jueves, julio 25, 2013

Elegancia y R&R (y III) – HUMO DE BURRO


No sé quién fue el responsable de que la heroína se convirtiera en un elemento más de la moda, cargado además con cierta aura maldita en la que se mezclaban literatura y poderes mágicos. Quizá aquel pájaro ígneo y rengo del que Cortazar habló en “El Perseguidor” y al que muchos con menos talento intentaron asemejarse por vía intravenosa. Mi generación, aquí en Galicia (los nacidos en torno al 75) vio demasiados yonquis de cerca, vivos y muertos, como para tropezar en la misma piedra contra la que las anteriores se habían dejado los piños, así que apenas conozco coetáneos míos fascinados por el jaco: prefirieron meterse todas las demás.

Pero “la heroína es LA droga”, decía un amigo mío, “el resto son insignificantes a su lado”. Y es indudable que ha estado ahí durante todo el desarrollo de la música moderna y que algún que otro ejemplo milagroso ha permitido que en torno a ella creciera el mito, un mito de transgresión que en el Rock&Roll ha sido encarnado por muchos y, de manera mayúscula, por esa botica humana llamada Keith Richards. Ni fue el primero ni el último, pero está vivo, y fue él quien acuñó para siempre, en los primeros setenta, sobre discos enormes y turbios,  esa imagen indeleble y oscura, ese ‘charme’ sonámbulo del rockero yonqui irresistiblemente romántico y canalla; del pirata desharrapado, sardónico, resacoso y, pese a todo, vivaz. Un icono que luego han desgastado tristemente muchos tarados mentales (mención especial para todo el rollo “sleaze” angelino) y que ha pasado cara factura a más de un hombre de talento con demasiada querencia por el mito. “Otros por menos se han muerto”, cantaba Rosendo en “Maneras de vivir”. Por mucho, mucho menos. Que se lo digan a Gram Parsons, que por el sendero de la amistad tóxica con Keef llegó rapidito a una extraña  tumba. Que se lo digan a Johnny Thunders que la palmó solo, con Willy De Ville como vecino de pensión y pasión, en Nueva Orleans, convertido en una sombra depauperada de sí mismo.
En todo caso, Keith creó escuela estética: su imagen y su actitud fueron espejos en los que se miraron con delectación varias generaciones de niños terribles deseosos, quien sabe si inconscientemente, de no llegar a viejos, de quemarse rápido en lugar de desvanecerse lentamente. La misma estupidez de siempre, si se quiere, pero lo cierto es que cada rockero que mira de lado e invoca un riff con mano desganada mientras un pitillo le abrasa los labios se lo debe todo a él. Desde el citado y ocasionalmente glorioso Thunders hasta el patético tipo de los Pereza, cuyo nombre no recuerdo. A quien se lo debe él, Keef, lo ignoro: pueden preguntarle. Lo cierto es que sin ser él mismo un icono trágico, sus hijos espirituales han sido por lo general varones de desgracias. Experimentados en quebrantos. La flor y nata del mal fario.
Por supuesto, la lista de (más o menos) heroinómanos independientes y con talento pese a la adicción ha sido larga y dispar en sus estilos: desde Lou Reed -cuya epopeya vital y artística quizá sea la más interesante de entre los yonquis rockeros- hasta el prodigioso guitarrista Robert Quine; del pesado de Clapton al aberrante Morfi Grey, el tigre de Cornellá; desde Richard Hell a Corcobado, por hablar de malditos autoproclamados; de Dylan Carlson a Josetxo Bicho, por acercarnos a lo extraño y atípico. La columna se haría interminable y sorprendería por su variedad y su calidad a quien predique demasiado rápido sobre las cualidades anuladoras de la droga. Por encima de lo personal, incluso, escenas musicales enteras parecen haber estado sumergidas en humo de burro: La de Seattle pre-grunge, por ejemplo (como se podía ver, desoladoramente, a toro pasado, en aquel viejo documental llamado “¿Quién mató a Kurt Cobain?”). Varias de las subescenas australianas, también, con sus consiguientes racimos de fiambres que ya nadie recuerda. La escena punk española de los ochenta, hasta las trancas. La escena neoyorquina pseudointelectual, en sus diversas fases. Y así ad nauseam.
En cuanto a estilo, sin embargo -si hablamos de la elegancia necesaria para autodestruirse con cierto ‘savoir faire’- la línea más peculiar y nutrida es, para mí, la que tiene como espina dorsal la conexión que une a Richards con Thunders y a Thunders con otro de los grandes secundarios del rock, Nikki Sudden, una frontera en la que el romanticismo de recortable infantil, la cruda realidad de la hipodérmica y la vanidad de dandi oscuro con algunas lecturas encima se daban la mano con indudable encanto.
De Richards no hablaré porque ya se ha hecho demasiado. Conste que lo admiro, pero conste que lo considero también el más taimado de los tres, el menos romántico de lejos, dentro de que los artistas suelen ser almas cándidas por definición. Es listo y no quiere morir, y ha tenido suerte. Romántico incurable, sorbido el seso por los discos, quijote apaleado, es el que sueña con princesas y viajes imposibles, acordes secretos, chaquetas doradas y champán y jamaro al atardecer. El que se folla a las princesas, viste las chaquetas, hace los viajes, inventa los riffs y ve caer el sol puesto a gusto y con dinero en el banco no es romántico, es vividor, probablemente inteligente e, indudablemente, afortunado. Son sus émulos, los que siguen su camino sabiendo que a la mesa no habrá probablemente nunca nada más que despojos, los que merecen atención cercana en su adorable patología.
Thunders daría –él o su triste historia, o ambos- para varios capítulos en sí mismo, y quizá describió, en su canción “You Can’t Put Your Arms Around a Memory”,  la esencia misma de esa concepción del rock que con él alcanzaba un culmen “loser” del que Keef carecía:
 
“No vale la pena intentarlo
Todos los chicos listos saben por qué
Eso no significa que no lo haya intentado
Sólo que nunca sé porqué
(…)
No puedes abrazar un recuerdo
No puedes abrazar un recuerdo”

