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miércoles, diciembre 03, 2014

LOS TUPPER – “Yesterday’s Pizza”




Hay una regla de oro del Rock&Roll que lo convierte, en cierto modo en un género elitista pese a lo popular, un misterioso arte de maestros: aunque la influencia y el trabajo sean inevitables y necesarios, la clase no se copia ni se aprende, simplemente se tiene o no. Los Tupper la tienen; poseen ese elemento misterioso, natural, real y gastado que cientos de bandas intentan impostar sin llegar nunca a la chispa. Y la clase presente en su impecable segundo trabajo es, como todos los estados de gracia, inexplicable. Quizá esté en la aparente falta de complicación de unos números de Rock&Roll que sin embargo no suenan nunca tópicos, en ese trote ligero, a medio tiempo, caprichoso, suavemente preciosista con el que casi todos aburren y ellos no; o en su modo saludable y tranquilo de fagocitar una tradición que, abarcando todo el Rock&Roll de corazón glam, prestancia pirata, trapos de saldo y emoción a flor de piel, en sus manos no suena en ningún momento a cliché. No sé. Debe ser una cuestión de personalidad y, en última instancia, por tanto, de alma.

“Yesterday’s Pizza” se sitúa así, con naturalidad, casi con modestia, entre los mejores discos que he escuchado en 2014. Sin tremendismos, sin alharacas, sin tirar la casa por la ventana, porque no hace falta. Crepuscular pero brioso, clásico, ajustado sin estridencias en lo instrumental, no baja la guardia en un solo tema. Arranca impecable con el vacile bailón de “Susie in the nightime” y “Turn me on”, baja sabiamente al sustrato blues en la turbia “Hard-on”, pisa el acelerador con festiva suficiencia melódica en “14 days”, flota a dos pies de altura sobre el agua irisada en “Candy for Ayers”… inyecta, en fin, sus diez píldoras vintage con un pop de guitarras amargas que hace brillar la superficie de su corazón envenenado y doliente, ese que siempre, siempre, tiene que estar ahí.

Veo a la gente perdiendo el culo por fantoches que aportan la pinta y la pasta y carecen de sustancia, por clones de la cáscara rollingstoniana y por bocazas con mucha prensa y sin un tema que haga mover los pies o el cerebro; por remedos del pasado que igualan sintéticamente las maneras sin saber ni de lejos de qué va la esencia de esto. Y me pregunto lo de siempre: ¿Qué pasa? ¿No sois capaces de ver bajo vuestras narices? Si lo fuerais, allí estarían Los Tupper, una banda de aquí que factura Rock&Roll mayúsculo en el que resuenan los ecos de una post tradición completa, la que incluye a Bolan, a los faces, a los Stones y a los Jacobites, pero también probablemente a muchos más. A lo que hubo antes y, quizá, a lo que está por venir. Y que lo hace sin mimetismos, con amor y con estilo, a despecho de todo lo demás. No hay tantas.

Entre los colaboradores del disco, dos leyendas, no por aparentemente menores menos esenciales: Dave Kusworth y Darrell Bath. El viejo guitarra Jacobite con quien los Tupper grabaron su último disco, “Throwing Rocks in heaven” (Sunthunder), aporta apenas unos coros, pero Bath (Uk subs, Godfathers, Dogs D’amour, Vibrators, Nikki Sudden, al loro con el gato los que no lo conozcan) se mete más en el fregao de guitarras. Se agradece, sin duda, aunque sospecho que sin ellos el disco hubiese sido igualmente magnífico.

