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domingo, junio 01, 2014

"A veces leer libros se parece a una enfermedad mental" - Una entrevista con JUAN TERRANOVA (segunda parte)


(Segunda parte de nuestra entrevista con el escritor argentino Juan Terranova. Pueden encontrar la primera parte AQUÍ)

- Me sorprende la progresiva depuración de tu estilo. Entre “Los amigos soviéticos, que es una novela más fragmentada y con más referencias externas a la trama en sí, pasas a la elegancia de “El Vampiro”, con un estilo clásico, que parece diseñado para no estorbar al lector. ¿Cuánto hay de esfuerzo en esa dirección y cuanto de decantación natural del estilo…?
Bueno, soy muy disperso en mi forma de trabajo. Y no tengo un estilo, o al menos no tengo una meta estilística. Leo a Juan José Saer, a Onetti, y veo esas novelas tan buenas y tan claramente unidas por un estilo, por un ethos... Luego miro el estante de mis libros y lo que veo, bueno, es cualquier cosa, un rejunte de temas, un pastiche de formas y contenidos. Lo sufro. O al menos no es algo de lo que me sienta orgulloso. Pero aprendí a convivir con eso. Y cada tanto le encuentro algo de lógica a ese caleidoscopio caótico de maneras de leer y escribir. Hasta ahora, siempre que escribo me dejo arrebatar por lo que voy a contar y entonces la forma de escribir termina estando a disposición de lo que voy a contar. Cuando hago ensayo, cuando argumento, ahí sí aparece algo más homogéneo, algo más parecido a una voz propia... Dicho esto, creo que el salto de Los amigos soviéticos a El vampiro es una salto hacia a atrás y de espaldas. No hubo intención y ahora volví a narrar de forma fragmentaria. De hecho, mantener todo ese mundo que imaginé más o menos unido me costó demasiado sudor y lágrimas. No soy de escribir catedrales –quizás sí de imaginarlas– y no sé si lo volvería a hacer. Escribí solo dos novelas largas y la pretensión wagneriana de El Vampiro me dejó exhausto. Por otra parte, si no hay dinero de por medio y lo que manda es el deseo, lo que emerge es la fragmentación. Si los editores me pagaran mejor, quizás intentaría seguir con las Walkirias del sur, por ahora creo que me quedo en el lodo disolvente de los humedales porteños.
- Pareces interesado por argentina como lugar al que afluyen corrientes distintas. Hablas de los formalistas rusos y de una familia rusa que quiere eludir la guerra de Chechenia, pero ambos acaban en Argentina. Hablas del tsunami japonés, pero uno de los protagonistas del cuento desea huir también a Argentina. Hablas de Alemania pero aquí (allí)… ¿Hasta qué punto la personalidad misma del país está marcada por haber sido un país de constante recepción de emigrantes de diversos puntos del mundo?
Pero... ¿Cómo dejar atrás ese lastre, esa brújula? La literatura argentina es un juguete caro. La Argentina es un lugar carísimo. Lleno de posibilidades pero sin forma, y la forma, lo sabemos, lo decía Valery, lo sabía Barthes, lo explicó Gombrowicz, la forma es cara. Hace unos días terminé de leer una biografía de Curzio Malaparte, muy buena, francesa, bien hecha. Mi conclusión fue un apresurado pensamiento de retorno. Quiero volver a Italia. Mi padre vino de Consenza a los dos años, toda mi familia vino de allá, y ahora mueren y los entierran aquí. Y yo tengo mis raíces en Europa y mis muertos en América, y mis hijos son argentinos. Y a veces tengo ganas de volver, enderezar la historia y que este lugar haya sido un momento nada más. Yo escucho Schubert viendo el Rio de la Plata y siento la voz de los adelantados que descubrieron esta naturaleza llena de humedad. Para Cervantes la humedad daba locos. Volver, volver, ¿volver a dónde? ¿A la Europa indiferente y estilizada del silgo XXI? ¿Volver al pueblo de los Terranova, a San Marco en las montañas? ¿Volver a Cosenza? ¿Volver a Napoli? ¿A Roma? ¿Volver a París? Dios mío, hablo y escribo mucho mejor el francés que el italiano. Mi italiano familiar suena al desastre de la Segunda Guerra y cualquiera que haya leído la literatura argentina sabe que la lengua de la pampa es el francés. Hacia el sur de la provincia, el danés o el holandés. Hacia el norte del litoral, el piamontés. ¿Volver a París? ¿A la meseta castellana? Inmigrantes hay en todos lados. En la Plaza Cervantes de Alcalá de Henares, una vez hablé en inglés con un hombre que vendía flores. Era de la India. Creo. Le compré una rosa. Quiso saber de dónde venía, porque se dio cuenta que no era español. Le dije que venía de Argentina. Y le iba a contar que... Pero no me escuchó porque pasaron dos mujeres de cierta edad con una cámara de fotos y se fue hacia ellas con tal violencia que las asustó. Esto era en el 2009. Escribí un libro en Alcalá. Se llama Diario de Alcalá. No me esmeré con el título.