Desde luego que lo intentó abrazar, una y otra vez. He disfrutado mucho de su música y su doliente voz, pero no tanto como para ser un experto en su vida, más allá de lo elemental. Baste aquí con una anécdota que me vino dada casi por casualidad: Contaba Alberto Garcia Alix, una vez que lo entrevisté, que Rayito tenía la mala costumbre de, después de chutarse, vaciar la sangre de la jeringa contra las paredes. Tras la primera bronca y consiguientes disculpas, volvió a hacerlo, para desquicie del fotógrafo, dueño a la sazón de la casa y por tanto de las paredes. “Mucho tiempo después”, comentaba Alix, “lo pensé y me di cuenta de que el verdadero retrato de Johnny Thunders, el retrato bueno, hubiese sido esa mancha de sangre en la pared”. Nunca lo hizo, pero al menos podemos disfrutar de un retrato frontal más explícito y triste que muchos libros, y que ahora, creo, se conserva en la colección del museo Reina Sofía. Ironías. ¿Qué piensa ese joven agitanado de ojos lorquianos? ¿Con qué nos interroga? En su inocencia imposible de chavea de poblado, esa mirada es para mí una sonrisa de Gioconda.
Pero a quien le tengo especial cariño, en realidad, es a Nikki Sudden, porque sí lo conocí en persona, aunque fuera fugazmente, y porque mi primera incursión en prensa musical fue precisamente un artículo sobre una de sus bandas, los suntuosos, callejeros, desgarbados, sentimentales, inigualables The Jacobites, una banda que no encontrarán ustedes en las listas de esenciales porque esas listas nunca sirvieron para nada. El artículo lo publicó Ruta 66 en febrero de 2003. Yo tenía 27 añitos entonces y me llenó de orgullo, para qué negarlo, poder colaborar con una revista que había significado tanto en mi asilvestrada  educación sentimental; me consta que a alguna gente le gustó, y un día de estos lo recuperaré para los lectores de KAPUT. Para su confección me moví hasta mi tierra y cacé a Sudden en una minigira gallega. De ese periplo, de sus conciertos memorables en el Hanoi de Vigo y el Vinilo de O Grove, dos garitos fabulosos que ya son historia, y de una desquiciada sesión de fotos que hicimos con el hombre explayándose caballeroso sobre varios barcos de pesca embarrancados, hablaré en otra ocasión con más tiempo, porque vale la pena. Buscaré las instantáneas, también. Me conformo ahora con  recordar su estampa y sus fijaciones, que eran, al cabo, las que sostenían esa estampa. Y se me viene a la cabeza aquella frase definitiva, que procede en este caso y que me soltó él, entonces: “Ya sólo me meto cocaína. Bueno, si hay caballo lo pillo también, por si acaso”.
Decía el insufrible Johnny Deep –que nunca será un rockero y mucho menos un tipo elegante- cuando le preguntaban por su papel en la primera entrega de “Piratas del Caribe” que para su composición del capitán Jack Sparrow se había inspirado en la figura y maneras de su “amigo” Keith Richards. Yo, que a Richards no lo conozco, lo primero que pensé al ver la película fue en Nikki Sudden: Nikki Sudden caminando sobre esos barcos de los que hablo con su amaneradísimo paso trastabillado. Esa indolencia siempre a punto del traspiés, ese reclinarse sobre muros que no están, ese relamerse mentalmente, esa somnolencia de fondo… eran de Sudden, y si eran de Richards también, habrá que concluir que el discípulo había copiado al maestro a la perfección, no sólo en unos cuantos temas de Rock&Roll añejo y en los vicios, sino también en el porte, la caída de ojos, el revoloteo de manos y la abulia socarrona en general. Como añadidos personales de maese Súbito habría que apuntar un eterno resfriado cocainómano que le permitía usar pañuelos bordados.
Y aunque probablemente fuese lo contrario a un Dandi en ciertas cosas –porque es difícil serlo cuando se vive al borde- el cabronazo tenía una indudable elegancia natural que concordaba con lo que a uno se le ocurre cuando le da por pensar, dejándose llevar por el niño interior, en la revolución francesa, los rebeldes escoceses, los piratas, la isla del tesoro… Algo de película de Errol Flynn que hubiese terminado extrañamente mal, derivando a mitad de metraje hacia un tono de desabrido neorrealismo alemán, si es que tal cosa existe. Como habitante de esa ola de nostalgia que rompe en espuma tóxica, allá en la sima, su figura era casi perfecta. Como ejemplo de ese rock para el que ser un perdedor es medalla y corona, era un rey. Cuando la ola lo engulló por fin, escribí para él un sentido obituario en este mismo fanzine.
Por supuesto, la elegancia, la que se tenga, se manifiesta en las demás cosas que uno intente hacer, no sólo en la facha, y Nikki fue un artista original y certero en bastantes momentos. Primero con los seminales (tenía que meter la palabrita) Swell Maps, después con los Jacobites, que, por muy derivativos que fueran, tuvieron también algo visceralmente propio, algo brillante y personal en el fondo de la charca, con su desafinada dejadez de baladas al trote, cosidas de retales y venidas de un mundo ya muerto. Por último, en solitario, con algunos trabajos apreciables y radicales que cerró a medias con Rowland S. Howard, un geniecillo algo olvidado. Incluso en sus últimos esfuerzos, más obvios, permanecía esa voz personalísima que me cautivó para siempre la primera vez que escuché “Robespierre’s Velvet Basement” -un disco mágico fuera de época- y por la que uno podía reconocerle a millas de distancia: nasal, impostada, afectada hasta lo preciosista, entonando casi siempre la misma línea melódica fuese cual fuese la canción. Igual que él.
Como Thunders, Sudden murió en una habitación y una ciudad que no eran las suyas. Unos años antes había muerto también su hermano, el luminoso Epic Soundtracks, de una sobredosis de barbitúricos.
Pienso en ellos, y en otros, y pienso, sé, que sin los drogadictos y los majaras el rock apenas sería nada, el jazz sería la música más aburrida de la historia, el punk español carecería de filo y de tragedia, el pop madrileño no tendría a sus pobres mártires ñoños desdentados o muertos en portales, y que nos habríamos perdido algunas tonadillas esenciales del macarreo australiano (“Chase the dragon”, por ejemplo) y algunas universales hits iniciáticos (“Brown Sugar”, sin ir más lejos). En ese panegírico del abuso y la alienación podría enredarme hasta extenuar mis propios recuerdos. Así que pienso en ellos, y en otros y me pregunto algo sencillo: ¿Qué pudo aportarles el jamaro, además de lo que les robó? Contestar “nada” me parece demasiado simple, lo siento.
Necesito que alguien me responda a esto.
Por otro lado, en el fondo, sospecho, todos estos músicos dotados de segunda línea sucumbieron no sólo al estigma de su tiempo y a la abundancia de tóxicos en el entorno, sino al síndrome Charlie Parker (o de Richards, si se quiere, o de Lou Reed): creyeron que la heroína era parte del paquete, del embrujo, del encanto, del estilo, de la idea, de la irresistible elegancia que transpiraban algunas músicas facturadas bajo su influjo.
Y pienso en ellos, y en otros, y ¿saben lo que pienso?
Pienso que quizá tenían razón.

 

martes, julio 23, 2013

Elegancia y Rock&Roll (y II) - POISON IVY, hielo ardiendo



Yo iba al bar La Plaza, que era un bar tan encantador como condenado. La gente que lo llevaba y que ya lo chapó no me recordará porque aparecía por allí de pascuas a ramos, ya que Lavapiés nunca fue un lugar de paso habitual para mí. Iba porque me gustaba el ambiente: se caía un poco a trozos, el billar estaba ya inutilizado y todo el garito tenía ese aura finalmente abandonada de los lugares donde durante muchos años han pasado demasiadas cosas. Bares oscuros… cada uno que se va me deja un regusto desabrido y vacío. En fin, iba por todo eso, pero también, sobre todo, por aquel cartel enorme de The Cramps que me fascinaba y que reinaba sobre la pared del fondo, ya desvaído, y en el que POISON IVY RORSCHACH, lo más parecido a una diosa que parió nunca el Rock&Roll, empuñaba con gloriosa furia una ametralladora, vestida apenas con un bikini de lentejuelas rojo y un peinado de otra época.
Tengo una debilidad tremenda por Poison Ivy, guitarra y mitad de esa naranja putrefacta y chatarrera que fueron los Cramps, el matrimonio del Rock&Roll por excelencia, una banda que marcó para siempre a unas cuantas generaciones de habitantes de los sótanos. Es, mi querida Ivy, con su gélido encanto impasible de divinidad 'white trash', el perfecto ejemplo de lo que apuntábamos en nuestro anterior post: que la elegancia en el rock&roll y la elegancia en casa de tu madre son cosas distintas. Bellezón delicado, pelirrojo y turbio, agreste dominatrix llegada de otro planeta, era además el contrapeso perfecto, hierático, para la travestida, alienígena furia automutiladora de su marido, LUX INTERIOR, con el que construyó un delicioso sueño freak que duró 37 años, se dice pronto, y que por desgracia ya ha regresado a ese mundo pálido y abisal del que salió expresamente para impartir unas cuantas lecciones de amor y Rock&Roll (en el Rock&Roll el amor también es diferente, sí).
La importancia de los Cramps en la invención de esa entelequia llamada “psichobilly”, reformulación primaria del rockabilly barrenada con actitud punk (explosiva la de él, distante la de ella) es de sobra conocida. Ellos supieron y barnizarlo hasta el corazón con esa cultura trash americana tan rica en magia como en patochadas, y llevarla a un extremo de imposible ‘cool’ en el que probablemente tuvieron su influencia, junto a cientos de músicos ignotos, cineastas como John Waters, Russ Meyer o Ed Wood, psicotrónicos (hermosa palabra) paladines a los que habría que considerar más compañeros de viaje que padres.


