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miércoles, mayo 16, 2018

Un negro con gafas de sol en la cruzada de los niños (una divagación)


Cosas curiosas del “Outta Here” de The Gories en esta casa solitaria: es el primer disco del grupo que me oigo de cabo a rabo y que tengo en formato físico, y, extrañamente, he necesitado varias escuchas para percibir lo realmente bueno que es. Pese a que es carnaza de la que me suele gustar, las primeras pasadas me dejaron un regusto a deja vu e intrascendencia. Sólo en la tercera y la cuarta me dejé llevar, y, sin ponerlos aún a la altura de, digamos, Oblivians o Cramps, he de reconocer que son fantásticos. Es muy probable que esto se deba a haberlos escuchado ahora por primera vez con calma. Cuando no se hace algo en su momento los artefactos van atesorando nuevas posibilidades: a veces se descargan, otras veces se envenenan, a menudo uno interpone ya tantos fantasmas entre sí mismo y el hecho que el proceso de apartarlos lleva un rato. Lo que exactamente en su vértice significa algo puede significar cosas distintas fuera de época y contexto.

Por supuesto conocía a The Gories y había escuchado bastantes temas suyos sueltos, e incluso tengo dos o tres discos de proyectos posteriores de Mick Collins que no me disgustan. Todo el que ha transitado por los inframundos del Rock&Roll en los noventa los conoce y los respeta y se sabe la idea: al tiempo continuadores y reactivadores de una tradición espartana, cacharrera y arcaica, un ala reintegracionista del Rock&Roll que mira hacia el origen con saludable saña punk. Pero eso es la teoría y nada más.

Cuando salió este disco, en el 92, hace un cuartito de siglo, yo tenía 17 años y muy poco dinero, y en esas circunstancias uno se pensaba mucho lo que compraba y lo que no. De hecho recuerdo estar en una tienda en Madrid con un disco de The Gories en una mano y uno de los New Christs en la otra, sopesándolos como quien elige entre dos epifanías. Compré el de New Christs, finalmente. Era “Born Out of Time”, acojonante recopilatorio que incluía lo mejor de su obra maestra, “Distemper”, y que alteró mi vida musical para bien, llevándome a una Australia ruidosa y sentimental que casi tres décadas después aún no he abandonado. La vida del amante de la música adolescente era así: a veces tenías que elegir entre dos obras maestras, y cada una te llevaría por un camino completamente diferente. Lo digo sin nostalgia alguna.

Claro que no hay que ponerse dramático, luego estaban el intercambio de cintas, las tardes con colegas en los bares de rock (los bares de rock por entonces, aunque no dudo que habría snobs, igual que siempre, eran algo bastante llano y comunal), los compañeros de piso, que en mi caso tenían extraordinarias colecciones de discos que me abrieron mucho el oído y otros momentos compartidos y esenciales. De hecho en aquella casa en la que pienso ahora (esto fue más bien hacia el 97), yo ponía el hardcore, las barrabasadas ruidistas (Foetus, Unsane), el Rock&Roll brutote, algo de experimentación y ciertas novedades de la época (Mogwai, Arab Strap), y mis compañeros, más clásicos y perfeccionistas, aportaban otras caras del espectro: de Big Star y los Flaming Groovies a la insolente crema inglesa de The Smiths, The The, Echo & The Bunnymen, Prefab Sprout o Stone Roses. También se añadió un cuarto inquilino, algo después, que tenía todos los discos en solitario de Joe Tempest, pero eso es otra historia. Años de iniciación, que bonitos, casi emocionantes, quedan vistos desde aquí, ¿verdad?

En aquella época fructífera y educativa, sobre todo gracias a la revista Ruta 66, en la que acabaría escribiendo, llegué a conocer a muchas bandas ruidosas y primitivas que estaban más o menos  en el lado Gories, aunque no tan puros en su fórmula regresiva: The Oblivians (mi grupo favorito de ese rollo, sin duda), Pussy galore, The New Bomb Turks (demoledores y más punk, pero cercanos aunque fuera por el descacharrado sello del sello Crypt), The Humpers (más pedestres, pero queribles), Lazy Cowgirls  (escuchen su asalto al You’re Gonna Miss Me del disco “Radio Cowgirl” y sabrán por qué eran grandes) y otro millón. Por otro lado, si se bajaba a la catacumba del citado mundo australiano que yo transitaba tanto, no era difícil encontrar formulaciones que, pese a lo inevitablemente grandilocuente del “high energy”, tenían la misma sintética furia y el mismo desprecio por el acabado (Powder Monkeys, Seminal Rats). Al fin y al cabo se trataba de lo crudo, la carne humana chisporroteando en la parrilla. En cada ciudad y cada entorno las maneras variaban, los giros eran propios o heredados de distinta tienda de saldos, pero todo aquel mar de cubetas vacías, angustia adolescente sostenida en el tiempo y aullido animal invocado con guitarras desembocaba más o menos en una visión común.