- Decía un teórico a principios de los sesenta que la gran preocupación de la literatura de su época era la espiritual. Posteriormente, probablemente fue la discusión sobre la libertad personal. A mí me da la impresión de que actualmente el problema central es la identidad. El “¿Quiénes somos?”. ¿Qué opinas? ¿Es una pregunta a la que tú hayas intentado dar respuesta?
Mi identidad hoy tiene que ver con Internet. ¿Dijo o no dijo Luis XIV “L'etat c'est moi”? Luego Rimbaud dijo “Je est un autre”. Pero el gabacho que mejor estuvo fue Flaubert, bigote pillo, que sin que se le moviera un pelo, mandó “Madame Bovary, c'est moi.” Nosotros todos somos un pequeño, un ínfimo pedazo, un punto, un pixel, en el entramado de la web.
- Has declarado en alguna parte tu interés por la época de los Habsburgo, e incluso en “El vampiro…” citas el tema de pasada. Sin duda la saga real más interesante de España desde un punto de vista clásico o posmoderno, y también desde el punto de vista fantasmagórico de la sangre, la morbidez, la disolución, la decadencia, etc… ¿Hay cosas en ella que te parezcan relevantes y conecten con nuestro tiempo de alguna manera?
La historia española me atrae mucho. Game of Thrones es un juego de mesa para días de lluvia al lado de la lucha de casas que hubo en España. Luego está ese libro bendito de Dios, Gárgoris y Habidis de Fernando Sánchez Dragó. Nosotros tenemos un ensayista similar, místico y racionalista a la vez, Ezequiel Martínez Estrada. De alguna forma ellos mismos son los que nos dicen que esos libros largos, farragosos, imprecisos, cometen el error de la identidad. ¿Querés una escena peripatética? A fines de los años noventa, soy estudiante y, agotado de teoría francesa, leo el segundo tomo del Manual de Historia de España de Pedro Aguado Bleye en la zona de referencia de la biblioteca de mi facultad. De golpe, se corta la luz. Toda la sala de lectura se queda a oscuras. Alguien dice que llega un fantasma. Alguien se ríe. Cuando vuelve la luz, Carlos II todavía seguía ahí.
- En “El vampiro…”, hablando del bicentenario y de un discurso al respecto se dice: “El discurso sonaba homogéneo, rancio, demasiado transitado. Pero nada es demasiado transitado para el Reich. Su capacidad para repetirse y ser siempre el mismo es infinita”. Trabajas bastante en el libro con esas afirmaciones polivalentes, que sirven lo mismo para el Reich del que hablas que para situaciones actuales. ¿Cuál sería pues, la distancia entre un Reich de ese porte y el actual –supuesto- estado totalitario en proceso?
En La conjura contra América, Philip Roth especuló con un Franklin Delano Roosevelt derrotado en las elecciones presidenciales de 1940 por Charles Lindbergh. Estados Unidos toma así una posición aislacionista, Alemania gana la guerra y el mundo se vuelve un poco más antisemita. La novela apareció en el 2004 y la tentación de leer analogías con Bush ganó mucho espacio. Era la pregunta obligada en las entrevistas, el principio de la la lectura. Pero si la novela se reduce a esa coyuntura se empobrece. Con mi libro, que no es tan bueno como el de Roth, mi intención no era tanto señalar o denunciar el alzamiento de un Estado orwelliano universal sino como el sistema totalitario nacionalsocialista –pintado siempre como lo malo y lo temible– se podía parecer al Estado de derecho que tenemos hoy. Al final lo que hice fue un ejercicio más bien clásico de relativismo político. Luego podemos decir que, después de la caída de la Unión Soviética, el comunismo tiene todavía una última sorpresa para Occidente con China. Lo sabemos hace tiempo, China will come. Ahora lo empezamos a ver. Pero la dominación china primero va a ser industrial y después va a atravesar por un proceso de revuelta capitalista, alguna guerra o algo así. ¿Cuánto falta para eso? Ni idea. Pero sé que ahí hay también un par de buenas historias.
 