Los Cramps, eran, sí, queribles hasta decir basta, pero no sólo eso. Me decía el otro día un amigo que sí los vio una vez en directo, tocando antes de la patética reunión de los Stooges que tuvo lugar hace unos años, que para él “aquello si era peligro de verdad”. Como sabréis, “peligro” es una de las palabras favoritas de los rockeros (junto con “actitud”) cuando se trata de piropear a una banda salvaje. Pero, lo cierto es que está bien escogida: la sensación de “peligro”, de que pueden pasar cosas que no se esperan y que están fuera del guion, la intuición súbita de que la cosa está dejando de ser teatro para pasar a organismo vivo en mutación -de pulcra representación a “happening”- se da pocas veces, y cuando se da, el efecto es enorme; cuando se da, el Rock&Roll parece tener sentido de nuevo. Así, mi amigo me relataba, mientras volvíamos de un bolo, como Interior se había subido a los altavoces, cada vez más alto, y se había jugado el tipo saltando de uno en otro, a buena altura, encaramado en aquellos zapatos de tacón que tan buen juego hacían con sus pantalones de cuero pegados a la piel y con el sudoroso, escuálido torso desnudo de rey de un inframundo tóxico; cómo se había cortado con cristales y revolcado por el sucio suelo y llevado a sí mismo al borde de un precipicio a una edad en la que la mayoría ven la tele en casa en bata y zapatillas. Mientras me lo contaba, yo me imaginaba a Poison Ivy, implacable, hierática, escupiendo con su guitarra Gretsch infrarrifs vudú que, como un hechizo hipnótico, impidieran que su consorte se estrellara desde diez metros de altura como un guiñapo; invocando ese poder del rock and roll de sótano, mercadillo, tacones y antifaz que ellos mismos habían ayudado a inventar durante más de dos décadas.
Por no extenderme cito a un tipo que lo define bien en UNA ENTREVISTA: “what they play is mondo-gonzo dirty blues punk rock’n’roll shot through with the vivid colour, satire and sex of fifties teen culture, stoopid-dumb B-movies, vintage pornography, Vegas Elvis, backwoods rockabilly, sicko sixties garage, iconic burlesque clothing, pink Cadillacs, dirty doings at the eternal American drive-in, Ms Spanks-a-lot Amazonianism, Ed Wood sci-fi and the kind of gratuitous filth that only the most romantic people on the planet can indulge in and understand that the filth is the love, L.U.V. They are The Cramps. And they transcend rock’n’roll because they are a genre of their own”.
Todo cierto.

Y cierto también, en cuanto a estilo, que POISON IVY RORSCHACH es el ejemplo de un tipo de mujer que si no se ha perdido es porque es eterno, pero que se ve ya raramente en nuestro mundo asolado ‘por la moda’, ese elemento que en mi diccionario significa lo mismo que putrefacción: Ivy pertenece a una concepción poderosa de lo femenino, una idea fascinadora, misteriosa y dominante, en la que la mujer es el centro oscuro de las cosas y su pareja funciona más bien como emisario. Ivy era la DIOSA absoluta, e Interior su alado mensajero. Ivy era una fuerza de carácter interior, que podía ir vestida de zorrupia ‘camp’ sin perder un ápice de su poder ni del respeto que cualquiera en su magnética presencia le debía. Lejos, todo esto, de lo común hoy en día, cuando el papel que se otorga a la mujer sexualizada, quiera ella o no, es, básicamente el de puta (dicho sin cariño), y cuando  el papel que ella misma se atribuye, a menudo incapaz de reaccionar ante la avalancha mediática, es exactamente el mismo. Incluso revisando a los grandes orfebres clásicos del mal tono y la ‘exploitation’ sexual, como el citado Russ Meter -que facturó sus más conocidas películas en los setenta, cuando los Cramps estaban por arrancar- lo que encontramos es una visión de la mujer como elemento ultrapotente, imperioso y en cierto modo digno de adoración que casi ha desaparecido. Quizá se podría decir que una de las pocas aportaciones reales de Quentin Tarantino a la cultura occidental ha sido la recuperación parcial de ese enfoque en “Jackie Brown” y, sobre todo, en “Kill Bill”.
Volviendo a la Diosa, quizá la imagen más vívida de todo esto que explico, para mí, que nunca tuve a tiro a la banda, es la que ofrece el vídeo de SU CONCIERTO en el psiquiátrico de Napa (California). Cómo acabaron los Cramps allí, difícilmente distinguibles por momentos del resto de almas perdidas de tan siniestro lugar, es un misterio, pero el documento es absolutamente esencial. Y ahí está Rorschah en todo su pálido fuego, en toda su atómica, displicente, oscura elegancia de tigresa ultraterrena.
Lux Interior está muerto ahora. El bar la Plaza también, y los chavales que llevan con otro nombre el remozado local me contaron que todo lo que había allí, incluido mi adorado cartel, se había tirado a la basura. Me causó más dolor oírlo que una pérdida humana. Hubiese pagado por él más de lo que valía, sólo por tener a la Diosa frente a mí cada mañana. Poison Ivy, con su leyenda a cuestas, sigue viva, aunque retirada del negocio y del inframundo en los que reinó con malsana aura de dominatrix durante tanto tiempo. Me gustaría imaginármela como una abuela aguda, estrafalaria y aún elegante, pero sé que no tuvo hijos, siquiera. Aparte del mismo Rock&Roll.

 

lunes, julio 22, 2013

Elegancia y Rock&Roll (I) – DISTINCIÓN




En el Rock&Roll la elegancia siempre es una interpretación popular, barriobajera, si se quiere, de lo que la elegancia debería ser o de lo que la elegancia fue. Un intento infantil de adivinar, y un juego serio cuyos resultados, a menudo desastrosos, crean, sin embargo, un nuevo tipo de elegancia, uno hecho con deseos y nostalgias de lo que no se conoció, chispazos de lecturas juveniles, ímpetu más que cerebro y retales del guardarropa de otros; una elegancia más afilada que la habitual, a la contra, y que no pocas veces tiene de elegante apenas nada. Es otro estilo, y es normal que muchos no lo puedan comprender: casi nada de lo que el Rock&Roll considera elegante lo es en el mundo de lo común y burgués, en el reino de la normalidad.

El Rock&Roll replantea el concepto mismo desde un punto de vista proletario y espiritual (y aunar ambos extremos es complicado, quizá antinatural). El Rock&Roll hace con la elegancia lo que hizo Oscar Wilde, aquel gordito irlandés encerrado a medias en su armario, y, al tiempo, lo que hizo Byron, aquel romántico que encontró una muerte apropiadamente absurda para su sueño opiáceo. Es un abigarrado, conflictivo retrato que mezcla ambas tendencias: Byron fue el aristócrata extravagante, el solitario, egomaníaco final de una línea decantada que, sorprendentemente, inclinaba su torso y giraba su mano pálida hasta tocar el punk. Wilde ejecutaba un gesto similar viniendo del lado opuesto del espectro. Y terminaba por alcanzar el mismo punto, el drama, al sabotear la idea misma de la elegancia establecida. Wilde rocía la estética de ingenio y el ingenio de estética, y se folla al hijo de un Lord en simbólico acto de justicia poética sexual. Por desgracia, no puede evitar caer rendido ante una elegancia doblemente letal: el perro de dos cabezas de la pura belleza y de la tradición. Ambos, Wilde y Byron, se inmolan, tan llenos de contradicciones como de genio.

Habría que concluir, en todo caso, que la elegancia de los poetas -de los bardos, de los artistas- y la de la burguesía acomodada son esencialmente distintas. La primera está en contacto con el pueblo, con el humus, con la tierra, y por tanto goza de un elemento barrial, popular, cotidiano, hortera, si se quiere; es vodevilesca, irónica, extravagante. La otra se crea por oposición a todo eso, por miedo a todo eso, y no tarda en caer en una curiosa y aburrida atonalidad. La primera siempre goza de un carácter de celebración y de un elemento teatral, de personaje, la segunda es esencialmente una barrera contra los piojosos y una muestra de respeto a las cadenas (esa es una paradoja de la que merecería la pena hablar largamente – hacia la excelencia por el aburrimiento mortal). La primera es un intento de distinción personal, la segunda, simplemente, uno de separación social. Por otro lado, la aristocracia, que fue quien creo los conceptos de elegancia y de estilo, hace tiempo que desapareció, por lo tanto es difícil, aunque no imposible, interrogar a sus integrantes sobre la idea original. Por lo que a mí respecta, la extravagancia señorial que muestran los rockeros está a menudo más cerca de ese concepto aristocrático que la gris pulcritud de los señores del dinero. En su riqueza, los burgueses son esclavos. En su pobreza, los rockeros (los artistas) son esencialmente príncipes, aristócratas autoproclamados por la pura potencia de su espíritu y su inconsciencia social. Kamikazes del estilo. Gloriosas estrellas fugaces –aunque a veces, es cierto, les acabe costando distinguir entre el dandi y el bufón-.

Mi padre, que era uno -un dandi- tenía un sastre en Madrid (probablemente en los primeros sesenta) que le hacía los trajes que él se inventaba, empeñado en distinguirse y en epatar, en que el atuendo fuese también un símbolo de diferencia, no con respecto al proletario, al que apenas contemplaba, sino a su propio entorno social de clase alta. Un día llegó con una idea estrafalaria para un cuello de camisa. “No se preocupe”, le respondió el sastre tras escuchar su explicación, “estas cosas ya las hacía yo en cuba en el año veinte”. Quizá todo sea reinterpretación, incluso aquello que consideramos más propio. Y en el rock&Roll la reinterpretación es parte del corazón del asunto. Reinterpretación y originalidad como elementos no contrapuestos.