Corto, redondo, cerrado sobre sí mismo, sin pretensiones de ser la clase magistral que en cierto modo es, muchos con más nombre darían un brazo por poder hacer un disco como “Yesterday’s Pizza”. Descorchen una botellita de Oporto para acompañar el manjar. A mayor gloria de los bailes del ayer y de los del mañana. Y sobre todo por los de hoy mismo, ya que estamos aún vivos y llenos de deseo. Gracias. //LUIS BOULLOSA

(Más info sobre este disco y otros desaguisados musicales AQUÍ)

miércoles, enero 18, 2012

SÍ, PAPÁ

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Bebiendo de firme, ya casi me había olvidado de escribir. La P con la A, pa. La S con la I, sí... Y efectivamente Charlie Parker no era un pájaro por el burro, sino pese al burro. ¿O me equivoco? Ah, la sensación de estar perdiendo tu vida. Uno la recuerda con mucho cariño cuando viene a sustituirla la sensación de haberla perdido ya definitivamente. ¿Y luego qué? ¿De qué me ha servido la música, ya que esto iba de música? Para perderla con alguna elegancia, supongo, que era lo único a lo que se podía aspirar. Joderse con estilo. Hay todo un largo artículo sobre piratas de agua dulce del Rock&Roll que se podría titular así; "Aprendiendo a joderse con estilo". Y oigo cantar a Nikki Sudden, in the backyard of my mind, “We drink small sour drinks/and smoke blonde cigarretes”, en aquel disco maravilloso que yo le regalé a mi novia, ella se olvidó en mi casa cuando se largó para siempre y el hijo de puta de Krapoola me robó después de una pinchada en El Alivio (el bar que Javier Colis, Silvia Grijalva y Justo Bagüeste tuvieron en Malasaña). Algún día le partiré las piernas y él ni recordará la razón. También me robó uno de los Stooges, pero ese no lo echo de menos. “We drink small sour drinks/and smoke blonde cigarretes”. Y eso es todo. Voces dañadas. Barcos fantasma. Hay una fina línea que une a los Jacobites, Los Only Ones y los Saints tardíos y que, en tardes como esta, constituye la diminuta vena que mantiene unidas mis distintas partes. No es malditismo vocacional, lo juro, no es pose de outsider ciudadano, aunque también; es anatomía y tripas. Es la esperanza misma, minusválida pero aún no mendicante. Y va por el centro de las cosas, como un hilillo diminuto de sangre. Uno se ha convertido en eso sin querer ni dejar de querer, mientras los demás trabajaban duro en su equivocación. He hablado alguna vez de la capacidad curativa de la música. Quizá me haya equivocado y no cure, sólo adormezca. Opio. Un amargor forzado como el del licor, para fingir que se siente. Un humo alado, como el del tabaco rubio, para que sepan que sabes que todo se va exactamente así. Llevo casi un mes optimista, pero escribo cuando eso se acaba. La ola retrocede, y tras ella corre Nikki, con zancadas de garza espástica, agitando un pañuelo de encaje, persiguiendo a su camello imaginario. La Pimpinela Escarlata. John Silver El Largo, Keith Richards mirando al mar, todos los mendigos de todos los puertos.

-¿Ya no te metes heroína, verdad?
-No, ya sólo coca, pero bueno, si hay caballo lo pillo POR SI ACASO.

Por si acaso... ¿Por si acaso qué? Le decía hace tiempo a un amigo que nuestros bares oscuros eran repúblicas piratas, lugares al margen de otra ley que no fuese la propia e inventada, calas protegidas del viento de la vida donde, paradójicamente, la vida era posible. Pero él tenía alma de juez, no de furtivo. Bueno, con eso se nace. Si te toca una u otra cosa, lo que resta es llevarlo con dignidad, joderse con estilo. Y le oigo, le oigo. “Sometimes I wish I was born/In Paris and not in London”. Nacidos fuera de tiempo. Exiliados de este más por asco que por voluntad. Todos los que creyeron que la vida era algo más. Pobres. Pobres todos. Bebiendo sus tragos amargos y fumando su rubio a la sombra del final del principio del final.

-Pepiño, ¿ves ou quedas?
-Sí.
-¿Sí qué?
-Sí papá.

Sí papá.
Sí, papá.