- El vampiro es una novela de hombres, y de hombres solitarios. Sin embargo sobre la escena final, quizá la más abiertamente poética dentro de un libro poco lírico, sobrevuela el fantasma de la mujer de Bravard… ¿Qué importancia le das a esa presencia?
Esta es una pregunta muy rara. Quizás ahí se me escapó una oportunidad de hacer algo más con la novela. ¿Cómo sería el rol de una mujer en una Argentina nacionalsocialista?  Había ahí una punta para desarrollar las fantasías más acaloradas del feminismo contemporáneo. No la vi.
- Yo encuentro adecuado que en el libro haya cosas que no se expliquen, como que Wasserman pueda matar a un perro con la mente; cuadra con mi gusto por lo inexplicable. Sin embargo, el canon actual, en el que todo tiene que funcionar como un mecanismo de relojería, quizá lo deplore…
En las extensas aguadas de la provincia de Buenos Aires matamos toda clase de animales con la mente. La relojería la dejamos para los suizos.
- Me gustaría que me aclarases un poco lo que quiere decir la siguiente conversación: -“Masoquismo ritual” – “Lo produce la cultura argentina”.
No hay mucha explicación. Nos gusta el vértigo del dolor. Pero bueno, ¿a quién no? Quizás a diferencia sea que en la Argentina es un ritual cíclico. Y eso más allá de los nazis y todas mis patrañas de fantaseador.
- Empiezas un cuento de “El batacazo” con una buena definición de lo que nos pasa a muchos: “Bueno, para empezar tengo que decir que en mayo del 2010 tenía problemas de dinero. No me creo excepcional por eso. Todos los escritores, periodistas, profesores y poetas más o menos lúcidos, más o menos neuróticos, tenemos problemas de dinero, los tuvimos y los seguiremos teniendo. En mi caso, para el Bicentenario de la patria, ya había cumplido treinta y cuatro años y seguía ganando lo justo. Escribía para revistas, hacía periodismo, daba clases, y cada tanto publicaba algún libro. No era una mala vida. No me podía quejar. Tenía mucho tiempo libre. Con todo, a veces no lograba reprimir una mueca de disgusto. El romanticismo había pasado. La juventud, los bares, la bohemia, comer de prestado, perder una noche en un bar hablando con un borracho, pensar la nueva novela completamente original…”. ¿Cuál es o fue tu postura ante esa realidad? Creo que no es un tema despreciable en tanto en cuanto a mucha gente de nuestra generación, criados en la expectativa de grandes cosas, les produce una frustración importante que a veces no saben superar…
No, no lo es. Necesitamos escribir sobre eso. No es que no sea haya escrito sobre la pobreza material de la vida intelectual pero estaría bien ir poniendo más en su lugar el tema del saber porque en el siglo XXI hay saberes que ya son caducos y hay trabajos que ya no existen. Por ejemplo, el periodismo. No, hijo mío, el periodismo se fue y nunca va a volver. La verdad es que desde hace veinte años no hago más que estudiar y siento que toda esa fuerza de concentración, todo ese empeño, me dio mucho placer en diferentes planos, me formó, me hizo feliz también, acaso, pero me empobreció irremediablemente. Leer libros en sí mismo no es un acto positivo. A veces se parece a una enfermedad mental. En Buenos Aires, ya lo dije, uno escribe por gratificación narcisista. Y luego se ve de dónde se saca el dinero para vivir. Eso genera mucha esquizofrenia, mucha inseguridad y muchas peleas por migas. Para subsistir hay que ser astuto y aprender antes que después la sintaxis y el vocabulario de la hipocresía. Y pese a todo, en estas tierras, no es la esperanza lo último que se pierde sino la ingenuidad.
- ¿Crees que el escritor es un hombre de acción frustrado? ¿Hay una nostalgia de la acción en el escritor?
Cuando cumplí la mayoría de edad, me fui a Europa en el viaje iniciático que todo pequeño intelectual argentino hace en algún momento. Fue un buen viaje, un poco atolondrado por mi edad y mi desconfianza natural, pero tengo buenos recuerdos. En esa época era ingenuo y valiente. En París, viví con Flavio, un carioca, muy elegante y formal, que estudiaba para ser diplomático de carrera. Un tarde de noviembre salimos a pasear por el Quai de la Seine con dos amigas rusas. Las rusas se reían porque no entendían bien de qué lugar del mundo éramos y cuál era la relación entre Brasil y Argentina. Tomábamos vodka y café y mirábamos el agua y la ciudad. En un momento, empezamos a hablar de conocer más el mundo. ¿Moscú? No, más allá. ¿Los Montes Urales? No, no, más allá. Ir a China, a Tailandia, al Pacífico. Flavio dijo que en esos lugares no había civilización. No lo dijo con esas palabras, no se las habría permitido. Pero lo dio a entender con mucha precisión. Acto seguido, empezamos a buscar una oficina de reclutamiento de la Legión Extranjera. Yo tenía mis dudas de que existiera todavía la Legión Extranjera. Para mí era algo de las películas y de las películas viejas.  Flavio me decía “poeta”, porque pensaba que un literato era necesariamente un poeta y también porque en Rio se usa “poeta” para saludar a alguien en la calle. “¿Cómo va, poeta?” Es tan irónico como elogioso. “A ver, poeta, ¿quién se anima a meterse en la Legión y partir hacia la Indochina?” Al final, no sé cómo, llegamos a una comisaría. Las rusas ya no estaban con nosotros. Se había hecho de noche. Me acuerdo que me llamó mucho la atención que esa comisaría parisina se pareciera tanto a una comisaría porteña. Había máquinas de escribir, paredes pintadas de color celeste, uniformados con sobrepeso y cara de dormidos. Una mujer que atendía en un mostrador de fórmica blanca nos señaló una puerta. Al costado de la puerta, pegados en la pared, había unos folletos con fotos de soldados que parecían ninjas modernos arriba de un bote de goma. Era la oficina de reclutamiento. Probamos de entrar y la puerta estaba cerrada. Nos fuimos. Unos días después, almorzando en la Ciudad Universitaria, le conté a un colombiano esa excursión. Le pareció peligroso. Me dijo que si te enrolabas te daban la ciudadanía francesa pero después de tres años de servicio... Yo no lo había pensado. Lo tomaba como una excentricidad, había sido casi como ir a un museo... El insistió. Muy peligroso. Le dije que estábamos borrachos. “Peor –me respondió–, te hacen firmar el alta y listo, ya está.” La palabra me detuvo: ya está. ¿Qué era lo que ya estaba? Era otra vida. Firmabas y quedabas enrolado y comprometido por dos o tres años a servir a Francia. ¿Qué habría pasado si la oficina hubiese estado abierta? Terranova legionario. Tenía la edad adecuada. Tenía la preparación física y mental. Habría sido un buen legionario, criterioso, eficiente... Pero no, quería terminar de leer el Quijote, armar una biblioteca mental que ya tenía diseñada, tenía que escribir, desarrollar mi capacidad de argumentación. Pero a veces, cada tanto, pienso en esa puerta cerrada de la Legión. El año que viene cumplo cuarenta años y ya no voy a poder enrolarme. Lo estoy viendo en Internet. Para ser parte de la Legión hay que tener entre diecisiete y cuarenta años...
- En “La sangre de España…”, donde ya esbozas el tema del vampirismo, el de los zombis y el de los Austrias, y que me parece un cuento muy logrado, dices: “En la pampa la situación era mucho más simple: un hombre valía un hombre. No había reyes, ni cortesanos, ni cerdos metiendo el morro en la mierda”. Se plantea la Pampa como última frontera de libertad no cuadriculada ni parcelada, un poco como se refleja en muchos westerns con el Oeste Americano. Yo siempre reflexiono sobre el tema, y me da la impresión de que la búsqueda de esa frontera, de ese territorio aún no controlado, de libertad, ha pasado de ser física a ser mental. ¿Qué opinas?
Bueno, las llanuras del sur y del norte se parecen. El cowboy y el gaucho se parecen también, son como primos lejanos que se reconocerían en pequeños detalles, supongo. Aunque unos eran de clara extracción protestante y los otros, una mezcla de catolicismo y pragmatismo. La literatura argentina desarrolló una amplia reflexión sobre la escritura de frontera, el desierto, la línea de la civilización y el otro como indio. En la larga discusión que se da en esas descripciones muchas veces la frontera no es física ni mental, sino apenas lingüística. Con respecto a lo mental, ahí la permeabilidad es total. Nada choca contra nada. La idea de que la frontera pasó a ser mental me resulta más primermundista, y muy poco americana. En América las fronteras pueden ser permeables y móviles pero siguen teniendo una buena cuota de dolor, extensiones deshabitadas, espejismos y monstruos.
 