Revisando fotos que había almacenado para ilustrar esta serie de artículos, me doy cuenta de que había olvidado a uno de los más sintomáticos rockeros “elegantes”, uno que encarna todo el conflicto, la dualidad y la paradoja que he intentado esbozar en las líneas anteriores: Willy De Ville. Es uno de esos esenciales, entrañables secundarios de la intrahistoria del rock, y tuve la suerte de poder verle en directo, una sola vez, poco antes de que muriera, en Gijón; si finalmente esta inicial reflexión se convierte en una serie de retratos, quizá el de Willy, por su mismo fulgor de secundario, debería encabezarlos (Al cabo, ¿Qué es el Rock&Roll hoy, sino un género secundario?). Sí, debería estar ahí en su gloria pasada, la de los setenta y los ochenta, con ese guapo subido de chulazo de barrio latino, con ese aura gelatinosa de tahúr cínico, remedo de serie Z de un Doc Holliday urbano y yonqui, con ese ese narcótico, gatuno aferrarse suyo a mitos inventados. Incluso en sus mejores y apreciables discos –“Cabretta”, “Return to Magenta”, los primeros, como Mink De Ville- su música es, como esa elegancia, de tercera mano, afrancesada via Nueva Orleans, criolla, aproximativa, disfrutable pero nunca excelsa… un guiso colorido improvisado, una receta digerida con trabajo y no del todo natural. Y sin embargo sintomática, tanto en sus tiempos de gloria como en la prematura vejez, cuando la luz era demasiado intensa sobre él, las pocas veces que le daba. Era difícil, entonces, tragarse sus chorreras, sus excesos, su demacrada figura final, su agitanado cool de carromatos y su vudú de cartoné. Lo cierto es que a todos nos va bien el blanco y negro y la juventud; a algunos incluso los sepias y la mediana edad. A casi nadie el  technicolor y la decrepitud de viejo yoncarra. Johnny Thunders mola porque jamás envejeció. Keith Richards, quizá, porque nació viejo ya.

Ojeando la Wikipedia –no tengo ninguna biografía de De Ville, y sólo cuatro o cinco discos suyos; me ha interesado más como símbolo que como personalidad- nos encontramos, inevitablemente, otro ejemplo de niño proletario que salió por la tangente. Dice él mismo de su ciudad de nacimiento, Stamford: “era post-industrial. Todo el mundo trabajaba en fábricas, ya sabes. Yo no. Yo no hubiera cogido eso. La gente de Stamford no llega muy lejos. Es un sitio donde mueres”. ¿Por qué nos pueden fascinar esos apaños? Quizá porque se muestran como una respuesta natural al emparedado en el que la realidad social tiende a convertirnos. Una respuesta ante los dos muros grises que nos cierran el paso: por un lado, ese Stamford donde tan sólo se muere, por el otro soberano aburrimiento uniformador de la “elegancia” organizada y social, impuesta. Hay estéticas que, en su disparate, en su sentimentalismo, son un acompañamiento lógico a la impulsiva respuesta filosófica que es el Rock&Roll. O a la que fue, al menos. En la alzada de furtivo spaguetti de De Ville confluyen muchas de las preguntas que he tratado de esbozar aquí, y me alegra ver que las respuestas –acaso equivocadas- fueron al menos fieramente vitales: sigo apreciando, sí, esa “elegancia” siempre quinquillera de maléfico pimp de extrarradio, ese sobreactuado heroin chick, ese hortera fulgor sobrellevado –igual que el de otros tantos- como un estigma y mostrado con orgullo como una cicatriz.

En próximas entregas monologaré sobre ello, a través de este insufrible verano que más parece una resaca demasiado larga: sobre casos diversos y aproximaciones variadas –y, créanme, hay muchas-; sobre el indie que quiso igualar el estilo a la vida común (y fracasó), sobre la diferencia entre moda y clase, sobre la pura elegancia interior al margen de trapitos, que también existe -o eso he creído creer yo, que nunca he gastado más de un minuto frente a un espejo y que no soy como mi padre, en esto-, del irremediable horterismo que nos aqueja y de aquellos que jugando con él, son capaces de salvarse de la debacle por el canto de un duro: de la elegancia como elemento no de cohesión, sino de distinción. De la elegancia como trabajo y de la elegancia como secreción natural de una idea, en fin. // LUIS BOULLOSA   

NOTA - La idea para esta serie se me ocurrió leyendo un excelente artículo de DIEGO MANRIQUE en El País que podéis ver AQUÍ. Gracias.

domingo, julio 21, 2013

CODE ORANGE KIDS - "Love is Love/Return to Dust"


Nuestro colaborador y guía espiritual, Luis Boullosa, vuelve a colaborar en prensa libre con una reseña de los fantásticos CODE ORANGE KIDS para esa magnífica publicación abisal que es COSMIC TENTACLES. podéis chequearla AQUÍ...

martes, julio 16, 2013

KAPUT EN PAPEL (cuando las almas puras dominaban la tierra)



El priorato de Sisán informa: KAPUT existió una vez en papel, ese formato del que quizá hayáis oído hablar a vuestros padres. Fue elaborado en zulos y madrigueras y expelido trabajosamente, traficado e intercambiado en garitos nocturnos, patios traseros y sótanos de farmacia. Aguantó el tipo durante cinco números hablando de parte de la crema del underground musical de entonces y se quedó en la orilla de una sexta entrega que aún, de vez en cuando, fantaseamos con terminar. Para quienes no tuvieran la ocasión se hacerlo crujir entre sus manos entonces, en un arranque de siglo que empieza a parecer lejano, procedemos a recuperar los pdf’s de los tres primeros números. En lo que a música se refiere, y dejando de lado algunos errores y baratijas, contienen bastante material de primera, y si bien el primer número es aún vacilante y aproximativo, el segundo es, probablemente, el mejor que llegamos a hacer jamás. Los fanzines son la única prensa libre, ¡disfrutadlos, pequeños mapaches del zen!

(en la imagen, Harry E., jefe del equipo de diseño, asombrado ante la tardanza de su puntual sándwich de salami de las once)

KAPUT 1

KAPUT 2

KAPUT 3

lunes, julio 15, 2013

THE BALLAD OF RINGO AND YOKO (I)



Nunca me he levantado con ganas de escuchar a los Beatles, así que nunca lo he hecho. Si nunca te levantas, una buena mañana de resaca, deseando, casi necesitando escuchar a una banda, es que es banda no es tan importante.

Cuando la gente me intimidaba con la pregunta más idiota del siglo, “¿Beatles o Stones?” yo respondía siempre “Kinks”, en parte por joder y en parte porque, en efecto, los Kinks me gustan más. Al menos más que los Beatles. Fuera del mundillo, nadie recordaba quien coño eran los Kinks; la cultura general popular es endeble como una capa de hielo sobre un lago en primavera. Y debajo sólo hay agua podrida.

Ayer, sin embargo, en contra de las indicaciones de mi barman de cabecera, de mi propio gusto y del sentido común, estuve escuchándolos,  a los Beatles. Era ya tarde noche, las otras dos opciones en la casa de verano de mi tía eran Mozart y Antonio Machín y no me sentía con fuerzas para regresiones tan profundas. Tampoco es que buceara mucho: dejé correr el segundo disco del grandes éxitos azul (1967-1970) y ya está. Es el que empieza con “Back in the USSR”, quizá mi canción favorita de los ingleses junto a “Happiness is a Warm Gun”. Saqué las siguientes conclusiones:

-Lo que ha hecho grandes a los Beatles no es su inapelable capacidad compositiva, sus hallazgos (hay bastantes), sus arreglos casi perfectos, que rozan lo barroco sin deturpar la canción (un barroco de segundo plano, digamos) ni sus pintas, moderadamente modernas, vendibles, irritantes en su justa medida para la época. Lo que los ha hecho grandes, masivos, conocidos hasta en el té de la tarde de la señora Chateaubriand, es su LIVIANDAD. Son leves e intrascendentes hasta la náusea y eso es algo a lo que el ciudadano medio no se puede resistir. Cuéntenme lo que quieran sobre la revolución. También son muy buenos, pero como todos ustedes saben, de eso no se come.

