(Texto publicado originalmente el 31 de marzo de 2017 en la sección "El Fotografo de Instantes" que coordina Luis Moner para la web "Música en la mochila")
No soy tendente a la nostalgia. O, mejor, tiendo a no usarla
como motor principal, porque uno acaba en casa en pantuflas, llorando sobre un
mal disco de Tom Petty, emocionado con la imagen de su propia juventud
malgastada. Y comprando muchas cosas inútiles para combatir o justificar tal
emoción de senectud precoz. Sin embargo hay un tipo de nostalgia inevitable y
acaso benéfica, que dota de la necesaria pátina dorada a épocas que fueron en
realidad conflictivas pero que ya ni tienen arreglo ni lo precisan. Una
nostalgia que es como una mano que se posa y perdona. Fugaz, momentánea,
profunda. Esa me vale.
Hilado inseparablemente a
ella, Franco Battiato es para mí -entre otras cosas más razonadas- un
viaje de vuelta a casa, desde el Algarve, quizá -podría ser desde Madrid– en
algún momento fijado en el ámbar lejano y difuso de los años ochenta. Por
entonces los trayectos eran largos y tediosos, y la familia era lo único que
uno conocía, en realidad. Y la única música en la que podíamos coincidir mis
padres, mis hermanas menores y yo estaba en aquellos discos del genio de
Catania. Los tangos que cantaba mi padre y que ahora paladeo, agridulces, en el
recuerdo, me parecían entonces ridículos. Los recopilatorios de La Década
Prodigiosa de mis hermanas, intolerables. Mi tendencia incipiente hacia el
ruido, por su parte, no hubiese tenido buena acogida y yo lo sabía. Quedaba
Franco. El lapso de sus discos era un lapso de placer y de atención. Las
canciones reinaban, y aquel extraño colectivo que éramos las dejaba flotar
dentro, aprendiendo -o reaprendiendo, en el caso de mis viejos- lo que es la
emoción. En este caso la emoción de Battiato, extrañamente delicada e
intelectual, levitante pero corpórea.
No recuerdo cual fue el
primer disco suyo que escuché, exactamente: probablemente
"Nómadas" o "Ecos de danzas sufi", apaños en
castellano que recopilaban sus éxitos más redondos y tarareables. Las
versiones, bien traducidas por cierto, eran muy espectaculares; sin embargo
carecían aquellos discos de la dinámica entre ataque y contemplación que
–descubriría pronto- sí tenían los originales.
"La voce del Padrone"–algo ahora difícilmente
comprensible, pero cierto- vendió en su momento más de un millón de discos en
Italia. Hay un excelente directo en youtube, de un año después (82), en el que
se puede comprobar que era ya un artista masivo aunque perfectamente ubicado en
sus propias coordenadas, tan humanistas como marcianas. La música tenía en el
disco esa levedad primorosamente esculpida que aludía al tiempo a la modernidad
y a algo eterno y casi espacial; y tenía aquel instinto pop finísimo,
sorprendente en alguien que venía de la música experimental. Las sobresalientes
letras eran crípticas aún para el niño que era yo, con un cierto arcaísmo
revolucionario típico de Battiato y que llevaba a pensar aunque fuese
perfectamente capaz del slogan, de la frase definitiva y sintética. En eso
siempre ha sido un genio, bien dentro de una misma canción, oscilando grácilmente
entre pensamiento y estribillo, bien en el recorrido de un disco completo. En
"La voce...", sin ir más lejos, se alternan muy sabiamente los
momentos de zen nueva ola (“A Wonderful summer…”, la emocionante “Gli
uccelli”) con el pop de combate (“Bandera bianca”, “Centro di gravitá
permanente”), las demoradas órbitas sensuales (“Sentimiento nuevo”) y las
deliciosas majaradas posmodernas (“Cucurrucucu”).
A Battiato puede
enfocarlo uno, ahora que el pasado es pasado, casi como quiera. Rercientemente,
por ejemplo, mi buen amigo David Bizarro publicó
en Karate Press un genial análisis de su lado esotérico. Yo
tuve, por otro lado, el placer de comprobar su condición de animal de directo
dos veces. Una acompañado de orquesta, sentado en una alfombra casi voladora y
entregado al arabesco opiáceo y mediterráneo (bien guiado por su eterno
colaborador Giusto Pio). La otra, memorable, en el palacio de Congresos
de Madrid, con dos bandas de rock y haciendo entrar en éxtasis
al personal a base de clásicos y experimentación versátil. Dos caras casi
opuestas. Battiato es también, en nuestra extraña
memoria pop española, acaso el único artista que sobrevivió integro a
una parodia de Martes y Trece. Meterse con su nariz, al cabo, es como
meterse con la de Cleopatra. El tipo vuela unos cuantos miles de
kilómetros por encima del asunto, caricatura él mismo, icono de un pop inteligente
y crítico como podría serlo el mejor Woody Allen, al tiempo a caballo
y a despecho de sus taras.
En todo caso, “La Voce
del padrone” es una perfecta puerta de entrada a su universo (aún conservo
la cinta de la edición en castellano, aunque me he aficionado a escuchar el
original y fingir que sé parlotear en su italiano ondulante como el agua). Se
me antoja una síntesis perfecta de la calma integradora
que Franco concedía a aquella familia mía en acelerado proceso hacia
la disfuncionalidad. Vuelvo a él y al resto de sus discos cada cierto tiempo,
igual que intento leerme “La Isla del Tesoro” una vez al año. Hay –es
una categoría peculiar- artistas inagotables que desde un aparente kitsch de su
época han ido haciéndose en lugar de viejos, modernos. Han ido ganando sentido
en lugar de perderlo, hasta ser clásicos atemporales en crecimiento
perpetuo.
Y pese a todo, cuando lo escucho sigo siendo consciente de que, junto al impecable y detallista conjunto de hits de pop meditativo y al tiempo guerrillero, está ahí también mi vida vieja, esa que se encuentra al fondo del armario, reconocible a duras penas pero iluminada al fulgor de las canciones. El tono fantasmal de los viajes, las voces, los lugares y las luces de algo irrecuperable. O recuperable sólo a través de la voz de un siciliano extravagante. Ese es uno de los poderes de la música, es de suponer. Y contra ese tipo de vida no se lucha.
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