- Me gusta el cuento que habla de Cesar Aira, aunque sea intraliteratura, crítica y retrato. ¿Crees que un gran cuento debe ser universal? ¿Crees que debe poder entenderlo cualquiera?
No tengo prerrogativas sobre el tema. Cuando narro, narro para mis amigos, para los que sé que van a ser mis lectores. Si ellos me entienden, sé que voy bien. Vonnegut tenía esa frase que era como un consejo: tenés que contar tu historia para una o dos personas, porque si abrías la ventana y se la contás al mundo, el mundo no te escucha y encima te resfriás. 
- “Para que una obra nos guste lo que termina importando es la calidad de sus infracciones…” ¿Cuál crees que es la calidad de las tuyas?
Como ya dije creo que hay algo del pastiche, del abandono de un estilo único.
- “Dos rusos cruzando argentina en un taxi”, imagen melancólica, violenta y hermosa. ¿No pensaste nunca en convertirla en una novela?
Bueno, si te tengo que ser sincero, Luis, todo me parece motivo para pensar en una novela. Todo: una frase, una sensación, el feminismo, un libro, una biblioteca, una mujer, un comentario, una cuenta de Twitter, un hueso roto, Roland Barthes, el manubrio de una bicicleta, un mensaje de un amigo, unas hojas subrayadas, el hijo de Roberto Arlt, las apariciones televisivas de Camilo José Cela, un viaje que no sale, una computadora vieja... Siento que de todo se puede sacar una novela. Antes era peor aún porque intentaba escribirlas. Hacía listas con sus títulos, hacía esquemas, planes, abría archivos de word, escribía una carilla, y luego eso traía una descompresión y ya no pasaba nada más. Ahora apenas las fantaseo, me resisto, y si la idea insiste en mis apuntes o en mi cabeza esos materiales terminan cayendo en mi diario de lecturas, una columna semanal que vengo haciendo hace años en Hipercritico.com.
- Partiendo de la hipótesis de que todo buen escritor se encuentre en una frontera, en un punto de quiebra, en una falla, en una trinchera, si se quiere… ¿cuál sería la tuya?
No sabría que responder. Creo que cada libro que escribo y también mi periodismo intentan dar una respuesta a esa pregunta. Me gusta leer el poema conjetural de Borges a veces en clave de crítica literaria, de la aventura de la crítica. Es tensionar demasiado, lo sé. Pero los caudillos son la cosa, la experiencia, la vida en sí, y Laprida, padre de la independencia argentina, asesinado por la montonera, es la crítica, el esfuerzo, la demanda, la argumentación, los libros, todo aquello que es derrotado por la fuerza de la experiencia. ¿Muy romántico? Es posible. Pero el júbilo secreto del crítico que pierde, que se sabe un burócrata de las emociones, la contención y la opinión, genera ese jubilo secreto, ese narcisismo que también es vital. Si el destino sudamericano es la crítica, la crítica que da la pelea, y pierde, la crítica que se inmola, que es asesinada por la cosa, entonces posiblemente mi trinchera sea la crítica, ese vicio, esa lucidez, esa oscuridad. Mi situación periférica en un campo cultural barbarizado lo confirmaría de alguna manera. Consciente de eso, me interesa defender, así y todo, el arte de la argumentación, la crítica y su función, el ensayo como género y su hibridación con la novela. La trinchera del periodismo entendido como intervención en el debate de las ideas me interesa mucho. En ese sentido, mi trinchera hoy sería la RevistaPaco.com.
- Uno de los cuentos que más me gustaron, porque me pareció muy poderoso, fue “La masacre del equipo de Vóley”, pese a que no soy muy fan del tema zombis (más del tema Vóley). Creo que ahí está ya algo que sigues cultivando después, como es el uso de los espacios que son simbólicos para nuestros contemporáneos (en este caso el campo de fútbol) para cosas muy alejadas de su uso y sentido originarios. También me interesa toda esa reflexión de fondo sobre los medios de comunicación, los “realities”, etc...
Quería escribir sobre zombies pero no como algo que resultara una amenaza, sino parte de la rutina. Al final creo que nosotros somos el virus. Nada parece detener al hombre, a ese mamífero que ama y piensa y que dice haber desarrollado “conciencia.” Los políticos no son devorados por mutantes de caras descompuestas. Nos encantaría, pero no hay recorridos por ciudades desiertas, autopistas colapsadas ni campamentos con sobrevivientes. Nadie pelea con un machete por su vida ni revuelve comercios saqueados en busca de una lata de arvejas. El hombre sigue siendo el lobo del hombre de su forma menos frontal. La burocracia nos consume. El monstruo continúa en el espejo o en la pantalla. Los zombies pierden. Nosotros ganamos. Sobre eso quería escribir. Quería fijar posición y decir que nuestra miserable neurosis, nuestra paranoia, nuestra esquizofrenia final triunfa siempre sobre los zombies.
- “El dueño de la casa era un artista plástico varado en algún punto intermedio entre los suplementos culturales, su neurosis, su ano y la década de los ochenta”. ¿Podemos considerarlo una definición de un “grupo” social actual?
Desde luego, los que fueron jóvenes anales en la década del ochenta hoy son cincuentones operativos del mundo cultural. Me pregunto qué cuatro puntos cardinales me tocaran a mí. La música pop y su seducción podrían ser uno. Las pretensiones ya obsoletas de las vanguardias artísticas del siglo XX podrían ser otro.
- ¿Por qué eliges el zoo de Buenos Aires para una de las escenas finales de “El Vampiro”?
Joder, porque me encantan los zoológicos.
- “En Argentina tenemos un auge de redes sociales. Ahora, España necesita una purga de novelistas viejos. Que los viejos escriban poesía o se quejen en los diarios, pero no los dejen seguir metiendo sus problemas de próstata y su neurosis en novelas que no le interesan a nadie”. ¿Cómo se purga a los novelistas viejos? Vendrían bien un par de ideas…
Creo que la mejor forma es escribir acerca de sus libros. Si se mueren, enseguida se canonizan. Así que la mejor forma es leerlos y empezar a señalar lo obsoletas que pueden resultar sus prácticas.
- “El blog no termina de afectar al lenguaje como lo hacen los comments”, has dicho. También has dicho: “una novela escrita, construida, a partir del género ‘comment’ sería una novela ácida, con una trama de equívocos y malentendidos, una novela de tesis muy cercana al aforismo negativo y a la crítica literaria. También una novela del ruido”. Suena bien. ¿La harás o la época del “comment” ha pasado ya?
El comment era tan vivo y ágil y atractivo que se independizó y formó su comunidad, que es Twitter. Sin las notas que lo coartaban, ahora vuela con sus propias alas. Twitter me resulta un lugar de mucha intensidad. Como me dedico a leer de manera profesional a veces siento que estoy entrando en una habitación llena de gente con gafas para ver a la gente desnuda. Otras veces solamente siento que se trata de una novela coral pensada por James Joyce y Leopold Von Sacher Masoch. La novela del Último Gran Fluir de la Conciencia Colectiva. Se dijo varias veces, una novela escrita con los fragmentos de Twitter pero, si tenés Twitter, ¿para qué hacer el esfuerzo de meter eso en una novela? Tarde o temprano el arte de la novela va a acusar recibo. Por ahora, solo tenemos una ligera confusión, un poco de sensual mareo.
- ¿A qué aspiras como escritor?
A que me hagan una puta estatua de mármol en un parque o a que le pongan mi nombre a una calle, no hay mejor forma de anonimato en Buenos Aires.
- ¿En qué estás trabajando?
Ya tengo terminados varios libros. Ninguno realmente bueno. Pero todos más o menos legibles. Ahora estoy muy concentrado escribiendo artículos para RevistaPaco.com.ar.
-¿Cómo va la salud del periodismo argentino?
En unos diez años habremos terminado con él definitivamente. El tema es qué haremos después.
- ¿Qué hay después de la muerte? (esta ya te la hice y me contestaste que después de la muerte está Dios, pero era por si habías cambiado de opinión)
Me gustaría, después de muerto, encontrarme con mi padre. Los católicos sabemos que no se puede amar lo que no existe y yo lo sigo amando, así que estoy seguro que por allá debe andar. Pero, como me diría él mismo, no hay porque apurarse, tomemos las cosas con paciencia. Era bueno dando consejos. Que Dios lo bendiga.