-Los BIG STAR, los mejores BIG STAR, esos que pasean desganados y abúlicos por una obra maestra de la decadencia occidental como “Sister Lovers”, no existirían sin cosas como “Across the Universe" y eso es algo que hay que agradecerles eternamente a los Fab Four. Que me guste más la copia que el original no es raro, yo también tengo mis detalles posmodernos: adoro ese deshilachado, heroinómano fulgor de réplica de los de Alex Chilton. Y me he levantado varios días de mi vida necesitando escuchar a los BIG STAR, sí.

-Los Beatles son la banda burguesa por antonomasia. Cuando alguno de esos amigos míos con los que he estrellado coches me empieza a contar lo grandes que son, ya sé que está definitivamente del otro lado, que ha cruzado la línea invisible. Los matrimonios, las hipotecas y la progresiva corrupción moral están al caer.

-Ringo Starr es un genio. Pasar por semejante banda sin apenas dejarse ver, hacer, pese al peso inevitable de la fama mundial, la vida que te plazca y sobrevivirles a todos (espero que nadie defienda que Paul está vivo a estas alturas) es digno de un talento mayor. Mis Beatles favoritos son sin duda Ringo y Yoko.

Más impresiones a vuelapluma dentro de diez años, cuando los vuelva a escuchar.


martes, junio 18, 2013

CANCIONES PARA PERROS EN PELIGRO - GOG Y LAS HIENAS TELEPÁTICAS - "Hope's Hero"



El curioso proyecto "En efectivo... En Directo" en el que estaban implicadas varias de las fuerzas vivas de Pontevedra (El estudio Litio, gente de la sala Karma, Producciones Mutantes y el consistorio pontevedrés) permitió que de regreso del ruido y la furia de su primera gira española, GOG y sus pequeños amigos mentalistas registrasen esta curiosa toma de su famosa balada nihilista HOPE'S HERO. Indudablemente lejos de la destructiva fiereza sónica de la mayor parte de su material, pero igualmente sentida y visceral, la canción es, por derecho, el himno oficioso de la ANGLOGALICIAN CUP así como de un número no determinado de vetustos dipsómanos y adorables amas de casa. Adecuada para estados de decaimiento u horror vacui, la Hiena Chambelán recomienda su escucha a volumen generoso y tras la ingesta de unos cuantos whiskies de calidad media/alta. GOG IS LOVE!


HOPE'S HERO

He lives by the North Sea in the city of Hope
where everything´s shiny and made up of gold
but one night all went black and now everything´s gone
people are hassled, frightened and torn

They run and they hide but there´s nowhere to go
as they´ve reached the boundaries of the Kingdom of Loss
Staring at nothing is all he can get,
darkness surrounds him, there´s nobody left.

Riddles, critters and creatures
coming into his eye
Reign of Victory is distant,
maybe he will not get far...

Then he knows he can fail, but will strike back again
Never surrender, he sings all the way:
"I will end with this pest with a sword from my chest.
At least, I will try to do all my best"

domingo, junio 09, 2013

PIG DESTROYER - "NATASHA"



(Curioso texto de un EP “conceptual” por llamarlo así de los míticos PIG DESTROYER. Musicalmente está bastante por debajo de su nivel habitual y no tiene nada que ver con sus brutalidades de epatante grind/punk, pero es un interesante experimento lírico/narrativo sobre un tema clásico). Traducción por Luis Boullosa.


NATASHA

Han pasado dos solitarios años desde que ella desapareció y estoy en el parque donde fue vista por última vez, un vasto claro verde envuelto en arces desde cuyas hojas gotea la lluvia de la mañana. Yo solía pasear por aquí con una chica de diecisiete que por entonces era la señora de las diecisiete sonrisas sublimes, sus llameantes rizos rojos en otoño y de un naranja ardiente en el verano. Nos sentíamos solemnes e incómodos aquella última noche juntos, y ella estaba tendida a mi lado, con la vista clavada en cielos sin estrellas, negros como como plumas de un ángel caído; yo miraba hacia el bosque, fingiendo no ver los verdugos que ella ocultaba en sus ojos verde serpiente. Ella dijo que había otro. Yo me negué a creerla. Había pensado que nos besaríamos hasta que nuestras lenguas se hiciesen una. Todos mis recuerdos del amor se convirtieron en escenas de enloquecida masacre, y mis manos en crueles garras que se movían para destruirla. Su cuello se rompió como un juguete que estrujase un niño descuidado, mis lágrimas llovieron sobre ojos muertos y estallaron en sus labios sin vida. La puse en el suelo como como si fuese una flor.

Aquí estoy, hoy, en pie en ese mismo lugar donde la concha vacía de mi ángel yació por última vez, y mientras mis lágrimas comienzan a aflorar de nuevo, veo un sendero entre la línea de árboles que nunca había advertido antes.  Lo sigo hasta un barranco y encuentro un agujero en la tierra, formado entre las raíces de un abedul. Hay sutiles ecos de su voz  diciendo palabras que nunca he escuchado antes, pero por el modo en el que sisea las eses  tiene que ser ella… Huelo a madreselvas, luego a opio, dos de sus esencias distintivas, aparto todos los cardos y las enredaderas y, fascinado, desciendo. Mientras me arrastro hacia el interior, la luz muere lentamente y empiezo a sentir como si la escoria fuera su piel, tiemblo mientras paso mis dedos por las paredes, acariciando de nuevo su dulce carne, me deslizo hacia abajo, tratando de no caer al resbalar en la sangre que se filtra a través de las paredes, y después, de pronto, estoy rodeado por cien ojos suyos que bañan el túnel en una extraña luz verde, y los ojos me muestran imágenes, como fantasmales pantallas de televisión: todos sus inútiles forcejeos finales y su desfigurado cadáver, sereno. El túnel se cierra tras de mí, empujándome más y más hacia abajo, estoy siendo tragado por su tierra y consumido por su suelo, y el final aparece a la vista: jadeo y grito mientras veo su maravillosa boca, cinco veces más grande que yo, y como sus labios se rizan en una mueca en torno a sus dientes torcidos que rechinan. Soy pulverizado y devorado por las mandíbulas de una chica de diecisiete.

 

domingo, mayo 26, 2013

CONGELANDO EL RELÁMPAGO – Una entrevista con RIPPERS



Con una dilatada carrera a sus espaldas y un reguero de discos demoledores, los catalanes Rippers son, de lejos, una de las mejores bandas de rock agresivo e inclasificable de la península, también, acaso, una de esas a las que aún no se ha hecho verdadera justicia fuera de la prensa “especializada” y del pequeño círculo de adoradores. Hace poco hablamos AQUÍ de su último disco, el inapelable y monolítico “FireTractaät” (BCore); ahora, el mismo Marc Teichenné (voz y guitarras) nos explica el cómo y el porqué de sus descensos a los infiernos. Purasangres.
 
 
1-“Fire Tractaät” me ha parecido un poco más agreste, más sencillo, más directo que otras cosas vuestras, como “Nomelec’s Revenge”, aunque igual de oscuro y de amenazante ¿Fue intencionado? ¿Cómo definiríais la evolución que marca en cuanto a sonido?

-Bueno, nunca es intencionado realmente. Los temas ya llevaban otra línea, más expansiva creo. Luego cómo siempre hubo un gran trabajo de grupo, con demos etc..  en algunos se dieron más giros de tortilla, cómo en “Lovers' Whirlwind”, dónde la base rítmica definida por David marcó el beat. 

2-¿Por qué esa imagen pintada por William Blake para la portada? Una canción se llama como el cuadro que usáis… ¿En que coincide la visión de Blake con la vuestra?

-Simplemente cuando me topé con el cuadro supe que lo quería para la portada... No está muy pensado, fue algo muy instintivo, cómo lo es habitualmente. Es lo que desprende; algo que ves y te remueve algo por dentro; es lo mismo siempre con las cosas que tienen magia. Y luego tenía sentido coger otro dibujo suyo (que encontré en un libro que adquirí más adelante) para el 7” “Toxic”, el tema del LP descartado por su abruptidad. Tomar prestado el título del cuadro para “Lovers' Whirlwind” fue porque le quedaba clavado en la letra de una relación adolescente marcada por el infierno de los celos.

3-¿Cuáles son las ambiciones de una banda después de tanto tiempo de trabajo? ¿Aumenta la exigencia artística? ¿Cómo se combate el cansancio?

-Pues es el romper estructuras, el sentir el poder de hacer algo que te eleva del suelo y te lleva a otra dimensión dónde reina la emoción; libre de palabras, conflicto y angustia.

4-Si pensáis en como veíais el mundo de la música y en cuáles eran vuestras expectativas  cuando empezasteis, ¿qué ha cambiado?