De hecho hay bandas aparentemente lejanas que comparten esa esencia y ejercen de lúcidos cruces de caminos. Pienso por ejemplo en los Royal Trux, de los que hablamos aquí en algún momento y que a la vez actualizaban mitología y mantenían espíritu. Su tóxica reutilización de la chatarra blues y boogie y sus picados noise tenían tanto en común por actitud con los de mick Collins como, por ejemplo, con el blues tejano canallesco y festivo, o con Dylan, o con el NY ruidista. Con su propia generación conectaban, en cambio, por drogas, imagen, fragmentación del discurso  y posturita en los medios. Con los Trux en el centro de la mesa puedes ir en un paso a John Spencer y su mugre original, en uno a Albini y a Nirvana, en uno a los ZZ Top más burlescos, en uno a The Gories, en uno al puto infierno. En uno a tu barrio mental, seguro.

No es descabellado ni estúpido, así, entender que el Rock&Roll más crudo, en su maravillosa disgregación de subescenas y pandillas enfrentadas y a veces irreconciliables es también en cierto modo la misma cosa, o la misma amalgama de cosas puestas en la mesa de mercadillo, entre cachivaches arcanos y bajo un epígrafe donde se lee “No me da la gana”. Esa rebeldía primigenia, instintiva e infantiloide era su grandeza y la sigue siendo. Y esa grandeza, aunque a menudo, posicionados, no nos lo queramos reconocer, la comparten sus distintas líneas, incluso las aparentemente regias y mainstream, incluso, a menudo, las intelectualizadas. En el núcleo siempre está esa frase: “No me da la gana”, la primera que el niño aprende a decir contra la familia, y la más difícil de mantener: la comparten Jim Morrison alcoholizándose en los bares de viejos de Sunset Strip, Ian Mac Culloch fumándose desdeñosamente un piti frente a un fotógrafo de moda, Iron Maiden escupiendo The Trooper en un sótano, Dylan Carlson comprando un fusco de segunda mano, Julian Cope invocando a Odin mientras escucha a Funkadelic, Mark E. Smith preguntándose qué es lo que acaba de decir, los Beasts of Bourbon metiéndose caballo en la playa donde Iggy hace surf, Pig Champion viendo arder una moto mientras desayuna gachas en un diner de mierda, David Yow con el cuello partido en un hospital austríaco, Patti Smith meándose en escena, a modo de oración, los Beastie Boys riéndose de ti y de tu prima, Public Enemy takin da power back, Unsane viendo pasar el metro lleno de zombis, Varg Vikerness disparando con escopetas de aire comprimido contra un MacDonalds, los Crass cagando ecológico, Lee Scratch Perry quemando su estudio, GG Allin diciendo “te quiero”, Set Putnam ordenando su colección de comics, J Mascis sordo como una tapia recitando a Emily Dickinson… todas y cada una de las bandas de extrarradio que acaban de terminar su primer tema de mierda y piensan “esto es un hit”. Todos y cada uno de los locos furiosos que se agitan en el barrio como un mono en una caja, sin saber salir pero intentándolo. El hombre que busca el acorde secreto y el que sueña el acorde perfecto mientras friega platos en nueva Orleans.

Tampoco es descabellado apuntar que, como todas las músicas no aburridas nacidas en la postmodernidad, el Rock&Roll fue creado por jóvenes y que para que tales jóvenes pudiesen pasar de canturrear doo-woop en las esquinas a calcinarte con un rayo tuvo que suceder algo concreto: el primer mundo inventó y empezó a fabricar en masa cacharros para hacer ruido BARATOS y PORTABLES.

La portabilidad y la necesidad de una nueva familia elegida, no impuesta, son quizá los dos rasgos dominantes de la cultura juvenil desde entonces hasta hoy. La era de la portabilidad no empieza con la familia de clase media americana, pero se refina con ella, sin duda, y con ella muta hacia horizontes nuevos.