 

martes, mayo 20, 2014

Entrevista a JUAN TERRANOVA (primera parte)

 
 

Juan Terranova (Buenos Aires, 1975) es una manía de esta casa, en la que, como es sabido, somos tirando a exquisitos. Juan Terranova, argentino de orígenes acaso calabreses o albaneses, es crítico, ensayista, periodista, agitador de redes y nosecuantas cosas más, aunque lo traemos a Kaput principalmente por su obra de ficción (no es que el periodismo, el ensayo o twitter no sean ficción, pero esa es otra pelea). Juan Terranova ya fue entrevistado AQUÍ, hace unos años, por culpa de una novelita excelente sobre una banda de rock (Mi nombre es Rufus). Hacer una novelita excelente sobre una banda de rock es una de las cosas más difíciles que se me ocurren. Con el tiempo ha ido entregando muchos más libros. Nuestros favoritos son el volumen de cuentos Instrucciones para dar el gran batacazo intelectual argentino y esa extraordinaria novela “cursi y wagneriana” titulada El vampiro argentino, un libro que posee un estilo poderoso y limpio que ya hace cien años hubiera sido raro de encontrar y que ahora apenas existe. Un libro sobre un mundo nacionalsocialista y un Buenos Aires distinto, y un clásico, por lo que a nosotros respecta. Juan Terranova es, en fin, poliédrico y sabe de lo que habla, ya se trate de zombis, de nazis, de dinastías francesas, de realidad argentina o de cualquier otra parafilia pop que se les ocurra. Nos lo cuenta en una entrevista extensa que entregamos en dos partes para no soliviantar los nervios de los hijos de la red. Ah, sí. Juan Terranova también conduce, junto con otros facinerosos, la magnífica REVISTA PACO, que harían bien en leer. Disfruten.

 
- ¿Cómo escribes?

Escribo en mi casa, con mi computadora, por las mañanas. Llevo mi hija al colegio y trabajo hasta pasado el mediodía. Después eventualmente hago algo más. Pero a la tarde sobre todo doy clases o leo. Lo único que me parece relevante de esto es decir que necesito tener internet. Sin conexión no puedo escribir. Si no tengo Internet, me siento desnudo en un lugar muy frío.

- ¿De dónde viene la pulsión de escribir? ¿Cuáles son tus primeros recuerdos al respecto?

Combatir el aburrimiento. Creo que ahí está todo. Empecé a leer y luego a escribir para no aburrirme. El sistema escolar siempre fue, para mí, aburrido en todas sus exigencias, desde la escuela a la universidad. Los libros, por otra parte, me resultaban cosas vivas, amenazantes; cada libro, un desafío. Mis recuerdos más primitivos de lectura y escritura tienen que ver con combatir el aburrimiento. Y con desarrollar y frecuentar la ironía. No sé bien cuándo fue que me di cuenta de que sin ironía el mundo iba a ser un desierto.

- Lo primero que me llamó la atención de “El vampiro argentino” fue la manera que tiene de hacer referencia a cosas mediante su ausencia. De hacer que pienses en cosas que no se cuentan precisamente porque no se cuentan: La casi total ausencia del tema judío, por ejemplo, en un libro ambientado tras un triunfo del Reich, parece hablar en cierto modo sobre el viejo problema de que la historia la escriban los vencedores. En cierto modo dice: “Aquello que la historia niega no está, o se mantiene sólo de forma residual y subterránea”. De esto derivarían otras dos preguntas, relativamente complejas. La primera: ¿Escriben la historia también los vencidos? La segunda: ¿qué es lo que se ha eliminado de nuestra historia, de la real, que sea importante?

Creo que de alguna manera las dos preguntas se pueden responder en una única idea, muy simple pero de derivaciones complejas. Ningún olvido es absoluto. Ningún mecanismo de supresión social es perfecto. La historia está llena de fisuras, de grietas. Y eso pasa porque trabaja con la lengua y la lengua es la Gran Indisciplinada, una cadena de equívocos que funciona como un tumor lleno de energía. De nuestra historia reciente, por ejemplo, se pretende eliminar y censurar todo el tiempo que el siglo XX fue el siglo de los totalitarismos, de los fascismos, de sistemas políticos que reaccionaron desde la cuna de la civilización con imponentes actos de fuerza. En el centro del sistema filosófico contemporáneos no hay viejitos bienpensantes, ni profesores piadosos, no está Rousseau diciendo que el hombre en esencia es bueno. En el centro de la filosofía humanista del siglo XX está Heidegger que fue siempre un nacionalsocialista. En la otra punta, Israel, hoy, como un Estado que pelea por la modernización de un tierra feudal y atrasada, tiene prácticas genocidas. Es un Estado que nació en guerra y lleva sesenta años en armas y al mismo tiempo es un Estado moderno y productivo. De alguna manera mi novela intenta, con las herramientas un poco pop de la ucronía, mostrar que siempre se esconde algo y siempre aflora algo de lo que se esconde. Nos llenan de mierda, nos adoctrinan, siempre, pero al mismo tiempo las rendijas por donde mirar desde otro lugar se abren por todas partes si uno las sabe buscar.

-El psicoanálisis también está ausente. Freud prohibido en Argentina es casi una humorada. Y tampoco hay fútbol. No quiero frivolizar, pero planteas una sociedad argentina sin varios de los símbolos que se le atribuyen tradicionalmente como esenciales.

En un momento se hace alusión a que Alemania, al haber ganado la guerra y ser la potencia imperial dominante, siempre ganaba los mundiales y que se competía, entonces, por el segundo puesto. Ahí se termina el tema del fútbol. Hay otra escena donde los protagonistas van al estadio de River Plate. Quizás ahora que me lo señalás tendría que haber narrado, al menos como escenario de fondo, un partido. No habría estado mal.

Con respecto a no querer frivolizar, ¿es posible eso? Con respecto al psicoanálisis, creo que lo leíste bien. Está la famosa frase de Freud, un poco tergiversada ya, pero válida, donde señalaba que el mundo había avanzado porque en Alemania quemaban sus libros y en otra época lo habrían quemado a él. Bueno, tiene su vuelta la cosa, porque Herr Doktor alcanzó a escapar a Londres, si no... El psicoanálisis es nuclear en la identidad porteña y también argentina. Y, pese a todas las críticas que puedan hacérsele, resulta una fuerza que pone orden y calma la ansiedad de estas tierras bárbaras. Vencen los bárbaros, los gauchos vencen. Si hubieran llegado los vikings de  las Waffen-SS después de su última guerra, el psicoanálisis no habría arraigado tanto acá. La melancolía porteña tendría que curarse de otras maneras... Son esos detalles, creo, los que hacen más pasable mi novela de impulso grandilocuente y cursilería wagneriana.

- El culto a la personalidad no falta, pero se concentra en Hitler. Argentina parece haber estado siempre afectada por un culto compulsivo a la personalidad. Gardel, Perón, Evita, Maradona, Charly García… En España somos mucho más fratricidas. No soportamos las personalidades fuertes, las asesinamos en lugar de adorarlas. ¿Por qué crees que se da ese culto? ¿Qué dice del carácter argentino?

