer cartel de la curiosa serie que ha realizado RAFAEL JARAMILLO (ver enlaces). Con los neoyorquinos vienen BIG BUSINESS, a los que no he escuchado pero, entre los que está, si no me equivoco, KING BUZZO, de los sacrosantos MELVINS. Si os habéis gastado el presupuesto del trimestre en ir a ver a "Bruce" al geriátrico Santiago Bernabéu, pues os jodéis.

CARTEL UNO

CARTEL DOS

CARTEL TRES

sábado, junio 16, 2012

HOMENAJE A MULE (sala EL SOL)




El próximo sábado 30 en la sala EL SOL de Madrid, tendrá lugar un homenaje a nuestro amigo MULE, baterista excelente, punk de alma y de música, y una de las mejores personas que hemos conocido y que, como sabéis, falleció recientemente. Allí estarán los muchos que apreciaron su presencia y los muchos (como yo) para los que fue una inspiración y un apoyo en las buenas y las malas épocas. Homiño y yo, que tocamos con él en LA CAMADA y la MASTER DISASTER GANG, vendremos desde Galicia para hacer unos temas. Tocarán también los GROOVIN' FLAMINGOS, la MULESAÑA BAND (con intervenciones de gente diversa que alguna vez tocó con él) y, al parecer, los magníficos WIPE OUT SKATERS, que tanto le gustaban a Mule y que se han reunido para la ocasión. Lo merece. Espero veros a todos por allí. Rock&Roll.

DESINTEGRACIÓN MENTAL (en falso directo)



Es siempre al releer mis cuadernos –esos en los que apenas cuento detalles o cosas tangibles, esos que son más reflexión abstracta que contabilidad, más acumulación que plan- cuando me doy cuenta, sin embargo, y sin poder negarlo, de lo turbulenta que ha sido a menudo mi vida. Sin sangres, pero turbulenta y oscura, empecinada, trabada como un mal combate de pesos medios, por mucho que a mi me hubiese gustado llevarla de manera más grácil. Paseo por uno de esos cuadernos (2009) sorprendido como siempre por las andanzas del fantasma que supuestamente fui yo: un ser algo translúcido que opina de los demás y sobre el que los demás opinan también (cartas, mensajes de móvil apuntados, reflexiones captadas al vuelo y rescatadas, heroicamente, el día después de alguna borrachera). Un fantasma vanidoso, sin duda, aunque también consoladoramente trabajador, que reflexiona, en un margen, sobre su propia incorporeidad (“Quizá haya que considerar también los diarios como obra. Sería un consuelo. Estaría haciendo algo”) y, unas páginas después, sobre lo inevitable del oficio y como sortear sus frustraciones (“Considerando que escribir, además de una necesidad y una pura  emanación -el espíritu supura por donde puede-, como un trabajo de largo recorrido e inevitablemente inacabado”). Es agradable transitar de nuevo por páginas olvidadas, de noche, en el aislamiento casi total del campo bajo la lluvia, encontrando entre la morralla diaria del pasado destellos de poesía macarra (… y una corte de lirones de competición/trastornados por el amor y las drogas de farmacia…) y momentos confesionales a los que el tiempo ha hecho justicia: “He tardado cinco meses en finalizar