-Bueno, más o menos son las mismas, aunque ahora están más realizadas. Eran y son hacer algo que haga temblar cimientos, crear este mundo paralelo. Aunque en el principio del todo no lo supiéramos así del cierto.

5-¿Hay bandas que hagan algo parecido a lo vuestro en España, gente con la que podáis identificaros? A mí me recordáis a esas bandas de Amphetamine Reptile que eran cada una de su padre y de su madre (Unsane, Jesus Lizard, Cows, etc) y que estaban unidas por el único nexo de la agresividad y la originalidad. Y por el sello. Aquí no parece haber sucedido algo parecido. Lo veo todo muy disperso.

-Bueno, identificarnos, con ninguna, aunque hay muchas otras bandas que nos gustan: Toundra, Viaje a 800, Kuraia, Biscuit, La Célula Durmiente, Samesugas, Lagartija Nick, Biscuit, grupos varios de Vilanova i la Geltrú, Dulce Pájara de Juventud,  TCN, Pol Pot, Giganto, FP, I´M, Motociclón, Suzy y los Quatro, NCC, Cal, Gog y las Hienas Telepáticas, Electroyonkis y muchas otras que me dejo… Nunca hemos seguido realmente al sello Amphetamine Reptile, aunque obviamente nos encantan Melvins o Jesus Lizard. Pero estoy totalmente de acuerdo con tu paralelismo; creo que es un buen marco en el que ponernos.

6-¿Qué os ofrece BCore que no tuvieseis ya?

-Se ha notado más promoción y exposición, que ha hecho que nueva gente nos haya descubierto.

7-¿Como es la escena local de vuestra zona? ¿Es posible que esas escenas locales se desarrollen y den lugar a algo más grande?  

-No hay ninguna escena realmente, sólo fenómenos aislados, pero últimamente con los conciertos que montamos en el bar L´Agrícol de L´Arboç hemos descubierto varios grupos cojonudos de Vilanova i la Geltrú (de la que nos separan 16 km por la tenebrosa carretera del pantano): Copa Lotus, Línia Maginot o Parabòlic.

8-Vuestras letras parecen instantáneas de destrucción y decadencia, de ciudades muertas, y transmiten una cierta desesperación interna. A veces me recuerdan a ese sentido de alienación que transmiten los Today is the Day en las suyas. No sé si son una banda de referencia para vosotros. ¿De dónde sale toda esa frustración?

-Pues no lo tengo claro; aunque, ¿no dicen que la mente humana es cómo un iceberg dónde la mayoría está hundido en el inconsciente? No he seguido a Today is The Day y la verdad es que no me entusiasman, pero no es la primera vez que nos sacan paralelismos. Las letras las expulso así, y normalmente en un estado de hipersensibilidad y electrificación. En muchos casos me pongo en la perspectiva de otro, normalmente imaginario, cada vez más.

9-¿Tenéis alguna influencia literaria o cinéfila? (algunas cosas me han sonado un poco a Lovecraft y “Justice” parece aludir a “Taxi Driver”. ¿Cuáles son, en general, vuestras fuentes, y cómo han ido cambiando con el tiempo?

-Pues cómo digo básicamente vomito las letras, una vez tengo la idea o concepto del tema. Poniéndome las demos de los temas y escuchándolas una y otra vez; escribiéndolo todo en una libreta de papel que compro para cada disco (a veces las frases me vienen cuando menos lo espero, por la calle, o en un sueño). Los personajes imaginados no pertenecen a ningún libro, aunque quizá haya habido alguna inspiración puntual, cómo la de Taxi Driver en “Justice”, aunque no fue nada premeditado – el “are you talking to me” apareció así, y luego tiré del hilo. Muy a menudo imagino personajes que sitúo en contextos históricos reales.

10-¿Creéis que merecéis más reconocimiento del que tenéis? En una entrevista vi que hablabais de los tatuajes de la peña de las bandas, de su pose y tal, diciendo que eso no era lo vuestro. ¿Se paga la integridad, el no pertenecer a una facción reconocible, el ir por libre? ¿Qué se gana?

-Pues si que creo que merecemos más, pero es algo que escapa a nuestro control.    Yendo por libre se gana todo, es la única realización personal posible. Para conseguir el objetivo real, que es congelar el relámpago, no existe otro camino.

11-¿Me podéis citar unas cuantas bandas que hayan marcado vuestra vida? (no hace falta que sean una influencia en vuestro sonido)

-Pues al menos a mí muchas, pero la verdad es que poner la lista con las conocidas queda bastante sosa, y las más desconocidas me da palo ponerlas, porque me da bastante rabia que simplemente clicando un nombre en google se pueda acceder a algo que me costó años de búsqueda y investigación.  

12-¿Alguna banda española que consideréis que merece la pena escuchar ahora mismo?

-Y tanto, cualquiera de las de arriba por ejemplo. Cualquier cosa que salga del estómago es válida.

13-¿Hasta que punto sirve para algo la prensa musical? Vuestras críticas siempre han sido excelentes pero eso no parece haber ayudado mucho a que seáis más conocidos. ¿Creéis que os habría ido mejor si fueseis americanos, por ejemplo, o las cosas son iguales en todas partes?

-Es difícil decirlo. Pero lo que si que sé que hasta ahora hemos disparado con el máximo calibre y que la mejor munición está esperando en la recámara.   

14-Se cita mucho el término “punk rock” cuando se habla de vosotros, pero a mí no me parecéis una banda de “punk rock”, en todo caso punk, pero más por la mala leche de fondo que otra cosa. ¿Qué opináis? ¿Qué significa la palabra punk para vosotros?

-Totalmente de acuerdo, no lo podría haber dicho mejor. Pocas cosas tenemos en común con los grupos definidos cómo punk rock. Y sí que, por otro lado, hay una fuerte influencia punk, que para mi es simplemente el estilo musical (y estético) rabioso, directo y fresco que explotó en 1976.

 15-¿Qué consejo le daríais a alguien que empieza en el tema de la música, al chaval que monta su primer grupo?

-Ninguno. Sólo podrá salir algo grande del que lo haga por una pasión irracional, cegadora e imparable. Y ése no necesita ningún consejo.

16-¿Qué hay después de la muerte?

-Seguramente nada. Y casi que mejor, sería muy cansado.
 

miércoles, mayo 01, 2013

MILK MUSIC - "Cruise your illusion" (Fat Possum)



Que Fat Possum es un sello cojonudo lo sabíamos. Que del noroeste de los estados unidos ha salido bastante de la música más agreste, desprejuiciada, intensa y libre de los últimos 30 años, hablando de rock, también. Y que Olympia (Washington) es un foco clásico de material independiente es otra obviedad para los iniciados, aunque por supuesto, una persona normal no tiene porqué saber ninguna de estas cosas. Tampoco creo que ninguna persona normal lea este blog, por otro lado. Como sea, y siendo franco, no sabía que los Milk Music llevaban consigo todas estas credenciales cuando me agencié su disco. Me llamó la atención su portada feista y dibujada, le pregunte a mi dealer, él me dijo “cojonudo” y yo me lo llevé. ¡Acierto en la cabeza! Estuve toda la tarde escuchando el disco en loop, jodiendo bien a los vecinos y es una puta joya. Pura viscera expresiva, puro corazón volcado a cuatro pistas como sólo los maestros saben hacer. O a lo mejor estoy enamorado.
¿Y qué hacen los cachorros de Alex Coxen, la mente pensante del asunto? Pues hacen rock, en principio. Rock. Con lo cual debería ser tres veces más difícil sorprenderlo a uno. Y no es que sus maneras sean nuevas, y no es que sean los mejores instrumentistas del país, aunque las guitarras son de las que imponen: ganan, sencillamente, por la misma razón, digamos, salvas las distancias, que ha ganado siempre Neil Young, por la purísima emoción interior que saben transmitir sin producción ni hostias. Materia prima del corazón, derivas de la vida, exabruptos y éxtasis de existir, con toda su bronca a cuestas.