No veo tantas diferencias en España y Argentina, o España y Latinoamérica en eso. Es la lógica del caudillo, del líder, del cacique, propia de las organizaciones católicas primitivas y ya no tan primitivas. Las instituciones no funcionan, la modernidad se traba en los engranajes burocráticos que no funcionan y entonces llega el líder que a base de carisma y fuerza y talento nos ayuda a seguir. Es Totem y Tabú al mismo tiempo. Hay un texto muy bueno de Leopoldo Allub que se titula “La  ética católica y el espíritu del caudillismo.” Está en la web. Ahí, parafraseando a Weber, y de alguna manera aplicando sus ideas a nuestros entornos, Allub logra describir la silueta de nuestra manera de pensar, de nuestras obsesiones. Nelson Rodrigues, el escritor brasileño, lo dice muy fácil y de forma muy precisa: “Sin un líder, acá nadie cruza la calle ni se come un chupetín.” Acá supongo que es Brasil, Latinoamérica; con un poco más de cuidado, la península ibérica.

- ¿Crees que ese culto a la personalidad puede tener que ver con la condición de Argentina como país relativamente joven y con su voluntad/necesidad de encontrar una identidad? Parece como si esa falta de identidad o esa identidad múltiple y no coagulada –en proceso- provocase una fijación mesiánica no muy distinta de la del Israel de la época de Cristo: una espera permanente de mesías salvadores que puedan de manera individual redimir el pecado colectivo. Al mismo tiempo, muchas de las respuestas vienen impuestas, probablemente, como se insinúa cuando Bravard reflexiona: “¿Y qué significaba para él la patria? Nunca se había hecho esa pregunta en serio. Alguien siempre la había respondido por él”.

La Argentina como nación no tuvo siglo XVIII, empezó directamente con el romanticismo. Es todo lo que puedo decir. A veces me levanto por la mañana y siento una voz que me habla en el castellano de la meseta castellana y me recuerda que no tenemos siglo XVIII, ni Ilustración, ni esos pintores que llenan los museos de Europa. A veces la voz me habla en el italiano dulce del Nápoles borbónico, o el francés sentencioso de Diderot. Ser americano del sur, ser hijo de la inmigración, hablar y escribir en la lengua de Castilla deformada por las inflexiones garibaldianas de un Dante de segunda mano, verse afectado por el vocabulario de la tribu lacaneana, vivir en una llanura desconectada del mundo, la pampa narcisista... Todo eso implica demasiadas preguntas, demasiado juntas. Supongamos que arriba de eso tiramos a los nazis, madre de Dios... Bueno, acá decimos que Buenos Aires es la última ciudad viva del Imperio Astrohúngaro... En la Argentina hay muchas respuestas sobre qué es la patria, todas erradas, desde ya.


- En el libro hay un choque entre las personalidades de Wasserman y el oficial Víctor Bravard, sin embargo, parece que el SS acaba aprendiendo cosas de su compañero, pese a ser este una personalidad a la que en principio desprecia. En cierto modo es una novela de aprendizaje, aunque las evidencias de ese aprendizaje se notan en pequeños indicios, apenas, y acaso en el final. ¿Representa algo como arquetipo ese Wasserman, cínico, “impuro”, derrotado y poseedor de poderes ocultos?

Desde Wasserman, el seudo-judío seudo-mason seudo-científico, y Bravard, el militar sensible y melancólico, pero orgánico y fiel a un ideario contradictorio y violento, quizás se pueda leer cierta idea de lo que es la Argentina.

- He visto críticas feroces de cosas que has escrito. Me parece hasta cierto punto sano que un libro pueda provocar reacciones iracundas. Al menos indica que ese libro afecta y, por tanto, importa. Me parece casi imposible que en España, a un nivel medio, una obra pueda crear ese revuelo…
Si yo viviera en Castilla o en Valencia escribiría pensando las cosas positivas que les dejó Franco a los españoles. Por ejemplo, los catalanes, ¿de qué carajo están tan orgullosos? Leo las cosas que escribe Arturo Pérez-Reverte y me dan ganas de que el IRA le ponga una bomba o lo atenten los Soldados de Cristo o alguna otra agrupación falangista. Las naciones como las familias siempre están llenas de miles de secretitos de mierda con los que puede trabajar un novelista. Por otra parte, como dice Maximiliano Tomas, Buenos Aires es la capital internacional de la mala leche. Hay poco dinero, hay grandes egos, una tradición literaria muy nutrida. Todos tienen su verdad y la defienden. En América, amigo mío, si te dormís, te velan, y si te morís, te tapan con un diario y sigue la peña.  
-Disidencia e identidad. Muchos de los más grandes escritores argentinos parecen haber estado fuera de lugar y en un proceso forzado de integración. Borges, con su raíz anglófila, su fijación con las sagas islandesas, sus ambientaciones frías, desea sin embargo (no tan secretamente) ser un gaucho con un puñal, un ser primitivo y heroico (como en “El sur”, que él consideraba uno de sus mejores cuentos). Mujica Láinez se refugia en un preciosismo exacerbado y “Bomarzo”, por ejemplo, uno de sus grandes libros, nada tiene que ver con Argentina. Sábato está metido hasta la médula en el asunto, pero con un horror que parece que lo hace desgajarse. Escapistas, colaboracionistas, horrorizados... Es curioso que sean ellos los que definan literariamente a un país… ¿no?

Es un buen truco ese. Se puede jugar con la península también. Podríamos hablar del antisemitismo de Pio Baroja o Jacinto Benavente o de las posturas políticas de Camilo José Cela, autores que me parecen fundamentales y potentes. (Baroja y Cela, Benavente bastante menos). Pero la verdad es que es muy difícil poner en serie hoy autores y estados nacionales. No dejamos de hacerlo porque el ánimo de taxonomía vive en nosotros, y los siglos de intentar entender algo más nos pesan como herencia intelectual... Mientras tanto, la Argentina es un baldío socrático en el culo del mundo, ahora lleno de soja. ¿Contradicciones en nuestro campo literario? Hola, qué tal. De los tres autores argentinos que citas el más lúcido es Borges porque se la pasó tematizando y relativizando nuestras fuerzas telúricas. Los otros dos se dedicaron a un neo-gótico rendidor de a ratos. Armaste un trío que se parece mucho a los tres chiflados. 

-Me da la impresión de que en muchos casos, los literatos argentinos, incluido tú, poseen un armazón teórico/político/filosófico muy potente del que en España, por lo general, se carece. Sin embargo, también me da la impresión de que eso puede jugar a la contra a veces. Cuando se intenta ser fluido, hablar de la vida sin parecer un profesor, cuesta reprimir, esconder ese armazón. ¿Qué opinas?

