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lunes, diciembre 19, 2016

POISON IDEA – “Company Party” (Voodoo Doughnut Recordings)



Respetados, pero un poco olvidados, a lo suyo siempre, Poison Idea nos dieron un toque de atención (a los que nos enteramos) con la publicación en 2015 del excelente “Confuse and Conquer” que los mostraba remozados pero con el instinto asesino intacto. Acierto parecía, allí, la reincorporación de Eric “vegetable” Olson a la guitarra, y Jerry A. conducía al equipo con firmeza un paso más allá de lo esperado, cuando la mayor parte los considerábamos ya, más o menos, una digna reliquia de tiempos pasados más broncos y verdaderos.

Ahora, en 2016, nos llega la segunda hostia (por si la primera no nos había despertado) con la forma del mejor disco de punk&roll en directo que vayas a escuchar en mucho, mucho tiempo. La clase magistral fue grabada en directo en la fiesta del sello Voodo Doughnut. Los de Jerry la empiezan algo fríos con la simpática y gutural “Triple Chocolate Penetration” (premio al mejor título de la década), se van calentando con un inesperado “We Will Rock You” (Queen, sí) y a partir de ahí la cosa te explota en las manos y te las arranca de cuajo.

La mitad son temas propios en estado de puta gracia; su eterno e inimitable punk de alto tonelaje e incendiada médula rock&roll. La selección de temas es brutal, claro, porque sí, ellos fueron los que firmaron Record Collectors are Pretentious Assholes, Blank, Blackout, Vacant, Feel the darkness y otras obras maestras de la brutalidad con cerebro, y de tal cosecha se pueden sacar pepinazos blindados hasta hartarse. Pero lo llamativo a estas alturas no es eso. Lo llamativo es que los pongan sobre la mesa como si los acabaran de hacer hoy, con el brutal empaque y el grasiento swing que los hizo enormes hace ya décadas.

La otra mitad del pastel (intercalando versión cada dos temas propios más o menos) la compone un picnic pantagruélico en el que proceden a merendarse hits tan diversos como “Born to Lose” (Heartbreakers), “Shot by Both Sides” (Magazine), “Motorhead”, “Death to the Sickoids” (Subhumans) o “I don’t Care About You” (Fear) igual que quien ataca un bocata de panceta después de una semana sin comer.

El resultado de tal fiesta en forma de hamburguesa de 14 pisos es, y no exagero, uno de los mejores directos que he escuchado jamás. Uno de esos a los que va a haber que ir en peregrinación cada cierto tiempo para no olvidar de qué iba la cosa. Lo digo ahora, recién escuchado un par de veces, y prometo mantenerlo en el futuro, si es que tal cosa existe. El cerdo campeón debe estar reventando de orgullo al otro lado del río. //F.G. Lovecraft


domingo, marzo 13, 2016

POISON IDEA - "Confuse and Conquer" / LONG KNIFE - "Meditations on Self Destruction"



Sin material nuevo desde la muerte en 2006 de su guitarrista, el inefable y pantagruélico Pig Champion, daba por finiquitados a los legendarios Poison Idea. Pero hete aquí que han vuelto y que su último disco está a la altura (y anchura) de su leyenda. Confuse and Conquer -cuyo título indica ya esa preocupación política que siempre ha acompañado, pero no dominado, la saturada y explosiva receta de las bestias de Portland- es media hora de lo de siempre, es decir: punk mayúsculo de alto colesterol, explícito como una coz en la boca y con médula rock&roll, aunque sus maneras rocen a menudo el hardcore. 

Permanece el alma del cotarro, el vocalista Jerry A. (más delgado, con la misma mala baba de siempre chorreándole por la mandíbula, la voz inconfundible, el fraseo en forma), y la banda recupera a Eric «Vegetable» Olson, uno de sus primeros guitarras, e incorpora chavalería renovada para conseguir la muy, muy difícil tarea de no dejarse aplastar por la sombra de los logros del pasado. No diré que este disco sea mejor, ni siquiera igual, que los picos de la banda, aquellos definitivos y fundacionales Blank, Blackout, Vacant y Feel the Darkness, pero mantiene el tipo a su lado, lo cual ya es sorprendente.