Me dijo alguien: “rollo Dinosaur Jr., Hüsker Dü y así”, y no lo niego del todo, porque algo de la ya lejana era de SST hay en todo el conjunto y porque cosas como el arranque de "Cruising With God" pudiese recordar lejanamente a los de Hart y Mould. Sin embargo me tiré un rato pensando donde estaban en realidad y concluí que se encontraban exactamente entre el rock arisco y expresionista de los Giant Sand de los dos primeros discos ("Ballad of a Thin line man" y "Valley of Rain") y los Meat Puppets del momento en que empezaron, lentamente a atemperarse (“New Lease on Love”, “No, Nothing, My Shelter” y “Dogchild”, al menos, validan, para mí, esta conexión). Menos marcianos que ambas bandas, ciertamente pero igual de intensos, igual de exquisitamente deshilachados, igual de aparentemente poco premeditados, igual de reales. Y sepan una cosa, “real” es un enorme piropo que escribo justo después de un paseo nocturno por Madrid, esta ciudad convertida en insufrible escaparate que se reparten a dentelladas gañanes futboleros y hipsters de pacotilla, y que por mi podrían arrasar a base de bombas nucleares en cuanto yo salga de ella la próxima vez.
Por último, es indudable que, sin excesos, el fantasma de Neil Young esta ahí (casi se podría preguntar ¿pero dónde no?) y que, en cierta dejadez decadente que va infectando el disco hacia el final, y sobre todo en el último número, la doliente “The Final Scene” se nota también el espectro de esa banda nunca del todo bien ponderada que fueron los Big Star circa “Sister Lovers”.

Si son fans de esas bandas y de esas épocas, no lo duden ni un segundo. Si no tienen ni idea de quienes son pero les gusta el Rock&Roll americano sentido, encabritado, con una cierta raíz punk pero con capacidad para el soterrado pop agridulce, comandado por las guitarras y en el cual la expresividad esta (muy) por encima del pulimento externo, tampoco lo duden.

¿Son importantes las letras, le preguntan a Coxen en una entrevista. “Sí”, responde, “extremadamente (…) Hay una gran falta de sinceridad en la música ahora y nosotros luchamos contra eso”. Con dos huevos.

Y aunque probablemente este disco no les cambie la vida entera, sino sólo la tarde o un par de semanas, óiganlo a volumen generoso, se lo ruego, hasta que el tejado salte por los aires, como se merecen los poquísimos seres restantes nacidos en libertad.// LUIS BOULLOSA


jueves, abril 18, 2013

miércoles, marzo 20, 2013

HETERODOXOS ESPAÑOLES (I) - PABLO COBOLLO



Heterodoxos españoles: Esa gente simpática y genial que nos permite soportar que Nacho Vegas sea "famoso" y que hace el hecho más doloroso a un tiempo... Se admiten sugerencias para el II.

domingo, marzo 10, 2013

ARS LONGA (Y TAL)


Decía Vargas Llosa, creo, una de esas obviedades que es necesario tener en cuenta, sin embargo: que un libro nunca se termina, sólo se abandona. Bueno, yo he abandonado uno hoy. Lo he dejado en el riachuelo para que flote hasta mi editor y sea después publicado. En realidad lo que he abandonado hoy es una corrección que podría haber seguido hasta el infinito y algo más allá. Ahora prefiero no volver a ver lo que he escrito hasta que esté publicado y no pueda ya hacer nada al respecto, más que arrepentirme o mirarlo con esa sonrisa escéptica que uno se pasa la vida preparando. Volver sobre él con algo de frialdad haría, probablemente, que intentase arreglarlo, y, como decía el otro “no hay que intentar arreglar algo que no está estropeado”. Que uno no escriba todo lo bien que desearía, que uno no sea todo lo brillante que él mismo esperaba, que a uno sus trabajos le parezcan sistemáticamente débiles e incompletos según un estándar inventado de excelencia, no quiere decir, al final, que haya nada estropeado, que haya nada que reparar. Cuesta llegar a esa conclusión, al “lo hice lo mejor que pude, lo mejor que mi cerebro, mi salud y mi voluntad me permitieron, así que ahí lo tenéis”. Pero se llega.
Ha sido ese libro, entre otras cosas, el que me ha impedido pasarme por aquí con la frecuencia de otras épocas. Intentaremos retomar la actividad, ahora, porque, si bien en parte apacigua, de un libro ajusticiado también vuelve uno con preguntas nuevas y neuras renovadas.
Pasa otra cosa también. Le preguntaba yo a un amigo hace tiempo (o él a mí): “¿Qué hace un músico underground cuando finalmente se desprende de sus bandas fallidas, harto de una profesión (de fé) que no le ha traído más que sinsabores, excesos y falta de dinero?”. Y me respondía él (o era yo), leyéndome la mente: “Montar una banda nueva”. Por esa misma mecánica que combina masoquismo y adicción, lo primero que piensa un escritor después del parto es en cuál será el tema de su próximo libro. Un escritor no es una madre. El cuerpo que ha expulsado no está vivo para él: sólo lo está para los demás. No se lo puede pasear en un carrito, ni hacerle cucamonas, ni educarlo, ni verlo crecer. Como mucho, se puede presumir de él por ahí, pero sería bastante forzado. Habrá que presentarlo en sociedad, eso sí, soltar palabras, sostener acaso alguna teoría epatante (para tres) que el texto ampare y tomarse unos whiskies. Es decir, nada que no hiciésemos antes sin excusa.
No quiere decir eso que uno no esté orgulloso. Uno está orgulloso, pero sospecho que está más orgulloso de haber llegado al final con vida que del Golem mismo. Más orgulloso de haber sido capaz de hacer el viaje que del diario de ese viaje que al cabo es el libro. ¿Y la ciudad a la que se ha llegado? ¿Es una ciudad distinta? ¿Nos hemos transformado en el trayecto? Un poco, quizá. No deshecho del todo esa postura. Sin embargo, creo que si nos ha transformado en alguna manera positiva, quizá sea más por el lastre que nos ha permitido arrojar por la borda que por el material nutritivo que ha añadido al equipaje. Cosas mías. Hay quien considera el progreso por acumulación y quien lo entiende como despojamiento.
Decía Vargas Llosa otra cosa, también. Que la mayoría de los novelistas no hablan en sus novelas del tema que tratan, sino “en torno” a ese tema. Esa idea, menos obvia que la primera, esa concepción de la obsesión delimitada en molde hueco, me parece enormemente llamativa, pero de eso hablaremos otro día. Al fin y al cabo, lo mío no es una novela, sino un simple libro sobre la música y el arte de otros.
En todo caso, hecho está, mis queridos, fugaces, pocos lectores. Cuando esté en la calle os hablaré de él de manera concreta, no antes.
Goodnight and Joy be with you all!

viernes, marzo 01, 2013

RIPPERS - "FIRE TRACTAÄT" (BCore)


Entre Unsane y Rudimentari Peni, pero con personalidad única.
Era por reducir a una frase el asunto, lo cual es imposible, así que regresemos a la cueva y empecemos otra vez. Los Rippers son uno de esos grupos de fulgor oscuro, una de esas bellísimas monstruosidades de la cloaca de occidente. Una de esas bandas de Amphetamine Reptile que Amphetamine Reptile nunca pudo tener porque les dio por surgir más tarde y en Cataluña. Uno de esos furiosos coágulos de ruido que te hacen estallar el tarro. Una de esas honestidades contracorriente que te dan que pensar, porque te recuerdan a la tuya propia y te provocan una cierta euforia y algo de tristeza a la vez. Un tiro en la boca de nuestra cultura decadente. Un tiro sordo. 
No sé si “Fire Tractaät” es su mejor disco o no, ni me importa, porque todos los que han facturado son buenos. Es, sin embargo, de lejos, el que más he disfrutado, por alguna razón que no conozco del todo, superando a aquel “Invertebrät”, que era una burrada, y a “Nomelec’s Revenge”, que no le iba a la zaga en furia. Turbios, malsanos, implosivos, dominados por unas líneas de bajo que parecen un cable de alta tensión submarino, punteados por una guitarra que corta hasta la vena con sencillez de bisturí. Así son y así lo cuentan en puñetazos justos como “Lover’s Whirlwind”, “Justice”, la masacrante “Unsheltered” o esa “Again and Again” que me ha recordado a los Impaled Nazarene ralentizados de “Blood is Thicker ThanWater”. Así lo cuentan, sí, con el pulso enfadado y sintético, singular.
Una de las mejores bandas de la música agresiva española de todos los tiempos, sin duda, en su afán bronco, contrapelado, inmisericorde; plato de gusto para aquellos entendidos que aún no se hayan acostumbrado a dejarse las vísceras en la mesilla de noche; arma arrojadiza para habitantes del suburbio de la noche, ese secreto de altas horas que ya puede uno vocear (fueron disco del mes en el Ruta hace poco, creo recordar) porque igualmente está condenado a ser lo que es: secreto. Jevis sólo en lo que el jevi tiene de libérrimo, punks justamente en la misma medida, los destripadores son inclasificables aunque sus referencias sean claras, y han construido un disco minimal como una rata rociada de gasolina que corriese ardiendo, enloquecida. Un disco, uno más, de guerra y de humo. Un disco de pillaje y de verdad. Un disco de punk románico por el esplendor de su materia terrenal y por la catedralicia y esencial alzada de su espíritu. Ya no se hacen muchos así.// GATO PALUG

viernes, febrero 22, 2013

INTENTOS DE REGISTRO - APROXIMACIONES A RAFAEL BERRIO (I)