Tal portabilidad se codificó entonces, entre otros elementos, en una fender y un ampli a precio asequible, industrial. Ahora incluso a nosotros eso nos parece un mamotreto insufrible, y observamos, tratando de entender, a los chavales que rapean en el parque usando un i-pod y una nube. Ahora la tecnología ha entrado en otra de sus fases de crecimiento exponencial y no entendemos nada. Igual que nada entendía, probablemente, un padre de los años cincuenta en Minneapolis al que le habían vendido que la historia había cesado y el reino estaba aquí, cuando su hijo se piraba a la costa oeste sin avisar, con una guitarra en la mano. Los chavales del parque tampoco entienden nada, claro, pero a ellos les da igual, porque no lo saben. ¿Qué quiero? No sé, pero lo quiero para ayer. 1

En el aspecto espiritual y en el de actitud originaria, es posible que el underground americano, esa chiquillada que se comió a sí misma, no haya inventado nada. Es una actitud que ya estaba allí, y basta leer lo que Camus dice de los dandis para verlo (les dejo a ustedes el trabajo). Sin embargo, no se puede entender el pop sin los elementos “tecnológicos”, y ahí américa sí cambió el mapa de las cosas. Así pues, en tiempo record y solapando realidades –permítanme que simplifique muuuucho- el Rock&Roll nació del aullido de liberación del esclavo y del llanto europeo del pionero y se convirtió también en la explosión de tedio antifamiliar, profundamente burgués, que lo habría de dominar en adelante2. Y lo hizo, como decimos, volviéndose duplicable, portable, exportable y comunicable a la velocidad de la luz.

La cultura popular es una cosa, el “pop”, la propia formulación del vocablo lo indica, otra, mucho más rápida. Cuando tratas de entender qué ha sucedido, ya ha sucedido hace eones y eres viejo. Y todo es un recuerdo. Yo escuchando a los Gories con cascos, en cd, en mi ordenador, mientras escribo esto, soy un recuerdo y además uno un poco absurdo y triste. Una de esas mutaciones que estuvieron a punto de funcionar pero que no, que se extinguen, y miran a su hacha de sílex mellada, poco lograda, con una perplejidad que roza la tristeza cósmica.

El mito underground americano, frontera (física y mental) e infancia (física y mental). Lo veo y pienso en una cruzada de los niños que hubiese estado a punto de triunfar. ¿Te imaginas la Jerusalén infantil? Contagiosa, a caballos del ímpetu, la pasión, la técnica y el negocio; fascinante para quien no encaja… El mono quiso ser parte de esa cruzada y ahora mira a su hacha mellada, y mira a los chavales que rapean (ya cae la noche, el parque desierto). Y lo invade un nosequé que será el último sentimiento de esa mutación fracasada.  

Diría que existe la posibilidad de que ambos mundos se encuentren, el mío y el de esos chavales, si no supiese que los mundos nuevos se crean negando (que no aniquilando) a los anteriores. Así pues, me resigno. Sé que el punto de partida sigue siendo idéntico desde el mismo origen del hombre, aunque las formas se nos vayan volviendo indescifrables. Yo las suyas las intuyo, pero ya no sé nada cierto sobre esa portabilidad que ha pasado a ser ajena y que evoluciona hacia lo perfectamente no físico. Igualmente, voy perdiendo contacto con sus códigos, sus guiños, y nada sé de una mitología nueva que sin duda ha de existir.

Pero, regresemos al principio, a aquel 92 en que salió “Outta Here”,  o a aquel 97 donde yo sopesaba dos discos tratando de decidir (no recuerdo la tienda, pero era muy cara). Por entonces, hacía mucho que el mundo de la música “rock” se había convertido en algo mastodóntico, pero gran parte de la resistencia consistía aún, precisamente, en usar su carácter fundacional y mantenerlo portable, asequible, utilizable por alguien con poco dinero y muchas ganas. Una de las maneras -la manera, si se piensa bien- era esa guerra de guerrillas tipo Gories, y en eso la banda de ese guitarrista soberbio que es el negrata Collins fue preclara: bandas que conscientemente habían abdicado, por radicalidad, de cualquier intento de ser masivos, que habían incluso rebajado cualquier pretensión de trascendencia intelectual para poder moverse más rápido, en un tercer o cuarto punk que viajaba ligero de equipaje. Golpea y muévete. Haz daño pequeño, pero que se infecte y se recuerde. Gánate a la base, gánate a la peña, gánate a los chicos que dicen no. Incluso el título del disco del que hablamos podría ser, en esto, sintomático: “fuera de aquí”. Huye, escapa. Sé un fantasma.