Voy a da un respuesta llena de achiques, de amagues, de idas y vueltas, muy lejos del magisterio. ¿Soportará eso el lector de esta entrevista? Hay una herencia criolla. Los criollos que hicieron la revolución se tuvieron que hacer esa pregunta: ¿qué somos?  Luego la pregunta vuelve con Rosas, con Sarmiento, con Roca. ¿Somos federales o unitarios? ¿Somos bárbaros o civilizados? Hipólito Yrigoyen respondió inventando la clase media que luego sería orgullo nacional y clavo social. Y creo que Perón favoreció la discusión humanística tanto en su brutalidad como en su candidez. El Gran Partido Peronista como el Gran Partido Antiperonista aportaron a sus respectivos proyectos políticos con una nutrida bibliografía obligatoria y, a veces susurros, a veces gritos, para la discusión. Todo eso retumba en la producción de libros desde ya...

El cirujano de hierro, por su parte, le dio muchas cosas a España pero le quitó muchas otras, entre ellas atrasó los avances borbónicos, aunque generó una unidad de la que España carecía. Desde mi ignorancia veo a Franco como un emergente contemporáneo de la Casa de Austria. Alguien en diálogo con la fuerza y la magia, pero embutido dentro de la modernidad y presionado por ella. En la Argentina los borbones tuvieron continuidad, pusieron hasta los colores en la bandera. Somos muy franceses en vocación, cuerpo y alma y eso se nota. ¿Tenemos que discutir qué somos porque no somos españoles y ya, o italianos y ya, y queremos ser franceses? Y al mismo tiempo, esa idea de una Argentina en permanente discusión, no sé, no me parece algo exclusivo de estas tierras... En España se es gallego o vasco, en Italia, piamontés o napolitano... Personajes como el fusilador Cadorna o el mismo Garibaldi siguen dividiendo la identidad italiana.

En todas partes se discute. ¿En la parte urbanizada de la pampa argentina se discute más? Quizás. Mi respuesta tendería a ser determinista y geográfica. Es la monotonía de nuestros paisajes, nuestro alejamiento ultramarino, tanta agua y tanta tierra, es todo eso lo que nos presiona para que estudiemos, y nos genera tanta neurosis. ¿Es así? Concedo en parte y a medida que concedo me voy dando cuenta de que conceder es un error. Hablemos de las diferencias con España. Desarmemos el supuesto. Isaac Rosa es un excelente ejemplo. O Vila-Matas, por citar a alguien más conocido. Ellos piensan la literatura, y la tradición, y la historia española. Leí el El vano ayer estando en Madrid y de golpe me sentí interpelado, acompañado, dialogando con su autor. Una novela excelente, sutil, duramente intelectual, flexible con la historia. Qué cerca está Rosa ahí del free jazz, del New Thing... El vano ayer alcanza para tirar abajo esa teoría de que nosotros pensamos más porque somos argentinos extraviados en la historia y un andaluz ya sabe que es andaluz y le alcanza con decir olé para saber quién es.

Claro que, para empezar a desdecirme, la diferencia entre Argentina y Europa quizás sea el mercado, y en el caso de España, la ilusión de un mercado. En Argentina tenemos un mercado muy chico y una neurosis muy grande. Al no tener el regulador del mercado, el escritor argentino tiene pocas opciones: o se convence de que puede triunfar monetariamente y lo intenta contra todo, vendiendo su bella alma, traicionado a Jesús o lo que sea. O se entrega a su narcisismo y a sus vueltas y eso lo saca de la narración y lo lleva a la teorización. Hay agentes muy claros que favorecen estos último. Uno es Borges, cuya obra es de corte especulativo. Otra es la muy castigada pero todavía eficiente educación pública, gratuita y universal, atravesando la sociedad como una vieja espada de bronce.

- ¿Ves mucha distancia entre las aproximaciones de ambos países a su propia historia/tradición?

Sigo con lo mismo. Si tercerizamos con Escandinavia, las veo cerca. Si tercerizamos con el Caribe, las veo cerca. Si las tercerizamos con México, las sigo viendo cerca... Buenos Aires fue durante décadas la capital cultural de Galicia. Ah, recordar eso es hermoso. Una vez le pregunté a un cocinero gallego que trabajaba en Buenos Aires por qué en Galicia se comía tan bien. Me respondió: ‘Al pueblo gallego le gusta comer porque pasó mucha hambre, y le gusta bailar porque pasó muchas tristezas’. Y los catalanes fundaron nuestra industria editorial. Y los vascos se dejaron los riñones en el campo con los tambos y los cereales. Seguimos en el mismo tema. Buenos Aires es una ciudad residualmente anarquista, portuaria, cuentapropista, contrabandista, mercantil. Mantiene una genética contestataria. Es una especie de Amsterdam lumpen del sur. El peronismo logró institucionalizar, o al menos darle un marco legal, a tanto cimarronismo. Pero luego el peronismo estuvo proscrito diecisiete años... Y ahí volvió la idea del hombre rebelde contra el mundo, la burocracia, la soledad, y la certeza de que toda política que vaya más allá de la lucha manual se vuelve sospechosa. Hoy, después de treinta años de democracia y republicanismo, en esta llanura de Dios, seguimos pensando que nuestras ganas son nuestro derecho y que nuestros deberes siempre nos juegan en contra y son impuestos por otros para beneficio de unos terceros.

Escribí muchos artículos sobre esa paranoia, ese bienestar insatisfactorio. El porteño que camina por las calles de su ciudad preguntándose “¿por qué no soy rico? ¿Por qué no soy rico? ¿Qué es lo que falló?”. Luego se mete en un cafetín a tomar una cerveza y a hablar con sus amigos durante horas. Todo eso es muy sensual, muy argentino. Por ejemplo, en Madrid la cerveza se toma de parado. En Buenos Aires se hace campamento en las mesas. Es diferente. Retomando la comparación, en la Argentina el plan de modernización implicaba castigar a España y su legado. Desde Rivadavia prohibiendo los toros hasta la generación del 37, los inicios revolucionarios argentinos negaron a España. Luego cada una de las camadas intelectuales fue denostando, por diferentes motivos, el legado español. Esto merece, desde ya, una revisión. Los españoles que conquistaron a fuego y hierro esta tierra y que son tan denostados por organizaciones hippies y marginales a quinientos años del hecho, esos españoles, se dejaron la sangre y un idioma. Un idioma que es tan bello como cualquier otro quizás, pero que a mí me gusta y con el cual me da placer lidiar, escribir y caminar. Y no hablo de Góngora y sus hermetismos, o de Quevedo y de Cervantes, escritores imbatibles, sabrosos, peleadores, irónicos, aguerridos, insuperables por muchos motivos, no hablo solo de ellos. Hablo también de Leopoldo Panero, que te lastima y te hace gozar con cada frase de ese español que es mezcla de cloaca y corona, o de los precisos y astutos mash-ups de Matías Candeira.