este cuaderno, que es en cierto modo un acta de supervivencia y en otro una de resurrección. Así de dura fue la vida entonces, y aunque poco he hablado de ello debería notarse, atravesar limpiamente las páginas, como la luz. Lo acabo justo antes de salir para Tánger, con la ilusión infantil y casi siempre falsa de que así se abre un nuevo capítulo mejor. Si no lo es, habrá que lidiar con lo que venga. Es, en todo caso, hora de cerrar algunos proyectos y de centrarse en otros que llevan tiempo abiertos y pudriéndose en la playa, al sol. La novela y la recopilación de poemas deberían ser prioritarias. La vida misma no puede esperar”.
 ¿Qué más hay? ¿Qué más da? Hay cinismos variados a los que no les falta razón (“Estoy mucho más cansado de las neurosis de los demás que de las mías. Encuentro hasta cierta gracia en las mías, y de ellas salen las palabras”), poemas semienterrados, anotaciones conscientemente pedantes y domésticas (“Poner lavadoras, leer a Jung”), paisajes de autobús (“Llovía cuando desperté, atravesando Carballino en el negro casi total de las seis de la mañana; el país disfrazado de lo que fue una vez”), títulos de canciones que después escribiría e incluso llegaría a grabar, dibujos, flyers, cuartillas de hotel con garabatos, teléfonos y hasta una línea donde apunté el tipo de película que alguien tendrá que hacer, tarde o temprano: “drama ecologista crepuscular”.
Siendo la vida la construcción de un yo que al tiempo se nos escapa entre los dedos; siendo nosotros niños que intentan desecar el mar con un hoyo y un cubo, no está de más, pese a todo, hacer ese viaje hacia atrás, hasta uno mismo, y me alegro de haber persistido tantos años (¿Trece? ¿Catorce?) en llevar estos cuadernos que empezaron siendo un simple dique contra mi  desorden natural. A veces es duro leerlos –la estupidez de uno, casi permanente, la de los otros-, pero para el que se dedica a esto, escribir, son un espejo nítido y sincero, por mucho que –ya lo sabemos- en ellos se mienta también, de vez en cuando.
“¿Tus discos?, ¿Tus libros?”, se preguntaba el otro día un viejo rock-critic en la presentación de su biografía. “Ya puedes ir dándote prisa en regalarlos, porque si no acabarán en un contenedor”. Probablemente allí acaben también estos volúmenes –entre tres y seis al año- donde va en desorden parte de lo que soy. Cabe la esperanza de que alguien se moleste en ojear alguno, alguien como yo, de los que husmean en los contenedores y consideran un manjar leer cartas ajenas. Y cabe la esperanza de que se eche unas risas, recorte algo o incluso los guarde una temporada, como esas cosas que nos llegan por casualidad, cuyo valor nos es difícil explicar y con las que no sabemos que hacer exactamente. Luego vendrán más mudanzas -la vida son mudanzas-. Pero para entonces, como sabemos, a ninguno de nosotros nos importará. Ni eso, ni nuestra vida turbulenta ni todo el esfuerzo malgastado en pos de cosas que no están. //LIRÓN DE COMPETICIÓN