El mito de la contracultura americana de los cincuenta se parecía a eso, pero con pretensiones existencialistas y la presencia de una búsqueda. La de los sesenta se parecía a eso, pero con la posibilidad de un triunfo y bastante trascendentalismo de palo. El de los ochenta fue una trinchera punk de inusitada efervescencia de la que habrá que hablar aún muchas veces. El de los noventa fue un conato de supervivencia barrido por la vulgaridad de lo masivo que dominó en adelante, provocando una progresiva separación entre realidad y ficción (la ficción es lo que la gente suele llamar “realidad”) y una de las paradojas más interesantes de la historia del arte: que la época más rica en producción sea la más pobre en impacto.

Por supuesto todas estas cosas ya sólo nos interesan a unos cuantos enfermos (efectivamente, la herida se infectaba). The Gories siguen tocando, creo haber oído que se habían reunido. Me resbala bastante, claro. Ya no me hacen falta coartadas porque la misma coartada soy yo3. Conmigo, tuvieron su oportunidad y yo la dejé pasar, y ahora ya no me cambiarán la vida. Lo hicieron sus colegas por ellos. Gracias. Ahora bien, el disco, aunque sea a tercera escucha, entra, y por un momento la memoria arde. Y eso es todo.

Quizá deba irme al parque a charlar con los chavales, aún a sabiendas que les pareceré un colgado y me mirarán con esa mezcla de condescendencia, cariño y miedo no expresado al futuro con el que yo miré tantas veces, también, a muchos colgados que me predecían, hace un cuarto de siglo.



1 “We want the world and we want it now!”, ¿recuerdan?
2 No se huye de la familia hasta que no hay nada más de lo que huir, claro. La fobia al clan surge sólo cuando uno no le tiene pánico a los guepardos, el capataz de la plantación y otras cosas así.
3 Como habrá advertido usted, sagaz lector, todos los temas esbozados aquí han sido tratados antes por gente muy sesuda y tendrán que ser tratados después, porque son temas centrales de nuestra época, aunque rara vez se reconozca. Yo uso la música poppara acercarme a ellos porque cada uno accede a la calle desde su casa, claro. Sin embargo es probable que no vuelva sobre tales temas en un tiempo. ¿Por qué? Porque no me da la gana. Esa prerrogativa, principio y fin, es, al cabo, lo mejor y quizá lo único que me ha dado el Rock&Roll.

Fdo. F.G.L.

 

jueves, noviembre 17, 2016

LITTLE COBRAS - "Fire Monkey" (Clifford Records, 2016)



Como bien sabe el primo de Charles Manson (en la foto), hacer discos de Rock&Roll navajero casi perfectos está al alcance de muy pocos. Igual que sobrevivir vocacionalmente en la basura o divertirse en la guerra, es un grado de psicopatía aplicada difícil de alcanzar. Los gaditanos Little Cobras impactan de lleno en ese nivel con Fire Monkey que, cual hot-rod cargado de gasolina, se pasa de frenada, vuelca y estalla en una bola de fuego que arrasa tu garito. Concisos, enervados, incinerantes, pueden usar ya el chascarrillo de Lemmy con todo el derecho y la chulería: “Somos Little Cobras y tocamos Rock&Roll”. Aunque ellos estén bastante más cerca de Oblivians, por poner un ejemplo de perfección en el desguace.

Por mucho que su anterior Songs for Dogs and Planets les mostrase ya fibrosos y eficaces, aquí la progresión es meteórica. Con menos rodeos, directísimo al grano (sólo un tema por encima de los tres minutos) el Mono de Fuego los retrata en estado de gracia, en el centro mismo del Rock&Roll de raíz blues y visceral urgencia punk, sintéticos, brutales y capaces de hacerte un siete con la única ayuda de un hierro oxidado. 

Tienen a los Cramps en una mano y a Gun Club en la otra, lo que implica que a la espalda va todo el blues cabrón que uno quiera, como se puede comprobar muy claramente, por ejemplo, en un “Barstool Boogie Spree” que abreva en el pantano tóxico. Pero también son capaces de beberse ese veneno embotellado en cristal, como en “Bubble”, adornada por coros de chicle usado. O de entregarse a un paroxismo animal, cual Trashmen blindados, con el tema que da título. O de bajar a la chatarrería, con “Carajillo” y rematar el paseo en el ejercicio de casquería fina y flores ensangrentadas que es “The Butcher” (Leonard Cohen, sí), mirando a Hank Williams por el rabillo del ojo en inyectando melodía oscura. Eso, por no hablar de “Too Much Paranoia”, que sería una perfecta canción de psicodelia ácida, de esas que hacían en el sótano los Screaming Trees del principio, si no hubiesen decidirlo ejecutarla en seco con un disparo de minuto y medio.