Virtud de Poison Idea fue siempre el ser una bestia única pese a su aparente simpleza. Lo conseguían con ingredientes variados: tenían unas letras por encima de la media que aunaban política, calle y nihilismo. Tenían, también, un armazón rítmico demoledor coronado por un guitarrista prodigioso, el citado Pig Champion, más de doscientos kilos de killer guitar de las que marcan a fuego. Tenían la sorna, el humor, la violencia y el «I don’t give a fuck» tatuado en la frente. Tenían el punch y —a su manera— los estribillos. A tenor de este disco, de algún modo siguen teniendo todo eso. Los tiempos han cambiado y puede que lo que en su momento era impactante haya ido acercándose a una fórmula, pero esa fórmula es suya y sólo suya y la siguen bordando: la mala hostia permanece intacta y brillante como un cuchillo de doble hoja.




Y ya que hablamos de cuchillos, lleguemos hasta Long Knife, banda también de Portland que por momentos parece casi un calco de los Idea de la mejor cosecha. Interrogado sobre el extraordinario parecido, Jerry A. se limitó a decir que los conocía, que le molaban y que «el talento copia, el genio roba». Signifique lo que signifique, el segundo largo del cuchillo es un disco prodigioso y proteínico: carnaza sangrante trinchada por guitarras en estado de gracia y que puede mirar cara a cara a su modelo sin tener que bajar la vista. Meditations on Self Destruction, cromado, impactante y malencarado, es un ejercicio de shock punk que los hubiese consagado de inmediato si hubiese sido parido a finales de los 80 y si sus padres espirituales no hubiesen existido. Pese a todo, sigue siendo un disco mastodóntico y casi perfecto.

Sería injusto, de hecho, quedarnos sólo con los parecidos, por obvios que sean (en temas apabullantes como la inicial «Exile» o «Soul On Fire»). Primero porque la copia es probablemente la médula de cualquier arte (y, como decía aquel, todo lo que no es tradición es plagio). Segundo porque el cuchillo largo tiene incrustaciones de personalidad propia evidentes a segunda o tercera escucha. En «Dressing Up A Drunk», por ejemplo, se marca un elemento melódico particular, y en algún otro tema, como «Sharpened Bone», tanto la estructura como las guitarras comienzan a diferir, mostrando indicios de vida propia suficientes para darles el voto de confianza. Como parte de una tradición, el resultado obtenido con estas meditaciones sobre la autodestrucción es un eslabón más, pero reforzado con titanio. Como disco en sí, su equilibrio es magistral: ni un tema malo, muchos sobresalientes, trabajo de guitarras más que notable y esa variedad dentro del tono homogéneo que sólo se consigue con estructuras internas muy trabajadas, cuidadas al detalle y a su manera complejas para una banda de -supuestamente- simple punk. Un preciso y cabreado misil tierra-tierra que tumba lo que pille por medio.

Ahora que Lemmy ha muerto, no está de más recordar que una de las grandes cosas que consiguió con Motörhead fue abrir el paso a toda una generación de bandas embrutecidas y diáfanas de punk de alta cilindrada -ese que no hace ascos a la técnica pero la mantiene a salvo del kitsch del jevi metal-. Bandas como estas que, a la postre -desde finales de los 80 hasta ahora- han terminado haciendo discos mucho más interesantes que los de los mismos Mötorhead. Encuentro en YouTube un vídeo de Jerry en algún patio trasero en el que quema el cuaderno con todas las letras del disco en un acto más de indiferencia y de independencia. A él le debemos también unas cuantas cosas. Inyectar pensamiento e inteligencia política en unos modos musicales que con el viejo Lem no pasaban de albergar cerveza, serpientes y tipas con las tetas grandes es una de ellas. Larga vida, pues.

//K. Malapraxis