martes, junio 05, 2012

QUE SE MUERAN LOS BEE GEES, QUE NO QUEDE NINGUNO



Opiniones a vuelapluma: sería interesante que la posmodernidad consistiera en algo más que en críticos con vocación epatante afirmando que las bandas que siempre fueron una mierda son en realidad la de Dios y en (malos) grupetes nuevos de aquí copiando a (malos) grupetes no tan nuevos de allí (ya sabemos donde es allí). Sin embargo, no parece que consista en nada más. Me refiero a una posmodernidad no intelectual, claro, la intelectual no te quiero ni contar; a una posmodernidad  en el rock y en España, que es como decir un dandismo en una tasca de Granollers. Dice Carlos Zanón en las páginas del Ruta 66 de este mes que los Bee Gees son la rehostia consagrada (“tienen el mejor cancionero pop después de los Beatles”, afirma tan pancho). Si es por la cantidad de gente a la que han hecho comulgar con ruedas de molino en las últimas décadas, no se lo negaré.
También hay, en la misma revista, una reseña de Mujeres –la banda, no el bendito género- unos jóvenes y apuestos elementos barceloneses que en sus entrevistas intentan desmarcarse de ser un pobre calco de los Black Lips casi con tanta energía como la que usan en sus discos y actuaciones para demostrar lo contrario. Allá ellos y quienes se los traguen. Ser un pobre calco de los Black Lips, en todo caso, no deja de consistir en ser un pobre calco de un pobre calco. A los Lips les vi hace años el peor concierto que he contemplado en mi vida, pura estafa. A los Mujeres les vi hace poco un digno y animado pase (en lo técnico y lo energético, no en lo creativo), en una fiesta de discos humeantes donde brillaron magnéticamente LAS NURSES, unos fieras de verdad a los que, en cambio, para variar, nadie hace demasiado caso.
Hablo de estos dos casos, Zanón/Bee Gees, Mujeres/Lips/Nurses porque son los primeros ejemplos de absurdo con los que me topo este mes, según dejo a un lado las cosas importantes y me entretengo en ojear páginas escritas por supuestos especialistas, pero la lista podría ser tan descorazonadora como eterna. Y el caso es que Zanón, al que entrevisté hace poco AQUÍ a raíz de su novela “No llames a casa”, escribe por encima de la media del plumilla rock y es inteligente al optimizar sus recursos en busca de repercusión: otro reciente artículo suyo sobre Echo and The Bunnymen mostraba la misma ecuación de impecable y poética, personal redacción sumada a premisa absurda. Porque, no, tampoco los hombres conejito eran nada del otro mundo, al cabo, pero queda epatante y “transgresor” sostener lo contrario y afirmar que están –de nuevo los cuatro de siempre- por encima de The Beatles (¿qué coño tendrán que ver?).
Está bien. Quizá el amigo Zanón lo piense de verdad, concedámosle, en nuestra magnanimidad, el beneficio de la duda. Si uno lo piensa de verdad, todo está permitido: está permitido afirmar que Mari Trini es mejor que Leonard Cohen, los Del Lords están a años luz de los Stones (esta es de verdad, me ha pasado), que Polly Jean Harvey no ha plagiado jamás a Patti Smith o que Raphael y Bumbury pertenecen a una digna estirpe de singer-sonwriters con la verdad por delante y carentes de impostura… Si uno no cree realmente lo que dice, en cambio, todo ese ñoño orgullo de “enfant terrible” tardío acabará siendo percibido como lo que es: mero polvo en el aire, incapaz de producir urticaria pero capaz, muy capaz, de levantar un bostezo lejanamente parecido a la náusea. Al menos, digo, entre los que llevamos un tiempo batiéndonos el cobre en el asunto de descubrir bandas, calibrar su valía y comparar su alzada con los hitos del pasado (equivocándonos muy a menudo, claro, y por tanto recalibrando, rectificando y modificando direcciones; luchando contra nuestra propia vanidad de presuntos descubridores y limando a través de los años la natural tendencia al panegírico).
Al cabo, el problema, entiéndanme ustedes, no son estos dos casos puntuales y aleatorios, sino el hecho de que ellos ejemplifican la norma por la que se rige la actual marea de plumas de la crítica rock. Si nos guiamos por la opinión colectiva de esa marea (en la que coexisten archiveros, coleccionistas, simples fans, desinformados de toda laya y presuntos genios autocoronados, además de algún honrado y persistente hombre de talento), acabaríamos en el mismo punto que si tragáramos a pies juntillas lo narrado por los periódicos de tirada nacional: fuera de la realidad. O, al menos, tan lejos de la realidad como queramos estar, entregados a un mundo opiáceo con sus propias tiranías y rebeldías generadas a gusto del consumidor lobotomizado.
Yo, particularmente, no soy partidario de la broca en el cráneo ni de la pastillita del olvido, esa que, para el caso que nos toca, lleva a la felicidad vía Wilco (o Kanye West, según tu estética en lo integrado/snob), un número no determinado de hypes de temporada y un incesante goteo de placidas reediciones en vinilo para solaz de las tardes pequeñoburguesas. Me alegro de que se mueran los Bee Gees, uno tras otro (méritos han hecho para durar menos), aunque siento que su muerte nos traiga momentáneamente un bufonesco revival que no me merezco sufrir. Pero lo que siento de verdad -aunque mi amigo E. afirme que este es un artículo carente de "capital simbólico" y guiado sólo por el odio y el resentimiento- es que donde había sinceridad y fuego ahora sólo queden cenizas y rescoldos y que raramente nadie parezca tener, al respecto, nada que decir. //LUIS BOULLOSA

domingo, junio 03, 2012

ORTHODOX (El Perro de La Parte de Atrás del Coche, Madrid)