Mención añadida para una preciosa portada, original, lejos del tópico, que redondea la jugada. Y a la gente de Clifford Records que lo ha sacado a la calle porque era necesario. Francamente, te diría que ya no se hacen discos así si no fuera porque éste es de ahora mismo. Pájaros y monos ardiendo, con el inconfundible aullido de la diversión ciega y la insatisfacción congénita. Sexo y muerte en el diner de El puerto de Santa María. Un diez.

(Esta reseña, con ligeras diferencias, fue publicada originalmente en la revista KARATE PRESS #4)

miércoles, diciembre 03, 2014

LOS TUPPER – “Yesterday’s Pizza”




Hay una regla de oro del Rock&Roll que lo convierte, en cierto modo en un género elitista pese a lo popular, un misterioso arte de maestros: aunque la influencia y el trabajo sean inevitables y necesarios, la clase no se copia ni se aprende, simplemente se tiene o no. Los Tupper la tienen; poseen ese elemento misterioso, natural, real y gastado que cientos de bandas intentan impostar sin llegar nunca a la chispa. Y la clase presente en su impecable segundo trabajo es, como todos los estados de gracia, inexplicable. Quizá esté en la aparente falta de complicación de unos números de Rock&Roll que sin embargo no suenan nunca tópicos, en ese trote ligero, a medio tiempo, caprichoso, suavemente preciosista con el que casi todos aburren y ellos no; o en su modo saludable y tranquilo de fagocitar una tradición que, abarcando todo el Rock&Roll de corazón glam, prestancia pirata, trapos de saldo y emoción a flor de piel, en sus manos no suena en ningún momento a cliché. No sé. Debe ser una cuestión de personalidad y, en última instancia, por tanto, de alma.

“Yesterday’s Pizza” se sitúa así, con naturalidad, casi con modestia, entre los mejores discos que he escuchado en 2014. Sin tremendismos, sin alharacas, sin tirar la casa por la ventana, porque no hace falta. Crepuscular pero brioso, clásico, ajustado sin estridencias en lo instrumental, no baja la guardia en un solo tema. Arranca impecable con el vacile bailón de “Susie in the nightime” y “Turn me on”, baja sabiamente al sustrato blues en la turbia “Hard-on”, pisa el acelerador con festiva suficiencia melódica en “14 days”, flota a dos pies de altura sobre el agua irisada en “Candy for Ayers”… inyecta, en fin, sus diez píldoras vintage con un pop de guitarras amargas que hace brillar la superficie de su corazón envenenado y doliente, ese que siempre, siempre, tiene que estar ahí.

Veo a la gente perdiendo el culo por fantoches que aportan la pinta y la pasta y carecen de sustancia, por clones de la cáscara rollingstoniana y por bocazas con mucha prensa y sin un tema que haga mover los pies o el cerebro; por remedos del pasado que igualan sintéticamente las maneras sin saber ni de lejos de qué va la esencia de esto. Y me pregunto lo de siempre: ¿Qué pasa? ¿No sois capaces de ver bajo vuestras narices? Si lo fuerais, allí estarían Los Tupper, una banda de aquí que factura Rock&Roll mayúsculo en el que resuenan los ecos de una post tradición completa, la que incluye a Bolan, a los faces, a los Stones y a los Jacobites, pero también probablemente a muchos más. A lo que hubo antes y, quizá, a lo que está por venir. Y que lo hace sin mimetismos, con amor y con estilo, a despecho de todo lo demás. No hay tantas.

Entre los colaboradores del disco, dos leyendas, no por aparentemente menores menos esenciales: Dave Kusworth y Darrell Bath. El viejo guitarra Jacobite con quien los Tupper grabaron su último disco, “Throwing Rocks in heaven” (Sunthunder), aporta apenas unos coros, pero Bath (Uk subs, Godfathers, Dogs D’amour, Vibrators, Nikki Sudden, al loro con el gato los que no lo conozcan) se mete más en el fregao de guitarras. Se agradece, sin duda, aunque sospecho que sin ellos el disco hubiese sido igualmente magnífico.

Corto, redondo, cerrado sobre sí mismo, sin pretensiones de ser la clase magistral que en cierto modo es, muchos con más nombre darían un brazo por poder hacer un disco como “Yesterday’s Pizza”. Descorchen una botellita de Oporto para acompañar el manjar. A mayor gloria de los bailes del ayer y de los del mañana. Y sobre todo por los de hoy mismo, ya que estamos aún vivos y llenos de deseo. Gracias. //LUIS BOULLOSA

(Más info sobre este disco y otros desaguisados musicales AQUÍ)