Durante un tiempo me harté de Rafa Berrio. No de su persona, que me es muy querida, ni de su música, que es incontestable. Me harté de escribir sobre él. La gente sobre la que sólo se puede hablar bien es aburrida para la pluma. Cuando has manchado tu boca cinco veces con la expresión “obra maestra” algo pierde fuelle dentro de ti, quizá porque –bien lo sabes- el otro, aquel, tenía razón y es “forzoso considerar que la discordia es cosa ordinaria, que discordia es justicia, que todo nace de la discordia y la necesidad". O sea: que a la perfección le falta acción. En estos tratos, pues, a veces Berrio resultaba una planicie de genio tan apabullante que la discordia desaparecía. Era error mío, claro. Era pérdida de perspectiva, porque llevaba tiempo sin catarlo en vivo, creo, y donde Berrio es al final definitivo es allí.
Se me opondrá que sus recientes discos, esos con los que se ha embelesado la crítica, incluido un servidor, son la rehostia –por no usar términos literarios-. Yo estaré de acuerdo. Sin embargo, no están completos sin la experiencia de un directo que como me comentó el otro día a media voz, a mitad de segundo pase, un amigo: “es casi terapia”. Quítale el casi. Todo arte es terapia para el artista. En los casos excelentes lo es también para su público. Pero lo cierto, insisto, es que la obra de Berrio se entiende mejor después del cara a cara. Dice él de su nuevo trabajo, por ejemplo: “Considero este disco como una ópera bufa, una comedia, pero una comedia solemne, o al contrario, una cosa solemne, pero al borde de la carcajada”. Quien no lo haya visto sobre las tablas tendrá más difícil la comprensión de esa verdad. Y ahí ¡aleluya! Hay un resquicio por el que se puede criticar al autor de los dos mejores LPs españoles de los últimos tiempos (“1971” y “Diarios”, dos siameses malignos unidos por sabe Dios donde),  y así poder regresar a la discordia, amada discordia.
“Diarios” –quizá más que su antecesor, que tenía esa chanza genial y helada de “Mís amigos”- resuena tan ambicioso y tan solemne, ciertamente, que ese carácter de ópera bufa invertida queda difuminado para quien no conozca a su autor. Hace falta la distancia corta del Berrio Clown, el Berrio sardónico y suelto, algo porteño por alusiones, algo gamberro, algo navajero, algo turbio, muy punk –el del segundo pase del otro día, ya trasegado bastante oporto- para dar la talla real de ese trabajo, su alzada al tiempo majestuosa y alirrota. La mueca tras el vaso, la desolación que se confunde con una carcajada. La vida, en suma.
Y entonces se puede entender su enorme estilo y su mineral esencia. Y todo vuelve a ser perfecto.
Y yo me vuelvo a aburrir –con mi vida, me refiero-, hasta la próxima vez.

lunes, enero 28, 2013

QUE SEA LEVE - QUE SEA NADA


El inefable Rafa Berrio, príncipe de los gansos filosóficos, jerarca de los trovadores silenciosos, se acerca a Madrid mañana martes 29 para presentar su nuevo y DEMOLEDOR disco "Diarios", legítima continuación de aquel "1971" que ya es por derecho historia musical de España. Será en la librería LA BUENA VIDA sobre las doce de la mañana, y aunque al parecer estaba previsto como un simple encuentro con prensa, nos dicen por ahí que alguna canción caerá. No se lo pierdan. Pronto, un análisis a fondo del reciente trabajo. No es tan fácil escribir de obras maestras.

domingo, enero 27, 2013

LONG JOHN SUDDEN VOLVE ÁS ILLAS

Nuestro amigo Iscariot alarga un tentáculo de tinta hasta Pontevedra para saciar sus neuras en compañía de los Porcos Bravos de la Anglogalician Cup. Podéis leerlo AQUÍ.

miércoles, enero 23, 2013

RATIONAL ANIMALS/CODE ORANGE KIDS





Como habréis percibido por lo intermitente del blog, últimamente tengo suficiente trabajo como para que me cueste seguir en ninguna brecha informativa, si es que lo de KAPUT fue información alguna vez: el otro día intenté pensar en mis discos favoritos de 2012 porque alguien me pedía una lista y me di cuenta de que el último cojonudo que había escuchado era de 2011. Bueno, eso fue antes del de WOODS, que no sé de cuando es. Tiene cosas buenas, sin embargo, estar en otras trincheras y lejos de la actualidad musical (además, ¿alguien cree realmente que puede abarcar una mera fracción de la buena música que circula por ahí?): La primera cosa buena es que el blog se va convirtiendo poco a poco en un basurero instintivo, el trastero donde uno vuelca sus parafilias de madrugada y sus reflexiones filosóficas enganchadas por los pelos a una pinza musical. Y eso es terapéutico. La segunda, que todo se transforma suavemente en una placentera deriva con sorpresas inesperadas: no se busca ya, pero se sigue encontrando. En las últimas semanas me he topado -en ambos casos por pura casualidad- con dos bandas notables y jóvenes. Los primeros son los RATIONAL ANIMALS, unos chavalitos reminiscentes del buen hardcore de principios de los ochenta, es decir, sin códigos preestablecidos, sin dogmas, agresivos y libres. Los segundos son los CODE ORANGE KIDS, cortantes, espásticos, brutales. Unos y otros tienen muy poco que ver excepto en que reparten cera con sentido y que han facturado discos que son una buena hostia en la cara. Para que despiertes. Prometo hablar de ellos con calma cuando la marea ceda y la arena se vuelva a ver.//GATO PALUG



lunes, enero 21, 2013

TODO ESTO ME RECUERDA...



El disco salió en el 92. “Hermanos Carnales”, se llamaba. Yo por entonces tenía diecisiete y era un pringao, pero ya tenía buen gusto, quizá se nace con él. No recuerdo si el single fue “Mi Hermano Carnal” o “Fuerte”, pero sí que por entonces sonaban de vez en cuando en las emisoras de radio comercial. No consiguieron, por supuesto, dar el salto a la división donde estaba el dinero: ese campo no estuvo nunca –ni estará- preparado para cargas de profundidad desoladora como “En Otoño”, cuentos de incesto poco cubiertos como las dos citadas antes, vuelos rasantes sobre la biblia violenta y minimal de Fernando Alfaro (“Hey Lázaro”, “San José Experience”) y demás brutalidades excelsas de pop con el corazón al raso y bombeando. ¡Ah, aquella música reminiscente, clásica y brutal! La echo de menos. “La estación de las lluvias” era un aperitivo de cierre, una coda evanescente y contagiosamente quebradiza como el disco mismo, una flor seca demasiado parecida a la propia entraña. Como varias más de esa colección –que no es, pese a todo, mi favorita de los Surfin’-, ésta me sigue provocando un escalofrío similar al de la primera vez. ¿Por qué? Qué más da. Pasa a menudo con las canciones aparentemente menores que por uno u otro motivo han conseguido tocar un acorde secreto, que diría el otro. Es también, en su casi musitada sencillez, un curioso ejercicio de nostalgia anticipada: en aquella época que se va volviendo desvaída ya, los “varios años” de los que habla la letra podían ser considerados en sí mismos una era. Todo ha cambiado. Nada ha cambiado. En Galicia, donde vivía entonces y he vuelto a vivir, es estación de lluvias de nuevo, y ésta me recuerda a otras. Bendito Fernando, capaz de trabajar con tal claridad con el material doloroso y frágil de la pérdida y la fugacidad.

lunes, enero 14, 2013

BACKSEAT OF MY CAR (DWARVES)

Gog y las hienas telepáticas. from La Playa de Madrid on Vimeo.

Gog y las Hienas Telepáticas ejecutando sumariamente una de las mejores canciones de todos los tiempos: "Backseat of my Car" de los inefables DWARVES... Entre el público, los amigos de siempre, esos sin los cuales la vida sería menos divertida. El bajo no se oye, pero tampoco se pierde mucho.