Siempre es un placer reencontrarse con los Orthodox, de los que llevaba un tiempo involuntariamente alejado. Me topé, casi por casualidad, con que tocaban en Madrid, en El Perro de la Parte de Atrás del Coche, un garito chulo que en días concretos programa muy buenos directos (con los problemas que posteriormente reseño). En este caso iba un poco a ciegas, ya que todavía no había escuchado el último largo de los sevillanos, “Baal”, que suponía, al parecer, una vuelta a sus esencias metálicas tras la larga incursión que los había llevado del blindado “Gran Poder” al opiáceo y jazzy “Amanecer en puerta Oscura” y de este al vanguardista y procesional “Sentencia”, sublimación de una deriva originalísima que los situaba en un punto suspendido entre la más orgánica tradición y un aliento visionario y propio que los hacía (y los hace) únicos. Escuchado el disco esta mañana –aún con el zumbido de ayer en el cerebro y aún pendiente de darle unas cuantas vueltas más-, resulta que es en efecto una vuelta a un sonido más comprensible para la hueste metalera general (llámese doom o lo que sea, yo hace años que me pierdo con las etiquetas), aunque todavía oscuro, perturbador, personal, cósmico en su terrena comprensión de una épica autóctona y universal al tiempo. Un discazo, vamos, no esperábamos menos de ellos. Y también un agradable respiro en una trayectoria tan exigente para quien escucha como la suya.
Llegaban a Madrid desde el Primavera Sound, y me contaba Marco Serrato (bajo y voces) que allí se habían caído del cartel Melvins y Sleep, dos de las bandas por las que la edición de este año del festival se nos antojaba a algunos imprescindible. Influencias también, seguro, en el hacer de los Orthodox, aunque acaso no demasiado explícitas. El concierto lo abrieron unos Mothersloth que no me llamaron demasiado la atención, aunque dieron un pase serio y solvente, y cuya actuación estuvo lastrada en todo momento por el sonido. Le falla una cosa al Perro de la Parte de Atrás, una cosa que si se trata de un grupo de pop cristalino puede obviarse, haciendo un esfuerzo, pero que hablando de lo que hablamos es pecado mortal: tiene un sonido lejano, sin volumen ni presión, distinguible pero modosito, como si uno estuviese en casa, escuchando un disco al moderado volumen de la mediana edad. Y el negociado de los Orthodox, y de cualquier otra banda de estas características, necesita justo lo contrario: necesita que los graves te envuelvan la psique y te levanten las vísceras hasta la garganta. Necesita que la guitarra corte y que la batería suene al menos como una batería y no –como ayer- a caja de galletas. Luchando contra ese enemigo cuya causa ignoro, los sevillanos combatieron con dignidad porque lo suyo es crema, pero se echo en falta la intensidad que es elemento esencial de su propuesta. Una intensidad que permita alcanzar el trance a través de la lentitud y alteración o que transmita la enervante y rocosa, astral fiereza que evocan sus temas más recientes. Una intensidad que ellos invocaban pero que el sonido negaba. Cuando uno escucha mejor a un tipo que charla a cinco metros que los intrincados y circulares descensos al maesltrom de Serrato & Cia, la cosa no puede cuajar del todo  ¿Merecen esto Orthodox, una de las bandas más valiosas que poseemos? No lo merecen. Muy al contrario, ellos y nosotros merecemos que las paredes tiemblen, que el entorno se difumine y que el cuerpo y mente puedan sentirse transportados fuera de las paredes  que nos cierran; merecemos que la tierra se abra, ya sea por unos minutos de trance sónico, hacia esa realidad paralela que ellos plantean con tan inusitado fervor.

Así es la vida del Rock&Roll por aquí, en todo caso, en un país donde 95 de cada 100 garitos de conciertos han sido diseñados para otra cosa, donde los ayuntamientos son tan proclives a joder con las limitaciones de volumen como si fueran el típico vecino tarra e hijodeputa (es lo que son) y donde el común de los técnicos de sonido no tienen ni puta idea del trabajo que dicen realizar y aquellos que sí la tienen se encuentran a menudo con impedimentos casi insalvables. Orthodox son una experiencia disfrutable, en todo caso, incluso por encima de toda esa mierda. Me fui del garito, pues, con el sabor agridulce de haber vuelto a ver a una gran banda luchando a brazo partido contra una ola difícil de sortear.
Ya en casa, leyendo esos agradecimientos del álbum, a cargo de la banda en general y de cada miembro en particular (impagable guiño a la más pura tradición del heavy metal), me encuentro con mi nombre, y casi me emociono. Es un honor haber contribuido de alguna manera, aunque sea con breves reseñas y entrevistas que pocos leen al proceso de supervivencia de un ente que merece toda la reverencia que se debe a aquellos que abren caminos a despecho de la obcecación y la estulticia general. Dioses ocultos. Héroes de aquí. Si no los conoces, estás perfectamente a tiempo aún. //LUIS BOULLOSA