¿Qué habría pasado si Esteban Echeverría hubiera mirado más esa España y menos esa París lujosa y derrochona de las luces? ¿Cómo habría sonado El Matadero con más miga castellana? La verdad, ya éramos demasiado barrocos, demasiado gore por acá y por nuestros medios... Dicho esto, la lengua de Castilla me aleja de mi verdadera patria, o sea, la tierra de mis padres o mayores, o sea Calabria, la Calabria hermosa y atrasada, mística y violenta también ella. Pero como saludé la bandera española una vez en Napoli, aprendí a aceptar ese nudo identitario. Más allá, cuando visito a los Terranova que se quedaron, ellos me dicen que yo soy en realidad albanés porque soy blanco y no terrum, o meridionale, blanco de piel, algo que heredé de mi abuela paterna que había nacido en una de las tantas colonias de albaneses que hay en las montañas de Cosenza...

 
- En “El vampiro argentino” te apoyas en un planteamiento que se ha propuesto antes. Has dicho: “Digamos que me hubiera gustado ocultar un poco más a Robert Harris, a Gene Wolf, a Philip K Dick, y a algunos otros novelistas que están ahí, mal escondidos, vapuleados, destrozados, irresponsablemente argentinizados, en esas páginas”. Por otro lado, en algunos de tus cuentos circulas cerca de algunas fijaciones de la cultura actual. Los nazis, desde luego, pero también los zombis, por ejemplo, que se han convertido en un género en sí mismo. ¿Es útil para un escritor como tú el usar esas determinadas “tradiciones”? ¿Implica asumir una cierta no-originalidad? ¿Entender que uno está inserto en el flujo cultural de su época y usarlo a favor?
Siempre pienso el presente como mi capital literario. Como novelista o como crítico. Luego debo decir que me siento desarmado frente a la idea de originalidad. Sé que hay creadores que pueden llegar a eso, que lo persiguen y logran agarrarlo. Yo soy más bien hijo del hurto, sutil o aberrante, la recombinación, las operaciones de mutación ligera. No veo que haya una intensa transformación de las formas en mi literatura, ni tampoco en el contenido. Dios, me hubiera gustado que El vampiro fuera más compleja e ilegible... Pero escribir una novela tan larga implica, como dice Ellroy, demasiado tiempo solo.
- Pese a todo esto de lo que hablamos, ¿Crees que “El vampiro…” es una novela esencialmente argentina? ¿Qué hubiera tenido que desaparecer para ambientarla, por ejemplo, en Chile, en Perú o en México?
Son dos lindas preguntas. A la primera le sacaría el “esencialmente” y te diría que es una novela argentina, sí, joder. Hasta porteña. Chile tiene un vocación totalitaria muy clara. En mi novela ya es parte del anschluss alemán. Lo mismo Perú, si mal no recuerdo. Ahora escribir la misma novela desde ahí implicaría dar vuelta algunas cosas. En México, los nazis terminarían con el narco. Es una buena opción. Y como van las cosas en México, quizás el peor y más siniestro país de la tierra, un país del que todos deberíamos aprender, creo que el nazismo no sería tan mala opción. En México, los nazis se habrían aliado con el misticismo nacionalista azteca y maya para combatir la herencia colonial. Hay una novela de Ignacio Paco Taibo Segundo con un Hitler en la selva mexicana dándole a las drogas... Todos las naciones tendría que hacer el ejercicio de pensarse nacionalsocialistas. Es un ejercicio democrático fuerte. Yo no lo hice con tanta sinceridad porque le temo un poco a la respuesta.
- Mi opinión personal es que la popularización del tema zombi, igual que la canonización de Lovecraft por el pop, la estética fragmentada cercana al videoclip o el uso de ritmos, imágenes y formas de pensar que provienen del videojuego, más que representar el presente viene del pasado cercano y la infancia de los escritores que ahora tienen entre treinta y cuarenta y pico años. Me parece que estamos imponiendo nuestro propio canon. ¿Qué pobrezas y riquezas ves en eso?
Coincido. Los dos somos del ´75. Aunque no se trata del mismo año allá en la península que acá. Más bien diría que se trata de años opuestos, bien bombardeados por la porquería estadounidense pero opuestos por contexto político y social... Allá se ablandaba, acá se endurecía. Sin embargo, cuando veo los créditos de inicio de Balada triste de trompeta de Alex de la Iglesia –que a mi juicio es, muy lejos, lo mejor de la película– entiendo que hay un diálogo posible. De hecho, hay un corte transnacional de melómanos, geeks y nuevos lectores que entienden bien el mensaje de la letra de You Think I Ain't Worth A Dollar, But I Feel Like A Millionaire de los QOTSA cuando Nick Oliveri canta “Gimme toro, gimme some more/ B-movie, gimme some gore.” Ansiedad, violencia, gore y subroductos de la industria del entretenimiento.
¿Pobrezas y riquezas? Para mí es todo ganancia porque veo ahí, en ese marasmo de basura pop, una ética que no es represiva, que se vincula con el gusto. Si vos empezás escuchando los QOTSA... O incluso vamos más atrás, si empezás escuchando los Rolling Stones, luego podés escuchar los QOTSA sin problema, y de ahí pasar a Zappa y las posibilidades desde Zappa ya se abren a toda la música erudita. Si llegas a Faust podés después entender a Schönberg, y si llegás a Eric Doplhy se te abre el complejo y fascinante mundo de las músicas derivadas del jazz. Me pasa que hay días que a la mañana escucho a Schubert, sobre todo su música para piano, y a la tarde escucho grunge y encuentro que hay una demanda y una propuesta de melancolía bastante similares.
Schönberg enseñó en California y seguramente muchos de sus alumnos terminaron escribiendo música para los estudios de Hollywood o al menos ejerciendo una influencia decisiva... Y si tirás de la piola del cine clase B llegas, casi enseguida, a El gabinete del Doctor Caligari. De Lovecraft podés pasar casi sin mediaciones a Houellebecq. ¡Qué salto! Dos escritores que proponen tan diferentes tipos de monstruo... Pero está ese libro de Houellebecq sobre Lovecraft, entonces si sos fan ahí hay una puerta directa. La web ayuda a hacer estas conexiones más rápido, de una manera a veces vertiginosa, pero sobre la que no corre la queja. La web te da, luego en tu caso queda saber pedirle. La idea de que como podés escuchar todas las canciones no vas a escuchar ninguna es un idiotez. Desde luego sí cambia la forma de escuchar, pero eso también es parte de la modernidad fallida en la que vivimos y de la modernidad en general. Las cosas cambian, los consumos cambian, todo el tiempo.  
 
(CONTINUARÁ...)